Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos Don Quijote · Capítulo 105 de 128
Obra Menu

Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos

Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos

Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la

cual el maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro,

brío y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della

faltaba en escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan

admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus

palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.

Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro

Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de

agua fría, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de

uvas; pero, viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello,

con harto dolor de su alma y fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro

Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo

que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves,

donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las

del entendimiento.

Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto

maldecía el gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y

con su conserva, se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció

fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el

mayordomo y los demás acólitos, que fue:

— Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté

vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo

dificultoso). Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo

della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario

había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la

puente y del señorío, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta

puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si

jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado

en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna". Sabida esta ley y la

rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se

echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar

libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo

que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí

estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:

''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y,

conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir

en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser

libre''. Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del

tal hombre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo

tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me

enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer

en tan intricado y dudoso caso.

A lo que respondió Sancho:

— Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber

escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo;

pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le

entienda: quizá podría ser que diese en el hito.

Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho,

y Sancho dijo:

— A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el

tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró

verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no

le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.

— Así es como el señor gobernador dice —dijo el mensajero—; y cuanto a la

entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.

— Digo yo, pues, agora —replicó Sancho— que deste hombre aquella parte que

juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta

manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.

— Pues, señor gobernador —replicó el preguntador—, será necesario que el tal

hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por

fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide,

y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.

— Venid acá, señor buen hombre —respondió Sancho—; este pasajero que decís,

o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y

pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena

igualmente; y, siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a

esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de

condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es

alabado más el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si

supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino

a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote

la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula: que fue que,

cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la

misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este

caso como de molde.

Así es —respondió el mayordomo—, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que

dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el

gran Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré

orden como el señor gobernador coma muy a su gusto.

— Eso pido, y barras derechas —dijo Sancho—: denme de comer, y lluevan casos

y dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.

Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar

de hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él

aquella misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de

hacerle.

Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos

del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con

una carta de don Quijote para el gobernador. Mandó Sancho al secretario que

la leyese para sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de

secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola

primero, dijo:

— Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don Quijote escribe a

vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice

así:

Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula

Barataria

Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,

las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al

cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos

hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres

hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas; y

quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por

la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón; porque el buen

adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a

lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le

inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que

traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que

te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y

bien compuesto.

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer

dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo

he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no

hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la

carestía.

No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,

sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se

guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el

príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para

hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen

a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con

el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.

Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre

riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos,

que en esto está el punto de la discreción. Visita las cárceles, las

carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales

es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de

su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos,

y es espantajo a las placeras, por la misma razón. No te muestres, aunque

por ventura lo seas —lo cual yo no creo—, codicioso, mujeriego ni glotón;

porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación

determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de

la perdición.

Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por

escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en

ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y

dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a

tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la

soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es

agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a

Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.

La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu

mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.

Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió

no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores

que me maltraten, también los hay que me defiendan.

Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la

Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando

aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto

esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.

Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia

destos señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin

en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme

a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este

latín porque me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás

aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.

Tu amigo,

Don Quijote de la Mancha.

Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por

discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levantó de la mesa, y,

llamando al secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo

más, quiso responder luego a su señor don Quijote, y dijo al secretario

que, sin añadir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le

dijese, y así lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente:

Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha

La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme

la cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas

cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced

no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en

este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por

las selvas y por los despoblados.

Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían

entrado en esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he

descubierto otra que un cierto doctor que está en este lugar asalariado

para matar a cuantos gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro

Recio, y es natural de Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre

para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice él mismo de

sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las

previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y más

dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor

mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y

yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé venir a este gobierno a

comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas de

holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si

fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al

cabo, me ha de llevar el diablo.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en

qué va esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta

ínsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han

prestado los del pueblo muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en

los demás que van a gobiernos, no solamente en éste.

Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y

un hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y

la escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí

al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros

pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana,

hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una

tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con

una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas

todas para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y

sentenciéla que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo

hice valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este

pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son

desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he

visto en otros pueblos.

De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y

enviádole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y

procuraré de mostrarme agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las

manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto,

como lo verá por la obra.

No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis

señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de

redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que

sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le

tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.

Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las

malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores;

yo lo sabré cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no

es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta

ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de

haldas o de mangas.

Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y

envíeme la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa,

de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal

intencionados encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste

gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, según me trata

el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Sancho Panza, el Gobernador.

Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los

burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno;

y aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen

gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese

regatones de los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella

vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de

donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama, y el

que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.

Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por

parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los

criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso

gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni

de noche ni de día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no

trujese testimonio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más

que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.

Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para

que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y

de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En

resolución: él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel

lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.

1/1
Menu

Fazer anotação