CAPÍTULO 11
Ana caminaba de un lado a otro, apretando la lanza entre las manos.
Miraba la nave posada en el valle, después a su alrededor y luego hacia el lugar donde habían desaparecido sus amigos.
Hacía casi diez minutos que los demás se habían marchado, dejándola sola allí.
«No van a volver», pensó.
¿Cómo habían podido hacerle aquello? No esperaba nada de los demás, pero ¿y Cris? ¡Era su amiga, debería haberse quedado a su lado!
«Hace todo lo que quiere ese desgraciado», le reprochó mentalmente a su amiga.
Volvió a mirar la nave y soltó un gemido.
No se lo había contado a nadie, pero sentía un terror enorme por los platillos voladores y los extraterrestres. Por eso, desde que divisaron la nave, había hecho todo lo posible para que no fueran tras ella.
¿Y ahora? No podía quedarse allí sola mientras los otros se alejaban. Necesitaba tomar una decisión.
No tuvo que esperar mucho para hacerlo.
De repente, por el terraplén de su izquierda rodaron piedras y tierra junto con una silueta oscura, que soltó un gemido al estrellarse contra el duro suelo del camino.
Ana no esperó para ver qué era. Con un grito lanzó la lanza al aire y corrió desenfrenadamente cuesta abajo.
Cuando dobló la curva, se detuvo en seco. Sus amigos estaban allí, sentados, esperando.
Carlos se volvió hacia Daniel:
— Me debes cincuenta billetes. Te dije que no aguantaría más de quince minutos.
Cris le preguntó con curiosidad:
— ¿Qué pasa, Ana? Pareces asustada. ¿Ocurrió algo?
La chica miraba de su amiga al camino que subía:
— ¡No! ¡No pasó nada! ¿Nos vamos de una vez o qué?
Y, sin esperar respuesta, echó a andar. Cuando pasó junto a Daniel, él preguntó:
— Oye, ¿dónde está mi lanza?
— Se quedó allá arriba —respondió ella sin detenerse—. Si la quieres, ¡ve tú mismo a buscarla!
Todos se rieron y fueron tras ella.
El camino desembocaba en el valle, en diagonal a otro sendero que bordeaba el campo.
Siguieron hacia la izquierda, en dirección al poblado.
La nave estaba a unos cien metros y, aunque intentaban actuar con naturalidad, no conseguían apartar los ojos de ella.
No estaba posada, sino flotando. De una abertura en su vientre descendían objetos y seres como suspendidos por un elevador invisible.
Bajo la nave caminaban algunos seres.
Eran bípedos, pero debido a la distancia no se podían distinguir sus facciones. Solo se veía que usaban ropas que iban del gris claro al negro.
— ¡Miren! ¡Parecen humanos! —exclamó Pedro, deteniéndose para observar mejor.
— ¡No quiero ver nada! —dijo Ana, que se había colocado lo más a la izquierda posible del grupo, bien lejos de la nave—. ¡Caminemos rápido y ya!
Daniel tiró de Pedro por el brazo:
— ¡Tiene razón! ¡No llamemos la atención!
Después de un pequeño bosque aparecieron las primeras casas del poblado.
Eran chozas pobres y bajas, hechas de barro y ramas, con techos de hojas. La mayoría tenía una sola puerta, a través de la cual personas harapientas contemplaban a los jóvenes con curiosidad.
La calle era de tierra o, mejor dicho, de barro. Cerdos, perros y niños sucios hurgaban entre las aguas residuales que corrían a cielo abierto.
De no haber visto la nave poco antes, habrían creído estar en la periferia pobre de cualquier ciudad latinoamericana.
La calle cambió de repente, pavimentada con piedras anchas, y las construcciones eran ahora más grandes y estaban hechas de piedra y madera.
El aspecto de las personas seguía siendo pobre y provinciano, aunque no tan miserable como lo que habían visto hasta entonces.
— ¿Y ahora? —preguntó Carlos—. ¿Hablamos con alguien?
Daniel señaló:
— Miren allí. Creo que es donde podremos conseguir información.
Era una construcción con aspecto de comercio. La entrada era grande y estaba provista de una media puerta giratoria; sobre el dintel había el dibujo de una jarra de bebida y algunos caracteres extraños.
Tres hombres de aspecto amenazador estaban apoyados junto a la entrada.
— ¿Y esos animales de la puerta? —preguntó Ana, señalando a los hombres que ahora los miraban fijamente. Uno de ellos se rascaba la barba sucia y contemplaba con malicia a ella y a Cris.
— Preguntaré por las buenas, pero si quieren problemas…
Cris lo sujetó del brazo:
— ¡Espera, Dan! ¡Mira!
Señalaba el final de la calle, donde había una aglomeración de personas y, por encima de las cabezas, se alcanzaba a ver lo que parecía la parte superior de una jaula. Eran los carromatos de la caravana.
— Vamos allá —ordenó Daniel.
No lo notaron, pero los tres hombres del bar también bajaron por la calle siguiéndolos.
Llegaron a una plaza circular repleta de gente. Parecía ser el centro comercial de la ciudad, pues a su alrededor había varios establecimientos con mercancías expuestas.
En el centro de la plaza había un estrado y, sobre él, estaba el hombre que había atacado a Daniel junto con algunos de sus hombres. Al fondo se veían los prisioneros.
El hombre se acercó al grupo y arrastró rudamente hacia adelante a uno de los cautivos.
El barbudo se dirigió a la masa que se apretujaba frente al estrado y comenzó a hablarles en una lengua extraña.
Señalaba al cautivo, que permanecía mudo y con los ojos bajos. El barbudo le dio unas palmadas en la espalda mientras gesticulaba y hablaba, como si elogiara los hombros fuertes del prisionero.
Un hombre gordo, bien vestido y de grandes patillas subió al estrado. Caminó alrededor del cautivo, examinándolo atentamente. Le dio unas palmadas en la espalda y el pecho, le abrió la boca y le examinó los dientes, apoyó el oído contra su espalda y escuchó con atención. Se apartó un poco y se quedó rascándose el mentón, pensativo.
Finalmente se dirigió al barbudo y le dijo algo, a lo que el otro respondió. El hombre pensó un poco más y, por fin, con un gesto de aprobación, estrechó la mano del barbudo.
Sacó unas monedas de una pequeña bolsa de cuero que llevaba en la cintura y las contó bajo la mirada codiciosa del bruto.
Este, al recibirlas, volvió a contarlas, las metió en una bolsa sucia y empujó al cautivo hacia la escalera.
Cuando pasó junto al gordo, este le dio una patada, haciéndolo rodar por los escalones y arrancando carcajadas del público.
Los jóvenes no entendieron una palabra, pero lo que vieron no dejaba lugar a dudas: ¡aquello era una subasta de esclavos!
El bruto se dirigió al grupo de cautivos y arrastró a otro hacia adelante.
Cuando Daniel vio la siguiente «pieza» que sería subastada, se quedó sin aliento. ¡Era la chica que buscaba!
— Que los demás me perdonen —anunció el cruel subastador en su lengua—, pero esta oferta se la haré únicamente a los caballeros terrícolas. O, al menos, a los pocos que puedan pagarla. —El hombre abrió la boca en una sonrisa de dientes podridos—. ¡Miren, señores, qué hermosa «Monii»! ¡Es saludable, bonita y ardiente! ¡Trabajará de día en sus casas y campos y, por la noche, calentará sus camas!
Un hombre gritó desde la multitud:
— ¡No mientas, Dascar! ¡Está demasiado delgada para soportar un día de trabajo y una noche de amor! —Hubo carcajadas y expresiones de aprobación.
El subastador volvió a la carga:
— Es cierto, señores, necesita un poco de cuidado. Pero hay un detalle que todavía no he mencionado, un detalle importante… —Hizo una pausa para causar impacto—. ¡Es virgen!
La información no pareció causar entusiasmo.
— ¿Virgen? ¿Después de pasar días en esos carromatos con esos hombres? ¡Lo dudo mucho! —gritó alguien, apoyado por otros.
Dascar se golpeó el pecho:
— ¡Señores, yo mismo me ocupé de que se mantuviera así!
— Entonces, Dascar —respondió alguien con ironía—, ¡podemos estar seguros de que realmente ya no lo es!
Las carcajadas comenzaron a irritar al subastador.
— ¡Déjanos ver su cuerpo! —gritó otro hombre.
Para complacer al público, Dascar rasgó el vestido de la niña de arriba abajo, exponiendo su cuerpo delgado, en el que apenas habían despuntado las primeras señales de la pubertad.
Un coro de decepción recorrió a la turba.
Un hombre le gritó:
— Dascar, ¡quiero comprar una sirvienta, no adoptar a una niña!
La carcajada fue general, seguida de abucheos y burlas.
Furioso con el público, Dascar descargó su rabia sobre la niña y le dio un empujón.
La ira hirvió dentro de Daniel. Con la mirada nublada por una nube de odio, gruñó entre dientes:
— ¡Voy a matar a ese desgraciado!
Estaba a punto de abrirse paso a la fuerza entre aquella masa humana cuando un murmullo a sus espaldas hizo que se volvieran.
Entraban en la plaza dos grandes objetos rectangulares que flotaban a centímetros del suelo. Parecían estar cubiertos por vidrio negro, que centelleaba.
Silenciosamente, los vehículos se detuvieron y la cubierta de vidrio, que en realidad era un campo de fuerza, se desvaneció.
En cada uno de los objetos había cerca de veinte hombres, sentados de espaldas unos a otros.
Usaban uniformes negros y, sobre ellos, una armadura ligera. Sus rostros estaban cubiertos por cascos que se estrechaban en la parte alta de la frente, recordando el rostro de un ave de rapiña. Las viseras oscuras les cubrían los ojos, dejando únicamente la boca y el mentón a la vista. Cada uno llevaba un arma cruzada sobre el pecho y, en la cintura, una pistola y una espada.
De manera rápida y sincronizada, abandonaron los vehículos y se colocaron estratégicamente por toda la plaza.
Dentro de uno de los objetos quedaron solo el piloto y otro hombre que, después de comprobar visualmente la disposición de los soldados, salió del vehículo y se dirigió al estrado.
Su uniforme también era negro, pero no llevaba armadura ni casco, sino una capa negra que ondulaba a su alrededor y confería una gracia feroz a su andar decidido.
Sobre los hombros, sujetando la capa, se veían cinco estrellas de metal en el hombro derecho y cinco lunas menguantes en el izquierdo. No llevaba armas de fuego; únicamente una gran espada colgaba a su costado. Era alto, de piel morena, y sus cabellos y ojos eran tan negros como su uniforme.
Caminaba con el mentón erguido y la mirada firme de quien conoce su propia fuerza. Avanzó ignorando al pueblo, que abría espacio a su paso, encogiéndose e inclinándose como si él fuera un dios.
Cuando pasó cerca de los jóvenes, Ana suspiró:
— ¡Qué guapo! ¿Quién será?
Daniel sintió un escalofrío inexplicable al mirar al hombre:
— La muerte —respondió con tono sombrío.
Aprovechando los espacios abiertos por el paso del desconocido, Daniel se deslizó hasta la parte delantera del estrado.
Dascar hizo una reverencia exagerada:
— ¡General Demon! ¿A qué debemos el honor de esta visita?
— No es una visita, Dascar —respondió con voz fría mientras recorría a los cautivos con la mirada.
— Veo que has estado ocupado —observó Demon.
— No tengo de qué quejarme —respondió Dascar—. El hecho de que sus compatriotas no disfruten derramando su sudor en el trabajo pesado hace que el mercado de esclavos sea muy próspero.
— Algunos nacen para servir y otros para ser servidos —respondió Demon—. Los atlantes nacieron para ser servidos y, a menos que sean condenados por la justicia atlante, no pueden convertirse en sirvientes. —Hizo una pausa y miró a la niña, que se encontraba entre él y Dascar—. A menos que sea para servir a la propia Atlantis.
Dascar soltó una risa nerviosa. Sabía adónde quería llegar el atlante.
— ¿Dónde conseguiste a estos esclavos? —disparó Demon.
— Por ahí —respondió el hombre, encogiéndose de hombros—. ¡Pero todos dentro de la ley! —recalcó—. «Cualquier terrícola encontrado vagando sin rumbo, que no tenga un origen cierto y que no pueda mantenerse o defenderse por sí solo, puede ser tomado como sirviente, por el bien de su propia supervivencia y la seguridad de la sociedad».
— No necesitas citarme la ley. La conozco —replicó Demon con extrema frialdad.
— Claro que la conoce, señor —dijo el otro con aire de disculpa—. Fueron ustedes, los atlantes, quienes la hicieron.
— Una forma eficiente de controlar la mendicidad a la que su raza es propensa —señaló Demon—. ¿Sentiste el último terremoto, Dascar?
— ¿Y quién no lo sintió, señor?
— En verdad fue muy intenso, y aún más cerca de su epicentro, en la región de Moar, muy al sur de Agóz. ¿Conoces el lugar?
— Fui una vez hace años. Está muy lejos y es desierto. Allí no se encuentran esclavos —respondió Dascar con cautela.
— En efecto, está muy lejos. Pero no es tan desierto. Había allí una colonia atlante, Onimar. El terremoto la golpeó de lleno. Mis hombres y yo estuvimos allí. La gran mayoría de las personas murió durante los temblores. Los túneles de las minas se derrumbaron y sepultaron a los sirvientes y los técnicos. La central de energía explotó y causó aún más muertes.
— ¡Qué tragedia! —exclamó Dascar, fingiendo pesar.
— Pero hubo sobrevivientes —continuó Demon—. Encontramos rastros de un campamento y señales de una emboscada. Los pocos soldados que sobrevivieron a la fuerza de la naturaleza no tuvieron la misma suerte ante la perfidia humana. Fueron atacados por la espalda y asesinados con violencia. Los demás, en su gran mayoría sirvientes, aunque también había técnicos, fueron sometidos y arrastrados por la fuerza fuera de allí.
— ¿Una emboscada? —Dascar se rascó la barba—. ¿Quién, en su sano juicio, tendría el valor de atacar a soldados y ciudadanos atlantes?
— Esperaba que tú me respondieras eso —dijo Demon, clavándole una mirada incisiva.
El subastador soltó una risa nerviosa:
— ¿No estará insinuando que fui responsable de ese ataque y que entre mis cautivos hay algún atlante?
— Por tu bien, espero que no.
Dascar respondió en tono conciliador:
— Vamos, ¿no cree que, si hubiera algún atlante ahí en medio, ya habría reconocido al gran general Demon y se habría manifestado?
Demon se puso serio:
— No me trates como a un idiota, Dascar. Drogaste a estas personas para mantenerlas dóciles. Todas están dopadas, como esta niña.
Le levantó el mentón a la esclava. La mirada empañada y la expresión distante delataban el efecto de las drogas.
Dascar frunció el ceño:
— Escuche, general, los capturé a todos dentro de la ley. Me costó mucho trabajo y dinero traerlos hasta aquí, y usted está entorpeciendo mi negocio con su presencia y sus acusaciones, que no puede probar. Así que váyase o…
— ¿O qué? —lo interrumpió Demon, apartando a la niña y quedando cara a cara con el subastador—. ¿O qué, Dascar? ¡No eres más que escoria y, como tal, ten cuidado con la forma en que me hablas!
El hombre se puso rojo:
— Me llama escoria, pero si no hiciera el trabajo sucio de conseguir sirvientes para sus granjas, ustedes, los atlantes, morirían de hambre, porque dudo que fueran capaces de…
Demon volvió a interrumpirlo:
— ¡Mi raza ya caminaba entre las estrellas mientras la tuya se arrastraba por el polvo! —Y abarcó a la multitud con un gesto del brazo—. ¡Ustedes son escoria, son gusanos cuya existencia permitimos, aunque contaminen con su repugnante presencia el aire de este planeta, que es nuestro! Por lo tanto, ¡es justo que paguen con su servidumbre!
Demon puso un dedo frente al rostro de Dascar mientras las palabras del general provocaban un murmullo ofendido entre el público terrícola y sonrisas en los rostros de los granjeros atlantes que también se encontraban allí.
— Hasta hoy hiciste tu «trabajo» con licencia del imperio, pero eso termina ahora, porque has ido demasiado lejos.
— No puede…
— ¡Puedo demostrarlo! —lo cortó Demon—. Traje un decodificador genético.
Dascar palideció y llevó la mano a la empuñadura de su espada.
Apenas llegó a tocarla cuando la espada de Demon ya estaba apoyada contra su cuello.
Hubo agitación en la plaza cuando los hombres de Demon y Dascar se pusieron en guardia.
— Ni se te ocurra —dijo Demon—. Serás arrestado, pero si desenvainas esa espada, ¡serás hombre muerto!
Daniel, que se encontraba pegado al estrado, estaba angustiado. La niña estaba prácticamente al alcance de su mano; solo necesitaba una distracción para tomarla.
Y la distracción no tardó en llegar.
Ana estaba con los demás, observando lo que ocurría en el estrado, cuando sintió que alguien la manoseaba.
Se volvió y se encontró frente a frente con uno de los hombres del bar, muy cerca de ella, y los otros dos un poco más atrás. El sujeto le dedicó una sonrisa de dientes podridos mientras hablaba con voz pastosa y un aliento horrible. Levantó la mano intentando acariciarle el cabello, pero Ana le detuvo el brazo:
— ¡No me pongas las manos encima, cerdo asqueroso! —Preparó el puño para golpearle la cara, pero antes otro puño cerrado pasó por encima de su hombro, le destrozó la boca al hombre e hizo volar dientes y sangre.
Cayó hacia atrás sobre sus compañeros, quienes, al intentar sostenerlo, también cayeron.
— ¡Demasiado tarde para arrepentirte! —La voz furiosa hizo que Ana se volviera. Era Carlos.
El tumulto que siguió atrajo la atención de Demon.
Dascar intentó aprovechar el momento.
Dio un paso atrás, desenvainó la espada y golpeó con toda la fuerza y la velocidad de las que era capaz para alcanzar el cráneo del atlante.
Lo único que encontró su espada fue la hoja de Demon, por la que se deslizó sin causarle daño.
Al instante siguiente, Dascar sintió que el frío se extendía por su cuerpo desde un punto en el abdomen. El rostro de Demon estaba muy cerca del suyo:
— ¡Último error! —gruñó el atlante mientras retiraba la espada ensangrentada del vientre de Dascar, que cayó ya sin vida.
Demon percibió un movimiento detrás de sí y giró sobre los talones, sorprendiendo a Daniel en el preciso instante en que tomaba la mano de la niña.
Avanzó contra él, pero uno de los hombres de Dascar se lanzó sobre el general y se lo impidió.
Daniel saltó del estrado llevándose consigo a la esclava. Demon se libró de su adversario y salió tras él.
La plaza se transformó en un caos. La gente corría y gritaba mientras los hombres de Demon y Dascar luchaban entre sí.
Daniel se arrojó debajo de los carromatos, arrastrando con dificultad a la chica drogada.
Cuando salió arrastrándose por el otro lado, imaginó que estaban a salvo, pero una sombra se proyectó sobre ellos. Levantó el rostro y palideció.
Demon estaba de pie con la espada alzada, lista para cortarle la cabeza.
Pero, al hacer el movimiento, el cabello del muchacho cayó sobre su frente y dejó expuesta la cicatriz.
Al verla, Demon abrió los ojos de par en par y vaciló.
Daniel, aprovechando aquel instante de duda, llenó la mano con estiércol de un montón cercano y se lo arrojó a los ojos.
Gritando una maldición, Demon bajó la espada. Daniel lo agarró por el tobillo y lo hizo caer de espaldas al suelo.
Cuando consiguió levantarse, Demon solo pudo distinguir a lo lejos a Daniel, que se había reunido con sus amigos y corría hacia la salida de la ciudad.
— ¡Puedes correr, Agar! —gruñó entre dientes—. ¡Nada te salvará ahora!