Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como Don Quijote · Capítulo 78 de 128
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Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como

Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como

necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió

su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de la

aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, de

mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:

''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don

Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda

escrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido

contingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entrada

alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos

razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más

verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;

que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero

que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no

pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si

esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla

por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo

que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por

cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo

que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con

las aventuras que había leído en sus historias''.

Y luego prosigue, diciendo:

Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la

paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su

señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición

blanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razones

le dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le pareció

que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:

— Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada

que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.

La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.

La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,

con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán

para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la

antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del

emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa

merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio

que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia y

barajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,

sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador

Carlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que

voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención

de las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los

naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más

alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La

cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,

hasta ahora ignorado de las gentes.

— Vuestra merced tiene razón —dijo don Quijote—, pero querría yo saber, ya

que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus

libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.

— Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse —dijo el primo.

— No muchos —respondió don Quijote—; y no porque no lo merezcan, sino que no

quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al

trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir

la falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,

quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese

esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos

esta noche.

— No lejos de aquí —respondió el primo— está una ermita, donde hace su

habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser

un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita

tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,

aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.

— ¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? —preguntó Sancho.

— Pocos ermitaños están sin ellas —respondió don Quijote—, porque no son los

que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían

de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por

decir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al

rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;

pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los

juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se

finge bueno que el público pecador.

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a

pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de

lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.

Don Quijote le dijo:

— Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que ese

macho ha menester.

— No me puedo detener, señor —respondió el hombre—, porque las armas que

veis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el no

detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la

venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es

que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré

maravillas. Y a Dios otra vez.

Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de

preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él era

algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó

que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin

tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.

Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de

la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a

don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho

Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don

Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el

ermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que en

la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo

tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.

— Si yo la tuviera de agua —respondió Sancho—, pozos hay en el camino,

donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa

de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!

Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho

toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;

y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto

un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debían

de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque

traía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la

camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso

de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre de

rostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, para

entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar

una, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:

A la guerra me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros,

no fuera, en verdad.

El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:

— Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?

Sepamos, si es que gusta decirlo.

A lo que el mozo respondió:

— El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy

es a la guerra.

— ¿Cómo la pobreza? —preguntó don Quijote—; que por el calor bien puede ser.

— Señor —replicó el mancebo—, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de

terciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me

podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,

así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas

compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi

plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta el

embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y

por señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.

— Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? —preguntó el primo.

— Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principal

personaje —respondió el mozo—, a buen seguro que yo la llevara, que eso

tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez o

capitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serví

siempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tan

mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad

della; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna

siquiera razonable ventura.

— Y dígame, por su vida, amigo —preguntó don Quijote—: ¿es posible que en

los años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?

— Dos me han dado —respondió el paje—; pero, así como el que se sale de

alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus

vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negocios

a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que

por sola ostentación habían dado.

— Notable espilorchería, como dice el italiano —dijo don Quijote—; pero, con

todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena

intención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni

de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor

natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se

alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,

como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado más

mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las

armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla en

ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llévelo

en la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es

que, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que

el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es

el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,

cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y no

prevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del

verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento

humano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o

ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es

morir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldado

muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama

el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que

mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a

pólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,

aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá

coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto

más, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldados

viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen

hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no

pueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacen

esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y

por ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste mi

caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis

el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.

El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en

la venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:

— ¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,

tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los

disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,

ello dirá.

Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de

Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por

castillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó

al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió

que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus

jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor

lugar de la caballeriza.

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