CAPÍTULO 22 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 23 de 44
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CAPÍTULO 22

Carlos rememoró todo aquello mientras el Sol se elevaba en el horizonte.

El calor aumentó, pero aún era soportable y, antes de que dejara de serlo, decidió pensar en lo que lo había llevado hasta allí.

En las noches que siguieron al despertar, comenzó a tener pesadillas.

Soñaba con batallas, con muerte y destrucción. Despertaba gritando, desesperado y sintiendo un olor extraño, metálico, salado, que al principio no identificaba. Pero cuando se dio cuenta de que su cerebro sabía cuál era la sensación del metal perforando y desgarrando carne humana, descubrió qué olor era aquel: ¡sangre!

Habló con Kantor al respecto, y el sacerdote le explicó que aquellos sueños eran residuos, destellos de recuerdos pasados que resurgían con el despertar.

Carlos entonces preguntó por aquello que venía atormentándolo:

—Entonces… ¿Yo ya he matado?

Kantor le dirigió una mirada compasiva, de quien comprendía su dolor, y respondió:

—Sí.

Después, apoyando afectuosamente una mano en su hombro, añadió:

—Todos nosotros hemos matado en una vida u otra, pero eso no nos convierte en monstruos asesinos. Es inherente a nuestra evolución en este mundo y a la etapa evolutiva en la que se encuentra este mismo mundo. Las guerras son terribles, pero la Gran Sabiduría quiso que esa fuerza destructora, concebida por el libre albedrío humano, fuera utilizada como un factor de crecimiento del ser humano, de la sociedad y del universo. Por desgracia, hijo, todavía somos seres imperfectos y aprendemos más por el dolor que por el amor.

Carlos asintió con la cabeza y preguntó en un hilo de voz, casi como si no quisiera hacerlo, pero una necesidad mayor lo obligara:

—¿Y tendré que matar otra vez?

—Probablemente —respondió el anciano—, pero recuerda siempre: solo por una necesidad extrema de supervivencia, tuya y de quienes estén bajo tu responsabilidad, y nunca, nunca lo hagas movido por el odio puro, pues, de ese modo, cada vida que quites será un tributo al mal y, poco a poco, matará tu propia alma.

Carlos salió de los aposentos de Kantor impresionado por el tono vehemente de las últimas palabras.

Encontró a Daniel en el campo de entrenamiento, manejando su espada de madera con movimientos cortos y cortantes para entrar en calor.

Tomó su espada del soporte e imitó a su amigo, aunque sin el mismo entusiasmo.

—¿Cuándo tendremos una de verdad? —preguntó Daniel, mirando la espada con desdén.

Casi como si se tratara de una señal, Carlos lanzó otra pregunta:

—¿Has pensado que, si estamos aprendiendo a luchar con espadas, es porque tendremos que usarlas?

—Sí —respondió Daniel sin vacilar y sin apartar la atención del movimiento de su muñeca.

—¿Y has pensado que, si las usamos, muy probablemente será para matar a alguien?

—Sí.

—¿Y tú matarías?

—¡Claro!

—¿¡Claro!?

Daniel detuvo en el aire un movimiento diagonal y miró a su amigo, sorprendido por el tono de la pregunta.

—¿Qué pasa? —preguntó a su vez.

—Usas esto para partirle la cabeza a un tipo o se la hundes un metro en las entrañas, ¿y todo lo que tienes que decir es «claro»? —Carlos alzó los hombros y abrió mucho los ojos en un gesto sorprendido e interrogante.

—¡Claro! —repitió Daniel con mayor énfasis—. ¡Es su cabeza o la mía!

—¡Pero se trata de una vida, Dan! —replicó Carlos.

—¡Sí! ¡Mi vida, tu vida, la vida de los demás! Escucha, si dudas de que puedas hacerlo, ¿para qué todo esto? —Daniel señaló con la mano el campo de entrenamiento—. ¿Este desgaste, los entrenamientos, el despertar?

Carlos bajó la mirada.

—El despertar —repitió Carlos—. Ese fue el problema. Hasta entonces, todo parecía una diversión, a pesar del rigor del anciano, una forma de olvidar toda esta situación que estamos viviendo, pero ahora…

Pensó en hablarle de los sueños, de las sensaciones que estaba experimentando, y preguntarle si Daniel estaba pasando por lo mismo, pero temía la respuesta.

A veces parecía que una nube oscura cubría la mirada de su amigo, principalmente cuando el entrenamiento era práctico y ambos luchaban entre sí.

En esos momentos, parecía otra persona.

Antes de que Carlos dijera algo más, Daniel se adelantó y apoyó una mano en el hombro de su amigo.

—¡Carlos, te necesito! Necesito que me ayudes a proteger a los demás. No tengo a nadie más con quien contar.

El muchacho suspiró.

—No lo sé, Daniel. Necesito pensar si esto es realmente lo que quiero.

Dicho eso, guardó su espada y se retiró.

Daniel todavía lo llamó, pero él no regresó. Entonces se dirigió a lo alto de la colina, donde se encontraba ahora.

Notó que alguien subía por el sendero.

Después de la última curva, justo debajo de donde estaba, apareció la persona, y el sol de la mañana se reflejó en sus cabellos rubios.

«Ana».

Ella alzó la vista, lo vio y permaneció inmóvil unos instantes.

«Ojalá desista». Pero su deseo no se cumplió, pues ella retomó el sendero y desapareció detrás de unas rocas.

Él se removió, nervioso. ¿Qué quería ella?

Nunca había ido hasta allí, ¿y justo hoy decidía venir a molestarlo, a perturbar su tranquilidad?

Permaneció inmóvil, con los brazos alrededor de las rodillas y la mirada fija en el horizonte. Quería transmitir una actitud de indiferencia, de «Me da igual», pero sus oídos estaban atentos.

La oyó alcanzar la cima, jadeando. La percibió acercándose, saltando sobre las rocas, y entonces ella estuvo a su lado.

Después de un minuto de silencio, respiró profundamente el aire fresco de la mañana.

—¿Así que este es el refugio del grupo? Es bonito —dijo por fin.

—Sí —respondió Carlos, lacónico—. Es la primera vez que vienes aquí, ¿verdad?

—Sí. Me enteré de que estabas aquí, así que vine. Quiero hablar contigo.

Él levantó la cabeza para mirarla.

Ana llevaba shorts y una camisa anudada al frente, que dejaba su vientre al descubierto.

Cuando bajó la cabeza, Carlos se controló para no mirarle las piernas.

—¿Conmigo? —preguntó.

Ana se sentó a su lado, tan cerca que él podía sentir el calor de su cuerpo.

Metió la mano en el bolsillo de la camisa y la extendió hacia Carlos.

—Creo que esto debe quedarse contigo.

Depositó en la palma de Carlos la pulsera que había pertenecido a su hermano Jonas.

Carlos contempló el colgante, una letra jota hecha de oro. Se le humedecieron los ojos y cerró la mano con fuerza.

—Gracias —susurró.

Permanecieron en silencio durante varios minutos.

—¿Lo amabas? —preguntó Carlos de repente.

—¿Cómo? —Ana estaba distraída, contemplando el paisaje, por lo que la pregunta la tomó por sorpresa.

—A Jonas. ¿Lo amabas?

—Me gustaba mucho —respondió ella después de un momento.

—Te gustaba, ya veo. Era uno más de una larga lista, ¿no?

Se miraron fijamente.

Había un principio de furia en los ojos de ella. Carlos, por su parte, se preguntaba por qué estaba siendo tan agresivo después de aquel gesto amable.

Creía que se debía a la proximidad física.

Nunca había estado tan cerca de ella como para sentir su calor, su olor. Aquello lo perturbaba y hacía que los sentimientos que mantenía quietos se agitaran en su interior.

Fue Ana quien apartó primero la mirada.

—Sí, estuve con muchos chicos —dijo en tono confesional—. Pero con tu hermano fue… Habría sido diferente. Me pidió que fuera su novia.

—Me enteré de que varios «chicos» también te pidieron que fueras su novia.

—Sí, pero Jonas era sincero. Los demás solo querían una cosa: acostarse conmigo.

Él la miró fijamente. Ella interpretó su mirada como ironía.

—Sé lo que estás pensando. Para ti y para otros chicos, yo soy, o era, la más fácil de todas, la que se acostó con la mitad de la escuela. ¡Pero voy a decirte algo! —Se exaltó—. ¡Nunca, pero nunca de verdad, me acosté con nadie! —Ana volvió la vista al frente, furiosa—. Ah, ¡ni siquiera sé por qué te estoy contando esto! ¡Sé que no me crees!

—Sí te creo.

Ella lo miró entre sorprendida e incrédula.

—¿En serio?

—Sí.

Carlos sabía que estaba diciendo la verdad. Lo sabía porque Cris le había asegurado que Ana era virgen, y no se lo había contado como un chisme, porque Cris no era así, sino para proteger la reputación de su amiga.

Él, al igual que Daniel, siempre había desacreditado a Ana en las conversaciones entre muchachos, dando crédito a quienes presumían de haberse acostado con ella. Cris lo reprendió por eso y le contó la verdad. Después de aquello, Carlos dejó de difamarla, aunque tampoco desmentía a quienes afirmaban haber tenido sexo con Ana.

Recordó lo que Cris le había dicho: «Empieza a respetarla, a ser más atento y comprensivo. Así podrá ver al muchacho maravilloso que eres».

—Sí, te creo —repitió—. Sé que muchas veces hablé mal de ti. Fui un verdadero idiota. Perdóname.

La actitud la desarmó. Recogió las piernas y abrazó sus rodillas.

—Oh, está bien. Me acostumbré a los comentarios. Por un lado, los chicos me llamaban fácil y, por el otro, las chicas me llamaban virgen empedernida, una aguafiestas.

Aunque intentó restar importancia a sus palabras, Carlos percibió que aquello le dolía.

—La gente no suele respetar las decisiones de los demás —dijo él, disfrutando de la intimidad que empezaba a surgir entre los dos.

Ana sonrió, suspiró y se recostó sobre la roca, colocando los brazos debajo de la cabeza y estirando todo el cuerpo. Su camisa subió, dejando ver aún más su vientre liso.

Carlos casi se atragantó.

Perdió la noción del tiempo contemplando aquellas suaves curvas, aquel ombligo perfecto. Cuando volvió en sí, se sobresaltó.

¿Ella se habría dado cuenta? Miró su rostro, pero Ana tenía los ojos clavados en el cielo. Él volvió la mirada al frente, aunque sentía la respiración rasparle la garganta.

—Decisiones —dijo ella, pensativa—. Ahora me pregunto si valieron la pena. El mundo se fue al infierno, ¿y qué disfruté yo? Nada.

Algo estalló dentro de Carlos al oír aquellas palabras.

¿Había entendido bien? El sentimiento que llevaba dentro afloró con fuerza, cabalgando sobre un deseo incontrolable.

Miró a Ana y encontró sus ojos azules fijos en él, con una leve sonrisa en los labios.

Interpretó aquello como una señal.

Se tendió a su lado, mirándola fijamente.

—Todavía no es tarde para disfrutar —dijo, y las palabras le salieron temblorosas.

Puso una mano sobre su vientre, rozando con las yemas de los dedos la piel suave y deslizándolos poco a poco bajo la camisa. Se inclinó sobre ella, acercando su boca a la suya.

Vio encenderse una llama en los ojos de Ana que, de haber tenido los pensamientos más claros, habría notado que no era deseo.

Ella alzó la rodilla con fuerza y lo golpeó de lleno en la entrepierna. Antes de que él, con un grito de dolor, se desplomara sobre ella, Ana rodó ágilmente hacia un lado, dejando que cayera de cara contra la roca.

De un salto, ya estaba de pie a su lado mientras él se retorcía.

—¡Cerdo pervertido! —gritó, furiosa, y todavía le dio una patada en las costillas antes de salir corriendo.

—¡Ana! —El grito salió ahogado de la garganta de Carlos. «¡Idiota! ¡Qué idiota fui!»—. ¡Ana! —Esta vez consiguió reunir aire suficiente para que el grito se oyera en el aire limpio de la mañana.

Pero ella ya estaba lejos, corriendo sendero abajo.

Cris doblaba la ropa lavada con la ayuda de Mirna, que tarareaba. Estaban en el patio interior, que se había convertido en el lugar de convivencia, de socialización, como solía decir Pedro.

Pero la socialización se estaba volviendo bastante difícil.

Antes, cuando llevaban una vida normal, convivían todos los días en la escuela y salían juntos, pero, al final del día, cada uno regresaba a su casa. Cuando discutían, podían darse el lujo de evitarse hasta que la rabia se desvaneciera.

Ahora la convivencia era constante, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y las tensiones eran inevitables sin el recurso de una ausencia temporal.

También estaba el problema de la división de las tareas diarias. Habían acordado que realizarían el trabajo doméstico y la preparación de las comidas mediante un sistema rotativo por parejas: Cris y Ana, Pedro y Carlos, y Daniel y Mirna.

Un día, mientras una pareja preparaba la comida, arreglaba los cuartos y barría los aposentos, otra se ocupaba de limpiar los baños y la tercera de la ropa. Al día siguiente, intercambiaban las tareas.

El sistema tenía todo para funcionar, pero había problemas por la mala voluntad de algunos o, mejor dicho, de dos: Ana y Daniel.

Ana cumplía con sus obligaciones, pero siempre a regañadientes.

Se quejaba mucho, decía que no había nacido para aquello, que siempre había tenido empleados que realizaban esas tareas, que sus manos estaban quedando destrozadas; en fin, toda una letanía de quejas que terminaba irritando a los demás y siempre desembocaba en una discusión.

Ese mismo día, por la mañana, mientras recogían la ropa lavada, Ana había estado tan insoportable que Cris la dispensó y le ordenó que fuera a dar una vuelta.

Daniel era el otro problema. En realidad, él era «el problema», porque sencillamente no hacía nada.

Evitaba todas las tareas, lo que terminaba sobrecargando a Mirna. Cris acababa ayudándola, secundada por Pedro.

Pero Mirna siempre correspondía, como en aquella ocasión, cuando era Ana quien debería estar allí ayudando a doblar y guardar la ropa.

Cris miró de reojo a Daniel, que estaba sentado en el murete lanzando un cuchillo al aire.

Había llegado allí hacía un rato, sombrío y murmurando entre dientes.

Al parecer, había tenido algún tipo de discusión con Carlos en el campo de entrenamiento. Ella no le preguntó nada, pues ya no tenía paciencia para su mal humor; de hecho, evitaba al máximo cualquier contacto con él.

De vez en cuando, Daniel la acorralaba en los pasillos e intentaba hablar con ella, a veces besarla, pero ella lo rechazaba.

Por suerte, Mirna siempre estaba cerca, y él contenía su frustración. Cris tenía que contarle lo del embarazo, pero no encontraba el valor.

Llevaba media hora lanzando el arma hacia arriba, y el cuchillo daba una, dos y a veces hasta tres vueltas en el aire antes de ser atrapado hábilmente por el mango. No había fallado ni una sola vez.

Cris se volvió hacia Mirna:

—Tienes que obligar a Daniel a ayudarte con las tareas, Mirna.

La niña la miró con sus grandes ojos negros.

—Está ocupado —respondió.

—¿Ocupado?

—Está entrenando.

—Lanzar cuchillos al aire no me parece un entrenamiento.

—Ayuda a la concentración y a los reflejos.

Cris pensó en preguntarle qué sabía sobre el entrenamiento con armas, pero decidió que era mejor no hacerlo, pues la niña ya había demostrado ser una caja de sorpresas, con conocimientos que parecían ir mucho más allá de lo que su figura dulce y delicada podía sugerir.

—Doblar ropa también —dijo Cris en tono de broma.

El rostro de Mirna se iluminó con una sonrisa.

—¡CRIS!

El grito de Ana, junto con su entrada intempestiva, hizo que todos se sobresaltaran.

Cris dejó caer al suelo la prenda que tenía en las manos, Mirna gritó y corrió junto a Daniel, quien de un salto ya estaba de pie con el cuchillo empuñado, y Pedro casi dejó caer el cristal archivo que estaba leyendo.

La muchacha, llorando, abrazó a Cris.

—¿Qué pasó, Ana? —preguntó Cris, preocupada, acariciando el cabello de su amiga.

Ana se apartó de su pecho y mostró el rostro bañado en lágrimas.

—Allá, en la roca… —balbuceó—. Carlos…

Daniel se adelantó:

—¿Qué pasa con Carlos?

—Cálmate, Ana —pidió Cris—. ¡Y cuenta lo que pasó! ¿Qué le ocurrió a Carlos?

—Él… —Ana respiró profundamente—. ¡Intentó abusar de mí!

Un silencio opresivo se apoderó del lugar, roto por Daniel, que agarró con fuerza el brazo de la muchacha y la apartó de Cris de un tirón.

—¿Qué estás diciendo, loca?

—¡Suéltame! ¡Me estás lastimando! —gritó Ana, retirando el brazo con un movimiento brusco.

—¡Daniel, por favor! —pidió Cris y, volviéndose hacia la muchacha, puso las manos sobre sus hombros y la miró firmemente a los ojos—. Ana, ¡lo que estás diciendo es muy serio! ¿Estás segura? ¿No habrá sido una broma que interpretaste mal?

—¿O tú le diste entrada? —insinuó Daniel con burla.

—¡No le di entrada a nadie! —respondió Ana, fulminando a Daniel con la mirada—. ¡Ustedes son unos pervertidos, unos aprovechados que siempre buscan una brecha, un momento de fragilidad para intentar abusar de nosotras! ¡Yo solo estaba desahogándome, abriéndome con él, y se aprovechó de eso! —Las lágrimas volvieron a correr por el rostro de la muchacha.

Daniel continuó con tono acusador:

—¡Todo el mundo sabe cuánto te gusta «abrirte»! ¿Quién va a culpar a un tipo por aprovecharse de eso?

—¡Basta! —gritó Ana—. ¡Qué infierno! ¡Ustedes no me respetan! ¡Me tratan como si fuera un… un… pedazo de carne! ¡El maldito mundo se acabó y ustedes no paran!

La muchacha temblaba y lloraba desconsoladamente. Cris la abrazó.

—Tranquila, mi amor, tranquila.

Mirna, conmovida, se acercó y acarició el cabello de Ana.

Daniel mantuvo una sonrisa desdeñosa.

—Qué espectáculo.

—¡Basta, Daniel! —lo reprendió Cris—. Necesitamos escuchar la versión de Carlos. —Interrumpió a Ana con gentileza—. No, mi amor, no dudo de tu palabra, pero lo conozco y no consigo imaginarlo haciendo algo tan brutal.

—Por cierto —preguntó Pedro—, ¿qué fue exactamente lo que hizo?

Entre sollozos, Ana se lo contó. Daniel alzó las manos al cielo.

—¡Por favor! Tanto escándalo por nada. El tipo solo intentó robarle un beso.

Mirna lo miró.

—Pero, Brediu, los besos no se roban. Tienen que ser consentidos.

Daniel la miró, desarmado.

—¿Ves? —le dijo Cris—. La voz sabia de la inocencia.

—Iré a buscar a Carlos —se ofreció Pedro.

—¡Tú te quedas aquí! —Daniel alzó la voz, deteniéndolo—. ¡Iré yo! —Y, sin esperar respuesta alguna, salió en dirección a la cima.

Cuando llegó, encontró a Carlos todavía sentado sobre la roca, con la mirada perdida en el horizonte.

Se sentó a su lado y permaneció en silencio. Su amigo lo miró de reojo y notó su expresión contrariada.

—¿Y bien? —preguntó.

Daniel respiró profundamente y habló sin rodeos:

—Ana llegó allá abajo gritando y diciendo que intentaste abusar de ella.

Carlos escondió la cabeza entre los brazos.

—¡Oh, Dios! —gimió—. ¡No fue nada de eso! —continuó después de levantar la cabeza—. Yo… no quería… yo… ¡estoy enamorado!

Daniel le dio una palmada afectuosa en el hombro.

—Te entiendo. Debió de ser difícil resistirse, porque, aunque Ana es insoportable, la condenada es demasiado bonita. ¿Y ese cuerpo? Yo mismo…

—¡La amo! —Carlos interrumpió a Daniel, que lo miró con la boca abierta—. La amo —repitió Carlos—. No es solo deseo, quiero decir, también lo es, así que terminé mezclando las cosas, perdí el control y lo arruiné todo.

Carlos había bajado la voz, en tono de confesión. Daniel estalló:

—¿¡Cómo dices!?

Carlos suspiró.

—Creo que la amo desde que éramos niños. Siempre fue algo platónico y últimamente incluso lo tenía medio olvidado, pero, cuando me enteré de lo suyo con mi hermano, ¡me volví loco de celos! ¿Puedes creerlo? ¡Celos de mi hermano! Y eso hizo que todo volviera a salir a la superficie. Hoy, al verla aquí tendida, toda lánguida, mezclé las cosas y, como dije, metí la pata.

—¿Quién más sabe esto? —preguntó Daniel.

—Solo Cris.

—¡Pero nunca me lo contó! —exclamó Daniel, molesto—. Además, ¿por qué tú nunca me contaste nada?

—Por miedo a que reaccionaras exactamente como ahora. Por miedo a que pensaras que soy un completo idiota. Se lo conté a Cris porque sabía que ella no me juzgaría.

Daniel apoyó una mano en el hombro del otro.

—Vamos, amigo, ¡somos amigos! Perdóname por mi reacción, pero fue una gran sorpresa. Sin embargo, jamás, de ninguna manera, pensaría que eres un idiota. Un romántico tonto e iluso, sí, pero idiota, jamás.

Carlos miró a su amigo, que le sonrió. Terminó riéndose también.

—¿Desde cuándo lo sabe Cris? —preguntó Daniel con cautela.

—Me sinceré con ella hace unos días, pero dijo que ya se había dado cuenta hacía mucho tiempo.

Daniel permaneció callado y pensativo.

—¿Qué pasa? —preguntó Carlos.

—Nada —replicó Daniel—. Bueno, el asunto es que los demás creen que debes dar una explicación.

Carlos quedó desolado.

—Será difícil explicar esto.

—Mira —dijo Daniel—, si no quieres explicarte, si no quieres decir nada, está bien. Estoy de tu lado. Lo enfrentaremos juntos.

—¿Quién tuvo la idea? —preguntó Carlos.

—Cris, tu confidente —espetó Daniel.

Carlos negó con la cabeza.

—Entonces tendré que afrontarlo. No puedo decirle que no a Cris. Y, si ella lo sugirió, debe saber que es lo mejor.

—Bueno, tú sabrás. Pero estaré a tu lado, pase lo que pase.

Carlos sonrió, agradecido.

—Gracias, hermano. —Él y Daniel se estrecharon la mano—. Bueno, vamos.

Cuando llegaron al patio, los demás estaban reunidos. Avanzaron hasta el centro, y Daniel permaneció junto a su amigo.

Carlos recorrió al grupo con la mirada.

Pedro tenía una expresión neutra. Mirna parecía curiosa, y Ana tenía una mirada asesina. Cuando los ojos de Carlos encontraron los de Cris, ella le ofreció una sonrisa alentadora.

—Chicos —comenzó, intentando no tartamudear—, lo que hice no tiene explicación, ninguna que pueda justificarlo, por lo menos. Fue una tontería, un momento de debilidad…

—¿Un momento de debilidad? —preguntó Ana, cruzándose de brazos—. ¿También vas a decir que eres hombre, esclavo de tus instintos, es eso?

Carlos se rascó la cabeza, incómodo.

—Sí. Quiero decir, ¡no! —se apresuró a corregirse—. Tú estabas allí… tan… Eres tan bonita… En realidad, yo te… —Se calló al ver que Cris negaba con la cabeza. Era el peor momento para decir lo que pretendía—. Te lastimé. Perdóname, por favor —dijo por fin, bajando la mirada.

Ana dio un paso al frente, con los dientes apretados y los ojos echando chispas.

—Sí, soy bonita. Hermosa, en realidad. ¡Pero eso no te autoriza a hacer lo que hiciste! ¡Y vete al infierno con tus disculpas! ¡Vuelve a tocarme y te mato!

Se dio la vuelta y se marchó dando fuertes pisotones.

—¡Oye! —gritó Daniel, saliendo detrás de ella, pero Carlos lo sujetó por el brazo.

—¡No, Dan! ¡Déjalo así!

Daniel estaba furioso.

—¡De ninguna manera! ¿Quién se cree que es? Te disculpaste, te humillaste, ¿y ella se comporta así?

Carlos levantó las manos.

—Me lo merecía, la verdad. No se la puede culpar de nada; el único culpable soy yo. —Suspiró—. Esto es muy vergonzoso para mí. Dejémoslo así, ¿de acuerdo?

Cris, comprendiendo la vergüenza de su amigo, asintió. Y, tomándolo de la mano, dijo:

—Está bien, Cacá, olvidemos todo esto, ¡pero absolutamente todo! —Puso mayor énfasis en las últimas palabras, mirando fijamente a Daniel.

Este, visiblemente irritado, se marchó murmurando.

Volvió a entrenar con el cuchillo, pero, en vez de lanzarlo hacia arriba como antes, comenzó a arrojarlo furiosamente contra un blanco de madera que había allí.

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