CAPÍTULO 32
Los jóvenes siguieron a Nahara por una escalera que desembocaba en un salón circular. Las paredes eran de piedra bruta y el piso de tierra. El techo estaba hecho de un material transparente que permitía que la luz del Sol, casi en lo alto del cielo, inundara todo el lugar.
En el centro del recinto había un pedestal coronado por una superficie rectangular de piedra. Sobre ella, cuatro unidades cristalinas destellaban bajo la luz solar.
—Quédense aquí y observen —les indicó.
Se quitó los delicados zapatos y se dirigió al pedestal, situándose detrás de la superficie.
Nahara cerró los ojos y levantó el rostro hacia el Sol. Después de unos instantes, los jóvenes tuvieron la impresión de que brillaba con luz propia.
Bajó el rostro, abrió los ojos y miró directamente a Daniel.
Él contuvo la respiración.
El azul de los ojos de Nahara parecía llenar todo el ambiente. Era como si el cielo estuviera dentro de ellos. Daniel sintió que podía perderse en aquel azul hipnótico.
Nahara volvió a cerrar los ojos y levantó los brazos hasta la altura del pecho, con las palmas vueltas hacia arriba.
Su voz musical se hizo oír en una plegaria:
—¡Athos, creador! ¡Tú que nos concediste la vida y nos sustentas con tu dádiva! ¡Que mi esencia, que antes que nada también es tuya, sea una con la de tu creación!
La Mayyaris guardó silencio y una energía etérea se apoderó del ambiente.
—¡Está acumulando primanergía procedente de la tierra, del Sol e incluso del aire para alterar las cadenas subatómicas! —susurró Pedro, conteniendo su entusiasmo.
Daniel miró a su primo y vio su expresión arrebatada. Entonces advirtió que había más personas a su alrededor.
Varios trabajadores habían aparecido y contemplaban extasiados a su señora mientras operaba su magia. Algunos estaban arrodillados, con los brazos abiertos. Fauvel era uno de ellos, y su expresión era de éxtasis.
Daniel se volvió hacia Nahara. La energía aumentó y un ambiente de excitación casi erótica llenó la cámara. Los cristales frente a ella comenzaron a brillar.
—¡Está accediendo ahora a las cadenas, modificando lo que fue creado hace eras! —dijo Pedro, todavía en un susurro—. ¿Tienes idea del poder necesario para hacer eso?
No, Daniel no tenía idea.
Lo único en lo que pensaba en ese momento era en acercarse a Nahara, recostarla sobre los cristales y poseerla delante de todos. La idea apareció y desapareció rápidamente cuando la energía que impregnaba el aire comenzó a disminuir de manera perceptible.
Nahara bajó los brazos y abrió los ojos.
—Está hecho —anunció—. Cuatro cruceros más para el imperio.
Se tambaleó y se apoyó en el borde de la superficie de piedra.
Sin siquiera pensarlo, Daniel corrió hasta ella para sostenerla.
Le pasó un brazo por la cintura y la sujetó contra su cuerpo, aferrando firmemente una de sus manos. Sus rostros quedaron muy próximos, sus ojos se encontraron y sus respiraciones se mezclaron.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel con voz temblorosa.
—Sí, estoy bien, gracias —respondió ella con el mismo temblor—. Siempre me debilito después de un alineamiento. Es inherente al proceso, pues se utiliza una parte de mi propia energía. Solo necesitaré algunas horas de descanso.
Parecía que él no había oído nada de lo que ella dijo. Solo era consciente de la firmeza y el calor de su cuerpo contra el suyo.
—Mis ayas se ocuparán ahora de mí —informó ella, con la voz ya controlada.
Daniel advirtió entonces que había dos mujeres cerca, mirándolo. Entregó a Nahara en brazos de ellas.
—Por supuesto —dijo con cierta incomodidad.
Nahara habló tan alto como se lo permitió su voz cansada, dirigiéndose a él, a Pedro y a Carlos:
—Lamentablemente, no podré acompañarlos durante el resto del día ni estar con ustedes en el almuerzo. Les pido disculpas, pero necesito descansar. Fauvel se ocupará de todo lo que necesiten. Siéntanse cómodos, como si esta fuera su casa.
Dicho aquello, se retiró por un portal lateral, sostenida por sus siervas.
Los trabajadores regresaron a sus tareas. Los jóvenes esperaron mientras Fauvel guardaba las unidades cristalinas en una caja metálica. Daniel notó que Carlos parecía un poco afectado.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy avergonzado —dijo con incomodidad.
—¿Por qué?
—Es que… durante el proceso, toda aquella energía… bueno… me excité.
Daniel no rio y consideró mejor no comentar que a él le había ocurrido lo mismo.
Pedro intervino:
—Es normal, Carlos. Las energías utilizadas aquí son naturalmente primarias y están fuertemente vinculadas a nuestros instintos más primitivos.
—No fue exactamente la energía —dijo Carlos—. Fue más bien ver a Nahara. Parecía que era… una… una…
—¡Diosa! —respondió Daniel, sabiendo qué iba a decir su amigo.
—Exacto —confirmó él—. ¿Y tú, Pedro? ¿No sentiste nada?
El joven se sonrojó.
—Bueno, yo… Este… —Parecía reacio a comentarlo.
Pero Fauvel apareció para rescatarlo.
—El almuerzo está servido y, como dijo mi señora, ella no podrá acompañarlos. Pero, por favor, lores, vengan conmigo.
Pasaron por el mismo portal por el que Nahara se había marchado. Siguieron un corredor hasta una puerta. Recorrieron un corto tramo de escaleras y salieron dentro del bloque central del castillo. Subieron por una de las torres y llegaron a la misma sala donde habían desayunado.
La mesa estaba preparada y ocuparon sus lugares.
Como por la mañana, había comida en abundancia. Tres tipos de carne, verduras cocidas, asadas y gratinadas, ensaladas coloridas y granos preparados de distintas maneras. Los jóvenes comenzaron a servirse y descubrieron que tenían muchísima hambre.
Carlos dijo entre un bocado y otro:
—Que Cris no nos oiga, pero esta comida es mucho mejor que la suya.
—Cris cocina muy bien —intervino Pedro—. Lo difícil es comer cuando tú y Daniel cocinan.
—No nací para cocinar —replicó Daniel—. Lo hago porque es necesario. Pero es cierto que la comida está mucho mejor que cualquier cosa que haya comido en el templo de Kantor. O quizá el hambre hace que me lo parezca. ¡No imaginaba estar tan hambriento!
—¡Yo tampoco! —coincidió Carlos—. Parece que hubiera corrido treinta kilómetros esta mañana.
—¿Sabes? —dijo Pedro—. Creo que, durante el proceso de alineamiento, por estar presentes en la cámara, también utilizaron una parte de nuestra primanergía. Por eso tenemos tanta hambre.
—¡Ni me lo digas! —dijo Daniel—. ¡Odiaría pensar que mi energía fue utilizada para beneficiar al imperio! —Dejó el cubierto—. Hasta se me quitó el hambre.
—¡A mí no! —dijo Carlos mientras cortaba un gran pedazo de pastel—. Los cruceros existirían con o sin nuestra presencia en aquella cámara, así que ¿qué diferencia hay?
Daniel se encogió de hombros, pero no volvió a tocar la comida, ni siquiera el postre que sirvieron después.
En realidad, su mente estaba ocupada con una sola cosa: la imagen de Nahara entre sus brazos.
Para alejar aquellos pensamientos intentó pensar en Cris, y lo único que le vino a la mente fue la constatación de que hacía mucho tiempo que no tenía a Cris tan cerca como había tenido a Nahara hacía poco. Aquel pensamiento lo frustró.
La aproximación de Fauvel lo sacó de sus divagaciones:
—¿Les gustaría descansar un poco, lores? —preguntó el hombre—. Vengan por aquí, por favor.
Atravesaron otras dos salas antes de entrar en un recinto extremadamente agradable.
Era como un jardín de invierno, con muchas plantas, flores e incluso árboles. Una fuente de agua brotaba en el centro y la luz del Sol penetraba suavemente por el techo completamente transparente. Había largas tumbonas cubiertas con telas suaves, además de cómodos almohadones.
En cuanto el siervo se retiró, Carlos se arrojó sobre una tumbona.
—Esto no va a terminar bien —bromeó—. Después de un almuerzo como ese, ofrecer algo así es querer que uno se duerma.
Pedro se tendió en otro de los muebles.
—No creo que haya nada malo en descansar un poco. Al fin y al cabo, nos despertamos muy temprano.
Daniel también se acostó boca arriba y colocó un brazo bajo la cabeza para apoyarla.
Miró a través del techo transparente el azul del cielo. «Azul, como los ojos de Nahara», pensó.
Se vio deslizándose por aquel cielo. Oía el batir de unas alas, sus alas, lo sabía. Se deslizaba bajo una nube blanca y límpida que adoptó la forma de una mujer desnuda de piel blanca. «Nahara». Ella volaba junto a él, sus cuerpos se rozaban suavemente. Él temía tocarla con más fuerza y que se desvaneciera. Pero el deseo habló más alto y la atrajo hacia sí. El estallido del deseo oscuro, la penetración de la carne, el desgarramiento del alma. Un grito de éxtasis que sacudió los pilares del cielo. Y entonces ella se abandonaba lánguidamente sobre él, surcando el firmamento anclada en su pecho. Él soplaba suavemente en su oído: «Yo soy tu dios». Ella invocaba su nombre entre susurros… Daniel… Daniel…
—¡Daniel! ¡Despierta, Daniel!
Se levantó de un salto y quedó sentado, erguido y asustado, tratando de recordar dónde estaba. Carlos se encontraba a su lado.
—¡Vamos! ¡Despierta! ¡Llevas más de dos horas durmiendo!
—¡Nahara! —balbuceó Daniel.
—¿Qué ocurre con ella?
—Ella… ¿ya despertó? —preguntó Daniel, consiguiendo ordenar sus pensamientos.
—¡Qué va! —respondió Carlos—. Fauvel dijo que solo despertará al comienzo de la noche. Vino a buscarnos para que viéramos el resto de los trabajos de la mina.
—Sí —añadió Pedro—. Si lo vemos rápidamente, todavía podremos marcharnos hoy.
—¡No! —respondió Daniel secamente.
Carlos reaccionó con extrañeza:
—¿No? Pero eras tú quien quería…
—Sería descortés marcharnos sin despedirnos de Na… de la señora —dijo Daniel rápidamente, interrumpiendo a Carlos—. Y sería aún más descortés rechazar su invitación para pasar aquí la noche. Nos quedamos.
Carlos y Pedro se miraron sin comprender.
—Está bien —dijo Carlos.
Pedro se dirigió hacia la puerta:
—Entonces vamos. Fauvel nos está esperando.
Pasaron el resto de la tarde en la mina, observando cómo se realizaban los trabajos más pesados de localización de las vetas cristalinas y exposición de los afloramientos. Fauvel les mostró cómo de vez en cuando encontraban otros minerales que también terminaban siendo explotados.
Daniel no prestó atención a nada. Estaba distraído y distante. En cierto momento dijo:
—Voy a dar una vuelta.
—Está bien —respondió Carlos sin siquiera volverse hacia él, pues la geología lo fascinaba y en ese momento ayudaba a un trabajador a seleccionar grava sobre una mesa.
Pedro, que conversaba con Fauvel, ni siquiera respondió.
Daniel salió de la mina por la entrada principal. Respiró profundamente el aire más fresco de la tarde y se dirigió al castillo.
El Sol avanzaba hacia el ocaso y los siervos terminaban sus actividades y regresaban a sus casas.
Daniel se acercó a la puerta de una de las torres y miró alrededor, pero no había nadie. Fijó los ojos en la puerta y esta se abrió sola, sin que emitiera ningún comando vocal, utilizando únicamente su mente.
Nadie, ni siquiera Kantor, sabía que dominaba aquella técnica. Él mismo ignoraba si aquel poder se había activado durante el despertar o si había llegado de otra manera, de una de aquellas sobre las que Kantor le había advertido que tuviera cuidado.
El hecho era que no se lo había contado a nadie porque se avergonzaba. Los terrícolas no hacían aquello, solo los atlantes, y Daniel se negaba a aceptar su fuerte herencia atlante.
Aceptar aquello significaría aceptar lo que Kantor decía que él era y que Daniel negaba con vehemencia.
Aceptar aquello significaría aceptar que su mundo había sido destruido para que él pudiera cumplir su destino.
Ni siquiera sabía por qué había abierto la puerta de aquella manera. En realidad, tampoco sabía qué estaba haciendo allí, entrando furtivamente en el castillo. Era como si algo lo llamara.
Subió hasta el comedor.
El ambiente estaba vacío y sombrío. La luz del Sol poniente dibujaba la forma de las ventanas sobre el piso de piedra y creaba sombras profundas en las esquinas, desde donde las esculturas espiaban medio ocultas, como animales al acecho.
Los instintos de Daniel se agudizaron. Percibió peligro en el aire. Se dijo que aquello era una tontería, pues no había nadie allí ni nada que representara una amenaza.
Quizá se debiera a las armas que cubrían las paredes. Armas que tal vez no fueran nuevas, que quizá ya hubieran sido utilizadas y conservaran el recuerdo de la sangre en sus filos.
Se detuvo frente a una de ellas.
Era una hoja con forma de media luna de un metro de longitud, terminada en puntas extremadamente afiladas. Un mango metálico le servía de soporte y tenía dos empuñaduras. El arma podía hacerse girar frente al cuerpo o emplearse para realizar cortes largos. Daniel imaginó los estragos que podría causar.
—Es hermosa, ¿verdad?
La voz que cortó el silencio hizo que Daniel girara sobre los talones.
Nahara estaba de pie en medio de la sala.
Daniel no había oído abrirse ninguna puerta. ¿Ya estaba allí, en alguno de los nichos oscuros? ¿Lo estaba esperando?
Llevaba una bata verde hecha de un tejido parecido a la seda, pues brillaba ligeramente bajo la escasa luz del ambiente. Las puntas de su cabello estaban húmedas, lo que demostraba que acababa de salir del baño.
—Perdona… —comenzó Daniel, intentando no tartamudear—. Yo… quería saber si estabas bien.
Ella sonrió, aparentemente divertida por su incomodidad.
—Sí, estoy bien, gracias. Y me sorprende tanta preocupación de tu parte después de la manera en que me trataste durante todo el día.
Daniel se irguió.
Aunque Nahara era unos diez años mayor que él, no quería parecer un muchacho delante de ella.
—Discúlpame por eso —dijo seriamente—. No fue nada decente de mi parte. Realmente no sé qué me llevó a comportarme así.
Ella inclinó graciosamente la cabeza hacia un lado y lo observó durante un tiempo.
—Comprendo por qué lo hiciste —dijo finalmente.
—¿Lo comprendes? —preguntó él, desconfiado.
—Sí. Toda esa presión que guardas dentro.
—¿Qué presión? —preguntó Daniel, sintiéndose acorralado.
—La presión de intentar negar lo que eres. De creer que eres dueño de ti mismo y de tu destino, aunque en lo más íntimo sabes que no es verdad. ¡Debe ser insoportable! Y está también la presión de cosas que ni siquiera imaginas, pero que se encuentran ahí. Tú, Daniel, eres más de lo que aparentas, más que el «Elegido». ¡Lo sé! ¡Lo siento! Se lo pregunté a Kantor, pero lo negó. Sé que miente. Existe en ti un poder inconmensurable, y no puede permanecer contenido durante mucho tiempo. En algún momento explotará, y cuando explote…
Daniel aprovechó la pausa para hablar:
—¡No sabes lo que estás diciendo! No me conoces, no sabes nada de mí, Nahara.
Ella rio y descruzó los brazos. La bata se abrió ligeramente y Daniel pudo ver que estaba desnuda debajo. Caminó hacia él con suavidad, colocando un pie delante del otro, como una pantera.
—Sé que ese poder te está consumiendo y que ya empieza a presionar para salir. Los dones aparecen espontáneamente, ¿verdad? Como el poder de utilizar la mente sin comandos vocales, el mismo que empleaste hace poco para abrir la puerta.
—¿Me estabas espiando? —preguntó, comenzando a enfurecerse.
—No es necesario. Sé todo lo que ocurre en este castillo. Estoy en cada una de sus piedras. En cada grano cosechado. En cada cristal procesado. En cada una de las personas que viven aquí.
Se acercó más. Daniel vio en sus ojos una llama de voluptuosidad mezclada con algo más oscuro, más demente.
—Todo en ti está desbordándose, Daniel —continuó ella—. Principalmente el deseo. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con una mujer? ¿Cuando concebiste a tu pequeño? Ha pasado demasiado tiempo para un hombre como tú, que carga con toda esa presión en el alma. Igual que tu poder, todo ese deseo aprisionado puede ser peligroso cuando explote, y yo puedo ayudarte con eso.
Su perfume, su calor y su cercanía lo golpearon como una ola. Su cuerpo se calentó con una excitación creciente. Todavía se alejó un poco, pegando la espalda a la pared mientras intentaba resistirse.
—Yo… no sé qué estoy haciendo aquí.
—Estás aquí porque yo lo quise —respondió ella, apretándolo contra la pared.
Daniel la miró con dureza, como si aquella frase confirmara algunas de sus sospechas.
—¿Me estás manipulando?
Ella adoptó una expresión de fingida inocencia.
—¿Mentalmente, quieres decir? ¡Por supuesto que no! Al fin y al cabo, llevas tu cristalito, ¿verdad?
Miró el colgante de cristal que asomaba por la camisa entreabierta de Daniel. Era unas dos cabezas más baja que él, por lo que se puso de puntillas, apoyó ambas manos en su pecho, inclinó la cabeza y atrapó el cristal con la boca, tirando de él hasta el límite del cordón. Lo sostuvo entre los dientes mientras contemplaba a Daniel.
Él no resistió más. Hundió una mano entre sus cabellos y, sujetándola por la nuca, le echó la cabeza hacia atrás, haciendo que el cristal escapara de entre sus dientes.
Contempló una vez más su rostro ahora sonrojado, los ojos brillantes y la boca entreabierta con los dientes apretados. La atrajo hacia sí y la besó con avidez. Nahara cruzó los brazos detrás de su cuello y lo acercó todavía más.
Daniel besó su rostro, descendió por su cuello y hundió la cabeza entre sus senos.
Nahara puso las manos a ambos lados de su cabeza, lo apartó un poco y lo besó en la frente, entre los ojos, exactamente sobre la marca que llevaba.
Daniel gritó y la soltó, retrocediendo tambaleante hasta chocar otra vez contra la pared. Era como si agujas ardientes penetraran en su cerebro.
Su cuerpo parecía a punto de incendiarse por el calor que sentía. Un ansia, un deseo sin límites, se había apoderado de él, llevando su excitación sexual al extremo.
Miró a Nahara y la vio al otro lado del túnel negro en el que se había convertido su visión. Ondas de calor le nublaban la vista, haciendo que la imagen de ella temblara frente a él como un espejismo. El deseo de poseerla era irrefrenable y avanzó por aquel túnel oscuro.
Todo lo demás desapareció. Solo existía Nahara. Pero por mucho que lo intentara, no conseguía alcanzarla. Su imagen titilante parecía volar en aquellas tinieblas, alejándose de él.
Ella rio en voz alta y el sonido reverberó en su mente como si procediera de varios lugares. Le dio la espalda y dejó que la bata se deslizara hasta el suelo, exponiendo su cuerpo torneado. Lo miró por encima del hombro y su voz siseante se hizo oír dentro de Daniel: «¡Ven conmigo y deja que se desborde todo ese deseo! ¡Te daré sensaciones que ninguna otra mujer te ha dado ni podrá darte jamás!».
Ella avanzó hacia su habitación. Daniel la siguió.