CAPÍTULO 2
Daniel despertó con sabor a polvo en la boca.
Advirtió que todavía estaba tendido boca abajo sobre el frío suelo de la caverna. Un dolor agudo en la cabeza lo hizo llevarse una mano al lugar.
Sintió la humedad de un hilo de sangre casi coagulada. Recordó la pedrada que había recibido.
Todavía mareado, se preguntó por qué no conseguía abrir los ojos.
Cuando su mente se aclaró, comprendió que ya los tenía abiertos, pero la oscuridad era tan profunda que parecía mantenerlos cerrados.
¿Dónde estarían sus amigos? ¿Y Cris?
Pensar en su novia le provocó un nudo en el estómago. Si le hubiera sucedido algo, nunca se lo perdonaría, pues había sido él quien los había llevado hasta allí.
Intentó levantarse, pero el mareo lo golpeó y volvió a caer de bruces. El impacto levantó polvo y lo hizo toser.
—¿Daniel?
¿Realmente había oído aquella voz tan querida, tan conocida? ¿O no era más que una creación de su mente confundida, de su deseo de reencontrar a…?
—¡¿Cris?! —gritó desesperado.
Una luz iluminó su rostro y lo deslumbró.
«Hágase la luz», fue el pensamiento inconexo que atravesó su mente nublada.
Alguien lo levantó del suelo y se encontró frente a un Adán negro, completamente cubierto de polvo.
—¡Gracias a Dios que estás vivo, amigo! —Carlos abrazó a su amigo. Otros brazos fueron a buscarlo. Brazos que él conocía muy bien.
—¡Oh, Dan! ¿Estás bien?
Cris se aferró desesperadamente a él, llorando. Daniel la abrazó con la misma intensidad.
—Estoy bien. ¿Y tú? —La apartó y la examinó de arriba abajo, palpándole los brazos y los hombros—. ¿Te lastimaste?
—No. Creí… Creí que habías muerto.
Él sostuvo el rostro polvoriento de ella entre sus manos.
Las lágrimas habían abierto dos surcos en el polvo, su cabello estaba despeinado y sucio y, aun así, nunca le había parecido más hermosa.
—¿Dejarte sola y desprotegida? ¡Nunca, jamás! —La atrajo hacia otro abrazo.
Una luz brilló en la oscuridad y aparecieron Pedro y Ana.
La joven tenía los ojos muy abiertos y parecía extremadamente asustada.
Pedro fue golpeado simultáneamente por dos sentimientos.
Alivio al ver vivo a su primo y celos al contemplar a Cris entre sus brazos.
—¿Y tú, primo? ¿Estás bien?
La pregunta de Daniel sacó a Pedro de aquel estado.
—Estoy bien —respondió—. Tú eres quien no parece estarlo. —Señaló la herida en la cabeza de Daniel.
—¡Oh! —exclamó Cris—. ¡No la había visto! Ven, Dan, voy a curarte.
Se dirigieron entonces hacia el fondo de la caverna. Solo Pedro permaneció allí, en la oscuridad, consumido por sus sentimientos.
—¿Cómo terminaron tan al fondo? —preguntó Daniel mientras Cris le limpiaba la herida.
—Bueno, amigo —respondió Carlos—, antes de que todo quedara oscuro caímos al suelo, pero antes alcancé a ver que aquí caían menos piedras que en la parte delantera. Agarré a la primera persona que pude tocar en la oscuridad y la arrastré hasta aquí. Regresé otras dos veces para buscar a los demás y traerlos.
—Cacá fue un héroe —observó Cris.
—¿Un héroe? Estaba muerto de miedo. Creo que ni siquiera pensé en lo que hacía.
—Actuaste. Eso es lo que importa —dijo Daniel.
—La montaña se derrumbó.
Todos se volvieron hacia Ana.
Sostenía una linterna que iluminaba su rostro y le daba un aspecto fantasmal.
—Sí… Entonces —continuó Carlos, mirando de reojo a la joven—, el temblor duró casi cinco minutos. Cuando terminó, gritamos tu nombre, pero como no respondiste, pensamos que… bueno.
—Perdí el conocimiento por la pedrada.
—Entiendo. Vi correr a Hernandez. ¿Consiguió salir?
—No. El pobre hombre fue aplastado por las piedras que bloquearon la salida.
—¡Qué horror! —exclamó Cris.
—La montaña se derrumbó. Él dijo que iba a derrumbarse.
Volvieron a mirar a Ana, que conservaba la misma expresión.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Carlos, preocupado.
Cris se acercó a su amiga:
—Querida, ¿qué sucede?
—Se derrumbó, se derrumbó, nos mató.
Cris sujetó las manos de Ana. Estaban heladas:
—Está en estado de choque. Carlos, tráeme una manta.
Abrazada y abrigada por su amiga, Ana miró fijamente a Daniel:
—Él dijo que la montaña iba a derrumbarse y se rio. Se vengó de nosotros.
Daniel respiró profundamente para mantener la calma:
—Aquello solo fue una broma. Las montañas no se vengan de nadie. Fue un fenómeno natural. La casualidad hizo que estuviéramos aquí en ese momento.
—De acuerdo —dijo Carlos—. ¿Y ahora qué haremos?
—Primero mantendremos la calma. Después tú y yo iremos hasta la salida para comprobar si podemos mover algunas piedras y salir.
—Ni siquiera necesitan intentarlo —Pedro apareció desde la oscuridad—. Ya miré allí y no hay forma de salir.
—¿Enterrados vivos? —Ana volvió a alterarse—. ¡Vamos a morir!
—¡Nadie va a morir! —Daniel alzó bruscamente la voz—. Nosotros tres iremos a comprobar si juntos podemos mover las piedras.
Pedro se encogió de hombros:
—Creo que es inútil, pero vamos.
Daniel tomó una linterna y dejó otra para las chicas.
Después de la curva se volvió abruptamente hacia su primo y le apuntó la luz al rostro. Pedro parpadeó, deslumbrado.
—¿En qué estabas pensando? —gruñó Daniel—. ¡Llegar allí y dar la noticia de esa manera! ¿No sabes que Ana es neurótica y puede causarnos más problemas de los que ya tenemos?
Pedro se defendió:
—¡Solo dije la verdad! ¡Únicamente una grúa podría mover esas piedras!
—¡Quizás podamos usar tu cabeza como ariete! —atacó Daniel.
—Utilicemos la tuya, que es más dura —replicó Pedro.
Carlos se interpuso entre ambos:
—¡Oigan, oigan! ¡Pelear no resolverá nada! Necesitamos mantener la cabeza fría, ¿de acuerdo?
—Escucha bien —dijo Daniel, colocando un dedo frente al rostro de Pedro—: a partir de ahora, solo yo hablaré. Tú permanecerás callado. ¿Entendiste? —Se alejó caminando.
Carlos se dirigió a Pedro:
—No le prestes atención. Está nervioso. Vamos.
Pedro asintió, pero siguió con mala cara.
Los tres se detuvieron frente a lo que había sido la salida.
Las luces de las linternas recorrieron toda la pila, buscando un hueco, cualquier rendija que pudiera significar una salida. Intentaron empujar algunas piedras, sin éxito. Finalmente, agotados, desistieron.
Daniel permaneció con la cabeza baja durante algún tiempo. De pronto se levantó. Aquello no conseguiría derrotarlo. Encontraría la manera de salir de allí o moriría intentándolo.
—Vamos —ordenó—. Y recuerden: yo hablaré.
Pedro y Carlos caminaban más atrás.
—Dije que era imposible salir —susurró Pedro.
—No esperes una disculpa de Daniel, amigo mío —le dijo Carlos.
—No la esperaba. —«Me basta con saber que yo tenía razón», dijo Pedro para sí mismo.
Las chicas los recibieron con ansiedad:
—¿Y entonces? —preguntó Cris.
—Aparentemente no podemos salir —comenzó Daniel—, pero vamos a…
—¡Dije que íbamos a morir! —gritó Ana, poniéndose de pie de un salto—. ¡Y es culpa tuya! ¡Tuya! ¡Desafiaste a la montaña! ¡Tú nos mataste!
Daniel perdió el control:
—¡Cállate, loca! ¡Si quieres morir, acuéstate ahí y muérete! ¡Nos harás un favor!
—¡Está alterada! ¿Puedes respetar eso?
El grito de Cris hizo callar a Daniel y provocó que todos la miraran. Nunca la habían visto reaccionar de aquella manera. La propia Cris parecía asustada por lo que acababa de hacer.
—Ven, Ana —dijo, llevándola hacia un rincón—. Intentemos dormir un poco. —Ana obedeció dócilmente.
—Bueno, eh… Creo que será mejor que todos hagamos lo mismo, que descansemos —dijo Daniel, tratando de demostrar control. La inesperada reacción de Cris lo había desestabilizado—. Nuestros padres se enterarán del terremoto por la televisión y mi abuelo sabe dónde está la caverna. Solo debemos mantener la calma y esperar. Racionaremos las baterías y los alimentos. Vi agua corriendo por la pared del fondo de la caverna. No tenemos que preocuparnos por el frío. Contamos con nuestros sacos de dormir y mantas. Y… eso es todo. Mantendremos la calma y esperaremos.
Cada uno se acomodó en un rincón dentro de su saco de dormir. Daniel apagó la linterna y la caverna quedó sumida en una oscuridad opresiva.
Deseaba que Cris estuviera allí con él. Después de la preocupación que había demostrado, pensó que las cosas se arreglarían entre ellos. Pero la idiota de Ana había tenido que perder el control y estropearlo todo. «Maldita chica. Podría haber muerto durante el terremoto».
Su mente se concentró en la desesperada situación en la que se encontraban. Nunca, ni siquiera en sus peores pesadillas, había imaginado algo parecido. Nunca había sentido la muerte tan cerca.
¡No! ¡No morirían! Él encontraría una solución.
Volvió a pensar en Cris.
Daniel había cometido errores, lo reconocía, pero ¿quién no lo hacía? ¿Acaso ella no comprendía cuánto la amaba? ¿Que estaba desesperadamente enamorado de ella? ¿No era esa una razón más que suficiente para perdonarlo?
No advirtió cuándo se quedó dormido y comenzó a soñar.
Estaba bajo un cielo tan oscuro como la caverna. Miró al frente y vio a un anciano de expresión benevolente, sentado en el suelo con las piernas cruzadas. El anciano señaló una gruta y dijo: «Elecciones».
Daniel entró. El lugar era luminoso y sus paredes estaban cubiertas de cristales. Vio plataformas de piedra tapadas con cubiertas transparentes. Dentro de ellas había cuerpos. Caminó entre las plataformas. Las personas que veía llevaban ropas de reyes, reinas, sacerdotes y guerreros. Aunque estaban muertas, sus cuerpos permanecían intactos. Pero cuando divisó una de aquellas tumbas, su corazón estuvo a punto de detenerse. Cris yacía dentro.
Se lanzó sobre la cubierta de cristal. Ella parecía dormir, pero Daniel sabía que estaba muerta y que él había sido el culpable. Lloró y sus lágrimas corrieron sobre el cristal, transformándose en sangre. Comenzó a golpear frenéticamente la cubierta con los puños y pronto sus manos estuvieron ensangrentadas. El líquido rojo empezó a correr por las paredes y a caer desde el techo, cubriendo a Daniel hasta las rodillas.
Entre las ondulaciones escarlatas vio rostros de personas que sufrían y se ahogaban en aquella sangre. Vio incluso los rostros de Carlos, Ana y Pedro. Un chillido aterrador rasgó el aire y, desde la parte más oscura de la gruta, una gigantesca ave de presa coronada se lanzó sobre él sin previo aviso. Lo envolvió con sus poderosas alas mientras le desgarraba la carne del pecho con el pico y las garras.
Ya no estaban dentro de la gruta, sino bajo el mismo cielo oscuro hacia el cual el ave levantaba vuelo, llevando entre sus garras ensangrentadas el corazón de Daniel. Él alzó una mano hacia el animal que desaparecía, en un inútil gesto de súplica. Una mano cálida sujetó la suya.
—Dan, despierta. Estás teniendo una pesadilla.
Abrió los ojos y encontró a Cris muy cerca de él, con el rostro iluminado por la linterna.
—Mi corazón… —balbuceó.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella.
—Tú. Tú eres mi corazón. —Le acarició el rostro, con la mente todavía bajo el perturbador efecto del sueño. La atrajo hacia sí y la besó.
La llevó bajo las mantas y abrió apresuradamente su chaqueta. Necesitaba sentir su cuerpo, su calor, saber que estaba viva.
Un suspiro escapó de sus labios cuando sus dedos encontraron la piel suave y cálida. Podía sentir el corazón de ella latiendo apresuradamente, lleno de vida y juventud.
—Daniel… —dijo ella, temblorosa.
—Shhh. —Puso un dedo sobre sus labios—. Todo está bien. Nunca permitiré que te suceda nada malo.
Y la envolvió entre sus brazos.
Daniel despertó sobresaltado, pero al sentir el cuerpo de Cris junto al suyo recordó dónde se encontraba.
Encendió la linterna y observó el rostro dormido de la joven.
Pasó suavemente un dedo sobre las pecas que él llamaba estrellitas y pensó con alivio que todo había regresado a la normalidad entre ellos. Ahora solo necesitaban salir de allí.
Iluminó su reloj: seis y diez. ¿De la mañana o de la tarde?
—No hay forma de saberlo, ¿verdad?
Daniel dirigió el haz de luz hacia el lugar de donde venía la voz. Era Pedro, que estaba apoyado contra la pared.
—La hora —explicó—. No podemos saber si está amaneciendo o anocheciendo.
—Sí —respondió lacónicamente su primo. Vio que Pedro bajaba rápidamente la mirada hacia Cris. Daniel soltó una risa irónica—: ¿Dormiste bien, primo?
Pedro respondió con seriedad:
—Más o menos. ¿Y tú?
—Yo también, más o menos. Estuve ocupado durante buena parte de la noche —respondió el otro con cinismo mientras acariciaba el cabello de Cris.
Pedro volvió el rostro, consternado e irritado.
Carlos despertó y se sentó bostezando:
—¿Y entonces? ¿Ya amaneció?
—No hay manera de saberlo —respondió Pedro.
Carlos tomó una linterna e iluminó los alrededores. Encontró a Ana durmiendo encogida, con la boca abierta y babeando.
—Miren esto. De día parece una princesa; dormida parece un ogro.
Comenzó a hacer parpadear la luz de la linterna sobre el rostro de ella. Ana se removió, inquieta, levantó la cabeza y abrió los ojos, aturdida, colocando una mano delante para bloquear la luz.
—Idiota —dijo, y se cubrió la cabeza con la manta.
—¿Estás más tranquila? —preguntó Carlos.
—Lo bastante furiosa como para estrangularte —respondió ella con voz amortiguada.
Carlos se rio.
—Oye, ¿por qué gemiste y suspiraste tanto esta noche? —preguntó a continuación—. ¿Qué hacías debajo de esa manta?
Ella descubrió el rostro y lo miró con extrañeza:
—¿Qué?
Él adoptó una expresión contrariada:
—Podrías haberme invitado a entrar ahí, ¿no?
—¿De qué estás hablando, loco?
Un carraspeo de Pedro atrajo la atención de los dos y solo entonces advirtieron que Daniel y Cris estaban acostados juntos.
Carlos se volvió hacia delante:
—Demonios, perdón.
Cris se estiró y despertó.
—¡Hola! —dijo al verlos a todos despiertos, pero percibió un ambiente extraño—. ¿Todo está bien?
Daniel se inclinó sobre ella y la besó apasionadamente, tomándola por sorpresa.
—Independientemente de cualquier cosa, ahora todo está perfecto. ¿Dormiste bien, amor mío?
Ella comprendió que aquellas palabras habían sido pronunciadas para que los demás las escucharan. Al volver a mirar alrededor, vio a Carlos y Ana incómodos y a Pedro completamente avergonzado en su rincón, y entonces supo a quién iban dirigidas.
No permitió que Daniel la besara nuevamente y, asqueada por su actitud, lo empujó hacia un lado, salió del saco de dormir y se alejó hasta su mochila, donde comenzó a revolver sus pertenencias.
Daniel primero quedó desconcertado y después se enfureció. Se levantó de un salto y fue hasta Cris, que no lo miró:
—¿Qué está ocurriendo, Cris? —preguntó, irritado.
Ella por fin lo enfrentó:
—¿Qué crees que está ocurriendo, Daniel?
—Daniel —lo llamó Carlos, pero el otro lo ignoró.
—¿Te avergüenza que hayan visto que dormimos juntos? ¡Todos aquí saben que tenemos relaciones! —disparó él.
—Daniel —volvió a llamarlo Carlos.
—¡Me expones, no me respetas! ¡Me utilizas para atacar a otras personas!
Daniel se acercó a ella de manera amenazante:
—¿Otras personas? ¿Qué otras personas? —Cris volvió el rostro—. Vamos, Cris, dilo. ¿Por cuáles otras personas estás preocupada?
Ana intentó intervenir:
—¡Oye, aléjate de ella!
Él puso un dedo frente al rostro de la joven:
—No te metas, maldita…
—¡Daniel! —Esta vez Carlos prácticamente gritó.
El otro se volvió bruscamente hacia él, furioso:
—¡Demonios! ¿Qué ocurre?
Carlos tenía los ojos desorbitados y apuntaba el haz de la linterna hacia el fondo de la caverna:
—Mira eso.
Todos se volvieron.
Una especie de niebla escapaba por una grieta de la pared. Daniel, curioso, se aproximó. Extendió los dedos hacia la pequeña nube que se estaba formando, pero que crecía rápidamente. Retiró la mano con un gemido.
—¿Está caliente? —preguntó Pedro.
—No, está fría —respondió Daniel. Vio cómo se congelaban los hilos de agua que corrían por la pared y sintió que la temperatura descendía bruscamente.
Regresó corriendo junto a los demás y ordenó:
—¡Tomen todos los sacos de dormir, las mantas y la ropa de abrigo y permanezcamos muy juntos! ¡Rápido!
La niebla llegó como una serpiente que se deslizaba por el suelo y las paredes y los envolvió. Temblaron como si estuvieran desnudos en medio de una tormenta de nieve. El frío atravesó las mantas, la ropa y la piel, congelándoles los músculos, la sangre y los órganos.
Todos habían perdido ya el conocimiento, excepto Daniel, quien, con un último vestigio de conciencia, vio cómo el hielo se extendía por la caverna y sobre sus cuerpos.
Fue lo último que contempló antes de que la caverna se convirtiera en un bloque de hielo.
«La niebla llegó como una serpiente que se deslizaba por el suelo y las paredes y los envolvió. Temblaron como si estuvieran desnudos en medio de una tormenta de nieve. El frío atravesó las mantas, la ropa y la piel, congelándoles los músculos, la sangre y los órganos».