CAPÍTULO 14 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 15 de 44
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CAPÍTULO 14

Carlos se estiraba sobre una de las tres camas de la habitación mientras Pedro examinaba cuidadosamente el cuarto y Daniel caminaba de un lado a otro.

— ¿Quién es ese Kantor? ¿Quién?

— ¡Tranquilo, amigo! —pidió Carlos—. Pronto lo sabremos.

— Hay algo en él que me irrita. ¡Esa calma y esa sonrisita irónica me vuelven loco! Y hay más: creo que lo conozco, pero no recuerdo de dónde. Y eso solo hace que desconfíe aún más.

Carlos se apoyó sobre un codo:

— ¿Por qué?

Daniel lo miró fijamente:

— ¿El hecho de que sepa quiénes somos y estuviera esperándonos no es suficiente?

Pedro, que examinaba un botón con un símbolo, dijo:

— Estoy de acuerdo con Cris. Parece digno de confianza.

Daniel sacudió la cabeza:

— Fuiste monaguillo, Pedro. Cualquiera que lleve sotana te parece digno de confianza.

— Eso no es una sota… —Pedro calló al apretar el botón. Se oyó un siseo y una parte de la pared se deslizó, dejando al descubierto otro ambiente.

— ¿Qué es esto? —preguntó Daniel.

Pedro se asomó:

— ¡Es un baño!

— ¡A bañarnos! —celebró Carlos.

— ¡Yo primero! —Y, antes de que alguien pudiera objetar, Daniel entró y la puerta se cerró detrás de él.

El baño era relativamente grande y, como todo allí, estaba hecho de piedra, aunque de un tono más claro. Había una letrina, toallas hechas de algún tejido grueso pero suave y un lavabo sobre el que había un espejo.

Daniel se miró en él.

Tenía el rostro abatido y arañado, y grandes ojeras bajo los ojos. «¡Qué desastre!», pensó. Se apartó del espejo.

Detrás de él había una cabina de ducha. Miró hacia arriba y no vio ninguna regadera. Cuando entró, una cascada de agua agradablemente tibia cayó sobre él.

Daniel retrocedió y el agua se detuvo. Al mirar de nuevo hacia arriba, advirtió decenas de pequeños orificios en las tres paredes de la cabina. «Mira eso, ¡ducha automática! Genial, aunque podría haber esperado a que me quitara la ropa». Entonces miró los harapos que llevaba y sonrió, pensando: «¿Qué ropa?».

Se deshizo de ellos y entró en la cabina. El agua cayó como una bendición sobre su cuerpo cansado.

Sobre una repisa había un frasco. Daniel olió el contenido. ¿Jabón o champú? ¿O ambos?

Sin saber por qué, el aroma le trajo a la memoria la imagen de la chica de ojos verdes.

Cerró los ojos y pensó en Cris. Su aroma, ligero y floral, invadió su mente. No el perfume que se compra en cualquier parte, sino ese olor único que posee cada persona. El de Cris le resultaba tan conocido, tan arraigado en su ser.

Intentó recordar el aroma de otras chicas que había conocido y no pudo.

Al pensar en la chica de ojos verdes, un perfume cítrico y dulce, que recordaba a una fruta madura, pareció apoderarse del ambiente y llegó a hacerle agua la boca. Se parecía al aroma del líquido que había en el frasco que sostenía.

¿Cómo podía recordar el perfume de alguien a quien nunca había conocido?

Sacudió la cabeza con vehemencia.

Todas aquellas dudas lo estaban irritando. Nunca en su vida había tenido tantas preguntas, y eso lo hacía sentirse acorralado.

¿Y aquellas visiones? Siempre había creído que eran una gran tontería, pero en la habitación contigua había una prueba viviente de que quizá no fuera así, y eso le planteaba todavía más dudas.

Kantor probablemente tenía las respuestas, y Daniel las obtendría todas, por las buenas o por las malas.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo a pesar del agua cálida, y se preguntó si realmente deseaba aquellas respuestas.

En la otra habitación, las chicas ya habían descubierto el baño y el armario con ropa a su disposición gracias a Mirna, que parecía acostumbrada a aquel ambiente.

Kantor realmente los estaba esperando. Toda la ropa tenía las tallas de Cris y Ana.

Pero Mirna no era esperada, y Cris intentaba improvisar algo para ella.

Con unas tijeras, hilos y agujas que había encontrado en una cómoda, ajustaba una de las prendas destinadas a Ana. Mirna era muy menuda, por lo que Cris tenía que cortar y coser buena parte de la tela gruesa de color caqui.

«Parece ropa para caminar por la selva», pensó. «Bueno, estamos en la selva».

Por el rabillo del ojo vio a la pequeña exesclava sentada al borde de la cama, observándola.

Poco antes, la pobre había sido expulsada del baño por Ana porque quería ayudarla a bañarse. Cris le mostró la prenda que ajustaba:

— No será deslumbrante, pero servirá hasta que Kantor consiga ropa para ti, Mirna.

La chica sonrió. Una sonrisa franca y encantadora.

«¿Tan encantadora como para atraer a Daniel? ¡No, Cris! ¡No te dejes llevar por ese camino!»

— ¿¡Dónde está la toalla!? —El grito de Ana la sacó de su lucha interior.

— Toma, Mirna, llévasela a Ana y aprovecha para bañarte también.

Cris le entregó dos toallas y la niña se dirigió al baño.

Llegó un murmullo desde el interior:

— ¡Déjalo, chica! ¡Sé secarme sola!

Ana salió furiosa del baño, envuelta en la toalla:

— Qué chica tan extraña, de verdad.

Cris defendió a Mirna:

— Solo intenta ayudar, Ana.

— Puede ser, ¡pero no me gusta que me toquen!

Se acercó al gran espejo de la pared y dejó que la toalla resbalara hasta el suelo. Pareció satisfecha con lo que vio.

— ¡Nadie pone las manos sobre mi cuerpo! A menos que yo lo permita, y hasta hoy no he encontrado a nadie digno de hacerlo. —Un leve rubor tiñó sus mejillas. Cris lo notó y bromeó:

— ¿Nadie?

Los ojos de Ana se encontraron con los de Cris a través del espejo. Había culpa en ellos. Volvió a envolverse en la toalla y se sentó junto a su amiga.

— Una vez… —le confió— casi. Pero por suerte recuperé el sentido común a tiempo y…

Cris esperó a que continuara.

— Necesito contarte algo, Cris…

— ¿Sí? —preguntó la otra con atención.

Ana se retorció las manos, miró hacia los lados, suspiró y, después de un minuto de silencio, preguntó sin mirar a su amiga:

— ¿Recuerdas cuando hubo aquella feria mística en la escuela?

— Recuerdo. La que organizaste y financió tu padre —respondió Cris, comprendiendo que no era eso de lo que Ana quería hablar, pero respetó el deseo de su amiga de cambiar de tema.

Ana finalmente miró a Cris. Parecía de nuevo más segura de sí misma:

— Una gitana me leyó la mano y dijo que hay un rey en mi futuro.

— ¿Ese rey no habrá sido uno de tus novios? Júnior, por ejemplo. Es tan rico que podría ser un rey.

— Un príncipe, como mucho —corrigió Ana—. Al fin y al cabo, el rico es su padre, no él. Pero ella dijo «rey», no príncipe.

Sus ojos azules brillaron con mayor intensidad:

— La gitana dijo que solo me entregaría a ese rey, mi verdadero amor. Y sabes que soy virgen y que con esos noviecitos solo hubo besos y abrazos. Nunca permití nada más.

— ¿Y qué pasa con Jonas, el hermano de Carlos?

— Ah, me gusta. Es agradable, diferente de los niñitos ricos de la escuela, pero creo que no funcionará con él.

— ¿Por qué?

— Porque somos demasiado amigos. La verdad, ni siquiera sé por qué acepté ser su novia.

— No saliste con él solo para irritar a Carlos, ¿verdad?

— ¡Carlos no me importa! La verdad es que solo me entregaré a «mi rey». —Habló con vehemencia. Después bajó los ojos—. ¿Crees que soy tonta por pensar así?

Cris sonrió ante su incomodidad:

— Eres obstinada, tienes mal carácter, pero ahí dentro tienes el corazón de una chica romántica. No, no creo que seas tonta, todo lo contrario. Decidiste que esperarás al gran amor de tu vida, y fue una elección únicamente tuya, sin que nadie te presionara. ¡Solo tuya! —recalcó Cris—. Eso te hace de todo: fuerte, decidida, dueña de ti misma. Todo menos tonta. Y, sinceramente, me gustaría ser como tú.

Una tristeza inmensa se dibujó en el rostro de Cris.

Ana le tomó la mano:

— Eres mucho más fuerte que yo, ¿y sabes por qué? Porque eres buena, tienes un corazón de oro. Tengo mucha suerte de tener una amiga como tú.

Las dos se abrazaron.

Al separarse, Ana se secó los ojos.

— Ay, no me hagas llorar o se me hincharán los párpados y no podré disimularlo, porque perdí el maquillaje con la mochila.

Cris rio.

Ana se volvió hacia las prendas sobre la cama:

— ¡Por Dios, qué cosas tan horribles!

— Son horribles, pero prácticas y están limpias.

Ana sostuvo el sostén de tela gruesa y tirantes anchos:

— Tenemos que volver pronto a nuestro mundo. No puedo vivir en un lugar con una moda tan espantosa.

En ese momento, Mirna salió del baño y Cris le tendió la ropa que había cosido.

Cuando se quitó la toalla para vestirse, Cris y Ana lanzaron un grito de consternación.

El cuerpo de la niña estaba cubierto de arañazos y moretones.

Cuando se miró, Mirna rompió a llorar, como si recordara lo que significaba cada una de aquellas marcas.

Cris la abrazó con fuerza.

— ¡No llores, mi amor! ¡Ahora estás entre amigos! ¡Nadie volverá a maltratarte!

Ana la tomó de la mano, la hizo sentarse al borde de la cama y, tomando un cepillo, dijo:

— Ven, voy a peinarte.

Y comenzó a cepillar con suavidad su largo cabello negro. La niña se calmó y dejó de llorar.

Cris las observó satisfecha. Ana sabía ser cariñosa cuando quería.

¡Pobre Mirna! Las cosas horribles que debía de haber sufrido. ¿Habrían abusado de ella? Tendría que hablar con Kantor al respecto.

Se sorprendió pensando con cariño en la desafortunada niña y cualquier animosidad que hubiera sentido desapareció, reemplazada por la preocupación por su bienestar.

Lo que mantendría de ahí en adelante sería la vigilancia sobre Daniel. No confiaba en él y no permitiría que lastimara a la niña de ninguna manera.

— Oye, Cris. Las puntas de su cabello están muy enredadas. Creo que será mejor cortarlo.

Cris comprobó que, en efecto, no había forma de desenredarlo. Le explicó con gestos a Mirna y le preguntó si podían cortarle el cabello:

— Lo dejaremos a la altura de los hombros, como el mío y el de Ana, ¿está bien?

La niña asintió. Ana se apoderó de las tijeras:

— Déjamelo a mí, que de esto sí entiendo.

Daniel volvió a golpear la puerta.

— ¡Vamos! ¿Por qué tardan tanto? —Y, volviéndose hacia los otros muchachos, preguntó—: ¿Por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse?

Cris abrió la puerta:

— ¿Dónde está el incendio? —preguntó.

— En mi estómago —respondió Carlos—. Vámonos de una vez, ¡me muero de hambre!

— Qué novedad. —Ella rio y, observándolos, comentó—: Veo que Kantor no tiene mucha imaginación para la ropa.

Las prendas de ellos eran idénticas en colores y estilo. Pantalones, camisas y chalecos en diversos tonos caqui, y botas de cuero marrón.

— A pesar de eso, son cómodas —comentó Pedro.

— ¡Son horribles! —refunfuñó Ana al salir de la habitación.

Carlos se rascó el mentón:

— Puede ser, pero a ti te quedan muy bien.

Ana lo miró fijamente:

— ¡Yo voy a dejarte la cara bien llena de golpes!

— ¿Dónde está Mirna? —preguntó Daniel.

La niña salió de la habitación y lo abrazó. Después retrocedió y le mostró el cabello, sonriendo como si buscara su aprobación.

Tenía el cabello cortado a la altura de los hombros y cepillado con las puntas hacia dentro. El flequillo había sido desfilado y le habían hecho una pequeña trenza que bajaba por el costado de la cabeza y estaba sujeta con una hebilla en forma de corazón.

La expresión de Daniel se ensombreció:

— ¿Qué hicieron con su cabello?

— Estaba muy enredado, así que lo cortamos y lo arreglamos —explicó Cris.

— Quedó bonito —observó Carlos, y Pedro estuvo de acuerdo.

— ¿Con la autorización de quién hicieron eso? —preguntó Daniel, ceñudo.

— ¿Cómo que «con la autorización de quién»? —replicó Cris, intrigada. Daniel la miró con firmeza.

— Es así: de ahora en adelante, quiero que me informen antes de hacer cualquier cosa relacionada con ella.

Ana rio con mordacidad:

— ¿Qué fue lo que dije? ¡Sultán! No quiere que hagan nada con su esclava sin su autorización.

Daniel inspiró de manera amenazadora.

— Por favor, no van a empezar de nuevo, ¿verdad? —pidió Cris.

Mirna tocó el brazo de Daniel y, cuando él la miró, notó que la niña parecía triste.

Dijo algo en su lengua mientras se tocaba el cabello.

El muchacho, que parecía comprenderla, relajó la expresión:

— No, querida, me gustó. ¡Quedó hermoso! —Y le sonrió.

Ella le devolvió la sonrisa y Daniel le tomó la mano:

— Vamos a comer. —Y, al pasar junto a Ana, le dirigió una mirada dura, que ella correspondió con igual intensidad y además verbalizó:

— ¡Imbécil!

Atravesaron corriendo el patio debido a la lluvia, que parecía no dar tregua, y llamaron a la puerta de las habitaciones de Kantor.

— Entren.

Los recibió un aroma delicioso.

— Siéntense, por favor —los invitó Kantor.

Señaló una mesa rectangular y baja, con cojines a su alrededor, donde se sentaron.

Kantor pasó sirviendo una sopa espesa en sus platos.

— Espero que les guste —dijo.

— Sí nos gustará, señor Kantor, nos gustará —respondió Carlos con un brillo en los ojos.

En verdad estaba deliciosa. Repitieron tres veces antes de dejar los platos a un lado, completamente satisfechos.

Solo Ana siguió comiendo y pidió otro plato, el quinto.

— ¡Por Dios, Ana! —la reprendió Cris—. ¡Qué cosa tan fea!

— ¡Tengo hambre! —replicó ella.

— ¿Crees que algún rey se interesaría por una chica tan glotona? —preguntó Cris.

— ¿Rey? ¿Qué rey? —quiso saber Carlos.

Ana, que comía distraída, respondió:

— El rey que la gitana… —Calló al darse cuenta de que había hablado de más—. ¡No importa!

Pero Carlos, con su perspicacia habitual, entendió.

— Ah, ¿una gitana vio a un rey en tu futuro?

La chica siguió comiendo y no respondió. Carlos la observó durante un rato.

— Mi hermano no es un rey —dijo. Ana continuó ignorándolo—. Entonces debe de ser el bufón de la corte, ¿no?

Ana finalmente lo miró, con los ojos azules echando chispas:

— Mi relación con tu hermano no es asunto tuyo.

— Ah, sí lo es —replicó él—. Es mi hermano menor, así que tengo que protegerlo.

— Ja, ja —se burló ella—. ¿Ahora vas a fingir que eres un hermano preocupado?

— ¡Basta! —los reprendió Pedro—. ¡Discutiendo delante de nuestro anfitrión! ¡Y por algo tan tonto como las adivinaciones y la lectura del futuro!

Ana se ofendió:

— ¡Tonto para ti, que eres un tonto! —atacó.

Pedro se puso rojo y buscó apoyo en Kantor:

— Eh… ¿Qué opina usted? ¿El futuro está escrito?

El anciano, que hasta entonces había permanecido callado, limitándose a observar y pareciendo divertirse con la discusión de los jóvenes, respondió:

— No diría que está escrito, sino esbozado. El futuro es un cúmulo de probabilidades.

Daniel lo miró de reojo, receloso. Eso era lo que la Mirna de sus visiones le había dicho.

— Y esas probabilidades —continuó Kantor— se convierten en realidad en función de las acciones que emprendemos. O, incluso, con esas mismas acciones creamos más y más probabilidades, haciendo del futuro algo muy incierto. Lo único sólido es que todo tiene un punto de partida y uno de llegada, pero somos nosotros quienes definimos el recorrido y el tiempo que tardaremos en realizarlo.

— Está bien —intervino Ana—, resumiendo todo ese bla, bla, bla: ¿hay un rey en mi futuro o no?

Cris le dio un codazo, pero Kantor no pareció ofendido por su grosería:

— Algunos seres tienen el don de la profecía, de vislumbrar algo entre los senderos tortuosos del futuro. ¿Una gitana, dijiste? Es un don muy común entre ese pueblo. Así que es probable que realmente haya un rey en tu futuro.

Ana miró triunfante a Pedro y Carlos.

— Pero —continuó el anciano— ten mucho cuidado, hija mía, de no fijar demasiado los ojos en el mañana y perder las oportunidades que aparecen hoy. Entre ellas puede estar lo que deseas.

Ana frunció el ceño:

— No entendí.

Kantor sonrió:

— Algún día lo entenderás.

Daniel golpeó la mesa con el puño, haciendo que todos, excepto Kantor, dieran un salto del susto.

— ¿Pueden dejarse de payasadas e ir directamente a lo que importa? —le gritó al anciano—. Ya nos aseamos y ya comimos. ¡Ha llegado el momento de las respuestas!

Kantor contempló al muchacho sentado al otro lado de la mesa.

Daniel tenía el torso erguido, las manos firmemente apoyadas sobre las rodillas y la mirada decidida. La marca de su frente le daba un aire feroz, pero, a pesar de ello, pensó Kantor, aparentemente solo era un muchacho.

«Ignora lo efímero, concéntrate en lo eterno».

El anciano se concentró y miró más allá del cuerpo joven, y se estremeció.

Un aura de destrucción envolvía a Daniel como un manto negro. La espada de su frente pareció cobrar vida y querer saltar de allí para partir el universo en pedazos.

Kantor cerró los ojos. «¿Y queremos acercarlo a otro portal?», le susurró una voz interior.

«Lo domaré», respondió el anciano. Su respuesta fue el silencio.

— Sí, ha llegado el momento —confirmó Kantor—. El problema es: ¿por dónde empezamos?

— ¡Qué tal por el principio! —dijo Daniel, mirándolo con severidad.

— ¿Qué mundo es este? —preguntó Pedro, el más objetivo.

— Atlantis —respondió Kantor—. El centro de un imperio galáctico. El planeta sagrado para la raza atlante.

— ¿Atlantis? ¿La Atlántida? —preguntó Carlos, incrédulo—. ¡Eso es una leyenda!

— Entonces, joven, tienes delante de ti dos figuras legendarias, pues Mirna y yo somos atlantes. Aquellos hombres que los persiguieron también eran atlantes.

— ¿Por qué nos perseguían? —quiso saber Daniel.

— Porque ustedes representan un riesgo.

Fue el turno de Pedro:

— ¿Cómo podemos representar un riesgo si ni siquiera estamos en la Tierra?

— Están en la Tierra.

— ¿Pero no dijo que esto es Atlantis? —preguntó Cris.

— ¿Cómo llegamos hasta aquí? —preguntó Ana.

— Y…

Kantor levantó la mano ante la lluvia de preguntas. Imaginó que no sería fácil explicarlo.

— Tranquilos, niños —pidió—. Intentemos hacerlo de otra manera.

Fue hasta un estante y regresó con un objeto que colocó sobre la mesa.

Parecía un candelabro, con cristales incrustados en la base.

Introdujo una pequeña barra cuadrada de cristal en un orificio, también situado en la base.

— ¿Qué es esto? —preguntó Pedro, examinando el objeto más de cerca.

— Es un holoproyector, y esto es un cristal de archivo. —Señaló la pequeña barra de cristal—. Esto los ayudará a comprender. Solo quiero advertirles que lo que están a punto de descubrir no será agradable. Les pido que mantengan la calma.

Se miraron entre sí, aprensivos.

Kantor pasó la mano sobre el objeto.

Los cristales de la base brillaron y un humo claro salió de la parte superior, pero no se dispersó. Se acumuló alrededor del objeto, formando una esfera gaseosa.

La imagen de un planeta azul, girando en el espacio, surgió en medio de la niebla.

— Este es el planeta Atlantis en la actualidad. —El anciano pasó la mano sobre los cristales y la imagen cambió—. Este es Atlantis hace mil quinientos años.

— Se parece a la Tierra —observó Carlos.

— Y lo es —confirmó Kantor—. La Tierra para ustedes, Atlantis para mi raza. Mediante un cataclismo planetario provocado, los atlantes sacaron del fondo del mar su continente, hundido hacía más de quince mil años, y reconquistaron el planeta Tierra, o Atlantis. Más de dos tercios de la humanidad perecieron en el proceso. La civilización terrestre fue erradicada de la faz del planeta.

Mientras hablaba, Kantor manipulaba los cristales y la imagen se transformó.

Una gran masa de tierra se elevó en medio del océano Atlántico, desaparecieron partes de algunos continentes y surgieron otras. El Mediterráneo invadió el Sahara. Japón desapareció y Oceanía se fragmentó.

— ¿Viajamos en el tiempo? —Pedro rompió el pesado silencio que se había instalado.

Kantor sacudió la cabeza.

— En cierto modo, sí.

— ¿Y cómo regresamos? —Cris no ocultaba la ansiedad en su voz.

— Es imposible regresar —respondió Kantor.

Los jóvenes murmuraron, contrariados.

— ¿Cómo que imposible? ¡Si vinimos, podemos volver! —exclamó Ana.

— Tal vez si regresáramos a la cueva —sugirió Pedro—. Allí estaba el portal, ¿verdad?

Kantor guardó silencio y bajó los ojos.

Daniel mantenía la mirada fija en la imagen que tenía delante y preguntó con voz baja y ronca:

— ¿Cuándo ocurrió este cataclismo?

— El día en que entraron en aquella cueva. —El anciano levantó los ojos y miró al muchacho.

La respiración de Daniel se alteró.

Ahora conocía la respuesta a todas las preguntas. Siempre había estado allí, en lo más profundo de su ser, pero no se atrevía a escucharla, porque, si lo hacía, sería real y no habría vuelta atrás.

Patéticamente, creía que si no la oía todo aquello sería solo una pesadilla. Cerraría los ojos y, cuando los abriera, estaría en su cama, en su casa. Bastaba con no escuchar la respuesta.

Pero Kantor la dijo y destruyó su mundo imaginario:

— ¡Estuvieron congelados durante mil quinientos años!

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