CAPÍTULO 26
La hoguera crepitaba alegremente, llevando al cielo el aroma de la carne asada en forma de humo, que dibujaba espirales bajo la luz de la Luna.
El olor atrajo a animales salvajes, cuyos fugaces ojos brillantes podían verse al otro lado de la barrera energética que rodeaba el templo.
A veces se oían sus rugidos y lamentos, pero pronto eran ahogados por las risas juveniles que llenaban el aire de la noche templada.
La despensa del templo estaba bien abastecida y Kantor renovaba sus provisiones de vez en cuando durante sus viajes a la aldea más cercana, la misma de la que Daniel había rescatado a Mirna. Allí se realizaba mensualmente una feria organizada por los pequeños productores terrícolas de los alrededores, quienes extraían lo que podían de sus cultivos de subsistencia y lo llevaban a la ciudad, más para intercambiarlo por otros bienes que para venderlo.
Kantor practicaba el trueque con los ungüentos y medicamentos que preparaba, y ocasionalmente compraba con algunas monedas atlantes, lo que lo convertía en un cliente muy bien recibido en los puestos de los comerciantes. Ellos no tenían la menor idea de quién era y nunca habían percibido que se trataba del mismo anciano que les compraba desde hacía años, y que durante décadas había comprado a sus padres y abuelos.
Creían que era un ermitaño medio loco que vivía en las montañas del oeste y jamás imaginaban que se trataba de un sumo sacerdote atlante fugitivo que habitaba un templo en los bosques cercanos.
Aquella farsa se había mantenido durante siglos gracias a los poderes psíquicos de Kantor, quien había hipnotizado a generaciones de habitantes de la aldea. Podía pasar frente a ellos sin que siquiera lo vieran, a menos que emitiera una orden mental para que sucediera lo contrario. Y, después del contacto, Kantor «bloqueaba» sus recuerdos acerca de su existencia.
Por eso, cuando los soldados atlantes estuvieron en la región mostrando imágenes de Kantor, las personas no lo reconocieron.
Regresaba con el carro repleto, tirado por dos robustos caballos de carga. Además de estos, había otros seis hermosos caballos con los que los jóvenes practicaban equitación. La carga estaba compuesta por legumbres, frutas, verduras, quesos, dulces, telas y carnes.
Estas últimas eran de origen dudoso, pero Kantor las almacenaba en un recipiente revestido de filamentos de cristal, una tecnología atlante que las mantenía frescas y las esterilizaba de cualquier contaminante.
Kantor no comía carne, pero siempre se la servía a los jóvenes y, ese día, permitiría cierto exceso por el cumpleaños de Daniel.
El ambiente era ahora festivo y tranquilo, aunque se había vuelto tenso durante parte de la tarde, después del despertar de Ana.
Kantor salió de la cámara junto a Ana y Cris, quien había entrado a petición de su amiga, e inmediatamente se volvió hacia Daniel y pidió:
—Trae dos espadas de entrenamiento, por favor.
El muchacho obedeció. En cuanto regresó, Kantor le indicó:
—Entrégale una a Ana. —Señaló entonces el patio interior—. Por favor, Daniel, ponla a prueba.
Los ojos de Daniel brillaron de satisfacción.
—¡Claro! ¡Ven, «guerrera»!
Fueron al otro extremo del patio y se pusieron en guardia, estudiándose mutuamente. Daniel habló en voz baja para que solo Ana lo oyera:
—No tienes idea de cuánto esperé este momento.
Ella sonrió con ironía:
—No creas que será fácil. Si no pudiste hace un rato, imagina lo que puedo hacer ahora, después del despertar.
Fue el turno de Daniel de sonreír.
—En aquel momento no utilicé ni una décima parte de lo que soy capaz de hacer.
—Entonces ven con todo, grandulón. Estoy preparada.
—¿Ah, sí? Si mal no recuerdo, la última vez que fui con todo, tú te acobardaste.
La sonrisa desapareció del rostro de Ana cuando comprendió a qué se refería. Con un grito de odio, avanzó contra él.
Lo que siguió fue un espectáculo que dejó extasiados a los demás, deslumbrados por la agilidad y la gracia de Ana, y por la velocidad y precisión de Daniel. Las espadas chocaban mientras los cuerpos se movían a un ritmo vertiginoso.
Kantor sonrió, satisfecho.
Había traído de regreso a dos de los mayores guerreros que habían existido.
Cerró los ojos y recordó una escena idéntica a la que se desarrollaba, con los mismos protagonistas, pero ocurrida miles de eras atrás, cuando el portal quiso poner a prueba al guardián que le habían asignado para saber si estaba a la altura de la tarea.
Recordaba con nitidez las alas negras del querubín rebelde, que lo elevaban por el aire, desde donde se lanzaba en un ataque feroz, detenido por la espada veloz y la fuerza inconmensurable de Olruzin, el Brazo Armado de Dios. La colonia espiritual temblaba ante el choque de las armas, y la furia de los dos combatientes calentaba incluso el aire que los rodeaba.
Fueron necesarios los otros tres portales, los cinco guardianes restantes, dos monitores cósmicos, uno de ellos Kantor, dos querubines y un arcángel para separarlos.
—Eh, Kantor… ¿No sería mejor detenerlos?
La pregunta preocupada de Pedro lo sacó de sus reminiscencias.
Los dos jóvenes se enfrentaban con una furia cada vez mayor.
—Está bien. Pueden detenerse —ordenó Kantor en voz lo bastante alta para que lo oyeran por encima del estrépito de las espadas.
Pero el combate continuó.
—¡Deténganse! —Casi gritó la orden que, si fue oída, quedó ignorada.
El anciano negó con la cabeza. «Algunas cosas nunca cambian», pensó.
Pero otras sí cambiaban. Ahora, por ejemplo, no necesitaba ayuda para separarlos. Aunque ya eran guerreros, todavía no estaban revestidos de todo el poder que poseían. En ese momento, apenas eran dos niños desobedientes.
El sacerdote utilizó la mente para formar una pequeña esfera de primanergía entre los dos.
En el siguiente ataque, ambos chocaron contra la burbuja invisible que, en el mismo instante, se infló como un globo y lanzó a cada uno en una dirección.
Los dos rodaron con habilidad y volvieron a ponerse de pie, preparados para reanudar el combate, pero no lo hicieron, porque Kantor se interpuso entre ellos.
El anciano mantenía las manos detrás del cuerpo y volvía la cabeza de uno al otro, observándolos con severidad.
—Acérquense —ordenó sin aspereza.
Los dos quedaron frente a frente, con chispas en los ojos.
Kantor, entre ambos, les dijo:
—¿Debo recordarles que son aliados y no enemigos? Ustedes, junto con Carlos, son la seguridad del grupo, ¡son quienes pueden garantizar la supervivencia de todos! ¡Para eso fueron entrenados y despertados! ¡No para resolver rencillas infantiles! Por favor, no hagan que me arrepienta de haberlos convertido en lo que son.
Los dos bajaron la mirada, incómodos ante la dureza del anciano.
—Ahora hagan las paces y salúdense.
—¡Pídeles que se den un besito de reconciliación! —gritó Carlos.
Kantor sonrió.
—No será necesario. Un apretón de manos será suficiente.
Daniel extendió la mano, con la sonrisa más falsa del mundo en el rostro.
Ana no sonrió. Tardó un poco, pero después, a regañadientes, aceptó la mano que el otro le ofrecía.
El muchacho apretó con fuerza, haciendo crujir los huesos de la mano de Ana. Ella abrió mucho los ojos, pero no dijo nada.
Kantor pareció no notarlo y, satisfecho, concluyó:
—Muy bien. Así está mejor.
Y se alejó. Daniel y Ana fueron detrás de él.
Daniel se inclinó hacia ella y susurró:
—¡Ya te atraparé!
Ana apretó los dientes y siseó entre ellos:
—Te estaré esperando, imbécil.
Ahora, después de haberse saciado con la carne asada, los jugos de frutas e incluso un pastel, acompañado de «Feliz cumpleaños», después de reír y cantar bastante, permanecían en silencio. Cada uno, sumido en sus pensamientos, contemplaba las chispas que subían al cielo como luciérnagas incandescentes.
Ana rompió el silencio:
—Kantor, ¿alguna vez te enamoraste?
El anciano, que avivaba las brasas con una vara, sonrió y no respondió. Cuando alzó los ojos del fuego, vio que todos lo miraban expectantes.
—¿De verdad quieren saberlo?
—Sí —respondieron las muchachas al unísono.
—No —respondió Daniel. Pedro y Carlos asintieron con la cabeza.
Kantor suspiró.
—Una sola vez, hace mucho tiempo.
—¿Quién era ella? —preguntó Cris.
—Se llamaba Irana. Era una princesa atlante.
—¿Irana? —preguntó Mirna—. Soy muy buena en historia atlante, pero no recuerdo a ninguna princesa llamada Irana.
—Tal vez porque murió muy joven.
—¿Y cómo murió? —preguntó Pedro esta vez.
—Durante la emersión de Poseidia. Salió del lugar seguro donde se encontraba y, debido a los temblores provocados durante el ascenso de la ciudad, un muro cayó sobre ella.
—¡Irana! —exclamó Mirna, casi gritando—. ¡Ya recuerdo! ¡La biografía del emperador Atorius dice que perdió a una hija en un accidente durante la emersión!
—Así es —confirmó Kantor—. Pero no fue un accidente. La asesinaron.
—¿Cómo que «la asesinaron»? ¿Quién lo hizo? —quiso saber Ana.
—Tunamoi.
—¿Tunamoi? ¿El vejestorio que es tu archienemigo? —preguntó Carlos.
—El mismo. Tunamoi también estaba enamorado de Irana y, cuando descubrió nuestro romance, perdió la razón y preparó todo para que la princesa estuviera en campo abierto durante la emersión. Incluso dispuso las cosas para que yo fuera acusado.
—¿Fue entonces cuando te exiliaste? —preguntó Pedro.
—No, eso ocurrió siglos después. Fui absuelto gracias al testimonio del propio Tunamoi, quien afirmó que estaba con él en el momento de los hechos.
—¡Qué historia tan absurda! —exclamó Carlos—. ¿El tipo te tiende una trampa y después te salva? ¿Cómo te enteraste de todo?
—El propio Tunamoi me lo contó después del funeral de Irana, cuando me encontró llorando en un rincón. Me relató detalladamente todo lo que había hecho. Cuando le pregunté por qué me había salvado de la ejecución, respondió que la muerte me enviaría junto a ella y que no permitiría algo así. Quería que viviera durante siglos con el mismo dolor de la pérdida que él sentía. Hace cincuenta años, cuando, en su mente enferma, creyó que yo ya había sufrido lo suficiente y que probablemente Irana había reencarnado, decidió matarme y volvió a preparar una acusación de traición. Pero lo supe a tiempo, gracias a la red de amigos que había formado, y huí.
—¿Y por qué no lo mataste cuando te lo contó? —preguntó Daniel—. ¡Yo lo habría matado!
—No lo hice porque también era culpable de lo ocurrido. Es una historia larga, que quizá algún día les cuente, pero hoy puedo explicarles lo que aprendí de ella. La amistad, el amor y todos los buenos sentimientos solo prosperan donde existe la verdad. Los secretos o rencores guardados son como ácidos que corroen aquello que apreciamos. Si hubiera sido sincero con Tunamoi, quien en aquella época era como un hermano, tal vez Irana no habría muerto tan pronto. Digo tal vez porque desconocemos el destino que aguarda a cada ser, pero podría haber vivido sus años feliz, a mi lado o al de Tunamoi, no importa. Los habría vivido y no habría terminado convertida en una nota dentro de la biografía de otra persona.
Las palabras de Kantor dejaron a los jóvenes callados y pensativos. Ana se removió, inquieta. Cris suspiró profundamente y se puso de pie.
—Tienes razón, Kantor —dijo la joven—. Los secretos corroen y pueden destruir amistades y, para que eso no ocurra, tengo algo que contar.
Todos la miraron expectantes.
—Bueno, primero no quiero que piensen que lo oculté hasta ahora porque no confiaba en ustedes o porque creía que no necesitaban saberlo. ¡Ustedes son todo lo que tengo, son mis amigos y mi familia! ¡Son quienes realizaron conmigo la «travesía» a través del tiempo! Y… yo solo necesitaba tiempo para reflexionar, porque mi vida, nuestras vidas, cambiarán mucho después de esto. Bueno, yo… —Hizo una pausa, como si buscara fuerzas o palabras.
—Estás dando demasiadas vueltas —dijo Carlos.
Cris sonrió.
—Es verdad. Bueno, lo que quiero contar es que no fuimos solo nosotros cinco quienes realizamos la «travesía». Alguien más la hizo con nosotros.
Ante las miradas interrogantes, acarició con ternura la parte frontal de su vestido, dejando más visible su vientre abultado.
—¡Estoy embarazada!
Hubo un instante de silencio atónito, roto por Mirna:
—¡Vamos a tener un bebé! —gritó y se lanzó al cuello de Daniel, haciéndole perder el equilibrio y caer del tronco donde estaba sentado, con ella encima cubriéndole el rostro de besos.
Carlos se levantó, riendo y con lágrimas en los ojos, y se acercó a Cris.
—¡Ah, muchacha! —La abrazó con fuerza y la meció de un lado a otro.
—¡Oye! —le gritó Ana—. ¡Ten cuidado con ella, imbécil!
Todavía sonriendo, él miró a Ana.
—¿Qué te pasa? ¡Ni siquiera pareces contenta!
—Ya lo sabía, tonto. Pero sí, estoy feliz, ¡muy feliz!
Y abrazó a su amiga y la besó con ternura.
Pedro se acercó lentamente.
—Felicidades, Cris —dijo, algo triste e incómodo.
—Gracias —respondió ella con una sonrisa, imaginando lo que ocurría en el alma del muchacho.
—Me alegro por ti y por Daniel.
—Pedro —dijo ella, acercándose—, alégrate por todos nosotros y dame un abrazo.
Daniel consiguió librarse de Mirna y ponerse de pie, aturdido. Carlos lo estrechó en un fuerte abrazo y le dio un beso en la mejilla.
—¡Felicidades, sinvergüenza! —dijo entre lágrimas.
Pedro le extendió la mano.
—¡Felicidades, primo!
Daniel balbuceó algo que ni él mismo oyó. Solo tenía ojos para Cris.
Vio que Kantor se acercaba a ella y le daba un beso en la frente. Entonces Cris se volvió hacia Daniel.
Permanecieron mirándose unos instantes. Ella sonreía; él tenía una expresión atónita.
—¿Y bien? —preguntó Cris por fin—. Dije que tenía una sorpresa para ti, ¿no? ¿Y ahora no vas a decir nada?
—Yo… Es… ¿Es mío? —tartamudeó, señalando su vientre.
—Sí, es tuyo —respondió ella con dulzura.
Él soltó una risa algo boba y se acercó.
—Mi… ¡Mi hijo! ¡Nuestro hijo! ¡Ah, Cris!
La abrazó con fuerza, después se agachó, la sujetó por las piernas y la levantó en el aire. Reía feliz mientras la hacía girar, y ella lanzaba grititos de alegría.
—¡¡¡Miren al otro imbécil!!! —estalló Ana—. ¡Ponla en el suelo, amigo, ten cuidado con ella!
—¡Esto es maravilloso, Cris! —exclamó Daniel mientras la dejaba en el suelo—. ¡Ahora podemos casarnos! Seremos una familia: ¡yo, tú y el bebé! Creo que Kantor puede casarnos; después de todo, ¡es sacerdote! Puedes hacerlo, ¿verdad, Kantor?
—No quiero casarme contigo, Dan.
La frase de Cris y la expresión sorprendida de Daniel hicieron que las risas a su alrededor disminuyeran.
—¿Cómo? —preguntó él, como si no hubiera oído bien—. ¡Tenemos que casarnos!
—No, no tenemos que hacerlo —replicó Cris.
Las sonrisas desaparecieron por completo.
—¿Pero qué pasa con el bebé? ¡Necesita un padre y una madre!
Cris le acarició el rostro y dijo con suavidad:
—Y los tendrá. Estoy segura de que serás un padre maravilloso, y yo haré todo lo posible por ser la mejor madre del mundo. Pero eso no significa que tengamos que ser marido y mujer. Te amo, Daniel, y te amaré para siempre, sobre todo porque me diste la oportunidad de ser madre. No desearía un padre mejor para mi hijo, pero entre nosotros ya no existen las condiciones para que seamos pareja. ¿Lo entiendes?
Él se apartó y le dio la espalda.
—¡No! —respondió con rudeza—. ¡No lo entiendo! O tal vez sí. —Volvió el rostro hacia ella, con furia en la mirada—. La verdad es que quizá yo no sea el padre de ese niño, ¿verdad? —Y desvió los ojos hacia Pedro.
La decepción y la tristeza se abatieron sobre Cris, haciendo que sus hombros cayeran y una lágrima le corriera por el rostro.
Daniel se alejó con fuertes pisotones.
Ana y los demás se acercaron a ella, y cada uno le dio un abrazo de consuelo. Kantor también la abrazó y después, mirándola a los ojos, dijo:
—Estoy orgulloso de ti, hija. Orgulloso de cómo has crecido y te has liberado. —Ella le devolvió una sonrisa triste—. Y no estés así. Hablaré con Daniel.
Y se retiró detrás de su inflexible pupilo.
Kantor atravesó el campo de entrenamiento y rodeó los establos.
Seguía a Daniel a través de sus furiosas y frustradas emanaciones mentales.
Lo encontró detrás de un almacén, de pie ante la barrera de fuerza que rodeaba el templo y mirando hacia el bosque. Cuando Kantor cambió de posición, detuvo sus pasos.
Una lámpara solitaria en la pared del almacén proyectaba su luz sobre la barrera, donde temblaba.
También iluminaba dos ojos amarillos al otro lado de la barrera, justo frente a Daniel.
Cuando la vista del anciano se acostumbró a la oscuridad, vio que pertenecían a un gran felino negro, uno de los que vagaban por aquellos bosques. El animal estaba agazapado, con la larga cola retorciéndose, las orejas hacia atrás y los dientes al descubierto en una actitud agresiva hacia Daniel.
Kantor sintió que una energía diferente dominaba el ambiente. Una energía densa, cargada de amenaza, que provenía del muchacho.
El felino también la sintió, pues empezó a gruñir con más fuerza. Entonces se volvió rápidamente y desapareció en la oscuridad.
La energía también se desvaneció.
—Sabes que el hijo es tuyo —dijo Kantor, acercándose.
—¿Lo sé? —preguntó Daniel sin volverse.
—Claro que lo sabes. Y lo que hiciste con Cris fue cruel. Cruel e injusto.
—¿Y es justo lo que ella hizo conmigo?
—Te concedió el honor y la alegría de ser padre. ¿Qué más quieres?
—¡La quiero a ella! —rugió Daniel—. ¡La quiero a ella y al bebé conmigo! ¡La amo!
—El amor no impone ni encierra. Libera y ofrece elecciones, y precisamente porque es liberador crea caminos para que el ser amado venga hasta nosotros por su propia y libre voluntad.
—Nuestro amor siempre fue verdadero —replicó el muchacho—. Cris siempre estuvo conmigo por voluntad propia.
—¿De verdad? —preguntó Kantor, simplemente.
Daniel permaneció callado. Después de unos minutos, preguntó:
—Eso que dijiste sobre Irana, acerca de que habría vivido aunque fuera al lado de otro hombre… ¿Habrías sido feliz viéndola con otro?
—Sí, porque, al amarla de verdad, sin necesidad de poseerla, me habría alegrado con sus alegrías, me habría enriquecido con las experiencias que viviera y podría haber seguido viviendo sabiendo que estaba allí, con su imagen al alcance de mis ojos y su voz al alcance de mis oídos. Podría haberla consolado cuando estuviera triste, acompañado durante sus mejores años y estado junto a ella en su tránsito final, guardando para siempre su imagen en mi corazón.
—Eso suponiendo que tu «amigo» lo permitiera —replicó el muchacho.
—¿Y por qué no lo permitiría? Como dije, era mi amigo y aún lo sería, y nos habríamos consolado mutuamente con su ausencia cuando llegara la hora, cada uno con sus recuerdos. Pero no tengo esos recuerdos. Tunamoi tampoco, y ya no somos amigos. Todo terminó. ¡No permitas que eso te ocurra, Daniel! Abraza estos momentos que la vida te ofrece mientras puedas, mientras tengas a Cris cerca. No a Cris como mujer o amante, sino al ser único que es. La muerte no es el final, pero abre un abismo de tiempo y espacio entre los seres, y pueden transcurrir eras hasta que vuelvan a encontrarse. Olvida el egoísmo, la posesión y el orgullo, y disfruta junto a ella del don que les fue concedido. Repito: aprovecha estos momentos mientras puedas, porque terminarán. ¡Siempre terminan!
El sentimiento y la emoción contenidos en aquellas palabras sacudieron a Daniel. Intentó contenerse, pero no pudo impedir que una lágrima le corriera por el rostro.
Había vergüenza en aquella lágrima, pero también miedo, y no supo por qué. Algo en las palabras de Kantor le había provocado aquel temor. ¿Pero qué?
Se volvió, pero el anciano ya se había marchado.
Todos estaban sentados alrededor de Cris, conversando animadamente.
—¡Yo seré el padrino! —sentenció Carlos.
—¡No hace falta! ¡Ya me tiene a mí como madrina! —replicó Ana.
—Entonces todo está resuelto —dijo Carlos—. Todo bebé necesita un padrino y una madrina.
—¿Y si yo quiero ser el padrino? —Pedro entró en la conversación.
—Ah, Pedro, ¡no vale! Ya eres pariente. Eres su tío.
—No soy tío, soy primo.
Ana dijo:
—No, Pedro, Carlos tiene razón. Tienes cara de tío. Y Kantor será el abuelo, ¿verdad?
El sacerdote, que había regresado hacía poco, sonrió.
—Con muchísimo gusto.
Mirna estaba sentada junto a Cris, tomándola de la mano:
—¿Y yo, Maitea? ¿Qué seré del bebé?
—Bueno, puedes ser su hermanita. ¿Qué te parece?
El rostro de la muchacha se iluminó de alegría.
En ese instante, Daniel reapareció al otro lado de la hoguera.
Mirna se levantó y corrió hacia él.
—¡Daniel! —dijo, completamente alborozada—. ¡Cris dijo que podré ser la hermanita del bebé!
Él le acarició el cabello con ternura.
—Claro que puedes, Mirna.
Se acercó.
—Y a mí me gustaría ser el padre, si me lo permites, Cris, después de todas las tonterías que dije.
Ella le sonrió.
—Claro que puedes, Dan. Siempre lo serás.
Él se arrodilló a sus pies y le tomó las manos.
—¡Perdóname! Fui un idiota. Discutí contigo cuando en realidad debería estar así, de rodillas, agradeciéndote por darme esta alegría.
—No hay nada que perdonar y no tienes que darme las gracias. Compartiremos juntos esta bendición. Dame tu mano.
Cris puso la mano de él sobre su vientre.
—¿Ya se puede sentir cómo se mueve? —preguntó Daniel, emocionado.
—Todavía no —respondió ella—. Pero quiero que, desde ahora, sienta quién es su padre y sepa cuánto lo aman.
Daniel sonrió.
—Será un niño —dijo.
—¿Estás seguro?
—Sí, y se parecerá a mí.
Ana puso los ojos en blanco, exasperada.
—Si tenemos suerte, eso no ocurrirá.
Todos rieron.
Carlos lo estrechó en un fuerte abrazo y le dio un beso en la mejilla.
—¡Felicidades, sinvergüenza! —dijo entre lágrimas.