CAPÍTULO 21 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 22 de 44
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CAPÍTULO 21

Con los ojos cerrados, Carlos volvió el rostro hacia el sol, disfrutando del calor creciente de aquella mañana templada.

Cuando volvió a abrirlos, contempló el paisaje que se extendía ante él.

Kilómetros y más kilómetros de bosque intacto, del que ascendían columnas de vapor que se dispersaban hacia el cielo azul.

Aquí y allá se alzaban montes como aquel en el que se encontraba, algunos rocosos y otros cubiertos de vegetación.

Estaba sentado sobre una piedra plana que se equilibraba al borde de la ladera del monte en el que se encontraba incrustado el Templo de Kantor.

Había subido hasta allí por el sendero empinado que serpenteaba detrás del templo, primero entre el bosque y después entre los arbustos bajos y las piedras que cubrían los últimos metros hasta la cima.

Carlos apreciaba la tranquilidad de aquel lugar, un rincón perfecto para estar en paz, pero que últimamente había estado bastante concurrido.

Pedro siempre estaba allí para meditar. Cris había subido dos veces. La última vez había bajado llorando y parecía sentir dolores. Fue directamente a hablar con Kantor y salió de su sala mucho mejor, pero no comentó nada sobre lo sucedido, a pesar de la insistencia de Daniel.

Mirna iba con frecuencia. Algunas veces con Daniel, otras con Pedro e incluso con Carlos, pero no estaba interesada en convertir el lugar en un retiro. Le gustaba caminar descalza, canturreando bajo el sol mientras recogía las flores azules y amarillas que nacían entre las piedras.

Siempre era una alegría tenerla cerca, pero aquel día Carlos se había ocultado para que no lo viera y quisiera acompañarlo. Deseaba estar solo y pensar en los acontecimientos de los últimos días, que no habían sido pocos.

El entrenamiento impuesto por Kantor había sido todo lo que prometió y mucho más. Carlos se consideraba un atleta en plena forma, pero descubrió, de la manera más dolorosa, que para ser guerrero hacía falta mucho más.

Había sido tan duro que, al final de cada día, se convertían en una masa de dolores musculares extendida sobre las camas.

Pero eso no impedía que el entrenamiento continuara, pues Kantor había pedido a Cris y a Mirna que masajearan los músculos destrozados de los muchachos, ya que ellos estaban prácticamente incapacitados para hacerlo, utilizando un ungüento especial que, después de algunas horas de sueño, eliminaba el dolor, únicamente para que pudieran levantarse y reiniciar el entrenamiento.

Después de algunos días, además del entrenamiento físico, comenzaron las torturantes sesiones de estiramiento.

«La fuerza no sirve de nada sin flexibilidad», decía Kantor, quien, utilizando sus conocimientos de anatomía, aplicaba vibraciones sobre sus articulaciones y nervios para volverlos más flexibles y después retorcía sus extremidades casi hasta romperlas.

Había sido duro, sí, pero había valido la pena.

Carlos miró sus brazos. Tenía músculos largos y nunca había buscado aumentar significativamente la masa muscular, pues siempre había preferido los entrenamientos destinados a la velocidad, la resistencia y la agilidad para practicar los deportes que le gustaban. Pero ahora sus músculos sobresalían, fuertes.

No podían compararse con los de Daniel, cuyo desarrollo muscular era extraordinario, con músculos grandes y poderosos. Carlos sabía que no podía igualar la fuerza de su amigo, pero era mucho más rápido y ágil.

Al menos por ahora.

Daniel evolucionaba rápidamente en cualquier cosa que hiciera. Aprendía y se superaba día tras día.

Siempre había sido así, pero últimamente se había convertido en algo impresionante. Incluso aterrador.

Aquello adquirió un nuevo ritmo hacía una semana, cuando Daniel y él realizaron el despertar de los recuerdos para aprender o, mejor dicho, reaprender a manejar espadas, después de la llegada de los soldados atlantes.

Carlos sudaba por lugares que, hasta hacía pocos días, consideraba incapaces de hacerlo.

Durante los últimos cuarenta minutos, Daniel y él habían subido y bajado corriendo el comienzo del sendero que conducía a la cima del monte, detrás del templo.

Cada cinco recorridos debían subir un poco más y, cada vez que lo hacían, el peso de sus cuerpos aumentaba por la influencia energética de Kantor.

—Esto fortalecerá sus piernas —había dicho el anciano—. También demostrará si sus corazones soportan grandes esfuerzos.

—¿Y si no los soportan? —preguntó Daniel.

Kantor se encogió de hombros.

—Sufrirán un paro cardíaco, por supuesto.

Los muchachos intercambiaron miradas.

—Al menos sabremos si sus corazones estaban preparados para esto o no.

Sonriendo, el anciano se alejó en dirección al templo.

Carlos creía que su corazón no resistiría.

La respiración le raspaba la garganta, la inhalación se mezclaba con la exhalación, la sangre parecía a punto de salirle por los ojos y los oídos. Sus piernas eran un recuerdo distante, sumergidas en un mar de dolor.

En cada nueva subida y bajada, se prometía, intentando engañarse, que sería la última vez. Pero, cuando llegaba abajo, volvía a subir, prometiéndose que aquella sí sería la última.

No quería rendirse antes que Daniel. Su amigo parecía tan agotado como él, pero tampoco desistía.

Después de cincuenta minutos, Carlos comprendió que no podría continuar. «¡Al diablo si Daniel no va a detenerse!».

Cuando descendió una vez más, su cuerpo se rindió y se desplomó bajo la sombra de un árbol cercano.

Como si existiera entre ambos un acuerdo tácito y silencioso, Daniel se detuvo al mismo tiempo y se arrojó al suelo a su lado.

Permanecieron jadeando durante un tiempo, con los ojos cerrados, hasta que una voz cercana los sobresaltó:

—Kantor los está llamando al templo. Inmediatamente. —Era Pedro.

—¿Y qué quiere el anciano? —quiso saber Daniel.

—Lo sabrán junto con los demás. Vengan rápido. —Les dio la espalda y regresó al templo.

—¡Dile que no estoy a su disposición! Iremos dentro de unos veinte minutos, después de descansar —le gritó Daniel.

Pedro se volvió y respondió en voz alta debido a la distancia:

—Dentro de veinte minutos, el destino de Mirna ya habrá sido decidido, así que no necesitarás tomarte la molestia de venir. —Y se marchó.

Daniel se incorporó de un salto.

—¡Mirna!

Se puso de pie y, olvidándose de sus dolores, corrió hacia el templo.

—¡Oye, Daniel! ¡Ayúdame a levantarme! ¡Daniel! —le gritó Carlos, pero su amigo ya estaba lejos. Gimiendo, se puso de pie y lo siguió tan deprisa como pudo.

Cuando Carlos llegó al patio central, todos estaban reunidos de pie, formando un círculo.

Daniel ya estaba junto a Mirna, sosteniéndole la mano. Ana miró mal a Carlos y murmuró:

—Por fin.

Kantor fue directo al asunto:

—El ejército atlante organizó una misión de búsqueda intensiva. Están aquí, en la región, registrando cada centímetro del bosque. Nada los detiene: ríos, árboles, montes… investigan cada escondite posible. Eso significa que encontrarán el templo.

Los jóvenes intercambiaron miradas.

—¿No podemos huir de ellos? —preguntó Cris—. ¿Tal vez rodearlos?

—No es seguro, porque no tienen entrenamiento para desplazarse por la selva. Lo mejor será quedarnos aquí. Intentaré engañarlos con una ilusión óptica, y debemos esperar que no haya un sacerdote entre ellos, pues, si lo hay, no sé si conseguiré engañarlos.

—¿Una ilusión óptica? ¡Qué protección tan inútil! —disparó Daniel—. ¿Por qué no luchamos?

Kantor lo miró con indulgencia.

—Una de las razones evidentes es que ustedes no saben manejar una espada.

—Sabríamos hacerlo —replicó el muchacho— si, en vez de dedicarte a ejercitar tu sadismo, hubieras realizado ese maldito despertar. ¿Por qué no lo haces ahora?

Los demás lo miraron con desaprobación, pero el anciano mantuvo su expresión indulgente.

—Daniel, ¿recuerdas lo que dije sobre la impetuosidad y la estupidez? Aunque pudiera realizar el despertar durante los treinta minutos que faltan para que lleguen los soldados, ¿crees que serías capaz de enfrentarte a dos mil hombres?

Daniel enrojeció y sus ojos centellearon. Ana se rio.

—Nos ocuparemos de eso después —dijo Kantor—. En este momento existe un asunto más importante. La misión principal de estos hombres es encontrar a Mirna. Esta es una oportunidad para que regrese a casa sana y salva.

—¡No! ¡Jamás! —estalló Daniel—. ¿Estás loco? ¿Entregarla a esos hombres? ¡Nunca!

—Como dije, es una oportunidad para que regrese junto a la princesa. Y la decisión de irse con ellos o no no te corresponde a ti, Daniel, sino únicamente a ella.

El muchacho hizo ademán de hablar, pero Kantor levantó una mano.

—¿Vas a negarle ese derecho? ¿Así dices amarla, sin respetar su libertad de elección?

Daniel bajó la mirada.

Kantor llamó a Mirna para que se aproximara. Cuando ella soltó la mano del muchacho, Daniel sintió que el mundo se derrumbaba sobre sus hombros.

Quedó tan abatido que Cris, compadecida, se acercó y le sostuvo la mano para consolarlo.

El anciano puso las manos sobre los hombros de la niña y, mirándola a sus grandes y límpidos ojos negros, le habló suavemente, explicándole la situación.

Un estremecimiento perceptible recorrió el frágil cuerpo de Mirna. Bajó la cabeza y fijó los ojos en el suelo. Después de unos instantes, volvió a alzarla, decidida, y buscó a Daniel.

—Ezda denbora nid eto —dijo en su lengua.

Daniel sonrió.

—Todavía no ha llegado el momento de partir —tradujo Kantor con un suspiro—. Bien, que así sea. Entonces preparémonos. Tengo que hacerlos dormir.

—¿Vas a volver a ponernos en éxtasis? —Ana casi gritó la pregunta. Todavía recordaba lo que había sufrido la última vez.

—No será necesario algo tan profundo —respondió Pedro, demostrando que ya conocía los detalles—. Solo será un sueño, nada más. Tranquilízate.

Ana lo miró con desconfianza.

—Vaya, Pedro, pareces uno de esos médicos que dicen que la inyección no dolerá. No te creo.

El anciano sacerdote dijo:

—Pedro tiene razón. Solo necesito que se duerman para que permanezcan tan inmóviles como sea posible. Vamos.

Condujo a los jóvenes hasta uno de los dormitorios y les indicó:

—Los haré dormir ahora y necesito que se acuesten de dos en dos.

Ana replicó:

—¿Por qué? ¿Por qué no se acuesta cada uno en su propia cama?

Kantor respondió con paciencia:

—No puedo impedir que los soldados encuentren el templo, pero puedo hacer que vean lo que yo quiera mediante una ilusión, es decir, un lugar abandonado y en ruinas. Cuanto más juntos estemos, menos se dispersará la energía que utilizaré y más convincente será.

Los jóvenes no lo comprendieron bien, pero decidieron hacer lo que Kantor ordenaba.

Daniel ya se estaba acostando en su cama con Mirna. Cris se dirigió junto a Ana y Carlos miró a Pedro con expresión desagradada.

—¡Ah, no voy a acostarme con Pedro! —dijo y, avanzando, sujetó a Cris por el brazo—. Ven, Cris, quédate conmigo. No te importará, ¿verdad, Daniel?

—Por supuesto que no —respondió su amigo. Confiaba en Carlos, pues Cris y él se trataban como hermanos.

Lo que jamás permitiría era que compartiera una cama con Pedro.

Este, avergonzado, se volvió hacia Ana:

—Bueno, quedamos nosotros dos.

Ana puso los ojos en blanco, contrariada:

—Qué remedio. —Ya estaba acostándose cuando miró fijamente a Pedro y levantó un dedo—. Nada de estar rozándote conmigo, ¿entendido?

Pedro se defendió:

—¡Por supuesto que no! ¡Esta es una situación seria!

Kantor pensó: «Espero que ninguno de ellos hable dormido ni se mueva demasiado durante el sueño. Si lo hacen, será un desastre».

Cuando comenzó a concentrarse, Ana susurró:

—¿Pedro?

—¿Qué?

—¿Me tomas de la mano?

Kantor se apoyó contra la pared de la habitación y se concentró.

Percibió que los soldados estaban cerca. ¡Debía actuar con rapidez!

Podía actuar sobre las mentes de los atlantes, aunque cada uno de ellos poseía un colgante de cristal cuya función era precisamente evitar los ataques mentales.

Pero, durante aquellos siglos de aislamiento, había aprendido muchas cosas y perfeccionado muchas otras. Ya no necesitaba un grupo de apoyo mental para ninguna tarea, pues había aprendido a sintonizarse y conjugar su energía con la de cualquier cristal a un nivel psicoatómico que ningún sacerdote atlante imaginaba posible.

Podía inducir a los soldados a ver lo que deseara, pero, si entre ellos había algún sacerdote o algún soldado con un mínimo de percepción extrasensorial —algo que no era infrecuente—, todo se perdería.

Por eso optó por otra estrategia. Manipuló la primanergía del ambiente, moldeándola como una masa que depositó sobre todo el templo, dándole el aspecto de un lugar abandonado desde hacía mucho tiempo.

Era como un escenario falso que ocultaba el verdadero. Aquella era la imagen que llegaría a los soldados a través de sus ojos, y así sus mentes no sabrían que estaban siendo engañadas.

Configuró sobre sí mismo la imagen de una vieja estatua, y los jóvenes acostados en sus camas adquirieron el aspecto de bloques de piedra desprendidos del techo.

Lo único que los muchachos no podían hacer era moverse, pues eso arruinaría la ilusión óptica.

Kantor vio en su mente el momento en que el comandante del batallón se detuvo, perplejo, frente al templo en ruinas.

Después de recuperarse de la sorpresa, ordenó que los soldados inspeccionaran todo el perímetro y subieran a la cima del monte para investigar. Él mismo, acompañado por otros cuatro soldados, entró cautelosamente en el templo.

Registraron todas las salas hasta llegar a la habitación en la que estaban Kantor y los jóvenes.

—¿Qué lugar es este, comandante? —preguntó uno de los soldados.

—Parece un antiguo templo atlante abandonado —respondió el oficial de más edad, mirando la estatua en la que se había convertido Kantor—. Pero no recuerdo haber leído nada sobre él en los mapas de rastreo de la región. Quiero que realicen una búsqueda minuciosa, pues, aunque esté en ruinas, es un buen lugar para ocultarse.

Otro soldado, que acababa de llegar, oyó las palabras del oficial y dijo:

—Hay más salas al fondo, señor, pero está demasiado oscuro para ver algo.

—Traigan luces. Quiero que revisen cada centímetro con cuidado.

Aquello no era lo que Kantor esperaba, pues bastaba que uno de los soldados tropezara con algo para que la imagen temblara y la farsa quedara al descubierto. Necesitaba sacarlos de allí.

De inmediato, proyectó su mente hacia el fondo del templo y se oyó un rugido.

Los soldados, alarmados, prepararon sus armas.

El comandante levantó el puño, ordenándoles que las bajaran.

—¿Qué fue eso? —preguntó uno de los atlantes.

—Fue el rugido de un felino, uno de los muchos que habitan estos bosques. Probablemente una hembra con sus crías utiliza este lugar como guarida, ya que normalmente viven en el bosque cerrado y solo buscan lugares así para reproducirse. Sin duda percibió nuestra presencia y nos advierte que no nos acerquemos.

—¿Y qué haremos? ¿Debemos investigar, señor?

El rugido se repitió.

—No. Estos animales protegen ferozmente a sus crías y atacarán a cualquiera que se aproxime. No quiero que conste en mi expediente, y mucho menos en mi alma, que abatí a una de estas criaturas. Ya son suficientes los daños que nuestra incursión está provocando en el bosque.

Los soldados se santiguaron.

—Pero hicimos nuestras penitencias en el Templo Eterno. Los sacerdotes nos garantizaron que cualquier daño provocado por esta misión, al estar al servicio de la corona, no sería imputado a nuestros registros anímicos.

Hubo un momento de tensión, pero el comandante, que parecía un militar experimentado, controló la situación.

—Eso es cierto, pero no significa que debamos provocar la muerte de una criatura salvaje si podemos evitarlo. Salgamos de aquí. Nadie en su sano juicio se refugiaría en la guarida de un jaguar.

Aliviados, los soldados comenzaron a retirarse.

—¿Debo registrar la ubicación de este templo, señor? —preguntó uno de ellos.

Kantor se puso tenso.

Si alguien como Tunamoi leía los registros de la misión, un detalle como aquel probablemente atraería su atención. Kantor se preparó para intervenir. Tendría que influir en la mente del comandante, y el menor descuido haría que todo se perdiera.

Pero la providencia acudió en su ayuda.

—No —respondió el comandante sin vacilar—. Algún burócrata idiota podría leerlo, pensar que este montón de piedras viejas era importante y ordenarnos regresar. Vámonos.

Kantor se relajó. Esperó hasta que los soldados se hubieran alejado varios kilómetros, deshizo la ilusión y despertó a los jóvenes.

Carlos recordaba la expresión de Kantor después de despertarlos.

Donde habría sido de esperar alivio, había preocupación.

Advirtió que el anciano libraba una lucha interior y que permaneció así durante varios días, sumido en profundas reflexiones.

Cierto día, Kantor no apareció en ninguna de las comidas. Los jóvenes interrogaron a Pedro.

—Está meditando —respondió simplemente.

—¿Quieres decir «consultando a sus superiores»? —preguntó Daniel con ironía.

Pedro era muy reacio a revelar las cosas que Kantor le enseñaba. Nunca explicaba nada sobre su entrenamiento como Satibar, pero una vez había dejado escapar que Kantor consultaba siempre con la fraternidad superior a la que pertenecía, desdoblándose espiritualmente mediante la meditación.

—Sí. Necesita consultarlos respecto a una decisión importante que, según cree, debe tomarse ahora.

—¿Y no te consulta también a ti? —continuó Daniel, provocando a su primo—. ¿O tu opinión no tiene ningún valor?

Pedro lo miró con frialdad.

—Sí, me consultó, y mi opinión es que lo que pretende hacer en este momento es un error enorme.

La forma en que miró y, sobre todo, habló hizo callar a Daniel y enfrió la curiosidad de los demás.

Dos días después, durante el desayuno, el anciano apareció en el refectorio. Su expresión era seria y grave. Fue breve y directo:

—Daniel, Carlos, realizaré el despertar total de sus recuerdos de combate. Vengan conmigo, ahora. Solo ustedes dos.

Carlos miró a Daniel, asombrado, pero este observaba de reojo a Pedro, que permanecía impasible.

Siguieron al anciano hasta el fondo del templo, hasta la cripta de cristal.

—Acuéstense —ordenó Kantor, señalando dos plataformas vacías.

Carlos se estremeció.

El anciano ya había realizado un despertar parcial de los recuerdos de todos ellos, para que comprendieran la lengua atlante. Lo había hecho mientras dormían, sin que percibieran nada diferente.

Pero ahora, considerando el volumen de información que sería despertada, imaginó que su cerebro sería revuelto como una tortilla, que una avalancha de recuerdos lo paralizaría, y cerró los ojos con fuerza.

Por eso no vio el breve destello que recorrió los cristales de la cripta, pero sintió una punzada en la parte posterior de la cabeza. Fue tan rápida que, cuando pensó en gemir, el dolor ya había desaparecido.

—Listo —dijo Kantor.

Los muchachos se levantaron y se miraron, desconfiados.

Había sido demasiado rápido y no se sentían diferentes.

Algo había salido mal. Estaban seguros.

—Vengan —los llamó Kantor, dirigiéndose hacia la salida.

Atravesaron el patio, donde estaban los demás, que enseguida los rodearon con preguntas, pero no pudieron responder porque Kantor los llamó al campo de entrenamiento.

Al llegar, se volvió hacia Carlos:

—Toma tu arco y tus flechas.

El joven obedeció. Estaba mejorando mucho, pero en aquel momento no tenía idea de que el despertar lo había llevado a otro nivel.

El anciano tomó dos discos de madera y señaló el blanco más lejano del campo.

—Dispara, Carlos.

Tomó una flecha, la colocó en la cuerda y apuntó. De forma casi inconsciente, percibió la velocidad del viento, corrigió la inclinación y disparó. Todo aquello le llevó menos de dos segundos. La flecha dio justo en el centro.

Antes de que pudiera celebrar la hazaña, Kantor lanzó al aire los dos discos de madera, cada uno en una dirección.

—¡Acértalos! —le gritó el sacerdote.

Nuevamente, con rapidez y precisión, sacó una flecha tras otra del carcaj y disparó.

Los discos cayeron, cada uno atravesado por una flecha exactamente en el centro.

Esta vez Carlos celebró y fue felicitado por los demás.

Kantor se dirigió al expositor de armas y tomó tres espadas de madera utilizadas durante los entrenamientos. Arrojó una a cada muchacho y se quedó con la tercera.

Sin ninguna advertencia, avanzó contra los jóvenes.

El anciano ya había demostrado ser un gran espadachín y, días antes, había desarmado a Daniel y a Carlos con un solo movimiento, pero esta vez Daniel bloqueó su corte lateral.

Moviéndose con extrema agilidad para alguien de su edad, Kantor giró y se desplazó hacia Carlos, que detuvo el golpe descendente.

De inmediato, como impulsados por resortes invisibles, Daniel y Carlos respondieron, lanzando una estocada al mismo tiempo.

Con un giro de la muñeca, Kantor desvió ambas espadas y, con un salto hacia atrás, salió del radio de acción de los jóvenes.

Levantó una mano para suspender el combate. Todo había sucedido con tanta rapidez que los demás permanecieron callados y atónitos, casi incapaces de creer lo ocurrido.

Kantor dijo:

—Todavía les falta entrenamiento, pero ya son espadachines.

Los jóvenes celebraron, abrazándose y saltando.

El anciano se volvió y se alejó en dirección al templo, susurrando para sí:

—Que Athos me perdone.

«Manipuló la primanergía del ambiente, moldeándola como una masa que depositó sobre todo el templo, dándole el aspecto de un lugar abandonado desde hacía mucho tiempo».

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