Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros Don Quijote · Capítulo 61 de 128
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Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros

Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos

Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en

la cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta había de

salir la resolución de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de

congoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco,

pareciéndole que, por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le

podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito.

Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer ante

sus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan

doloridas y sobresaltadas, le dijo:

— ¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le

quiere arrancar el alma?

— No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese sin duda!

— Y ¿por dónde se sale, señora? —preguntó Sansón—. ¿Hásele roto alguna parte

de su cuerpo?

— No se sale —respondió ella—, sino por la puerta de su locura. Quiero

decir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta

será la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no

puedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron

atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de

bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que

estaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la madre que

le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones

del celebro, que, para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más de

seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que

no me dejaran mentir.

— Eso creo yo muy bien —respondió el bachiller—; que ellas son tan buenas,

tan gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si

reventasen. En efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro

desmán alguno, sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?

— No, señor —respondió ella.

— Pues no tenga pena —respondió el bachiller—, sino váyase en hora buena a

su casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de

camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo

iré luego allá, y verá maravillas.

— ¡Cuitada de mí! —replicó el ama—; ¿la oración de Santa Apolonia dice

vuestra merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas,

pero no lo ha sino de los cascos.

— Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y no se ponga a disputar conmigo,

pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear

— respondió Carrasco.

Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a

comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.

En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razones

que con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia.

Dijo Sancho a su amo:

— Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced

adonde quisiere llevarme.

— Reducida has de decir, Sancho —dijo don Quijote—, que no relucida.

— Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a

vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que

quiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: ''Sancho, o

diablo, no te entiendo''; y si yo no me declarare, entonces podrá

emendarme; que yo soy tan fócil...

— No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere

decir soy tan fócil.

— Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.

— Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.

— Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga: no sé

más, y Dios sea conmigo.

— Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres

tan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por

lo que te enseñare.

— Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió,

sino que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.

— Podrá ser —replicó don Quijote—. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?

— Teresa dice —dijo Sancho— que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que

hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más

vale un toma que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,

y el que no le toma es loco.

— Y yo lo digo también —respondió don Quijote—. Decid, Sancho amigo; pasá

adelante, que habláis hoy de perlas.

— Es el caso —replicó Sancho— que, como vuestra merced mejor sabe, todos

estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto

se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este

mundo más horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es

sorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va

depriesa y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni

mitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por esos

púlpitos.

— Todo eso es verdad —dijo don Quijote—, pero no sé dónde vas a parar.

— Voy a parar —dijo Sancho— en que vuesa merced me señale salario conocido

de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal

salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que

llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero

saber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la

gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se

pierde nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero,

que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan

ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie

lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata

por cantidad.

— Sancho amigo —respondió don Quijote—, a las veces, tan buena suele ser una

gata como una rata.

— Ya entiendo —dijo Sancho—: yo apostaré que había de decir rata, y no gata;

pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.

— Y tan entendido —respondió don Quijote— que he penetrado lo último de tus

pensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus

refranes. Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en

alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me

descubriese y mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían

ganar cada mes, o cada año; pero yo he leído todas o las más de sus

historias, y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya

señalado conocido salario a su escudero. Sólo sé que todos servían a

merced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había

corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula, o con otra

cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. Si con

estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis de volver a servirme,

sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios

la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo escusado. Así

que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi

intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo,

bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le

falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale más buena

esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta

manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar

refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no

queréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios

quede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más

obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.

Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se

le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se

iría sin él por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso y

pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué

razones persuadía a su señor que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó

Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole como la vez primera y con voz

levantada, le dijo:

— ¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh

honor y espejo de la nación española! Plega a Dios todopoderoso, donde más

largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento

y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus

deseos, ni jamás se les cumpla lo que mal desearen.

Y, volviéndose al ama, le dijo:

— Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia, que yo

sé que es determinación precisa de las esferas que el señor don Quijote

vuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho mi

conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más

tiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su

ánimo valentísimo, porque defrauda con su tardanza el derecho de los

tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra de las doncellas, el favor de

las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan,

atañen, dependen y son anejas a la orden de la caballería andante. ¡Ea,

señor don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga

vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para

ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con mi persona y

hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo

tendré a felicísima ventura!

A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:

— ¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se

ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo

trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano

de su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como

del frío, así de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se

requieren para ser escudero de un caballero andante. Pero no permita el

cielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las

letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas

y liberales artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y, honrándola,

honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier

escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.

— Sí digno —respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; y

prosiguió—: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañía

deshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe

todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien

yo deciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y

por más buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme

merced; y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi

salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano a

persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como

ella aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha de

ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo

puedo negar, también lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así,

no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con su

codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino,

porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le

lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo

de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y

mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los

pasados y presentes tiempos.

Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho

Panza; que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nunca

creyó que era tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole decir ahora

testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y

codicilo que no se pueda revocar, creyó todo lo que dél había leído, y

confirmólo por uno de los más solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo

entre sí que tales dos locos como amo y mozo no se habrían visto en el

mundo.

Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con

parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo,

se ordenó que de allí a tres días fuese su partida; en los cuales habría

lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de

encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la había de llevar.

Ofreciósela Sansón, porque sabía no se la negaría un amigo suyo que la

tenía, puesto que estaba más escura por el orín y el moho que clara y

limpia por el terso acero.

Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no

tuvieron cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y, al modo de

las endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la

muerte de su señor. El designo que tuvo Sansón, para persuadirle a que otra

vez saliese, fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo

del cura y del barbero, con quien él antes lo había comunicado.

En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de

lo que les pareció convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y

don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese,

sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se

pusieron en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y

Sancho sobre su antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a

la bucólica, y la bolsa de dineros que le dio don Quijote para lo que se

ofreciese. Abrazóle Sansón, y suplicóle le avisase de su buena o mala

suerte, para alegrarse con ésta o entristecerse con aquélla, como las leyes

de su amistad pedían. Prometióselo don Quijote, dio Sansón la vuelta a su

lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.

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