CAPÍTULO 25
—Carlos, por favor.
Daniel le hizo una seña a su amigo, que fue a reunirse con los demás.
El muchacho se quedó de pie frente a Ana, y ella notó que también tenía una espada de entrenamiento en las manos.
—¿Para qué es todo esto? —susurró—. Vas a humillarme delante de los demás, ¿verdad? Kantor acabará contigo.
Daniel no respondió. Continuó mirándola, con una sonrisa irónica en el rostro.
De repente, abandonó su posición y comenzó a caminar alrededor de Ana.
Ella resistió la tentación de girar el cuerpo para seguir sus movimientos. No le daría el placer de ver que tenía miedo de lo que pudiera hacer.
Pensó que no estaría tan loco como para intentar algo delante de todos. ¿O sí?
—Imagina que estamos en un campo de batalla —le dijo Daniel, en voz lo bastante alta para que los demás lo oyeran—. Puedes ser más fuerte que algunos hombres, pero serás más débil que la mayoría. —Miró a Kantor, que asintió.
—Soy fuerte —replicó ella con convicción.
—¿Ah, sí?
En ese instante pasaba por detrás de ella. Avanzó dos pasos y la sujetó desde atrás, cruzando con fuerza los brazos alrededor de su tórax e inmovilizándole los brazos a la altura de los codos.
—¡Suéltame! —gritó ella, sorprendida y forcejeando.
—¿Eso es lo que le dirás a un tipo que intente violarte y matarte? —preguntó Daniel en voz alta. Después se inclinó y le susurró al oído—: Mmm. Había olvidado lo firme que es tu cuerpo, lo suave que es tu piel. Y sigues oliendo muy bien.
—¡Suéltame! —gritó ella y echó la cabeza hacia atrás, intentando golpearle el rostro, al mismo tiempo que trataba de pisarle el pie con fuerza.
Pero Daniel fue rápido y se apartó antes de que lo alcanzara.
Ella se volvió como una leona, enseñando los dientes y con la espada en alto. Daniel continuó caminando a su alrededor.
—Buen intento —dijo—. El despertar y el entrenamiento pueden mejorar tu combate cuerpo a cuerpo, pero lo ideal es que no lleguen a sujetarte. Por eso conviene mantener la distancia. Intenta usar más la punta de la espada, practicar más la esgrima.
Volvió a mirar a Kantor, que asintió otra vez.
Ana observó la espada que tenía en la mano. Estaba confundida. No sabía si él hablaba en serio o se estaba burlando de ella.
Se detuvo frente a ella y preguntó en voz alta:
—Debes de estar preguntándote por qué hicimos todo ese entrenamiento de gimnasia, ¿verdad?
Ella asintió. Daniel se inclinó hacia delante y susurró para que solo ella lo oyera:
—Me gusta verte abrir las piernas.
El rostro de Ana enrojeció, pero, antes de que pudiera decir algo, Daniel se adelantó y volvió a hablar en voz alta:
—Fue para que reencontraras tu centro de gravedad y pudieras moverte con agilidad a su alrededor. Para luchar, además de practicar la esgrima y mantener la distancia, tendrás que moverte mucho.
—Soy lo bastante ágil —gruñó ella.
—Ahora lo eres —replicó Daniel y, sin previo aviso, la atacó con una estocada hacia su izquierda.
Instintivamente, Ana torció el cuerpo hacia la derecha y esquivó el golpe.
Él alzó el arma para lanzar un golpe cortante de arriba abajo. Cuando ella levantó su espada para defenderse, Daniel repitió el movimiento que había usado semanas antes para derribarla con una barrida, aunque esta vez mucho más rápido.
Pero Ana se anticipó. Con un fuerte impulso de las piernas, se lanzó hacia atrás y dio un salto mortal.
La pierna de Daniel cortó el vacío y, en un movimiento continuo, él se puso de pie y lanzó otro golpe descendente. Ana, sin embargo, había aterrizado firmemente sobre los pies y se agachó, apoyando una rodilla en el suelo y manteniendo la espada en posición horizontal para detener el golpe.
Usando la pierna flexionada para impulsar el cuerpo, rechazó la espada atacante. Al segundo siguiente ya estaba de pie, en guardia y alerta.
Pero Daniel no volvió a atacarla. Permaneció frente a ella, observándola. Le lanzó su espada, y Ana la atrapó sin entender nada.
Él se volvió hacia Kantor:
—Está preparada para el despertar.
Y se alejó en silencio. Carlos fue el primero en manifestarse, aplaudiendo.
—¡Felicidades, muchacha! —celebró—. ¡Vas a convertirte en una guerrera!
Ella tardó un momento en asimilar las palabras. Cuando las comprendió, saltó de alegría y lanzó las espadas hacia arriba. Los demás se acercaron para felicitarla.
Cuando Daniel pasó junto a Kantor, este dijo:
—Felicidades también a ti. Supiste utilizar una habilidad de Ana para desarrollar otras. Eso demuestra perspicacia, creatividad e inteligencia marcial.
Daniel miró a Ana, que todavía celebraba. Su mirada se endureció.
—Sí, puede ser —respondió sin mucho entusiasmo—. Pero realiza pronto su despertar, porque estoy ansioso por verlo.
Y, sin esperar ningún comentario, se retiró.
Ya estaba en el patio cuando alguien lo llamó:
—¡Daniel!
Se volvió y vio que Cris se acercaba. Su corazón latió con más fuerza, pero adoptó una expresión neutra, casi indiferente.
—Gracias por lo que hiciste por Ana —dijo ella, deteniéndose frente a él.
—No tenía elección —replicó Daniel—. Era eso o no volver a tenerte así, hablando conmigo.
—Sí —admitió ella—. Aun así, hiciste un trabajo excelente.
Cris se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Esto no es por lo que hiciste, ¡es por tu cumpleaños!
—¿¡Cumpleaños!?
—Sí. Kantor trasladó el calendario de «nuestro tiempo» a la actualidad y descubrimos que el cumpleaños de Pedro ya pasó; el mío, el de Carlos y el de Ana todavía están por llegar; ¡y el tuyo es hoy! ¡Felicidades, Daniel, por tus dieciocho años!
—¡Gracias! —respondió él, sorprendido y feliz—. Dieciocho es una edad importante. Creo que merezco algo más que un beso en la mejilla.
Ella se rio. En ese momento, Ana la llamó desde lejos. Mientras se alejaba, miró por encima del hombro y le respondió en tono juguetón:
—Pero recibirás algo más. Esta noche haremos una fiesta para ti.
Daniel, también en tono de broma, respondió fingiendo contrariedad:
—Pensaba en otra cosa. Bueno, veré si puedo ir a esa fiesta.
Ella se volvió.
—Ni se te ocurra faltar, Daniel Agarenon. Tengo una sorpresa especial para ti.
—Bueno, en ese caso, allí estaré.
Ella volvió a sonreír y fue a reunirse con Ana.
Daniel la observó alejarse, admirado.
Siempre había sido bonita, pero ahora había algo más en ella. La encontraba más sensual, aunque sin vulgaridad. Por el contrario, había adquirido un aire de dignidad, madurez y seguridad que nunca antes había visto.
Tal vez se debiera al tiempo que habían pasado sin hablarse, pero ahora la distancia entre ambos le dolía profundamente, y descubrió que la deseaba y amaba más que nunca.
La breve y distendida conversación que habían tenido, junto con la promesa de una sorpresa para más tarde, lo llenaron de esperanza.
No se perdería aquella fiesta por nada del mundo.
—¿Qué es eso de una fiesta? —preguntó Ana en cuanto Cris se acercó.
—Haremos una fiesta para Dan por sus dieciocho años. —Bajó la voz—: Y voy a contarle lo del bebé. Ya no puedo ocultarlo.
Ana asintió.
A pesar de la ropa más holgada que había empezado a usar, era evidente el volumen del vientre de Cris, que ya estaba en el cuarto mes de embarazo. Su rostro también estaba más redondo, y los dedos de sus manos, más regordetes. Ana estaba impresionada de que ninguno de los muchachos lo hubiera notado.
«Los hombres son animales muy obtusos», concluyó.
Además de ella y Kantor, Mirna también lo sabía, pues no había sido posible ocultárselo, ya que compartían el mismo cuarto.
La muchacha había quedado encantada. Todas las noches se acostaba junto a Cris, le acariciaba el vientre y cantaba hermosas canciones de cuna atlantes.
Y Ana, que se había enfurecido con Mirna cuando se negó a contarle qué hacían los muchachos en el campo de entrenamiento, ahora admiraba su confiabilidad. A pesar de todo el apego que sentía por Daniel, mantuvo en secreto el embarazo a petición de Cris.
En cierto modo, Ana se sentía aliviada al saber que su amiga se lo contaría a todos.
Los secretos guardados durante demasiado tiempo crean espinas, y cada vez resulta más difícil tocarlos.
Angustiada, recordó el secreto que ella misma guardaba, y el suyo ya había creado espinas, aguijones, espolones. Dolería, pero creyó que aquel era el momento de contarlo.
—¡Cris, necesito contarte algo! —soltó de repente, sobresaltando a su amiga.
—Sí, ¿qué ocurre? —preguntó Cris.
—Yo… sabes… es que… —El valor le falló.
¿Cómo contar aquello? ¿Cómo explicar algo que ni siquiera ella comprendía cómo había sucedido? ¿Cómo decirle a su amiga que casi se había acostado con su novio?
No recordaba cuándo había comenzado exactamente. Solo sabía que un día empezó a mirar a Daniel con otros ojos.
Hasta entonces, él había sido apenas el novio molesto y petulante de su mejor amiga. Pero, de repente, empezó a fijarse en todo lo que hacía.
Comenzó a observar cada sonrisa, la forma en que miraba y se movía. Así se dio cuenta de que su boca y sus ojos eran bonitos, y de que su cuerpo era fuerte y atractivo.
Empezó a soñar con él, a pensar en él durante todo el día, a desear que sus caminos se cruzaran solo para verlo.
La realidad cayó sobre ella como una piedra: ¡estaba enamorada de Daniel!
Se reprendió con severidad por ello. Él era el novio de Cris, su mejor amiga, a quien amaba como a una hermana.
Comenzó a evitarlos siempre que podía. Cris lo notó y le preguntó al respecto, pero ella dijo que estaba ocupada con las tareas de la escuela y los entrenamientos de gimnasia. Y, en realidad, durante aquel período entrenaba como una loca, más para mantener la mente ocupada que por cualquier otro motivo.
Fue en el vestuario de la escuela, durante las conversaciones de las otras muchachas, donde se enteró de que Daniel y Cris habían discutido y terminado su relación.
Aquella noticia entró en ella como una enfermedad, una locura arrolladora.
Allí mismo urdió un plan. Tomó el teléfono y le envió un mensaje a Daniel, diciéndole que tenía un recado de Cris y pidiéndole que fuera a su casa dentro de una hora.
Se duchó rápidamente y salió a toda prisa sin siquiera oír la despedida de sus compañeras.
Durante el trayecto, dos pensamientos, dos deseos, luchaban en su interior. Se decía que aquello era una locura, una enorme falta de lealtad. «¿Y Cris? ¡Piensa en Cris!».
Pero enseguida esas objeciones eran atropelladas por motivos menos nobles, aunque mucho más seductores.
Había planeado entregarle su virginidad a Daniel. Él sería el primero y, después de eso, no podría negarse a ser su novio, conjeturaba. Se imaginó caminando con él por la escuela, tomados de la mano, abrazados, mientras las otras muchachas morían de envidia. Incluso Cris.
«¡Cris! Dios mío, ¡no puedo hacer esto!», había pensado, desesperada.
Cuando volvió en sí, ya estaba en casa.
«Ahora es demasiado tarde. ¡No puedo echarme atrás!».
En realidad, todavía no era tarde. Faltaban más de cuarenta minutos para que Daniel llegara, pero ella no había querido admitir que deseaba seguir adelante.
No habría nadie de su familia en casa, solo las empleadas, distraídas con sus tareas.
Entonces subió a su cuarto.
Se quitó el uniforme escolar y se apretó dentro de unos shorts diminutos que ya había dejado de usar porque prácticamente no le quedaban. Se puso un top ajustado y escotado. Se miró en el espejo.
«Parezco una zorra», se reprendió, pero entonces vio por la ventana que Daniel caminaba por la acera frente a su casa.
Al verlo, los reproches desaparecieron por completo, sustituidos por un deseo tan intenso que sintió que el cuerpo le ardía.
Bajó corriendo las escaleras para abrir la puerta antes de que tocara el timbre y alertara a las empleadas.
Abrió de par en par justo cuando él llegaba frente a ella.
El gesto repentino lo sobresaltó.
Ana permaneció bajo el marco de la puerta, sin saber muy bien qué hacer, mientras veía que los ojos de él recorrían su cuerpo.
Aquello volvió a encenderla, pero, aun así, permaneció inmóvil, paralizada por una mezcla de miedo y deseo.
Daniel la miró a los ojos:
—¿Y bien? ¿Cuál es el recado que tienes para mí?
Sin decir nada, lo tomó de la mano y lo jaló hacia dentro.
Subió con él las escaleras, lo empujó al interior de su cuarto y cerró la puerta con llave. Se quedó apoyada contra ella, jadeante y con el rostro encendido.
Daniel la miró, perplejo:
—Pero ¿qué…?
No consiguió terminar la frase.
Ana se había lanzado a su cuello y había pegado sus labios a los de él.
Al principio, Daniel retrocedió, asustado y sin reaccionar, pero después la abrazó y, como era más alto, la levantó del suelo, besándola en la boca y en el cuello.
La puso sobre la cama y se tendió encima de ella.
Toda restricción que Ana todavía pudiera sentir fue barrida de su interior al percibir el peso y el calor del cuerpo de él sobre el suyo, su boca sobre su piel y sus manos recorriéndola.
Estaba preparada para él.
En ese momento, un pensamiento estalló en su mente y formó una imagen tan vívida que parecía un recuerdo, aunque eso era imposible, pues nunca había ocurrido. Y eso era lo más aterrador. Entonces debía de ser otra premonición, un destello del futuro.
Ana se vio sosteniendo a un niño y, en lo más profundo de sí misma, supo que aquel niño era hijo de Daniel.
«¡Voy a quedar embarazada!», fue la aterradora conclusión a la que llegó.
Entró en pánico.
Todo el deseo se evaporó y solo quedó el miedo, que se convirtió en terror al comprender la situación extrema en la que se encontraba.
El cuerpo de Daniel la mantenía atrapada contra la cama.
Ella forcejeó, pero él, interpretando erróneamente sus movimientos, la presionó con más ímpetu.
Intentó gritar, pero la boca de él no se separaba de la suya.
Con la mano derecha sujetaba sus manos, manteniendo ambos brazos por encima de la cabeza y los dedos entrelazados, mientras con la izquierda comenzaba a quitarle los shorts.
En un arranque de fuerza y desesperación, logró liberar la boca y gritar.
No fue un grito de éxtasis, sino uno cargado de miedo y repulsión. Daniel, al percibirlo, la soltó de inmediato, se apartó de encima y se sentó, jadeante y callado, a los pies de la cama.
Ana se encogió contra la cabecera, cubriéndose el cuerpo con unos cojines, avergonzada.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Ana? ¿Todo está bien? —Era una de las empleadas.
—No… ¡no fue nada! —gritó Ana en respuesta, con voz temblorosa—. ¡Me quedé dormida y tuve una pesadilla!
Oyeron que los pasos se alejaban. Daniel la miraba, intrigado, desde el otro extremo de la cama.
—Será mejor que te vayas —dijo ella sin mirarlo.
Su expresión se transformó en un ceño oscuro. Se levantó y caminó hacia la puerta.
—¡Por ahí no! —le gritó Ana—. ¡Por la ventana!
—¿Por la…? —Daniel parecía no creer lo que oía.
—Hay una celosía al lado. ¡Puedes bajar por allí!
Daniel soltó una maldición, pero lo hizo de todos modos. Parecía demasiado aturdido para cuestionar nada.
En cuanto se marchó, Ana corrió al baño.
Se arrancó la ropa y la arrojó a la basura. Se metió bajo la ducha y comenzó a frotarse con desesperación, como si quisiera quitarse una suciedad invisible.
Hizo todo aquello llorando desconsoladamente. Pasó el resto de la tarde llorando, escondida en la cama, por vergüenza, remordimiento y miedo. Miedo de que Cris descubriera lo ocurrido.
Su miedo se transformó en pánico dos días después, cuando supo que Daniel y Cris habían retomado la relación.
Pensó en faltar a la escuela, pero, con valentía, decidió que tendría que afrontar las consecuencias de su error.
Se decía que Cris lo comprendería y la perdonaría cuando le explicara lo ocurrido, pero… ¿cómo explicar algo que ni ella misma comprendía por qué había sucedido?
Era más probable que Cris le diera una bofetada y la llamara cualquiera, y Ana no la culparía, porque creía merecerlo.
De cualquier modo, tenía que contárselo.
Cuando se encontró con los dos, Cris la trató con el mismo cariño y la misma gentileza de siempre.
Habló de asuntos ligeros y cotidianos, sin hacer ninguna referencia, ni siquiera velada, a lo que había ocurrido.
Daniel la ignoró solemnemente, pero eso también era normal.
«¡Ella no lo sabe! ¡Él no se lo contó!», concluyó Ana. «Pero tengo la obligación moral de contárselo… ¡mañana! Mañana se lo diré», decidió.
Y el mañana pasó a ser pasado mañana, que pasó al día siguiente, a otra semana, y así transcurrieron dos meses, llegaron las vacaciones y aquel maldito viaje, y el asunto quedó adormecido en lo más profundo del alma de Ana. ¡Pero había llegado la hora!
—Kantor… él… él… dijo que quiere realizar mi despertar esta misma tarde, y yo… tengo miedo.
Bajó la cabeza, avergonzada.
No era mentira; Kantor realmente se lo había dicho. Pero también había omitido la verdad, la verdad que quería contar.
Cris puso una mano bajo su barbilla y le levantó el rostro.
Ana, con los ojos ya húmedos, la miró. Quería que Cris la observara con rabia y dijera: «¡Zorrita! ¡Sé lo que hiciste!». Pero no. En los ojos de su amiga había cariño y una dulzura infinita.
—¡No tienes que tener miedo, Maitea! —dijo, alentándola—. Todo saldrá bien. Kantor no haría nada si no estuvieras preparada, ¡y lo estás! ¡Mira lo que hiciste hace un momento! Oh, Ana, ¡fue maravilloso! Estoy muy orgullosa de ti; en realidad, me enorgullece tener una amiga tan valiente como tú.
Ana abrazó a su amiga y rompió a llorar.
—Yo… ¡no puedo! —confesó con la voz entrecortada.
Quería decir que no conseguía ser sincera, no conseguía asumir su error, no conseguía ser la persona idealizada por Cris. Era débil, cobarde, tanto que no podía sincerarse y correr el riesgo de perder el amor de su amiga, el único que le quedaba en el mundo.
—Lo sé, querida, lo sé —susurró Cris mientras acariciaba el cabello de Ana, tan bajo que su amiga, llorando, no la oyó.
Después de unos instantes, Ana la soltó. Cris le secó las lágrimas.
—Todo saldrá bien, ¿de acuerdo? —Ana, más tranquila, asintió—. Ahora, ¿qué te parece si me ayudas con los preparativos de la fiesta antes del despertar? Porque después no sé si una gran guerrera aceptará ayudarme a preparar un pastel.
Su amiga sonrió y ambas siguieron caminando abrazadas.
—Guerrera o no —dijo Ana—, haría cualquier cosa por ti. —Se entusiasmó—. ¡Oye! ¡Puedo cortar el pastel con golpes de espada! ¿Qué te parece?
—¡Sería genial! —respondió Cris, sonriendo.
—¡O incluso puedo cortarle la cabeza al cumpleañero!
Cris fingió reflexionar.
—Mejor no. La necesitará cuando el bebé empiece a volverlo loco.
Las dos rieron, cómplices.