CAPÍTULO 42
El sonido de cuerdas, flautas y címbalos llenaba la noche del desierto.
Alrededor de una gran hoguera, las personas reían, conversaban y bailaban.
Dos hermosas gitanas, con sus faldas ondulantes, intentaban enseñarle a bailar a Ana, mientras Cris, Pedro y Carlos se encontraban sentados junto a Orlev, conversando al lado de la hoguera.
—Le pido disculpas por el comportamiento de Daniel hace un momento, señor Orlev —dijo Cris mientras comía una masa rellena de queso.
El gitano levantó una mano.
—No te disculpes por los demás, Murri Shukar, hermosa mía. Dios conoce la carga de los errores que todos llevamos como para que, además, tengamos que cargar con los errores ajenos. Y llámame Orlev, sin «señor».
—Es que Daniel es tan...
No supo cómo completar la frase.
—Irresponsable, agresivo —completó Orlev por ella—. Pero también es impetuoso, fuerte. Con una mano firme que lo guiara, sería un excelente gitano. Tengo mujeres aquí que aceptarían gustosamente casarse con él. Puedo hablar con Kantor y liberarlo de esa carga, y también liberarlos a ustedes.
Cris dejó de comer y lo miró directamente.
—¿Te refieres a convertirlo en gitano?
—Sí. Dejaría de ser un gadjé y se convertiría en gitano.
—¡No! —dijo Cris con firmeza—. ¡Daniel tiene otras obligaciones impostergables en esta vida!
Orlev rio.
—¡Veo que ya tiene una mano firme que lo guía!
Cris bajó la mirada y susurró:
—No tan firme como debería.
—Sabes, Orlev —dijo Pedro, cambiando de asunto—, ver a tu clan con las mismas costumbres, danzas y canciones que, por lo que recuerdo de haber visto en algún contacto ocasional o en alguna investigación, eran comunes entre los gitanos terráqueos, es como regresar en el tiempo. Es como recuperar una pequeña parte de nuestra época.
—Me alegra que te traiga buenos recuerdos, muchacho. Pero hubo cambios en nuestra forma de vida. Mi pueblo existe desde hace eras, y el secreto de semejante longevidad es la capacidad de adaptación de los romani. Cuando ocurrió la gran destrucción, el hecho de que muchos de los nuestros no vivieran en ciudades y ya tuvieran hábitos nómadas fue decisivo para nuestra supervivencia. A lo largo de los siglos nos adaptamos. Otros pueblos nómadas se unieron a nosotros, trajeron su cultura y nos enriquecieron cada vez más. Y aquí estamos, preparándonos para nuestro próximo gran paso.
—¿Y cuál sería? —preguntó Carlos.
El gitano apuntó al cielo nocturno.
—¡Las estrellas, amigo mío! —respondió Orlev con un brillo en los ojos—. ¡Comerciaremos entre los soles, leeremos la suerte de las especies más variadas! ¡Nuestras hogueras arderán en mil mundos y nuestras mujeres bailarán en los confines del universo!
Orlev habló con pasión y los muchachos lo contemplaron admirados.
—¿Y qué falta para que eso ocurra, Orlev? —preguntó Cris, emocionada por la apasionada narración del hombre.
—Básicamente, una nave. Y una forma de abandonar el planeta, pues los atlantes controlan todas las entradas y salidas espaciales. Estamos muy cerca de reunir los recursos para adquirir una nave suficientemente grande para todo mi pueblo. Kantor incluso nos ayuda con eso, pero el problema es conseguir autorización para volar.
Pedro dijo:
—Por la forma en que los atlantes nos odian, es muy posible que permitan que te marches. Serían algunos terráqueos menos.
—Eso podría haber sido cierto poco después de la gran destrucción —replicó Orlev—, pero, actualmente, los terráqueos estamos disminuyendo en número, y eso significa menos mano de obra esclava para los atlantes. Somos una especie en extinción, amigos míos.
Aquella constatación perturbó a los jóvenes y los dejó en silencio durante unos instantes.
Pedro replicó sin convicción:
—Dicen que todavía hay muchos terráqueos al otro lado de la barrera.
Orlev hizo un gesto de disgusto.
—No tantos. Mi primo estuvo allí y me lo dijo.
Pedro abrió mucho los ojos.
—¿Tu primo estuvo al otro lado de la barrera?
—Sí —respondió Orlev—. Hace algunos años nuestro clan creció demasiado y consideramos conveniente dividirlo. Mi primo lideró el otro grupo y decidió probar suerte después de la barrera. Regresó dos años más tarde con menos de la mitad de las personas que habían partido con él. Me dijo que había muchas guerras, hambre y enfermedades. Él mismo murió poco después, víctima de una enfermedad que no conseguimos curar. Eso ocurrió hace unos veinte años.
—¿Cómo consiguieron llegar hasta allí? —volvió a preguntar Pedro, interesado—. ¿Por mar?
—No. Existe un camino terrestre poco conocido. Tengo un mapa, muchacho, y te lo daré.
—¡Oh, gracias! —agradeció Pedro—. ¿Pero ese mapa no podría serte útil?
Orlev rio.
—No. Como te dije, mi destino se encuentra allá arriba —volvió a señalar el cielo—, no allá.
Señaló con el pulgar por encima del hombro, indicando la dirección en la que se encontraba la gran barrera magnética.
—Pero, por ahora, permaneceremos aquí. Los negocios han sido buenos. Mañana iremos hacia la costa para buscar más mercancías que venderemos en la Ciudadela.
—¿Qué venden? —preguntó Carlos.
—Un poco de todo, aunque principalmente tejidos. Los compramos a una tribu que vive en unas bahías muy al sur de Atlantis. En el pasado fueron un pueblo del desierto. Durante la gran destrucción, el desierto que habitaban fue invadido poco a poco por el mar. Huyeron a través de las montañas Skelers y llegaron al continente de Atlantis, donde encontraron este desierto.
Orlev hizo un gesto con la mano que abarcó los alrededores.
—Creyeron que habían encontrado un nuevo hogar. Pero los atlantes trajeron a los Shakluir y ellos tuvieron que emigrar nuevamente. Los navegantes traen desde la Tierra de Agóz las fibras vegetales con las que producen tejidos de calidad incomparable, teñidos con colores increíbles y estampados maravillosos. Miren.
Fue hasta una tienda cercana y trajo un hermoso pañuelo para el cabello, rojo y decorado con arabescos verdes.
—Miren la ligereza del tejido, su tacto suave. ¡Observen cómo sus colores cobran vida bajo la luz del fuego!
Los muchachos lo miraron interesados, aunque sin demasiado entusiasmo.
Cris, por su parte, tenía los ojos brillantes.
—¡Es hermoso! —dijo extasiada.
Después miró al gitano fingiendo indignación.
—¡Orlev! ¿Estás intentando seducirme para que lo compre?
El hombre rio con fuerza y echó la cabeza hacia atrás.
—¿Vendértelo? ¡Jamás, Murri Shukar! Es tuyo. ¡Un regalo!
—¡Oh, Orlev! —exclamó ella—. ¡Muchas gracias! ¡No sé cómo agradecerte!
—No es necesario, hermosa Cris. La visión de ti utilizando ese pañuelo será un regalo para mis ojos.
—Hum —dijo Carlos—. Deja que Daniel te vea cortejando a su chica y entonces sí recibirás un bonito «regalo» en los ojos.
Todos rieron, divertidos.
—¿Les vendes los tejidos a los atlantes, Orlev? —preguntó Cris mientras admiraba su obsequio.
—No —respondió—. Son demasiado arrogantes para utilizar cualquier cosa producida directamente por terráqueos libres. Se los vendemos a los gadjés de otros planetas.
—¿A extraterrestres? —preguntó Carlos, perplejo—. Quiero decir, ¡a alienígenas!
—Sí. Frente a los portones de Poseidia se encuentra la Ciudadela de Honferash, que es el centro final de distribución de las mercancías que entran y salen del planeta. Junto a las murallas están los establecimientos de los comerciantes atlantes que intermedian los mayores volúmenes de negocios, aquellos que llevan el sello imperial de procedencia. En el Segundo Círculo están los comerciantes extranjeros autorizados, procedentes de otros planetas, y en la periferia existen todo tipo de negocios pequeños y, muchas veces, ilegales. Allí también están los bares, las casas de apuestas y la subasta de esclavos. Eso genera una gran circulación de personas, por lo que mi pueblo camina entre ellas ofreciendo sus mercancías. Muchos las compran como recuerdos, pero algunos, como un ixiano que tiene un establecimiento en el Segundo Círculo, compran grandes volúmenes y los sacan de contrabando del planeta para venderlos como auténticos productos imperiales.
Cris sintió un escalofrío.
—Una vez vimos una subasta de esclavos —recordó—. En Agóz. Es algo muy triste.
—Muy triste —confirmó Orlev—. ¡Y sórdido! Pero lo que vieron seguramente fue una subasta regional. Esta es la principal y la más grande del imperio. Todos los que deseen comprar o vender esclavos tienen que venir aquí para negociar. Y únicamente los mejores «ejemplares» se venden en este lugar.
—¿Entonces traen esclavos de todo el imperio? ¿De todas las razas? —preguntó Pedro, impresionado.
—De todos los rincones del imperio. Atlantis genera esclavos todos los días: rebeldes capturados, traidores, criminales, seres que cayeron en desgracia ante algún atlante poderoso y aquellos que, por diferentes motivos, terminan al margen de la sociedad. Los sirvientes terráqueos y atlantes solo pueden ser vendidos y comprados por atlantes. Si descubren a un extranjero intentando sacar a uno de contrabando, es condenado a muerte en el acto.
—Como terráqueos, ¿nunca los han molestado? —quiso saber Pedro.
—Los atlantes evitan circular por la periferia, y los extranjeros no son tan xenófobos. Además, son comerciantes en su mayoría, y a estos no les importa si eres blanco o verde ni si tienes una o dos cabezas. Solo les importa que tengas dinero. Una única vez un cazador de esclavos busniano intentó raptar a una de nuestras muchachas, pero lo atrapamos.
—¿Y qué hicieron con él? —preguntó Carlos.
—Lo llevamos con nosotros hacia el sur y, cada día, le cortábamos una parte del cuerpo y la dejábamos por el camino. Los busnianos tienen dos corazones y sangran poco, por lo que resulta muy difícil matarlos. Pudimos dejar sus partes a lo largo de un camino muy extenso antes de que muriera definitivamente. La historia se difundió por el mercado periférico y después nos dejaron en paz.
Los jóvenes miraron al hombre sin saber si estaba bromeando, pero, por el brillo salvaje que distinguieron en sus ojos, comprendieron que no.
En ese momento llegó Ana, acalorada, con los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas.
—¡Vaya! —exclamó con una gran sonrisa—. ¡Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto!
Se sentó junto a Cris y vio el pañuelo que había dejado sobre sus piernas.
—¡Amiga! ¡Qué cosa tan hermosa!
—¿Verdad? Me lo regaló Orlev.
La muchacha se volvió hacia el gitano y lo fulminó con la mirada.
Él levantó las manos, riendo.
—¡Tranquila, pequeña fiera! ¡Tú también recibirás uno!
—¡Eso espero! —dijo ella, levantándose muy satisfecha—. ¡Ven, Cris, vamos a bailar!
—Ahora no, Ana. Iré a ver cómo está Daniel. Lleva a los muchachos contigo.
—Está bien. ¡Vengan, tontos!
Feliz y agitada, Ana sujetó a Pedro y Carlos por las muñecas y los arrastró hacia la zona de baile, a pesar de las protestas de Pedro.
Cris pidió permiso a Orlev y se retiró.
Rodeó la hoguera donde bailaban las personas y avanzó por el corredor existente entre dos tiendas.
En cuanto se alejó de la luz del fuego, la oscuridad la envolvió.
Pero sus ojos se acostumbraron pronto a la escasa claridad proporcionada por la luna menguante.
Subió a una de las dunas situadas detrás del campamento y vio la silueta de un hombre recortada contra el fondo oscuro del cielo.
Estaba apoyado contra un afloramiento rocoso y vigilaba celosamente a otra figura más distante, sentada en lo alto de la duna y que contemplaba fijamente el lugar del horizonte donde una luz azulada se derramaba sobre las dunas lejanas.
Allí se encontraba Poseidia, la capital atlante.
El gitano miró a Cris y ella asintió.
Al comprender su señal, el hombre se inclinó y se retiró, agradecido por poder ir a la fiesta y no tener que continuar vigilando a aquel gadjé loco.
Cris se acercó y Daniel levantó los ojos hacia ella.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
—Claro —respondió él, desplazándose hacia un lado y ofreciéndole un lugar sobre la alfombra que había llevado para sentarse.
Se había negado a participar en la fiesta y llevaba varias horas allí, sentado y contemplando el horizonte.
Orlev se lo había permitido, pero designó a uno de sus hombres para que lo vigilara.
Cris se sentó y miró a su alrededor.
—¿No corremos el riesgo de que nos ataque alguno de esos animales del desierto? —preguntó preocupada.
Daniel se encogió de hombros.
—No. Orlev dijo que los atlantes colocaron marcadores químicos que mantienen a los animales dentro del desierto profundo.
—Para ser un pueblo que afirma respetar religiosamente la naturaleza, manipulan bastante el medioambiente cuando les conviene, ¿verdad? —observó la muchacha.
—El planeta es suyo, así que pueden hacer lo que quieran —respondió Daniel con amargura.
—Pero, si apareciera uno de esos animales, encontrarías la manera de derrotarlo —dijo ella con seguridad, intentando animar la conversación.
Daniel ni siquiera respondió.
Continuó abrazándose las rodillas y mirando hacia adelante.
Permanecieron en silencio durante unos instantes.
Cris volvió a iniciar la conversación:
—Perdóname por haberte golpeado hoy.
Él tardó en responder.
—Es la segunda vez que lo haces —dijo Daniel fríamente.
—¡La primera vez te lo merecías! —replicó ella—. ¡No deberías haberle hecho aquello a Ana! Pero hoy fue una explosión, una pérdida de control... Sentí tanto alivio al verte vivo que no pude contenerme.
—Entonces podrías haberme abrazado y besado —dijo él con un ligero tono de ironía.
—¡Pero también estaba furiosa! ¡A quién se le ocurre hacer lo que hiciste! Pensándolo bien, ¡esta vez también te merecías la bofetada!
—Tal vez —dijo él—, pero puedes estar segura de que no habrá una tercera vez.
El silencio se prolongó más en aquella ocasión.
Cris volvió a romperlo.
—Mírame —pidió.
Pero Daniel continuaba con la vista fija en la luminosidad distante de Poseidia.
Ella le sujetó la barbilla y volvió su rostro hacia ella.
—Mírame —pidió nuevamente—. Allí no hay nada para ti.
—Sí lo hay. Mirna.
Ella sostuvo el rostro del muchacho entre las manos.
—Renuncié a intentar comprender tu obsesión por Mirna, la razón por la que crees necesitarla. Así que volveré a decírtelo: ¡allí no hay nada para ti! Todo lo que necesitas está aquí, frente a ti.
Daniel la miró con firmeza.
—¿Realmente está aquí? Mirna es como una hermana para mí y, por mucho que la ame y la necesite, quizá algún día consiga acostumbrarme a su ausencia. ¿Pero qué hay de ti? Eres la mujer que amo y tu ausencia será mucho más dolorosa, porque estarás siempre a mi lado, pero emocionalmente ausente. ¡Tendré que vivir con la idea de que algún día habrá otra persona en tu corazón, en tus pensamientos! Entonces dime, Cris, ¿qué hay para mí aquí, frente a mí?
Ella lo contempló, aturdida por toda la carga emocional que él había puesto en sus palabras.
Acarició su rostro y dijo:
—Hay una mujer que te ama y quiere quedarse contigo.
Él la miró confundido, quizá temeroso de no haber comprendido el significado de sus palabras.
—¿Quieres... quedarte?
—¡Sí! —respondió ella—. Por Darian, antes de que lo preguntes, pero también por mí. ¡Quiero casarme contigo, Daniel Agarenom! ¡Te amo y siempre te amaré!
Después de decirlo, depositó un beso suave sobre sus labios.
Daniel la atrajo hacia sí y la besó largamente.
Un beso para llenar toda la ausencia y terminar con toda la distancia.
El cuerpo de ella encontró su lugar junto al de él, con los corazones latiendo al unísono.
Una comprensión completa, sin necesidad de palabras.
Pero, en lo más profundo de su alma, permanecía un pequeño rincón de insatisfacción.
Ya era muy avanzada la madrugada cuando él la llevó, dormida entre sus brazos.
Entró silenciosamente en la tienda que les habían asignado.
Sus amigos dormían profundamente, agotados por las emociones del día.
La acostó con suavidad sobre una de las camas y extendió la manta sobre su cuerpo.
Permaneció inmóvil, contemplando los rasgos de su rostro, que la luz de la luna que entraba por la puerta, ya cerca de ocultarse, dibujaba en plata.
Ella se movió, pero no despertó.
Daniel se inclinó y depositó un beso suave sobre su frente.
—Perdóname —susurró.
Salió por la puerta y se deslizó entre las sombras de la tienda, desapareciendo en la oscuridad detrás de ella.
No vio al hombre que se encontraba oculto un poco más lejos, mezclado con las sombras.
En cuanto el muchacho desapareció, el hombre se movió y se dirigió a la tienda central del campamento.
Sin ceremonias, apartó la tela de la entrada y penetró en la penumbra.
Dentro, sentado sobre unos cojines, un hombre fumaba una pipa.
—El gadjé se marchó, como dijiste que haría —dijo el recién llegado.
Orlev exhaló una bocanada de humo que se elevó lentamente hacia el techo.
—No. Como nuestro amigo Kantor dijo que haría.
El gitano contempló el humo, que se desenrollaba formando espirales.
—La rueda del destino vuelve a estar en movimiento.
Continúa en Atlantis, La Profecía - Libro 2: Poseidia.