Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y Don Quijote · Capítulo 121 de 128
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Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y

Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y

seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con

otros sucesos en verdad gustosos y buenos

Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,

muchos más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba,

como se ha dicho, y allí, como moscas a la miel, le acudían y picaban

pensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que

había de hacer en su forzosa retirada. Llegó Sancho y alabóle la liberal

condición del lacayo Tosilos.

— ¿Es posible —le dijo don Quijote— que todavía, ¡oh Sancho!, pienses que

aquél sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber

visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de

los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que

me persiguen. Pero dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha

hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en

las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la

fatigaban?

— No eran —respondió Sancho— los que yo tenía tales que me diesen lugar a

preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora en

términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?

— Mira, Sancho —dijo don Quijote—, mucha diferencia hay de las obras que se

hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un

caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que

sea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres

tocadores que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperóme, quejóse, a

despecho de la vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba,

que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve

esperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mías las tengo

entregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, como

los de los duendes, aparentes y falsos, y sólo puedo darle estos acuerdos

que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien

tú agravias con la remisión que tienes en azotarte y en castigar esas

carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los

gusanos que para el remedio de aquella pobre señora.

— Señor —respondió Sancho—, si va a decir la verdad, yo no me puedo

persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los

desencantos de los encantados, que es como si dijésemos: "Si os duele la

cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osaré jurar que en cuantas

historias vuesa merced ha leído que tratan de la andante caballería no ha

visto algún desencantado por azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré,

cuando tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.

— Dios lo haga —respondió don Quijote—, y los cielos te den gracia para que

caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora,

que lo es tuya, pues tú eres mío.

En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio

y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don Quijote;

dijo a Sancho:

— Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos

pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,

pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te

parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores,

siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas,

y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y

llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por

los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando

allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los

limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísima

mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los

durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil

colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz

la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el

canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos

hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros

siglos.

— Pardiez —dijo Sancho—, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género de

vida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón

Carrasco y maese Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir, y

hacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al

cura de entrar también en el aprisco, según es de alegre y amigo de

holgarse.

— Tú has dicho muy bien —dijo don Quijote—; y podrá llamarse el bachiller

Sansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, el

pastor Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrá

llamar Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé

qué nombre le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole

el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre

peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi señora cuadra así al

de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro que

mejor le venga; tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.

— No pienso —respondió Sancho— ponerle otro alguno sino el de Teresona, que

le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama

Teresa; y más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis

castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas.

El cura no será bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere

el bachiller tenerla, su alma en su palma.

— ¡Válame Dios —dijo don Quijote—, y qué vida nos hemos de dar, Sancho

amigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas

zamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué

si destas diferencias de músicas resuena la de los albogues! Allí se verá

casi todos los instrumentos pastorales.

— ¿Qué son albogues —preguntó Sancho—, que ni los he oído nombrar, ni los he

visto en toda mi vida?

— Albogues son —respondió don Quijote— unas chapas a modo de candeleros de

azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no

muy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad

de la gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son

todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a

saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía,

y otros semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra

lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí y

maravedí. Alhelí y alfaquí, tanto por el al primero como por el i en que

acaban, son conocidos por arábigos. Esto te he dicho, de paso, por

habérmelo reducido a la memoria la ocasión de haber nombrado albogues; y

hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este ejercicio el ser yo

algún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en estremo el

bachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debe

de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese

Nicolás, no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas y

copleros. Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el

pastor Carrascón, de desdeñado; y el cura Curiambro, de lo que él más puede

servirse, y así, andará la cosa que no haya más que desear.

A lo que respondió Sancho:

— Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día en que en

tal ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares tengo de hacer cuando

pastor me vea! ¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué de

zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no

dejarán de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la

comida al hato. Pero, ¡guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores más

maliciosos que simples, y no querría que fuese por lana y volviese

trasquilada; y también suelen andar los amores y los no buenos deseos por

los campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por los

reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que no

veen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de hombres

buenos.

— No más refranes, Sancho —dijo don Quijote—, pues cualquiera de los que has

dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he

aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en

decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y "castígame mi madre,

y yo trómpogelas".

— Paréceme —respondió Sancho— que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo

la sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo que

no diga yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.

— Mira, Sancho —respondió don Quijote—: yo traigo los refranes a propósito,

y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los

cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra

vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la

experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no

viene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto,

y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde

pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.

Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a

quien se le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas

en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en

los castillos y casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del

rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser

siempre de día ni siempre de noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo

velando.

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