Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la Don Quijote · Capítulo 54 de 128
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Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la

Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la

rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su

sudor

General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le

habían; especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad

notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico

cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había

dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se

ofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró liberal en esto fue don

Quijote, que le dijo:

— Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder

comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos

la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,

debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de

cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que

hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las

leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho

desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de

poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de

otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y

ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a los

desvalidos y menesterosos.

Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,

admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:

— Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

— ¿Quién ha de ser —respondió el barbero— sino el famoso don Quijote de la

Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las

doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

— Eso me semeja —respondió el cabrero— a lo que se lee en los libros de

caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced

dice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este

gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.

— Sois un grandísimo bellaco —dijo a esta sazón don Quijote—; y vos sois el

vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy

hideputa puta que os parió.

Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con

él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las

narices; mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras

le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a

todos aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole

del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no

llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con él encima

de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo

cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse

sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de

Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna

sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas el

barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,

sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre

caballero llovía tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de

gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en

pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se

podía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no

ayudase.

En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes

que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo

volver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se

alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del

cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:

— Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido

valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más

de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros

oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y

don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se

oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de

blanco, a modo de diciplinantes.

Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y

por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y

diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les

lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba

venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle

había.

Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle

por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó

que era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante,

el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que

traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por

fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó

en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo

andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto le

enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su

adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:

— Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo

caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que

veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se

han de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las

tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta

verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los

diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle;

mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le

daba, diciendo:

— ¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le

incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla

es procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la

peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo

que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los

ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque

la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la

procesión, y paró a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,

y, con turbada y ronca voz, dijo:

— Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y

escuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de

los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadura

de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que

notó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:

— Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van

estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos

detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se

diga.

— En una lo diré —replicó don Quijote—, y es ésta: que luego al punto dejéis

libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras

muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado

le habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes

agravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseada

libertad que merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía de

ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue poner

pólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando

la espada, arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando

la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando

una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que

descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró don

Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedó

en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo

lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que

el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces

a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero

encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida.

Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver

que don Quijote no bullía pie ni mano; y así, creyendo que le había muerto,

con priesa se alzó la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña como

un gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él

estaba; y más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con

ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y

hiciéronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los

capirotes, empuñando las diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban

el asalto con determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a

sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque

Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor,

haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo que

estaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo

conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El

primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién era don

Quijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si

estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas

en los ojos, decía:

— ¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera

de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de

toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará

lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías!

¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de

servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh

humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de

peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los

buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero

andante, que es todo lo que decir se puede!

Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabra

que dijo fue:

— El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que

éstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro

encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo

todo este hombro hecho pedazos.

— Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió Sancho—, y volvamos a

mi aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremos

orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.

— Bien dices, Sancho —respondió don Quijote—, y será gran prudencia dejar

pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo

que decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de

Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La

procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se

despidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura

les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase el

suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y con

esto tomó licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y

apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el

bueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta

paciencia como su amo.

El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y

con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de

seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad

del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por

mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo

que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron

maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a

su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre

un montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los

gritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las

maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todo

lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza,

que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así

como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el

asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.

— Gracias sean dadas a Dios —replicó ella—, que tanto bien me ha hecho; pero

contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?,

¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?

— No traigo nada deso —dijo Sancho—, mujer mía, aunque traigo otras cosas de

más momento y consideración.

— Deso recibo yo mucho gusto —respondió la mujer—; mostradme esas cosas de

más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se

me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los

siglos de vuestra ausencia.

— En casa os las mostraré, mujer —dijo Panza—, y por agora estad contenta,

que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar

aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de

las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.

— Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas,

decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

— No es la miel para la boca del asno —respondió Sancho—; a su tiempo lo

verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus

vasallos.

— ¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? —respondió

Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran

parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de

sus maridos.

— No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo

verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa

más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero

andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no

salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se

encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de

expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,

con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,

escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas

a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.

Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en

tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y

le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no

acababa de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrina

tuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que

otra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester para

traelle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí

se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí pidieron al

cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas

mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de

que se habían de ver sin su amo y tío en el mesmo punto que tuviese alguna

mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha

buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido

hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama

ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez

que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas

que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor

y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,

ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo

médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se

había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se

renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con

letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus

hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la

figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del

mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y

costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el

fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a

los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y

buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el

mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que

tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y

satisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo

menos de tanta invención y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en

la caja de plomo eran éstas:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA, LUGAR DE LA MANCHA, EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

El calvatrueno que adornó a la Mancha

de más despojos que Jasón decreta;

el jüicio que tuvo la veleta

aguda donde fuera mejor ancha,

el brazo que su fuerza tanto ensancha,

que llegó del Catay hasta Gaeta,

la musa más horrenda y más discreta

que grabó versos en la broncínea plancha,

el que a cola dejó los Amadises,

y en muy poquito a Galaores tuvo,

estribando en su amor y bizarría,

el que hizo callar los Belianises,

aquel que en Rocinante errando anduvo,

yace debajo desta losa fría.

DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

Esta que veis de rostro amondongado,

alta de pechos y ademán brioso,

es Dulcinea, reina del Toboso,

de quien fue el gran Quijote aficionado.

Pisó por ella el uno y otro lado

de la gran Sierra Negra, y el famoso

campo de Montïel, hasta el herboso

llano de Aranjüez, a pie y cansado.

Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,

que esta manchega dama, y este invito

andante caballero, en tiernos años,

ella dejó, muriendo, de ser bella;

y él, aunque queda en mármores escrito,

no pudo huir de amor, iras y engaños.

DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

En el soberbio trono diamantino

que con sangrientas plantas huella Marte,

frenético, el Manchego su estandarte

tremola con esfuerzo peregrino.

Cuelga las armas y el acero fino

con que destroza, asuela, raja y parte:

¡nuevas proezas!, pero inventa el arte

un nuevo estilo al nuevo paladino.

Y si de su Amadís se precia Gaula,

por cuyos bravos descendientes Grecia

triunfó mil veces y su fama ensancha,

hoy a Quijote le corona el aula

do Belona preside, y dél se precia,

más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.

Nunca sus glorias el olvido mancha,

pues hasta Rocinante, en ser gallardo,

excede a Brilladoro y a Bayardo.

DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO, A SANCHO PANZA

Soneto

Sancho Panza es asqueste, en cuerpo chico,

Pero grande en valor: ¡milagro extraño!

Escudero el más simple y sin engaño

Que tuvo el mundo, os juro y certifico.

De ser conde no estuvo en un tantico,

Si no se conjuraran en su daño

Insolencias y agravios del tacaño

Siglo, que aun no perdonan á un borrico.

Sobre él anduvo (con perdón se miente)

Este manso escudero, tras el manso

Caballo Rocinante y tras su dueño.

¡Oh vanas esperanzas de la gente!

¡Cómo pasais con prometer descanso,

Y al fin parais en sombra, en humo, en sueño!

DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

Aquí yace el caballero,

bien molido y mal andante,

a quien llevó Rocinante

por uno y otro sendero.

Sancho Panza el majadero

yace también junto a él,

escudero el más fïel

que vio el trato de escudero.

DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA, EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

Reposa aquí Dulcinea;

y, aunque de carnes rolliza,

la volvió en polvo y ceniza

la muerte espantable y fea.

Fue de castiza ralea,

y tuvo asomos de dama;

del gran Quijote fue llama,

y fue gloria de su aldea.

Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar

carcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas

los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias

y mucho trabajo, y que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de

la tercera salida de don Quijote.

Forsi altro canterà con miglior plectio.

Finis

Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

TASA

Yo, Hernando de Vallejo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los

que residen en su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los señores dél

un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote

de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso,

le tasaron a cuatro maravedís cada pliego en papel, el cual tiene setenta y

tres pliegos, que al dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos

maravedís, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen

del dicho libro, para que se sepa y entienda lo que por él se ha de pedir y

llevar, sin que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece

por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder,

a que me refiero; y de mandamiento de los dichos señores del Consejo y de

pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes, di esta fee en

Madrid, a veinte y uno días del mes de otubre del mil y seiscientos y

quince años.

Hernando de Vallejo.

FEE DE ERRATAS

Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha,

compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa digna de

notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de

otubre, mil y seiscientos y quince.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

APROBACIONES

APROBACIÓN

Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro

contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas

costumbres, antes es libro de mucho entretenimiento lícito, mezclado de

mucha filosofía moral; puédesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a

cinco de noviembre de mil seiscientos y quince.

Doctor Gutierre de Cetina.

APROBACIÓN

Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he visto la Segunda

parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no

contiene cosa contra nuestra santa fe católica, ni buenas costumbres,

antes, muchas de honesta recreación y apacible divertimiento, que los

antiguos juzgaron convenientes a sus repúblicas, pues aun en la severa de

los lacedemonios levantaron estatua a la risa, y los de Tesalia la

dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, libro II De

signis Ecclesiae, cap. 10, alentando ánimos marchitos y espíritus

melancólicos, de que se acordó Tulio en el primero De legibus, y el poeta

diciendo:

Interpone tuis interdum gaudia curis,

lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo

provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el

anzuelo de la reprehensión, y cumpliendo con el acertado asunto en que

pretende la expulsión de los libros de caballerías, pues con su buena

diligencia mañosamente alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos,

es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación,

admiración y invidia de las estrañas. Éste es mi parecer, salvo etc. En

Madrid, a 17 de marzo de 1615.

El maestro Josef de Valdivielso.

APROBACIÓN

Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta

villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda

parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de

Cervantes Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo, ni

que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales;

antes, mucha erudición y aprovechamiento, así en la continencia de su bien

seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías,

cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura

del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación,

vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos; y en la correción de vicios

que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta

cordura las leyes de reprehensión cristiana, que aquel que fuere tocado de

la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas

gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco

alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará,

que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido

muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con

lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo

imitar a Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa

y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a

maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio

que tocan de su áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para

seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no

reprehensores, a lo menos maestros dél. Hácense odiosos a los bien

entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para

admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren

corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo

tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes,

algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya

aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas,

término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del

hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de

Cervantes, así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean

ver el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y

decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido

España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en

veinte y cinco de febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido

el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo

de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el

embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de

sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses, de los que

vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de

buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor,

deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos; y, tocando

acaso en éste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel

de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la

estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se

tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la

primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos,

que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil

demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su

profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,

soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras:

''Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario

público?'' Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con

mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a

Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre,

haga rico a todo el mundo''. Bien creo que está, para censura, un poco

larga; alguno dirá que toca los límites de lisonjero elogio; mas la verdad

de lo que cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y en mí el

cuidado; además que el día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qué

cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de

burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de

febrero de mil y seiscientos y quince.

El licenciado Márquez Torres.

PRIVILEGIO

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha

relación que habíades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la

Mancha, de la cual hacíades presentación, y, por ser libro de historia

agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos

suplicastes os mandásemos dar licencia para le poder imprimir y privilegio

por veinte años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del

nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la

premática por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado que debíamos

mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien.

Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo y espacio de

diez años, cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el

día de la fecha de esta nuestra cédula en adelante, vos, o la persona que

para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender

el dicho libro que desuso se hace mención; y por la presente damos licencia

y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombráredes para que

durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro

Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,

nuestro escribano de Cámara, y uno de los que en él residen, con que antes

y primero que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho

original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o

traigáis fe en pública forma cómo, por corretor por nos nombrado, se vio y

corrigió la dicha impresión por el dicho original, y más al dicho impresor

que ansí imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego

dél, ni entregue más de un solo libro con el original al autor y persona a

cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha

correción y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y

tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, y no de otra manera,

pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual imediatamente

ponga esta nuestra licencia y la aprobación, tasa y erratas, ni lo podáis

vender ni vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que esté el dicho libro

en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas

en la dicha premática y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen; y

más, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no le

pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya

perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dél tuviere, y

más incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo

contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra

Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra

tercia parte par el que lo denunciare; y más a los del nuestro Consejo,

presidentes, oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la

nuestra Casa y Corte y Chancillerías, y a otras cualesquiera justicias de

todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a

cada uno en su juridición, ansí a los que agora son como a los que serán de

aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced, que

ansí vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena

de la nuestra merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. Dada

en Madrid, a treinta días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince

años.

YO, EL REY.

Por mandado del Rey nuestro señor:

Pedro de Contreras.

PRÓLOGO AL LECTOR

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector

ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,

riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que

dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad

que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la

cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta

regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido,

pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo

coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note

de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el

tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna

taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los

presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en

los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de

los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en

la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me

propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en

aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme

hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos,

estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la

justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino

con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me

describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que

hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,

siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y

más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo

por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro

el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en

efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más

satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no

tuvieran de todo.

Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los

términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflición al afligido,

y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa

parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo

su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si, por

ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por

agraviado: que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las

mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y

imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros

cuanta fama; y, para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y

gracia le cuentes este cuento:

«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que

dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el

fin, y, en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte,

con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como

mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía

redondo como una pelota; y, en teniéndolo desta suerte, le daba dos

palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que

siempre eran muchos: ''¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco

trabajo hinchar un perro?''»

¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también

es de loco y de perro:

«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la

cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en

topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer

sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no

paraba en tres calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó la

carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó

el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y

sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió al loco y no le dejó

hueso sano; y cada palo que le daba decía: ''Perro ladrón, ¿a mi podenco?

¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?'' Y, repitiéndole el nombre de

podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y

retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo,

volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro,

y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a

descargar la piedra, decía: ''Este es podenco: ¡guarda!'' En efeto, todos

cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía que eran

podencos; y así, no soltó más el canto.»

Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se

atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo

malos, son más duros que las peñas.

Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia

con su libro, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso

de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y

Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y

liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me

tiene en pie, y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don

Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y

siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las Coplas de

Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía ni

otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el

hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por más dichoso y más rico

que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La

honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar

a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud dé alguna

luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza,

viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el

consiguiente, favorecida.

Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que

consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada

del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a

don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se

atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta

también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras,

sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas,

aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las

malas, se estima en algo. Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles,

que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.

DEDICATORIA, AL CONDE DE LEMOS

Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas

que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba

calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y

ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá

llega, me parece que habré hecho algún servicio a Vuestra Excelencia,

porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe

para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con

nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que

más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en

lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio,

pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería

fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el

libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con

esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.

Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de

costa. Respondióme que ni por pensamiento. ''Pues, hermano —le respondí

yo—, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a

las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan

largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y

emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande

conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me

sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear''.

Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia

los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de

cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que

en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de

entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo,

porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad

posible.

Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará

Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de

Vuestra Excelencia. De Madrid, último de otubre de mil seiscientos y

quince.

Criado de Vuestra Excelencia,

Miguel de Cervantes Saavedra.

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