CAPÍTULO 23
Todos comían en silencio, incluido Kantor, que se había enterado de lo ocurrido, pero, como nadie le había pedido su opinión, se mantenía como un mero espectador de aquel drama juvenil.
Ana terminó su comida y, al levantarse, se acercó al sacerdote y disparó sin rodeos:
—Kantor, quiero aprender a luchar.
El silencio se volvió aún más opresivo. El anciano miró a la muchacha.
—¿Luchar, hija? —preguntó.
—Sí —respondió ella con firmeza—. Quiero aprender a manejar una espada.
Daniel soltó una risa baja. Los demás se removieron en sus lugares.
Kantor preguntó:
—¿Por qué lo deseas?
—Para protegerme.
—¿No habían decidido ya quiénes serían los protectores del grupo?
Ana respondió con otra pregunta incisiva:
—¿Ah, sí? ¿Y quién nos protegerá de ellos?
Daniel se removió y estaba a punto de hablar cuando Kantor levantó una mano, pidiéndole silencio.
Con toda calma, como un padre amoroso, se dirigió a Ana:
—Hija, sé que estás perturbada por lo ocurrido hoy, pero necesitas razonar…
—¿Es porque soy mujer? —lo interrumpió ella.
La pregunta tomó desprevenido a Kantor.
—¿Cómo? —preguntó con serenidad.
—¡No quiere enseñarme porque cree que no soy capaz, porque soy mujer! ¡Debe pensar que una mujer no puede defenderse sola y tiene que depender de algún macho imbécil para hacerlo!
Ana ya no preguntaba. Sus palabras eran afirmaciones cargadas de rencor.
El anciano la miró con cariño a los ojos.
—No es eso, hija. Imaginé que, esta vez, podría ahorrarte el dolor que causa elegir el camino del guerrero. Ahorrarte la carnicería, la guerra, la muerte. Pensé que, esta vez, podríamos desarrollar otros de tus innumerables dones.
Ella no percibió la emoción en la voz de Kantor. En realidad, pareció no oír ninguna otra palabra salvo dos: «esta vez».
—¿Quiere decir que ya fui una guerrera? ¿En otra vida?
—Sí —respondió el anciano sacerdote, con expresión decepcionada.
Ana miró a Daniel con una sonrisa confiada.
—Entonces quiero aprender o, mejor dicho, reaprender a usar una espada, un hacha, una lanza. ¡También quiero ese despertar! ¡Quiero todo lo que me corresponde!
Sus ojos brillaban de excitación y tenía las mejillas sonrojadas. En aquel momento, encarnaba por completo el papel de niña mimada y exigente.
Daniel y Carlos intercambiaron miradas fastidiadas. Kantor reflexionó un momento y dijo:
—Está bien. Haremos lo siguiente: como los muchachos están más adelantados en el entrenamiento, creo que es un buen momento para evaluar su desempeño. Y no veo mejor manera de hacerlo que observando cómo entrenarían a otra persona. —Y, volviéndose hacia Carlos y Daniel, dijo—: Ustedes entrenarán a Ana.
Hubo un instante de silencio atónito, roto por Daniel, que golpeó la mesa con el puño y se puso de pie de un salto.
—¡Ni muerto! —gritó.
Fue el turno de Kantor de levantarse. Su rostro, normalmente sereno, adquirió una expresión severa, y su voz fue dura y firme:
—¡Harás lo que te ordeno! Prestaste juramento de seguir el Al Kandur, ¡el camino del aprendiz! Juraste obediencia a tu maestro, que soy yo. Por lo tanto, hasta que yo juzgue que estás preparado, cosa que, por cómo van las cosas, no ocurrirá pronto, y te libere de tu juramento, ¡me obedecerás! ¡Sin cuestionamientos!
El rostro de Daniel enrojeció de rabia. Tragó saliva mientras volvía a sentarse.
Después de un tenso minuto, dijo en voz baja y ronca:
—Sí, obedeceré.
La expresión de Kantor se despejó. Se volvió hacia Ana, que no esperó para lanzar una pregunta:
—¿Tendré que hacer el juramento que le mencionó a él? —Señaló a Daniel con un gesto de la cabeza.
—No, lo harás ante mí, pues yo soy un maestro. Daniel es apenas un aprendiz.
Daniel apretó los labios ante la entonación de la palabra «apenas».
—Al igual que Carlos —añadió Kantor—. A ellos les corresponderá entrenarte físicamente, enseñarte las técnicas básicas de lucha con diversas armas, el combate cuerpo a cuerpo y todo lo necesario para el despertar. Yo te transmitiré las enseñanzas, la filosofía del Camino del Guerrero, así como técnicas avanzadas de combate.
El anciano hizo una pausa.
—Bueno, en realidad, te ayudaré a recordarlas después del despertar. Ellos no serán tus maestros, pero, como entrenadores, debes obedecer las órdenes que te den y cumplir con disciplina y empeño las tareas propuestas, ¿de acuerdo?
Ana se encogió de hombros.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo, Carlos? ¿Daniel?
Carlos asintió.
Daniel, que durante las últimas orientaciones de Kantor para Ana había ido relajándose, volvió la mirada al frente.
Había una sonrisa sádica en su rostro y un brillo salvaje en sus ojos cuando respondió, sin apartar la vista de Ana:
—¡De acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!
Sin que nadie, salvo Ana, lo viera, Daniel formó la siguiente frase con los labios, sin emitir ningún sonido: «Estás en mis manos».
La muchacha tragó saliva.
Ana sujetaba la empuñadura de la espada de entrenamiento con tanta fuerza que tenía blancos los nudillos.
Su respiración era jadeante y el sudor le corría por el rostro, dificultándole la visión, pero temía soltar una mano para limpiarse y no conseguir detener a tiempo el golpe de la espada de Daniel, que serpenteaba frente a ella.
La verdad era que, con una o dos manos, hasta ese momento no había conseguido detener ninguno.
La espada de entrenamiento estaba hecha de un polímero que imitaba la madera. No tenía filo, y su peso y tamaño eran idénticos a los de una espada atlante estándar. No era potencialmente letal, pero podía causar daño.
Era el tercer día de entrenamiento y Ana ya lo había aprendido, pues, hasta entonces, solo había recibido una paliza tras otra.
El primer día, Daniel se colocaba rápidamente a su espalda y le asestaba fuertes golpes.
Todavía tenía marcas moradas y dolorosas en la piel, pero se había cuidado de que Cris no las viera.
El segundo día, él apuntó a sus brazos y piernas, que habían quedado cubiertos de marcas. Un golpe le alcanzó la rodilla y todavía cojeaba.
Esta vez no pudo ocultárselo a Cris, pero Ana restó importancia a las heridas y dijo que se había lastimado en una caída.
La muchacha sabía que aquel no era el entrenamiento que debía recibir.
Sabía que Daniel hacía eso para que desistiera, pero no lo haría. Tampoco se quejaría con Cris ni con Kantor, pues, a su entender, aquello sería una derrota, y no le daría esa satisfacción a Daniel.
Él comprendió que no desistiría con facilidad, así que, en aquel tercer día, estaba recurriendo a extremos.
¡Daniel intentaba golpearla en el rostro!
Ana lo entendió cuando él usó la punta de la espada en los tres golpes que había lanzado hasta entonces.
Del primero se había apartado milagrosamente. El segundo lo había detenido con el antebrazo. También esquivó el tercero, aunque no con suficiente rapidez, y la punta de la espada le dejó un verdugón en la mejilla.
Ahora él estaba frente a ella, moviendo sinuosa y lateralmente la espada. En su rostro llevaba la misma sonrisa sádica del otro día y parecía deleitarse con el terror que veía en sus ojos.
Carlos observaba, como había hecho los demás días.
El primer día no dijo nada acerca de los golpes que Daniel le propinó. El segundo permaneció serio y callado, dejando entrever su desaprobación. Al terminar el entrenamiento, mientras se alejaba cojeando, Ana oyó a los dos discutir.
Ese día Carlos también permanecía callado, y ella percibió cierta tensión en el ambiente.
Estaba de pie junto al área delimitada para los entrenamientos, con la espada de práctica en las manos, siguiendo atentamente los movimientos de ambos.
Daniel avanzó un paso y levantó la espada por encima de la cabeza para lanzar un golpe descendente. Ana alzó la suya en posición horizontal para detener el ataque que, extrañamente, no llegó con tanta fuerza ni rapidez.
Era una finta.
Él giró velozmente el cuerpo hacia la derecha, y Ana creyó que intentaría un golpe lateral.
Era otra distracción.
Mientras giraba, Daniel se agachó y estiró la pierna derecha, golpeándole la parte posterior de las rodillas y haciéndola caer con una barrida.
Ana cayó de espaldas y su espada salió volando. Estaba completamente a su merced.
Como continuación del movimiento, Daniel se incorporó, levantó la espada por encima de la cabeza y, usando las dos manos, la descargó con fuerza.
Ella se quedó helada. El golpe la alcanzaría de lleno en el rostro y quizá le rompería la nariz y algunos dientes.
Cerró los ojos.
—¡No!
Oyó el grito prácticamente al mismo tiempo que un fuerte chasquido, muy cerca de su rostro.
Abrió los ojos y vio dos espadas cruzadas a centímetros de su cara. De repente desaparecieron de su campo de visión y, con un movimiento instintivo, rodó hacia un lado, recuperó su espada y se puso de pie en posición de guardia.
Pero nadie la atacó.
Los dos muchachos discutían acaloradamente, y entonces comprendió. Carlos había impedido el golpe fatal.
—¿¡Estás loco, Daniel!? —gritó Carlos.
—¿¡Por qué me detuviste!? —gritó Daniel también.
—¡Ibas a lastimarla, amigo!
—¡Claro que sí! ¡Es lo que se merece!
—No. —Carlos bajó el tono de voz—. No de esa manera, Daniel.
—¡No necesito que me protejas! —gritó Ana—. ¡Deja que venga ese desgraciado!
Daniel gruñó y avanzó furioso hacia ella, pero Carlos lo detuvo.
—¡Vete de aquí, Ana! —ordenó mientras sujetaba a un Daniel fuera de sí.
—¡No! ¡Déjalo venir!
—¡Vete, Ana, ahora! —le gritó Carlos con firmeza.
Ella lanzó un grito de rabia, arrojó la espada al suelo y se alejó cojeando, mientras todavía oía la discusión de los dos.
Llegó al templo y se dirigió directamente al cuarto por un corredor lateral.
No quería pasar por el patio ni ver a nadie. Por suerte, ni Mirna ni Cris estaban cerca.
Entró en la cabina de la ducha y el agua comenzó a caer automáticamente.
—¡Fría! —gritó, y el agua cambió de temperatura al instante.
El agua helada golpeó su piel caliente, le cortó la respiración e hizo que le castañetearan los dientes.
—¡Tibia! —dijo después de unos instantes. Su respiración se calmó y sintió que su cuerpo se relajaba tras la descarga de adrenalina.
Se quitó la ropa, pues había entrado completamente vestida.
Se sentó en el suelo de la cabina, abrazándose las rodillas y dejando que el agua tibia le corriera por el cabello y el cuerpo.
Pero pronto empezó a arderle la espalda y decidió salir.
Se envolvió en una toalla y se dirigió al espejo del baño. Se dio la vuelta y dejó caer la toalla para ver el estado de las heridas de su espalda.
Tenían mal aspecto: estaban enrojecidas y parecían inflamadas.
Volvió a ponerse de frente y acercó mucho el rostro al espejo para observar la marca de su mejilla.
No era nada grave, pero podría haber sido peor si Carlos no hubiera intervenido.
«¿Por qué había hecho eso?», se preguntó.
Imaginaba que a él le gustaría verla sufrir, pero, sin duda, tenía más juicio que aquel animal de Daniel.
Un gritito ahogado hizo que se volviera, sujetando la toalla frente al cuerpo.
Mirna estaba en la puerta, con los ojos muy abiertos y las manos sobre la boca.
Sin duda había visto el estado de su espalda. Cris apareció justo después:
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—¡No es nada! —respondió Ana rápidamente.
Los ojos inquisitivos de Cris fueron de Ana a Mirna y de esta nuevamente a Ana, pero no se detuvieron en la muchacha, sino en el espejo que tenía detrás.
—¡Por Dios! ¿¡Qué es eso!? —preguntó, asustada.
Había visto el reflejo de la espalda de Ana, quien, desalentada, bajó los brazos e hizo ademán de llorar.
—Fue Daniel.
Ana estaba acostada boca abajo en la cama mientras Cris y Mirna aplicaban un ungüento sobre sus heridas.
Les contó todo lo ocurrido, incluido el desenlace de hacía unos minutos.
—¿Y por qué no me dijiste nada antes? —preguntó Cris con voz temblorosa.
—Porque no quería verte así, nerviosa, y por lo del… —Se calló antes de decir «bebé».
—Esto no va a quedar así —susurró Cris, perturbada.
Ana levantó el rostro y la miró.
—¡No! ¡No quiero que digas nada! Primero, por… ¡ya sabes! Segundo, porque no quiero darle a ese animal la satisfacción de saber que flaqueé y fui a quejarme. Y tercero… —Volvió a apoyar el rostro en el colchón y habló con la voz entrecortada, como si estuviera a punto de llorar otra vez—. Tengo miedo de que Kantor cancele el entrenamiento, y quiero mucho, de verdad mucho, aprender a luchar.
—¿¡Qué entrenamiento, Ana!? —se exaltó Cris—. ¡Solo te están dando una paliza!
Hubo un minuto de silencio.
Mirna, que parecía no haber notado las referencias veladas al embarazo de Cris, se volvió hacia ella y preguntó con una voz apagada y cargada de tristeza:
—¿Por qué Daniel hizo eso?
—¡Porque es un monstruo! —se adelantó Ana.
Mirna miró a Cris con expresión interrogante. En sus ojos se leía una súplica muda para que aquello no fuera cierto.
Esa mirada le partió el corazón a la muchacha. No quería decepcionarla, pero también se sentía obligada a prevenirla sobre Daniel.
—Sé que lo quieres —comenzó—. Yo también lo quiero, pero Daniel… Sabes, Mirna, por mucho que amemos a las personas, no debemos olvidar que tienen defectos, que cometen errores, y él… Bueno… A veces no mide bien sus actos y termina lastimando a los demás.
—¡Vaya! ¡Fuiste demasiado amable! —se burló Ana.
En realidad, había minimizado demasiado lo que Daniel era, pero no sabía cómo decírselo a Mirna.
La niña miró las heridas en la espalda de Ana y preguntó:
—¿Crees que él me lastimará?
Una rabia súbita se apoderó de Cris.
Daniel ya la había lastimado moral y psicológicamente. Ahora había herido físicamente a Ana. ¿Qué le haría a aquella muchacha pequeña e ingenua que depositaba en él la confianza más absoluta?
La rabia se volvió tan intensa que le nubló la mente, aceleró su respiración y dejó pálidos sus labios.
—¡No! ¡No lo hará! —respondió entre dientes y salió del cuarto.
—¡Detente, Cris! —Todavía oyó gritar a Ana, pero estaba decidida y avanzó con pasos duros hacia el campo de entrenamiento.
Daniel estaba ordenando el soporte de armas después de la discusión con Carlos.
No habían llegado a los golpes porque Carlos tuvo el buen juicio de alejarse y dejar que Daniel enfriara su furia, cosa que todavía no había ocurrido. Sus pensamientos estaban concentrados en una sola persona: ¡Ana!
«¡Desgraciada, zorra! ¡Casi me hizo pelear con Carlos! ¡Ese tipo es mi hermano y casi lo golpeé! Es culpa de ella, ¡pero me las pagará!».
El sonido de unos pasos interrumpió sus pensamientos.
Se volvió esperando ver a Carlos, pues quería disculparse. Quedó paralizado cuando vio a Cris acercándose resueltamente.
Abrió la boca para decir algo, pero no tuvo tiempo.
Ella alzó la mano y le dio una fuerte bofetada en el rostro.
—¡Bruto! ¿¡Quién te crees que eres para golpear así a Ana!? ¡Monstruo! ¡Animal!
Daniel permaneció inmóvil.
El rostro le ardía por la bofetada, pero no lo sentía. Estaba paralizado por la sorpresa ante aquella reacción.
Nunca había visto a Cris de esa manera: pálida, con los ojos echando chispas mientras le escupía las palabras a la cara:
—Tú no piensas, ¿verdad, Daniel? ¡No usas esa cabeza de mierda para pensar en las consecuencias de lo que haces! ¡No solo lastimaste a Ana! ¡Mirna vio lo que hiciste y ahora tengo que intentar convencer a la pobre muchacha de que no la desollarás viva cuando tengas la oportunidad! ¡Intentar explicarle por qué casi mataste a Ana!
Daniel hizo ademán de hablar, pero Cris le apuntó con el dedo a la cara.
—¡Cállate! ¡Cállate, ni una palabra! ¡Y escucha muy bien lo que voy a decir! Hasta que no vea a Ana manejando una espada, hasta que no la vea recibir el entrenamiento adecuado, ¡no vuelvas a dirigirme la palabra! ¡No me mires, no me hables! ¡Ni siquiera te atrevas a pronunciar mi nombre! ¿¡Entendido!?
No esperó respuesta. Se dio la vuelta y se alejó.
Sintió una punzada de dolor en el vientre, pero no dejó que se notara. Siguió adelante con determinación. El dolor aumentó y sintió náuseas.
Caminando encorvada, apresuró el paso hacia los aposentos de Kantor, mientras el terror crecía en su mente junto con el dolor.
«¡Mi bebé!», pensó.
No miró hacia atrás, pero, antes de entrar en el templo, todavía oyó el estruendo del soporte de armas al ser destrozado a patadas y puñetazos por Daniel.