CAPÍTULO 27
Caminar se había vuelto penoso.
Tenía los pies hinchados y le dolía la espalda, presionada por el peso del enorme vientre.
Cris deseaba acostarse, pero sabía que ni siquiera así estaría cómoda. La única forma de aliviar su estado era que el bebé naciera, algo que debía de ocurrir pronto, pues su vientre había descendido mucho de un día para otro.
Contuvo la respiración al sentir una presión en las costillas. Era el bebé, que estaba pateando.
Muchos niños no se movían demasiado durante aquella etapa final del embarazo debido al poco espacio disponible, pero su hijo era una gran excepción a la regla.
Activo, pateaba, se estiraba y se movía.
«Inquieto como su padre», pensó. «¿O inquieta?».
Apartó el último pensamiento.
Aunque podían conocer el sexo mediante los exámenes de Kantor, decidieron dejarlo como una sorpresa. Pero Daniel estaba seguro de que era un niño, y Cris había aceptado la idea.
Después de los dos primeros meses de embarazo, cuando cesaron las náuseas y quedó descartado el riesgo de aborto, la gestación se volvió sumamente agradable para Cris.
También para los demás, y todos pudieron disfrutar mucho de aquella etapa, pues la búsqueda de Mirna se había desplazado más al norte y entrado en un proceso más lento por orden de Demon, quien insistía en ser él quien encontrara a la sirvienta para complacer a Rehna, pero estaba involucrado en la lucha contra el duque Irbadine por el control del planeta Mirkos.
Aquello permitió que el embarazo de Cris transcurriera con mayor tranquilidad y que los jóvenes pudieran adaptarse a su nueva vida.
El verano había sido caluroso, pero descubrieron cerca del templo un arroyo que, al caer desde una pequeña cascada, formaba una piscina de agua cristalina y fresca.
Allí pasaron muchas tardes refrescándose y jugando.
Otras veces dormitaban en las hamacas tendidas bajo la sombra de los árboles del patio y comían las sabrosas frutas que daban esos mismos árboles.
Todos mimaban a Cris constantemente.
Daniel, sobre todo, se desvivió por cuidarla y, durante aquellos meses, nunca volvió a mencionar la relación entre ambos.
El otoño fue cálido, pero la vida tranquila que llevaban tuvo que terminar, pues debían iniciar los preparativos para la llegada del bebé.
Kantor los sorprendió llevando un ajuar completo y ropa que había mandado coser en algún lugar. También enseñó a las muchachas a preparar productos de higiene para el bebé con ingredientes naturales.
Daniel reveló una inesperada habilidad para trabajar la madera y construyó una hermosa cuna. Todos elogiaron su trabajo, y a Kantor se le escapó que había sido carpintero en una de sus existencias.
El muchacho no podía dejar pasar aquello:
—¿Por casualidad habré sido «aquel» carpintero? —preguntó con ironía.
—No —respondió Kantor—. Construías cadalsos en la Edad Media.
—Eso se parece más a ti, Dan —bromeó Carlos.
Cris le preguntó si podía tallar «animalitos» en la cuna. Daniel talló dragones.
Pedro se dedicó con empeño al estudio del cuidado infantil, y Carlos, excelente cazador y rastreador, buscaba en el bosque todo lo que Cris tuviera deseos de comer.
Daniel acompañó a Kantor en uno de sus viajes a la aldea y llevó juguetes para el bebé, una muñeca de trapo para Mirna, de la que ella no se separaba por nada, y para Cris un collar con un colgante de cobre que formaba su nombre.
Las personas todavía excavaban los lugares donde antes habían existido las ciudades y recuperaban muchas cosas, entre ellas hilos de cobre de las redes eléctricas.
Un artesano de la aldea fabricaba objetos con aquel cobre, y Daniel le dibujó las letras del nombre de Cris. El hombre hizo el colgante uniendo cada letra con delicadas argollas.
A ella le encantó el regalo, pero Ana lo despreció y lo calificó de «rudimentario».
A Cris no le importó. Pensó que su amiga estaba molesta porque Daniel no le había llevado nada.
No entendía por qué Ana esperaba algo de él, pues la relación entre ambos no había mejorado; tan solo parecía atravesar una tregua debido a su embarazo.
Tocó el colgante que llevaba en el cuello y pensó en Daniel.
Había cambiado mucho durante los últimos meses. Estaba más atento y era mejor compañero.
Permaneció a su lado al comienzo del embarazo, cuando se sentía mal; la abrazó y la acarició cuando lloró ante las incertidumbres y los temores del futuro, sin aprovecharse nunca de su fragilidad.
Lo que alguna vez había sentido por él, y que creía muerto, volvió a palpitar en su pecho.
Se sinceró al respecto con Ana y Mirna, y la muchacha atlante le dijo que probablemente se trataba de su lado maternal, que deseaba un compañero para proteger y criar a su hijo.
—No ves al hombre. Ves al padre —sentenció Mirna con mucha seriedad.
Cris no pudo evitar reír. Le apretó las mejillas y dijo:
—¡Ah, mi pequeña psicóloga! ¿Y tú, Ana, qué opinas?
—¿Yo? ¡Creo que estás volviéndote loca otra vez!
Cris rio al recordarlo.
Miró a sus dos amigas, que caminaban un poco más adelante.
Cuando Kantor sugirió que caminar ayudaría al proceso de dilatación y aceleraría el parto, ambas se ofrecieron de inmediato a acompañarla. En realidad, la arrastraron afuera, pues Cris solo quería quedarse quieta en su rincón.
Las dos participaban en un juego de adivinanzas, algo que a Mirna le encantaba.
—Doy dos pasos, pero solo uno cuenta. Giro y giro, o no sobrevivo. ¿Qué soy? —le preguntó la muchacha a Ana.
Esta reflexionó un momento.
—¡No sé! ¡No tengo la menor idea!
—¡Es un Zíbuli! —respondió Mirna, riendo divertida.
—¿¡Y qué demonios es eso!?
—Es un animalito muy gracioso del planeta Nashr. Se parece a un conejo, pero tiene trompa. Da dos saltitos hacia delante y después uno hacia atrás, gira dos veces sobre sí mismo y vuelve a repetirlo todo. Lo hace para localizar depredadores.
—¡Oye, eso no vale! Nunca estuve en Nashr o como se llame. ¿Cómo voy a saber qué es un Zíbuli?
Cris resopló:
—No consigo dar ni un paso más, mucho menos dos. Voy a descansar.
Y, sin añadir nada, se sentó sobre un muro bajo carcomido por el tiempo.
Mirna se sentó a su lado, y Ana, antes de hacerlo, observó:
—Qué extraño. No recuerdo este muro.
Se volvió y vio el lado oeste del templo oculto entre algunos árboles, a unos trescientos metros de distancia.
Empezó a pensar que se encontraban un poco lejos, pero Cris interrumpió sus pensamientos:
—Este lugar es grande. Es imposible recordar cada uno de sus rincones, pero ahora mismo este es un lugar excelente para descansar las piernas, y eso basta.
Permanecieron en silencio durante unos minutos, hasta que Cris se dirigió a Mirna:
—Fue muy buena la del Zíbuli, Mirna. —Las dos rieron. A Ana no le causó gracia.
—¿Has visitado muchos otros planetas? —le preguntó Cris a la muchacha.
—Varios —respondió—. Siempre junto a Rehna. Pero existen pocos planetas más hermosos que Atlantis.
—La Tierra —corrigió Ana.
—Por favor, Ana, no empecemos otra vez con esa discusión —intervino Cris y, volviéndose hacia Mirna, pidió—: Cuéntanos más. Háblanos de uno de esos planetas.
—Por ejemplo, Nashr, el planeta de los Zíbulis, donde se encuentra uno de los palacios reales de vacaciones, es hermoso. La vegetación no es solamente verde; tiene muchos colores y crece en abundancia. En sus aguas vive una especie microscópica de crustáceo que brilla bajo la luz de la luna, y el agua se vuelve plateada. Las piscinas del palacio están formadas por corrientes de los ríos y arroyos, que son numerosos. Por eso, cuando te sumerges y sales del agua, ¡tu cuerpo también queda plateado!
Mirna hablaba con entusiasmo, moviendo las manos, pero de repente bajó la mirada y su voz adquirió un tono triste:
—Todo es muy hermoso. Rehna y yo nos divertíamos mucho.
Cris le acarició el cabello.
Había crecido bastante desde que se lo cortaron al llegar al templo. Mirna también había crecido durante aquellos meses y estaba más delgada y seria.
Daniel lo había notado y se preocupó. Molestó a Kantor durante días, pidiéndole que examinara a Mirna porque creía que estaba enferma. El sacerdote la examinó más de una vez, pero su salud era perfecta.
Cris sabía que la muchacha no tenía ningún problema de salud. Lo que sentía era nostalgia.
Mirna había cumplido trece años pocos meses antes y había menstruado por primera vez.
Los atlantes tenían un rito de paso para cuando las niñas comenzaban a menstruar.
Se llamaba Kinaut, y consistía en una celebración solo con las mujeres más cercanas.
La muchacha que entraba en la adolescencia elegía a una mujer adulta para que fuera su «Kinaira», una especie de madrina que dirigía la ceremonia y le entregaba un cristal ajustado a sus vibraciones energéticas, que se volvía rosado cuando se acercaba su menstruación.
Kantor consideró importante celebrar el Kinaut de Mirna y, como las dos únicas mujeres presentes eran Cris y Ana, que no sabían cómo funcionaba el ritual, participó para ayudarlas.
Mirna eligió a Cris como su Kinaira. Ella entonó los cantos rituales con la ayuda de Kantor y le entregó el cristal. Ana quiso uno, pero, al parecer, no funcionaba con las terrícolas.
La pequeña lloró mucho durante la ceremonia y también en los días siguientes. Cris la sorprendió varias veces llorando a escondidas en distintos rincones.
Cuando eso ocurría, no decía nada; simplemente abrazaba a la pequeña atlante hasta que se calmaba. Sabía que ninguna palabra aliviaría el dolor de la muchacha.
Pero aquel día decidió hablar.
—Extrañas mucho a Rehna, ¿verdad?
La muchacha asintió.
Cris le sostuvo la barbilla y la miró profundamente a los ojos.
—Mirna, sabes que puedes volver a casa cuando lo desees. Kantor tiene medios para llevarte hasta Rehna con seguridad.
La muchacha bajó la mirada.
—Lo sé —respondió en un hilo de voz.
—¿Es por Daniel que no quieres irte?
—No… Sí, quiero decir, también, ¡pero quiero quedarme por el bebé! ¡Quiero ayudarte a cuidarlo!
Cris sonrió.
Sabía que decía la verdad, pero también que el motivo principal era Daniel.
Ambos estaban cada vez más unidos. Y aquello desesperaba a Mirna, pues sabía que no podría quedarse para siempre y, al mismo tiempo, no quería marcharse, aunque extrañara a Rehna.
—En realidad, me gustaría que todos pudiéramos ir a Poseidia. Soñé con eso. Soñé que nos divertíamos en los jardines del palacio. Tú, Daniel, Rehna, ¡todos nosotros! Lo único que no recuerdo es haber visto a Kantor en mi sueño —dijo, pensativa.
—Claro —respondió Ana—. Incluso en sueños, si aparece por allí, le cortarán la cabeza. Y seguramente también a nosotros.
La muchacha se entristeció. Ana habló con mayor dulzura:
—Lo siento, Mirna, pero esa es la realidad.
—Ana tiene razón. Por desgracia, algunos sueños nunca podrán cumplirse —añadió Cris.
La tristeza de Mirna fue tan palpable que Cris la abrazó para impedir que llorara, al igual que ella misma, pues su corazón se entristecía con solo pensar en el dolor que causaría la ausencia de la muchacha.
Ana se levantó, secándose los ojos. Era un asunto que conmovía a todos. Cris pensó en cómo reaccionaría Daniel cuando llegara ese momento y tembló.
—Bueno —dijo Ana, hablando deprisa para disimular la emoción—, si no caminamos, este bebé nunca nacerá, así que será mejor que sigamos.
Mirna se puso de pie. Ana tomó las dos manos de Cris para ayudarla a levantarse del muro.
—Vamos, gordita. Necesitas… —Ana se calló mientras abría mucho sus ojos azules, mirando por encima del hombro de Cris.
Esta hizo ademán de volverse para ver qué había llamado la atención de su amiga, pero Ana le sujetó los hombros.
—Cris, por el amor de Dios, mantén la calma y, antes que nada, no grites —susurró Ana.
Ella se volvió lentamente. Se llevó una mano a la boca para ahogar un grito.
Cerca de ellas, a unos tres metros de distancia, había dos criaturas.
Eran bípedas y se parecían a seres humanos, pero estaban extremadamente deformadas y eran horrendas.
No medían más de un metro y medio. Una de ellas caminaba encorvada y tenía una hendidura en el cráneo que dejaba sus facciones desalineadas. La otra tenía el pecho proyectado hacia delante, y sus rasgos parecían haberse derretido. Sus brazos eran esqueléticos y les faltaban dedos en las manos.
Vestían harapos inmundos y llevaban en las manos algo parecido a lanzas. El viento trajo su olor, que era nauseabundo.
Mirna, al oír las recomendaciones de Ana, también se volvió. Cuando vio a los dos seres, abrió la boca para gritar. Ana se la tapó rápidamente.
—¡Eso también vale para ti, Mirna!
—¡Por Dios! —exclamó Cris—. ¿Qué son esas cosas?
—¡Sin duda no son Zíbulis! —respondió Ana, intentando no mostrar el miedo que la corroía por dentro.
—¡Mu… mu… mutantes! —consiguió decir Mirna.
—Creo que eso son —dijo Ana—. Ahora, con calma, nos volveremos y caminaremos lentamente hacia el templo, sin llamar la atención.
Las otras dos asintieron.
Se volvieron despacio, pero se detuvieron sobresaltadas.
Había otras tres criaturas rodeándolas. Eran igual de horrendas y siseaban entre sí mientras señalaban el vientre de Cris.
—¡Creo que quieren al bebé, Ana! —dijo Cris, aterrorizada.
—¡Pero no lo tendrán! —respondió la muchacha con determinación—. Mirna, presta atención —dijo mientras se agachaba lentamente y recogía una rama gruesa del suelo. Las criaturas se agitaron—. Cris no puede correr, así que abriré un camino y tú correrás tan rápido como puedas para llamar a los muchachos.
—No… ¡No sé si podré! —respondió la muchacha, aterrorizada.
—¡Tendrás que poder! —dijo Ana con aspereza—. ¡Tengo que quedarme para proteger a Cris! ¡Solo tú puedes ir! ¡Nuestras vidas están en tus manos!
Mirna tragó saliva.
—Está bien. Iré.
—Cuando cuente hasta tres, corres. —Y, sin darle más tiempo para flaquear, Ana inició la cuenta mientras sostenía la rama como un bastón—. Uno, dos, tres. ¡Corre, Mirna! —Y, con un grito, avanzó contra los mutantes.
Fue tan rápida que ellos no alcanzaron a reaccionar.
Ana golpeó a dos en un costado de la cabeza. Uno cayó sobre el tercero y todos fueron al suelo.
Mirna aprovechó la brecha y corrió, pero uno de los seres la agarró por el tobillo.
Antes de que pudiera gritar, Ana asestó un golpe en el brazo delgado y arrugado, que se quebró en el acto, liberando a la muchacha, quien corrió hacia el templo.
Ana retrocedió hasta quedar junto a Cris mientras los monstruos se ponían de pie, furiosos, sobre todo aquel cuyo brazo había sido quebrado.
Echando espuma de rabia, comenzaron a hostigarla con sus lanzas de puntas oscuras.
Ana repelió los ataques, pero vio por el rabillo del ojo que las dos criaturas que habían aparecido primero avanzaban para atacar.
Se volvió y se lanzó hacia ellas, asestando dos golpes certeros en sus rostros. Pero, con aquel movimiento, se alejó de Cris, y los demás mutantes se interpusieron entre ambas, separándolas.
Ahora Ana era atacada desde dos lados, mientras dos de los mutantes acosaban a Cris, que también se había armado con una rama, aunque, en su estado, todo lo que podía hacer era blandirla contra los monstruos para intentar mantenerlos alejados.
En realidad, estaban distrayéndola, y no vio cuando un nuevo mutante, más grande que los demás, salió de las sombras del bosque y se acercó por detrás con una porra en las manos.
—¡Cris, cuidado! —gritó Ana al ver lo que iba a ocurrir.
No hubo tiempo.
El ser golpeó con fuerza a Cris en la espalda, a la altura de los riñones, haciéndola desplomarse con un grito de dolor.
Ana lanzó un grito enloquecido y se abalanzó como una leona contra los monstruos, repartiendo golpes y patadas, pero surgieron más mutantes y la rodearon, impidiéndole llegar hasta su amiga.
Cris perdió el conocimiento durante unos segundos. Volvió en sí cuando un espasmo de dolor recorrió su cuerpo. Sintió que un líquido caliente le bañaba las piernas y supo que había roto fuente. Sintió que tiraban de sus brazos.
Volvió la cabeza y vio, horrorizada, que los mutantes la arrastraban hacia el bosque.
Oía los gritos furiosos de Ana, pero sabía que ella no podría ayudarla.
Entonces su mente se volvió hacia el único que podía salvarla.
«¡Daniel! ¡Auxilio!».
Entonces su mente se volvió hacia el único que podía salvarla.
«¡Daniel! ¡Auxilio!».