CAPÍTULO 15
Daniel se puso de pie de un salto.
—¡Mentiroso! —atacó—. ¿Cómo pudimos permanecer congelados durante mil quinientos años si dijiste que conocías a mi padre?
Todas las miradas se volvieron hacia Kantor, suplicantes, pidiéndole que se riera, dijera que todo era una broma y que, después de la sopa, podrían regresar a casa.
Pero Kantor no estaba allí para engañarlos.
—Conocí a tu padre durante la invasión.
—Y… Entonces… —tartamudeó Carlos—. ¿Tienes mil quinientos años?
—Mil quinientos veintiocho, para ser más exacto —respondió el anciano.
Daniel negaba con la cabeza:
—¡Imposible! ¡Estás loco, Kantor!
Pedro le tocó el brazo:
—Dan, ¿la niebla?
—¿Niebla? ¿Qué niebla? —La cabeza le daba vueltas.
—¡La de la cueva! —respondió Cris.
Daniel recordó la niebla fría envolviéndolo todo, congelando la cueva, sus cuerpos, y después… la nada, un vacío. Sueños imprecisos y el despertar en aquel mundo de locos.
—¡No! —Su mirada desesperada se cruzó con la de Kantor.
—Sí, Daniel, lamentablemente sí. Y sabes que es verdad.
Daniel se sentó con la cabeza entre las manos.
Sí. Era verdad.
Desde que había salido de aquella maldita cueva, sabía que su mundo se había acabado.
Había luchado contra aquella idea, contra el sentimiento de pérdida que se apoderaba de su alma.
Se había convencido de que todo no era más que una ilusión, de que existía una razón lógica para que no encontraran ningún vestigio de civilización humana. Que en cualquier momento el mundo volvería a tener sentido.
Recordó de dónde conocía a Kantor.
Mientras buscaba a la muchacha de ojos verdes, él siempre estaba allí, como una sombra que lo seguía, susurrándole la verdad al oído.
Daniel alzó los ojos enrojecidos:
—No estás loco, Kantor, pero creo que yo acabaré estándolo.
Ante la capitulación de Daniel, los demás aceptaron el hecho.
Un grito de Cris los asustó.
Ella se aferró a Daniel, llorando contra su pecho.
Él la apartó con cariño y sostuvo entre las manos su rostro mojado por las lágrimas:
—¿Qué pasa, Cris? ¿Qué sucedió?
—Ay, Dan, nuestras familias…
No necesitó decir nada más. Todos lo comprendieron.
Sus padres, hermanos, familiares y amigos, todos muertos.
Aquel hecho, de por sí aterrador, adquiría proporciones monumentales, pues no llevaban muertos días ni meses, sino ¡mil quinientos años! Todo y todos los que conocían habían sido devorados por el tiempo inclemente. La base de sus vidas había sido tragada, destruida y sepultada por el transcurso de los siglos. Y, sin esa base, también desaparecían sus perspectivas. El futuro se había convertido en un túnel oscuro, privado de alegría y esperanza.
El dolor, el llanto y la desesperación se apoderaron de todos.
Kantor sintió pena por ellos. Quería consolarlos, pero necesitaba vigilar a Daniel. Aquella explosión emocional podía tener consecuencias graves.
Mirna, al ver el estado de sus nuevos amigos, le preguntó a Kantor qué sucedía. Él se lo explicó rápidamente y ella, conmovida, comenzó a abrazarlos y consolarlos uno por uno.
Lo que Kantor más temía estuvo a punto de suceder.
Daniel se levantó, con el rostro mojado y los ojos inyectados.
—¿Por qué? —bramó—. ¿Qué hicimos para que esto sucediera? ¿Y por qué nos perdonaron la vida? ¡Habría sido mejor que nosotros también muriéramos!
Kantor recibió el dolor y la frustración de Daniel como una onda expansiva. El espacio etéreo a su alrededor se dobló, formando un vórtice, un poderoso embudo energético cuyo centro era Daniel.
El anciano actuó con rapidez.
Con un salto ágil, apoyó un cristal rojo contra la frente del muchacho. Un sopor se apoderó del joven, que volvió a sentarse y quedó inmóvil, como si estuviera dormido.
Repitió el mismo gesto con los demás.
Kantor volvió a sentarse y observó a los jóvenes, que poco a poco despertaban.
Recordó cuando habían sido creados, eras atrás, y sonrió.
Lehen Bat, su gemela, Maehen Bat y Baar Kaleshi. Soor Dabru y Oten Tuena no estaban allí. Todos Adirs. Todos ellos Guardianes.
No todos, se corrigió.
Raakiel era un querubín guerrero, un ser más antiguo que los Adirs, pero al que se le había encomendado la función de Guardián como castigo por su rebeldía.
Seres antiguos, fuertes y sabios, que en aquel momento no eran más que jóvenes inmaduros y asustados.
La ligereza inicial desapareció, sustituida por cuestionamientos y dudas.
Cuando llegara el momento crucial, ¿conseguirían recordar sus papeles y compromisos? ¿O se impondría todo lo que habían vivido en sus innumerables encarnaciones: todas las pasiones, los miedos y los odios?
Una de aquellas pasiones ya influía en el momento.
Su atención se volvió hacia Cris y no pudo evitar sentir amargura en la garganta al fijarse en su aura.
«¡Pobre niña!», pensó, pero debía creer en la fortaleza de ella, así como en la suya propia, para realizar aquello que había sido escrito por los planos superiores y con lo cual todos ellos, sin excepción, habían asumido un compromiso kármico.
Su mente se volvió hacia Mirna. ¿Cuál era su papel en aquel rompecabezas cósmico? ¿Sería tan solo una pieza suelta?
Kantor había aprendido a no despreciar las casualidades del destino.
La atención y la atracción que Daniel había sentido visiblemente por ella podían significar algo. O tal vez no.
Daniel tenía la fibra de un héroe, y haber salvado a la niña podía haber generado aquel exceso de celo por ella.
Kantor se reprendió mentalmente. Estaba olvidando quién era la pequeña y su conexión con uno de los portales. Podía ser utilizada como puente entre ellos.
«Los portales», pensó.
Se sentía incompetente, pues, de los cuatro, solo había localizado dos, y había tenido siglos para prepararse, sabiendo que todos encarnarían en la misma época.
Uno estaba allí con él y el otro muy cerca de su mayor enemigo. Kantor rezaba siempre para que este no advirtiera que tenía al alcance de sus manos a uno de los seres más poderosos de aquel universo. También esperaba que el guardián que se encontraba cerca del portal, en caso de peligro, superara su condición humana y cumpliera su función.
¡Solo dos portales! ¡Y ambiguos, encima!
Pero eran ellos quienes portaban los códigos genéticos de las arpías, la genética real, potenciada por sus poderes cósmicos. Juntos formaban Al Modul, El Camino.
Solo la unión carnal de las dos arpías daría cumplimiento a la profecía de traer al mundo a Renis Aukeratum, el Elegido Real, aquel que uniría a toda la humanidad —atlantes y terrícolas— y volvería a colocar al ser humano en el camino de la iluminación.
Unir dos portales ambiguos era una temeridad, él y toda su fraternidad lo sabían, pero no había otro camino. Solo la energía primal de los portales podía moldear los genes para que soportaran la encarnación del elegido. Se aferraba a la idea de que, manteniéndolos a ambos dentro de la condición puramente humana, sin el despertar de ninguna de sus superpotencialidades, no habría peligro.
¿De verdad no lo habría?
En toda aquella ecuación, el factor de desequilibrio era uno solo: ¡Daniel!
Inestable, voluble, potencialmente poderoso e inmensamente irresponsable.
¿No debería insistir en la búsqueda del portal equivalente para ayudar a contenerlo si llegaba a un punto crítico? ¿Habría tiempo para buscar aquel portal? Él era inmortal, pero aquellos jóvenes no. Y los planes de las tinieblas ya estaban en marcha. Ya no tenía tiempo.
Daniel despertó y preguntó con voz pastosa:
—¿Qué nos hiciste?
—Les administré un calmante necesario. Lamento sinceramente sus pérdidas, pero todavía hay cosas que necesitan saber y decisiones que deben tomarse esta noche.
—¿Lo lamentas? —preguntó Daniel—. ¿De verdad lo lamentas? ¡Fue tu raza la que masacró a la nuestra!
Kantor bajó la mirada.
—Eso me avergüenza profundamente. Y fue por querer minimizar sus consecuencias que me convertí en un paria, en un marginado para mi propia gente. —Kantor levantó la cabeza—. Pero eso no importa en este momento. Como dije, existen cosas que necesitan saber y acciones futuras que dependerán de las decisiones tomadas esta noche. Debemos hacerlo mientras todavía pueda mantenerlos activos.
—¿Qué quieres decir con «mantenernos activos»? —preguntó Pedro, extrañado.
Kantor respondió:
—Vamos, no creerán que, después de quince siglos congelados, podrían simplemente levantarse y caminar como lo hicieron, ¿verdad? Sus músculos y articulaciones no habrían sido capaces de hacerlo por sí solos, así que les di una ayuda. Los mantuve energizados para que pudieran moverse, para que permanecieran calientes y para que sus células no necesitaran alimento.
—¿Por eso durante los primeros días nos sentíamos como zombis? —preguntó Carlos.
—Más bien como marionetas, diría yo —dijo Kantor—. Pero poco a poco fui reduciendo el control para que sus organismos retomaran su propio ritmo. Y entonces los conduje hasta aquí.
—¿Marionetas? —gruñó Daniel en voz baja—. ¡No me gusta que me conduzcan!
Kantor replicó:
—Solo los induje a venir en esta dirección. Todavía disponían de su libre albedrío, tanto que fueron a parar al poblado, algo que yo no deseaba.
—Por suerte fuimos, ¿no? —Daniel apretó suavemente la mano de Mirna, que tenía la cabeza apoyada en su hombro.
—Todavía no puedo decir si fue algo positivo —dijo Kantor.
Antes de que Daniel pudiera responder, Cris se adelantó con una pregunta:
—¿Sabías dónde estábamos?
—Sí —respondió Kantor—. Localicé la cueva hace unos doscientos años, después de que los glaciares retrocedieran hacia el sur. ¿Quién creen que abrió aquel agujero en el techo?
—Podrías haber dejado una escalera o una cuerda. Habría sido de gran ayuda —dijo Carlos.
—Aunque se trataba de una región desierta y deshabitada, no podía correr el riesgo de que alguien localizara la entrada y descendiera hasta la cueva.
—Casi morimos allí —dijo Ana.
—Pero no murieron —observó Kantor—. Sabía que encontrarían una forma de salir.
Pedro intervino:
—Si sabías dónde estábamos y cuándo despertaríamos, ¿por qué no nos esperaste a la salida de la cueva?
Kantor se encogió de hombros.
—¿Qué habrían hecho si hubieran salido y encontrado a un anciano en medio de la nieve, diciéndoles que habían permanecido congelados durante mil quinientos años?
—Habría pensado que estabas loco y te habría arrojado desde allí arriba —respondió Daniel con sarcasmo.
—No lo dudo —dijo Kantor con una sonrisa—. Por eso necesitaba que vinieran hasta aquí, que vieran lo que vieron, para que estuvieran más preparados para el impacto de conocer la verdad.
Pedro continuó:
—Esta «energización», ¿cómo la haces?
—De la misma manera que encendí las luces, abrí las puertas y desequilibré la nave que los perseguía.
—¿Tú hiciste eso? —preguntó Ana, asombrada.
—Todo esto tiene un nombre: primanergía —respondió Kantor.
—¿Prima de quién? —quiso saber Ana.
—¡Primanergía! Es la fuente energética de la civilización atlante. Todos los cuerpos del universo, desde una estrella hasta una bacteria, emiten energía hacia el medioambiente. Eso es primanergía en estado latente, dispersa por el cosmos. Los atlantes la descubrieron, así como el hecho de que ciertos cristales la absorben y almacenan y que, después de realinear sus estructuras atómicas, pueden utilizarse con diversos fines: iluminación, calefacción, propulsión de naves y armas. Incrustado sobre este templo hay un Gran Cristal, uno de los dos mayores jamás encontrados, y con él puedo condensar primanergía y utilizarla como desee, como hice para desequilibrar la nave, mantenerlos activos y traerlos hasta aquí.
—¡Una fuente de energía inagotable! —exclamó Pedro, maravillado.
—Sí, pero tiene sus limitaciones. Solo la fuerza mental del cerebro humano es capaz de configurar las estructuras atómicas de los cristales, acelerar el proceso de captación y dirigir el uso de la energía. Pero hace falta una predisposición genética y espiritual. Los atlantes creen que solo ellos poseen la genética ideal para manipular la primanergía, algo con lo que no estoy de acuerdo. Es espiritual, es decir, un don natural o divino, como predica la religión atlante, para la cual la ciencia es una dádiva de Athos, el dios único y omnisciente. Y, por ser divina, quienes la manipulan de manera más profunda son considerados sacerdotes.
—¿Eres sacerdote? —preguntó Cris.
—Fui sumo sacerdote, una de las posiciones más privilegiadas del imperio, pero hoy… Hoy solo soy servidor de fuerzas mayores que el imperio.
Los jóvenes intercambiaron miradas, impresionados por todo lo que habían oído.
—Bien, todo esto es muy bonito —dijo Daniel—. Hablaste y hablaste, ¡pero no dijiste lo principal! ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué nos esperabas o, mejor dicho, por qué recorriste medio mundo para encontrar la cueva? —Daniel inclinó el cuerpo hacia delante, con los ojos centelleantes—. Y, principalmente, ¿qué tiene que ver mi padre con todo esto?
Kantor se dirigió a una estantería.
Una serie de tres libros ocupaba un lugar destacado, iluminada por un cristal azul.
Retiró ceremoniosamente uno de los grandes volúmenes y lo depositó con cuidado sobre la mesa.
Cuando vio el libro, Mirna contuvo la respiración, llevó los dedos índice y medio a los labios y después al corazón, siempre con una mirada respetuosa.
—Estos tres libros —comenzó el anciano— son la recopilación de toda la religión y del modo de vida atlante. ¡La tríada divina! Todos los escritos utilizados actualmente por los atlantes se graban en cristales archivo. Solo estos tres libros continúan impresos en papel, pues el papel procede de los árboles, los árboles proceden de la naturaleza y la naturaleza es una de las caras de Athos; por tanto, son de origen divino. —Kantor tocó el volumen—. Este es el más interesante, al menos para los iniciados en los antiguos misterios. Es el Libro de las Profecías. Una civilización que llegó a las estrellas, que conoció toda la amplitud de los fenómenos y que existe desde hace tanto tiempo no podía ignorar a los oráculos. Solo una civilización con una existencia tan larga pudo registrar, comprender y confirmar lo que aquellos oráculos predijeron a lo largo de su historia. Y aquí están registrados como mensajes de la divinidad.
Kantor abrió el libro por unas páginas negras. Mirna lanzó un grito:
—¡Net!
Kantor le dirigió unas palabras tranquilizadoras, pero la niña se acurrucó junto a Daniel.
—¿Qué le pasa? —preguntó Ana.
—Por ser divinas, las profecías no pueden borrarse ni alterarse, aunque desagraden a los poderes temporales. Como forma de censura, las denominadas profecías prohibidas se encuentran en estas páginas negras, y se difundieron supersticiones según las cuales quien las leyera caería en desgracia y sufriría dolor y locura por toda la eternidad. De ahí el miedo de Mirna. Es algo profundamente arraigado en la cultura atlante. Tanto es así que todos los hogares atlantes poseen ejemplares de la tríada, pero las páginas negras del Libro de las Profecías se encuentran selladas. Para los estudiosos como yo, es el libro más fascinante. —Una sombra de nostalgia cruzó sus ojos—. De hecho, cambiaron mi vida. Principalmente esta que voy a leer. —Puso la mano sobre la primera página negra—. La de la caída de la Dinastía Andros.
El anciano continuó:
—En sus doscientos mil años de existencia, desde que llegó a este planeta, el imperio ha tenido cinco dinastías, siempre sucediéndose unas a otras de manera natural, salvo la actual, la de los Andros. Una dinastía usurpadora que, mediante la traición, derrocó a la Dinastía Agar y llegó al poder hace cincuenta mil años. Con ello quebró el orden natural de las cosas, hizo que se derrumbaran planes milenarios, retrasó la evolución humana durante miles de años y trajo riesgos inconmensurables a este universo, por no decir a esta realidad. Estamos ante la inminencia del fin. ¡Pero el cambio se aproxima, las profecías se cumplirán y la secuencia divina será retomada! —Y miró fijamente a Daniel.
Daniel se sentía extraño. Mientras Kantor explicaba lo referente a los libros, sentía que su mente se mecía. Comenzó a oír un sonido sordo, parecido a un tambor. Advirtió que era el sonido de su corazón, tan fuerte que parecía llenar toda la sala.
Comenzó a ver figuras fugaces entre las sombras. Algunos eran rostros severos; otros, compasivos.
Creyó haber visto a su padre. No conseguía fijar la vista en un rostro durante suficiente tiempo como para identificarlo, pero advirtió que todas las miradas estaban puestas en él, ¡miradas de esperanza!
Cuando Kantor comenzó a leer, Daniel pudo oír otras voces entre las frases pronunciadas:
«Ustedes, que hoy reinan sobre las estrellas, escuchen el oráculo, pues llegará el tiempo en que aquellos a quienes juzgan extintos se levantarán del polvo para reclamar su trono».
«Eres la profecía encarnada».
«Una montaña de fuego dará a luz a un hombre, heraldo de las arpías derrocadas y portador de la simiente que pondrá fin a su tiempo».
«Su simiente dará fruto».
«Él es el señor del juicio. Vendrá ante un ejército de muertos y su ira será devastadora. Su voz derrumbará la muralla eterna».
«Todo el poder es suyo».
«Su espada vendrá ceñida sobre su rostro. Y entonces lo conocerán».
«Eres Hi Graab».
Los ojos de Kantor brillaban cuando miró fijamente a Daniel.
—Sí, Daniel, ¡eres tú! ¡Aquel que vino para restablecer el orden natural de las cosas y reconducir a la humanidad hacia su destino glorioso!
Mirna, cuyo miedo había sido vencido por la curiosidad, se había deslizado detrás de Kantor y leído la profecía por encima de sus hombros. Comprendió de inmediato aquellas palabras. Alzó hacia Daniel sus ojos negros, llenos de asombro y temor, y susurró:
—¡So alek, Hi Graab!
—¡Larga vida, Gran Arpía! —tradujo Kantor.
«—Fui sumo sacerdote, una de las posiciones más privilegiadas del imperio, pero hoy… Hoy solo soy servidor de fuerzas mayores que el imperio».