CAPÍTULO 19 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 20 de 44
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CAPÍTULO 19

Cris palpó la pared, buscando desesperadamente el botón. Lo presionó y las grandes placas que cubrían la ventana comenzaron a moverse. Pensó que quizá habría sido más rápido ir al baño, pero ansiaba respirar aire fresco. En cuanto se abrió la ventana, se inclinó hacia fuera. Unos espasmos sacudieron su cuerpo, pero, como las otras veces, no llegó a vomitar. Permaneció allí, jadeando, con los ojos cerrados y llorosos, sintiendo la brisa húmeda sobre el rostro. Cuando su estómago se tranquilizó, abrió los ojos y respiró profundamente.

Justo después de la ventana había un jardín abandonado. Más allá se veía un muro bajo de piedras, un espacio cubierto de césped y, después, el bosque empapado.

Hacía quince días que habían llegado y, desde entonces, no había dejado de llover. No era una lluvia torrencial como la del día en que encontraron a Kantor, sino una lluvia intermitente que tamborileaba incesantemente sobre las hojas de los árboles que rodeaban el templo.

«¡Quince días!», pensó. No representaban nada comparados con los quince siglos que había perdido.

Todavía resultaba difícil aceptarlo.

Mil quinientos años congelados y el mundo que conocían había desaparecido. Un viaje surrealista, y allí estaban, en un templo en ruinas, acompañados por un anciano inmortal.

Pensar en ello amenazó con revolverle nuevamente el estómago, pero un gemido a sus espaldas hizo que se volviera hacia el interior.

Ana se retorcía de dolor en la cama.

Después de diez días durante los cuales permanecieron en una especie de coma inducido, habían despertado sufriendo varias reacciones desagradables.

Ana había comenzado a menstruar tres días después y, desde hacía dos, sufría cólicos terribles y un sangrado abundante.

Kantor había dicho que su organismo se estaba readaptando y que lo único que podían hacer era minimizar el dolor y esperar a que la naturaleza retomara su curso.

Cris la miró con pena. Ana había adquirido una palidez enfermiza, con enormes ojeras y los labios lívidos y resecos.

—¿Ana? —la llamó con suavidad—. Querida, ¿quieres que le pida a Kantor algún otro medicamento?

La muchacha tartamudeó:

—Pídele… Pídele, por favor… veneno.

—¡Ay, Ana! ¡No seas dramática!

—¿Dramática? —vociferó entre un gemido y otro—. Quiero ver qué dirás cuando llegue tu turno… ¡A ver si entonces piensas que es dramatismo!

Cris se estremeció. No quería pensar en ello, pero las náuseas que sentía le decían que su momento estaba cerca.

—Está bien, discúlpame —pidió—. Hablaré con Kantor para ver si puede hacer algo. ¿Quieres que deje abierta la ventana?

—¡No! —jadeó Ana—. ¡Podría entrar alguna cosa!

—Pero Kantor garantizó que hay un campo de fuerza alrededor del templo y que nada puede entrar.

—¡No voy a confiar en ese anciano! ¡Estoy sangrando! ¿Y si atraigo a alguna fiera o a algún monstruo extraño que viva en estos bosques? —Ana casi gritó las últimas palabras.

Cris alzó los ojos hacia el techo y buscó en su interior toda la paciencia que pudo. Accionó el botón para cerrar la ventana y salió.

Atravesó el corredor de las habitaciones y llegó al patio interior.

Vio a Carlos sentado cerca, hurgando con una ramita entre las piedras del piso.

Cuando despertó del coma, la reacción de Carlos no fue física, sino emocional.

Él, que siempre era tan alegre, se había abatido y caído en una profunda depresión que culminó en una crisis nerviosa. Kantor lo medicó y ahora solo se lo veía cabizbajo en los rincones.

En un lateral del patio estaban Daniel y Mirna, sentados sobre el murete.

Daniel había despertado como si hubiera disfrutado de una excelente noche de sueño. No sufrió ningún trastorno ni reacción, solo una enorme ansiedad por saber dónde estaba Mirna.

Durante los días que duró el coma, ella no se había apartado del lado de Daniel, excepto cuando Kantor le asignaba alguna tarea, y fue durante una de aquellas ocasiones cuando Daniel despertó.

Mientras los demás habían despertado aturdidos y gimiendo, Daniel se sentó erguido en la cama, con una expresión alerta, y preguntó de inmediato:

—¿Dónde está Mirna?

Como si hubiera oído una llamada, la niña apareció y, al verlo despierto, se arrojó sobre él, abrazándolo y murmurando frases en atlante.

Para sorpresa de todos, Daniel le acarició los cabellos y pronunció palabras tranquilizadoras… ¡en atlante!

Después de eso, no se separaban. Muchas noches, incluso, Mirna terminaba durmiendo junto a Daniel.

Cris sabía que no había segundas intenciones en la actitud de la niña. Era inocente, delicada con todos, dulce en sus palabras y gestos, pero estaba extremadamente necesitada de afecto y había elegido a Daniel como su puerto seguro.

Pero era él quien preocupaba a Cris, pues lo conocía bien. Mirna era poco más que una niña, y Cris temblaba al imaginar hasta dónde podía llegar Daniel.

La capacidad de Daniel para hablar en atlante duró poco, como si hubiera estado en trance, y pronto dejó de entender y hablar la lengua. Desde entonces se esforzaba por aprender con Mirna. Progresaba rápidamente y transmitía a los demás lo que aprendía.

Eso era lo que estaban haciendo allí. Sentados muy cerca el uno del otro, Mirna le enseñaba a Daniel, pronunciando las palabras atlantes de forma pausada y articulada, y él las repetía.

Al verlos allí, con los rostros muy próximos y las bocas muy próximas, Cris se estremeció.

«¡No son celos!», se dijo. «¡Me preocupa Mirna!».

Lo repitió como un mantra y, providencialmente, antes de que algo más fuerte y profundamente arraigado en su interior la contradijera, una pregunta interrumpió sus pensamientos:

—¿Y la rubita? ¿Cómo está?

Era Carlos, que ahora estaba de pie cerca de ella:

—Sobrevivirá —respondió Cris.

Él negó con la cabeza:

—Qué pena.

Cris sonrió. Era bueno ver que recuperaba su antiguo buen humor.

Instintivamente, volvió a mirar a Daniel y a Mirna, con la preocupación todavía reflejada en el rostro.

—Cris —la llamó Carlos. Ella se volvió con expresión culpable, como si la hubieran sorprendido haciendo algo indebido—. No te preocupes —dijo él.

—¿Por qué? —preguntó ella, fingiendo no comprender.

Carlos señaló a los dos con la cabeza:

—Por eso. Todo está bien.

—¿Estás seguro? —preguntó Cris, totalmente desarmada.

—¡Sí! No está sucediendo nada. Lo sé. —Habló con convicción—. Y, además —completó—, los estoy vigilando.

Ella se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, agradecida:

—¡Gracias, Cacá!

Después, sosteniendo la mano de Carlos entre las suyas, preguntó:

—¿Y tú? ¿Cómo estás?

—Mejor. Superándolo —sonrió—. Fue un golpe muy fuerte perder de esa forma a las personas amadas y no tener tiempo de… hablar con ellas… aclarar las cosas.

Cris sabía que se refería a su hermano y recordaba lo que Ana había dicho días antes. Le acarició el rostro.

—Olvídalo. Sabes cuáles eran tus verdaderos sentimientos por tu hermano, y él también lo sabía. No sigas atormentándote. Nuestro mundo y nuestras vidas cambiaron, pero no quiero que cambie aquella antigua alegría tuya, ¿de acuerdo?

Él le sonrió.

—Tú sabías lo de Ana y Jonas, ¿verdad? —preguntó.

—Sí. Y no quería que ella te lo contara porque sabía que te haría daño. Mucho daño.

—Es cierto. Sus palabras llegaron muy hondo.

—También sabía que no serían solo sus palabras las que te harían daño.

Él la miró con cierto recelo:

—¿De qué estás hablando?

Ella rio con picardía.

—Vamos, sabes perfectamente de qué hablo.

Carlos se ruborizó. Miró al suelo y después a ella. Rio con timidez.

—Me conoces muy bien, ¿verdad?

—Sí.

Era cierto. Siempre habían tenido una conexión especial. Desde niños existía mucho afecto y amistad entre ellos.

Una amistad diferente de la que Carlos tenía con Daniel, algo más íntimo, que les permitía abrirse el corazón y el alma sin preocuparse por juicios ni censuras.

—Eso es otra cosa que me está afectando. Siento como si estuviera traicionando a mi hermano.

Cris acarició el rostro de Carlos.

—No pienses de esa manera. Nadie es culpable en esta historia. Tú no sabías que mantenían una relación. Tu hermano no conocía tus sentimientos, y Ana tampoco. Aunque… creo que ella lo sospecha.

—¿En serio? —Carlos abrió mucho los ojos.

—Es joven, pero no es tonta. De hecho, es mucho más lista que yo.

—¿Crees que tengo alguna posibilidad? —preguntó el muchacho, esperanzado.

—Siempre existe alguna, pero tienes que dejar de tratarla mal. No sigas el juego de Daniel. Ella no es esa muchacha promiscua que él y otros jóvenes dicen que es. Ya te lo expliqué. Comienza a respetarla, a ser más servicial y comprensivo. Entonces podrá ver al hombre maravilloso que eres.

Carlos sonrió, agradecido.

—¿Crees que debería ir a ver cómo está? ¿Hacerle una visita?

—Sinceramente, ¡en este momento no! Por tu propio bien.

—¿Está tan mal?

Cris puso los ojos en blanco:

—A veces me dan ganas de pedirle a Kantor que vuelva a ponerla en coma.

Ambos rieron.

Daniel, que hasta entonces estaba absorto en su conversación, levantó la cabeza hacia ellos y los miró interrogativamente. Mirna siguió su mirada y, al ver a Cris, sonrió y agitó con entusiasmo una mano.

—¡Cris! —exclamó.

Ella respondió al saludo y, después de despedirse de Carlos, atravesó el patio, sintiendo que los ojos de Daniel la seguían. Entró en el otro corredor, en dirección a los aposentos de Kantor.

Llamó suavemente a la puerta, que se abrió poco después.

Al entrar, encontró a Pedro conversando con Kantor. Al verla, Pedro sonrió ampliamente:

—¡Cris, escucha esto! —dijo animado—. Cuando nos hayamos recuperado, Kantor realizará un despertar de recuerdos pasados para que comprendamos la lengua atlante. Así podremos leer los cristales archivo y conocerlo todo sobre Atlántida, su ciencia y su religión. —Se entusiasmó, moviendo las manos como si quisiera abarcar toda la habitación, pero después se contuvo, algo avergonzado.

—Eso si tú… Quiero decir… si los demás también quieren aprender. Al fin y al cabo, nadie está obligado.

Cris puso una mano sobre su brazo.

—A mí me encantará —dijo con sinceridad—. Querré leer todos los cristales contigo, y estoy segura de que los demás también querrán aprender la lengua atlante. Quiero decir, probablemente Daniel no, porque ya está aprendiendo de forma práctica.

Cris se reprendió en silencio. No quería haber dado aquel tono a las últimas palabras. No quería parecer celosa. ¿Pero no lo estaba?

—Yo… —Pedro miró a Kantor, que lo animó con un gesto—. Kantor va a aceptarme y entrenarme como aprendiz, y quizá algún día… Bueno, creo que no…

—Convertirte en Satibar, un iniciado —intervino Kantor—. Y yo creo que sí. Reúnes las condiciones pasadas y futuras para ello.

Cris miró a su amigo con admiración, y eso hizo que aquel día, no, que toda su vida, valiera la pena para Pedro.

—¡Pedro, estoy orgullosa de ti! —Y lo abrazó.

Pedro sintió que las piernas se le aflojaban. Tuvo ganas de preguntarle a Kantor si un Satibar podía casarse, pero se contuvo.

—Gracias —dijo—. Ahora creo que Cris tiene algún asunto que tratar con usted, así que los dejaré solos.

Se despidió y salió. Kantor comentó:

—Es un buen muchacho.

—Es un muchacho excelente —añadió Cris, y quedó pensativa.

Él también permaneció en silencio, observándola con una leve sonrisa, como si conociera el rumbo de sus pensamientos. Cris se ruborizó y buscó otro tema:

—Yo… Vine a hablar de Ana. Sí, de Ana. Tiene muchos cólicos y parece que el medicamento que le diste ya no hace efecto. ¿Tendrías otro?

Habló con rapidez y atropelladamente. Kantor, todavía sonriendo, respondió:

—Claro, puedo prepararle algo. —Y comenzó a revolver algunos frascos.

Cris permaneció allí, caminando y observando los extraños objetos de la sala.

—¿Examinaste a Mirna? —preguntó de repente.

—Sí. Ya la examiné y todo está bien. No fue abusada ni sufrió heridas graves. Está asustada, tiene algunos moretones y una leve desnutrición. Nada que no puedan remediar un buen descanso, buena comida y cariño.

—Qué alivio —respondió Cris—. Es una muchacha excelente. Me agrada. No quiero que la lastimen de ninguna manera.

—No sufrió daños graves y puedes tener la seguridad de que no los sufrirá —respondió él, utilizando el mismo tiempo verbal que ella.

Cris intentó justificarse:

—Es que Daniel… —No completó la frase porque no quería expresarse mal.

Kantor alzó los ojos de la tabla sobre la que mezclaba algunos polvos.

—Respecto a eso, no te preocupes, hija. Todo está bien.

—Ya me dijeron eso.

—Entonces créelo —dijo él jovialmente.

—Es difícil, tratándose de quien se trata.

—Comprendo tu escepticismo. Sé que sufriste mucho mientras duró su relación, pero debemos creer en la capacidad para el bien que habita en cada ser humano. Daniel todavía puede sorprendernos mucho, créeme.

Cris no respondió. «…mientras duró su relación…». Eso era lo que Kantor había dicho. ¿No era aquello lo que ella quería? Entonces, ¿por qué aquella amargura en su garganta y aquellas lágrimas obstinadas que amenazaban con caer?

El anciano utilizó una espátula para introducir la mezcla en un frasco:

—Disuelve una cucharada de esto en un poco de agua siempre que aumente el dolor. Ayudará a nuestra pequeña a superar esta fase.

Parecía no haber advertido el estado de Cris. Ella sabía que no había maldad en lo que él había dicho. Había sido una observación natural, obvia, clara como la luz del día. Solo faltaba que ella lo aceptara.

Tartamudeaba un poco por la emoción contenida cuando habló:

—¿No… no sería mejor que yo también tomara algo para reducir mis cólicos, para… cuando comiencen?

—No tendrás que preocuparte por eso durante los próximos meses —respondió él con tono paternal.

Más recompuesta y sinceramente sorprendida, dijo:

—¡Vaya! ¿El congelamiento me afectó tanto? No es que me esté quejando. Tengo cólicos horribles, y pasar algún tiempo sin ellos sería…

—Estás embarazada, hija.

Ella lo miró, perpleja:

—¿Qué?

—Estás embarazada —repitió él.

—¿Embarazada?

—De aproximadamente un mes y medio.

—¿Cómo…?

—Por tu aura —respondió, adelantándose a la pregunta.

La mente de Cris trabajó febrilmente: «embarazada», «aura», «un mes y medio».

Una constatación hizo que recuperara la voz:

—¡Imposible! —exclamó, agitando las manos en el aire—. No tuve ninguna relación durante el último… mes… y medio.

La seguridad de su rostro fue desapareciendo, sustituida por una máscara de desesperación.

«Daniel y yo… en la cueva…».

Cris se desplomó en una silla y balbuceó:

—Un mes y medio, no. Mil quinientos años. Llevo un milenio y medio embarazada.

Levantó el rostro hacia Kantor con una sonrisa forzada.

—Creo que es el embarazo más largo de la historia, ¿verdad? —Y rompió a llorar.

Kantor le pasó un brazo por los hombros.

—Perdóname por darte la noticia de esta manera. Llevo días intentando contártelo y ahora me pareció un buen momento, especialmente porque debemos comenzar a cuidar este embarazo.

Ella levantó hacia él sus ojos rojos.

—¿Cuidarlo?

La pregunta sonó extraña, quizá por eso Kantor la interpretó mal. Una expresión triste cubrió su rostro.

—Hija, tienes derecho a no continuar con este embarazo, pero…

Cris se puso de pie de un salto.

—¡Oh, no! ¡Por Dios, jamás! Es que… ¿aquí? ¿Ahora? ¿Y cómo?

Kantor comprendió, y su rostro se despejó.

—Discúlpame otra vez, hija. Quiero que estés tranquila. Entre mis conocimientos se encuentra la obstetricia, y este no será el primer bebé que traiga al mundo. Aquí tenemos todos los equipos necesarios para acompañar tu embarazo. Hay cristales capaces de generar imágenes tridimensionales de tu útero y del bebé. Puedo realizar análisis de sangre y genéticos; en resumen, todo lo necesario para garantizarte un embarazo tranquilo. Eso, por supuesto, si confías en mí y me permites cuidar de ti y de tu bebé.

Cris sonrió.

—Claro que confío en ti, plenamente. Lo que me asusta es el momento que estamos viviendo. No tengo ninguna certeza respecto a mi futuro. ¿Qué se puede decir entonces del futuro de este niño?

Había cierta desesperación en su voz. Kantor intentó tranquilizarla:

—Nacerá en medio de una familia. Será amado y protegido… —Hubo un leve temblor en la voz de Kantor—. Y seguirá el destino que le fue trazado. En cuanto a ti, hija, la certeza de tu futuro está justo aquí. —Apoyó la mano sobre su vientre.

Cris sonrió, conmovida. Pasó una mano cariñosa sobre el abdomen. Ahora advertía que había crecido ligeramente. Las náuseas y la indisposición tenían una explicación.

—¡Sí! —dijo—. Será amado, ¡muy amado!

—Y recuerda que tiene un padre que puede ayudarte.

—Por favor, ¡no le digas nada a Dan!

—Tiene derecho a saberlo y el deber de ayudarte.

—Sí, lo sé. Quiero decir que no se lo cuentes ahora. Primero necesito asimilarlo todo.

—Hija, se lo contarás cuando consideres que debes hacerlo. Solo no tardes demasiado, porque podría producirse algún malentendido, especialmente tratándose de Daniel. Tú, mejor que nadie, sabes cómo es.

Cris suspiró. «¡Daniel! Sí, lo sé».

Kantor le dio un medicamento para las náuseas y una vitamina, y ella lo abrazó con gratitud antes de salir.

—Sé fuerte, hija —dijo él mirándola a los ojos—. Eres el vínculo que mantiene unido a este grupo. Todos dependen enormemente de ti.

Ella suspiró ante aquella responsabilidad, pero no dijo nada. Parecía conocer aquella carga y se resignó a ella.

Sin embargo, antes de salir de la sala, se volvió y preguntó:

—Kantor, las profecías sobre Daniel… el bebé… ¿Está implicado de alguna manera?

El anciano tardó un poco en responder:

—No —dijo simplemente.

Cris asintió y se retiró.

No vio las dos lágrimas que descendieron por los ojos del anciano.

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