Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra Don Quijote · Capítulo 108 de 128
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Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra

Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizo

a su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el

mozo estaba en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por

suegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón,

que se llamaba Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo que

había de hacer.

De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatro

vendría su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero,

y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda

la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de

casamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y se

prometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura

habérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dónde

se estendía el valor de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento,

esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,

cuatrocientos siglos.

Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a

acompañar a Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre el

rucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador

de todas las ínsulas del mundo.

Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del su

gobierno —que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o

lugar la que gobernaba—, vio que por el camino por donde él iba venían seis

peregrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna

cantando, los cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y, levantando

las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no

pudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,

por donde entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él,

según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas medio

pan y medio queso, de que venía proveído, y dióselo, diciéndoles por señas

que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, y

dijeron:

— ¡Guelte! ¡Guelte!

— No entiendo —respondió Sancho— qué es lo que me pedís, buena gente.

Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, por

donde entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en la

garganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenía

ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar,

habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él,

echándole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:

— ¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al

mi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque

yo ni duermo, ni estoy ahora borracho.

Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del

estranjero peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablar

palabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo su

suspensión el peregrino, le dijo:

— ¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino

Ricote el morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,

finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le

echó los brazos al cuello, y le dijo:

— ¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que

traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento de

volver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?

— Si tú no me descubres, Sancho —respondió el peregrino—, seguro estoy que

en este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino a

aquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis

compañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré

lugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestro

lugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a los

desdichados de mi nación amenazaba, según oíste.

Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron

a la alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los

bordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos

ellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre

entrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien

proveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos

leguas.

Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre

ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón,

que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron

asimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de

huevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,

aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que

más campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que

cada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se había

transformado de morisco en alemán o en tudesco, sacó la suya, que en

grandeza podía competir con las cinco.

Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con

cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de

cada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las

botas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el

cielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y desta manera,

meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gusto

que recebían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estómagos

las entrañas de las vasijas.

Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir con

el refrán, que él muy bien sabía, de "cuando a Roma fueres, haz como

vieres", pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y no

con menos gusto que ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no

fue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa que

puso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando,

juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:

— Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.

Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de

nada de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y

tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados.

Finalmente, el acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a

todos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote

y Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y bebido menos; y,

apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los

peregrinos sepultados en dulce sueño; y Ricote, sin tropezar nada en su

lengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:

— «Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando

que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y

espanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que me

parece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos

ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona y

en la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así como

el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se

provee de otra donde mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mi

familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la

priesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestros

ancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como algunos decían,

sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinado

tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados

intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue

inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan

gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había

cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponer

a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo

los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados

con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al

nuestro, la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos

lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria

natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura

desea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde esperábamos

ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y

maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el

deseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más de

aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y

dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la

tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el

amor de la patria. Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y,

aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y

llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad,

porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como

quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.

Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntéme con estos

peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos, cada

año, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por

certísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay pueblo

ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un

real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien

escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o

entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,

los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de

los puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho,

sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré

hacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,

que sé que está en Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto de

Francia, y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios

quisiere hacer de nosotros; que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la

Ricota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y,

aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y

ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer

cómo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qué se

fue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivir

como cristiana.»

A lo que respondió Sancho:

— Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan

Tiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo

más bien parado, y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar

lo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu

cuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por

registrar.

— Bien puede ser eso —replicó Ricote—, pero yo sé, Sancho, que no tocaron a

mi encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algún

desmán; y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y

a encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus

necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.

— Yo lo hiciera —respondió Sancho—, pero no soy nada codicioso; que, a

serlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las

paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;

y, así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a

sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, me

dieras aquí de contado cuatrocientos.

— Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? —preguntó Ricote.

— He dejado de ser gobernador de una ínsula —respondió Sancho—, y tal, que a

buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

— ¿Y dónde está esa ínsula? —preguntó Ricote.

— ¿Adónde? —respondió Sancho—. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsula

Barataria.

— Calla, Sancho —dijo Ricote—, que las ínsulas están allá dentro de la mar;

que no hay ínsulas en la tierra firme.

— ¿Cómo no? —replicó Sancho—. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí

della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;

pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los

gobernadores.

— Y ¿qué has ganado en el gobierno? —preguntó Ricote.

— He ganado —respondió Sancho— el haber conocido que no soy bueno para

gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en

los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el

sustento; porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores,

especialmente si tienen médicos que miren por su salud.

— Yo no te entiendo, Sancho —dijo Ricote—, pero paréceme que todo lo que

dices es disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas que

gobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles para gobernadores que

tú eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,

como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido; que en

verdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te daré con que vivas,

como te he dicho.

— Ya te he dicho, Ricote —replicó Sancho—, que no quiero; conténtate que por

mí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjame

seguir el mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su

dueño.

— No quiero porfiar, Sancho —dijo Ricote—, pero dime: ¿hallástete en nuestro

lugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?

— Sí hallé —respondió Sancho—, y séte decir que salió tu hija tan hermosa

que salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la

más bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y

conocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen a

Dios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mí

me hizo llorar, que no suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvieron

deseo de esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ir

contra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostró más

apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces,

que dicen que la quería mucho, y después que ella se partió, nunca más él

ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella para

robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

— Siempre tuve yo mala sospecha —dijo Ricote— de que ese caballero adamaba a

mi hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el

saber que la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que las

moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,

y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana que

enamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor mayorazgo.

— Dios lo haga —replicó Sancho—, que a entrambos les estaría mal. Y déjame

partir de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está mi

señor don Quijote.

— Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, y

también es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote se

arrimó a su bordón, y se apartaron.

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