CAPÍTULO 6
Tunamoi se dirigió hacia la salida, pasando sobre los cuerpos de los hombres caídos sin prestarles mayor atención.
Atravesó el portal y se acomodó dentro del módulo flotante, que comenzó a moverse.
Sabiendo que se encontraba en un tramo del recorrido donde nadie podía verlo, Tunamoi se apoyó pesadamente contra el asiento y una máscara de cansancio y tristeza descendió sobre su rostro.
La lucha mental lo había dejado exhausto y le había traído amargos recuerdos del pasado.
Se sumergió en un sueño negro y profundo que lo llevó hacia atrás en el tiempo.
Volvió a verse en el esplendor de la juventud, vestido con la túnica de Satibar. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Quince siglos?
A su lado había otro joven sacerdote, alegre y bromista. Los labios de Tunamoi se contrajeron: «Kantor».
La imagen de su rival desapareció en medio de una nube de odio. En su lugar surgió la figura de una hermosa joven.
De pronto, algo que nadie en el reino había contemplado jamás tomó forma sobre el rostro arrugado de Tunamoi: una dulce sonrisa.
La joven de sus recuerdos era hermosa; su piel era suave como la hierba de los jardines reales donde la había besado por primera vez. Sus cabellos rubios y rizados formaban una corona mucho más hermosa que la que rodeaba su frente.
«Irana», recordó, embelesado.
La princesa Irana había sido el único ser que amó en toda su vida.
Pero de pronto el tiempo, el tiempo implacable, comenzó a hacer girar sus recuerdos a una velocidad vertiginosa.
Volvió a verse aprendiendo los secretos de la mente, del cuerpo y del universo, con Kantor a su lado.
Vio a los dos descendiendo entre rocas y grietas abrasadoras en las entrañas de la tierra, buscando la inmortalidad. Encontró codicia y sed de poder en sus propios ojos, y dolor en los de su antiguo amigo. Discusiones y amenazas. Irana también apareció y lloraba.
Él, Tunamoi, corría, corría con el tiempo para no ver. Pero vio. Contempló la escena que quedaría incrustada en su ser, atada por lazos de odio eterno.
Vio a Kantor e Irana besándose.
La amargura y el dolor brotaron con fuerza en su pecho cuando las imágenes volvieron a girar. Vio su propio rostro con la expresión de quien había consumado una venganza y, delante de él, el cuerpo inerte de Irana y a Kantor llorando. En los ojos de su antiguo amigo vio un dolor tan grande como el que él mismo soportaba.
La imagen se cristalizó y desapareció lentamente hasta dejar en su lugar únicamente un manto negro de tinieblas.
Tunamoi despertó sobresaltado. Durante un instante no reconoció dónde estaba. Advirtió entonces que el módulo ya había llegado a las dependencias del palacio.
No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente. Su mente tan entrenada se había extraviado entre los recuerdos remotos de su vida.
Miró a su alrededor y aparentemente nadie lo había visto. Saltó del módulo, se acomodó la túnica y cubrió su rostro con la máscara habitual.
Decidió no analizar por qué había tenido aquel sueño precisamente en ese momento. Aquello debía permanecer donde siempre había estado, oculto en el lugar más profundo de su alma.
Se dirigió hacia los aposentos de la princesa, pues imaginaba que el Salón Fuerte ya estaría vacío.
Las grandes puertas se abrieron y entró en la sala donde Rehna acostumbraba recibir visitas.
La encontró sentada en su silla de alto respaldo, adornada con los símbolos reales.
Estaba pálida y sus ojos verdes se encontraban perdidos en algún punto. Los rizos rubios platinados caían sobre sus hombros y le conferían una belleza etérea y distante.
Tunamoi contuvo la respiración.
Nunca había advertido cuánto se parecía Rehna a Irana.
Ambas pertenecían al mismo árbol genealógico, pero las semejanzas… El cabello, las líneas del rostro. ¿Y la mirada? La misma expresión distante y soñadora.
—¿Sumo sacerdote?
La llamada lo devolvió a la realidad.
Además de la princesa, estaban en el recinto Demon, algunas sirvientas y otros dos consejeros, y uno de ellos había pronunciado su nombre.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el hombre.
Tunamoi respondió con una inclinación de cabeza y se dirigió a la princesa, que lo observaba:
—Alteza —dijo con reverencia—, tengo la alegría de informarle que la amenaza que se cernía sobre nuestra ciudad ha sido debidamente eliminada.
—¿Qué era aquello? —preguntó Demon, acercándose.
—Algún tipo de manifestación energética, un ciclón magnético, quizás. —Tunamoi no compartiría los conocimientos del alto sacerdocio con personas comunes, por lo que fingió desconocimiento—. Este planeta todavía guarda muchos secretos, y algunos, como aquel al que me enfrenté, probablemente nunca sabremos qué son.
La princesa se levantó y caminó hacia él.
Aquel simple acto era una gran distinción, lo que provocó la admiración de los presentes, pero Tunamoi no estaba pensando en ello.
Intentaba ordenar sus pensamientos. No estaba seguro de si quien avanzaba hacia él era Rehna o Irana. Imaginó que se acercaría para besarlo, para abrazarlo. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo cuando la princesa se detuvo delante de él:
—Honor al gran Tunamoi. Una vez más ha demostrado su amor por su tierra y por su pueblo.
—Vivo únicamente para servirlos, alteza.
El anciano contempló intensamente a la princesa, haciéndola sentir incómoda.
Rehna sonrió, cohibida, y, tratando de mostrarse más informal para romper aquella tensión, preguntó:
—Creo que a partir de hoy podremos vivir más tranquilos, sin terremotos ni catástrofes.
La expresión de Tunamoi se volvió más sombría:
—Alteza, ¿podemos hablar en privado? —preguntó el anciano.
Rehna hizo un gesto y todos se retiraron realizando reverencias. Tunamoi detuvo a Demon:
—Por favor, gran duque, quédate. Es importante que escuches lo que tengo que decir.
Cuando todos salieron, Rehna regresó a su silla, se dejó caer pesadamente y preguntó con aire cansado:
—Por tu voz comprendo que tenemos otro problema. ¿Qué ocurre esta vez?
—Algo que podría comprometer seriamente su reinado, princesa —respondió Tunamoi con voz grave, y relató, omitiendo ciertos detalles, su enfrentamiento con el «ciclón».
—¡Kantor! —exclamó Demon—. Por lo que sé, desapareció hace más de cincuenta años. ¿Es posible que continúe vivo?
—Olvidas, general, que Kantor, al igual que yo, es inmune a la muerte causada por el paso de los años. Solo una agresión física puede destruirlo.
Demon sonrió burlonamente y miró al anciano:
—Otra vez lo había olvidado. Gracias por recordármelo.
Tunamoi no se intimidó:
—No es un detalle insignificante, general. Kantor puede ser muy difícil de matar. —Mirando profundamente a Demon a los ojos, añadió—: ¡Igual que yo!
Rehna, sumida en sus pensamientos, no percibió el intercambio de provocaciones entre los dos hombres y preguntó, perpleja:
—No comprendo. ¿Qué clase de amenaza representa ese hombre?
Tunamoi respondió:
—Lo que le sucedió hoy a su alteza en el Salón Fuerte fue una visión. Ese poder era común entre los emperadores de otras eras, pero con el paso del tiempo se perdió y comenzó a ser desarrollado únicamente por unos pocos iniciados, a quienes solemos llamar profetas. Su alteza, como descendiente de aquel linaje de reyes profetas, posee ese poder, como demostró. Sin embargo, por lo que vi, su estado visionario parece ser inconsciente. ¿O su alteza conserva algún recuerdo de lo que contempló?
Rehna negó con la cabeza. Tunamoi continuó:
—Sus palabras fueron: «Él camina sobre la tierra… El heraldo… Aquel que lleva la semilla de nuestra destrucción… Aquel… que lleva la espada sobre la frente…».
Ella sintió un escalofrío al oír aquellas palabras con la voz cavernosa de Tunamoi. Parecían una sentencia maldita.
—¿Y qué significan?
—Hacen referencia a un fragmento del Libro de las Profecías, dentro de las páginas prohibidas, donde se predice un intento de recuperar el trono por parte de la dinastía Agar.
Rehna guardó silencio.
Como había sido educada para gobernar, siempre se había dedicado al estudio del Libro de las Leyes, cuyo conocimiento era indispensable para un soberano, y del Libro de la Fe, fundamento de la religión atlante.
Había hojeado el Libro de las Profecías, pero recordaba las páginas prohibidas, todas pegadas en el ejemplar que había recibido.
Todos los hogares atlantes poseían los tres volúmenes, la Tríada Divina, pero en todos ellos las páginas de la sección prohibida del Libro de las Profecías estaban pegadas como señal de fidelidad a la dinastía Andros. Únicamente algunos sacerdotes tenían acceso a ellas con fines de estudio.
Rehna recordó que había intentado despegar algunas hojas y que su profesor la había reprendido severamente.
—¡No le encuentro sentido a todo esto! —Rehna miró al anciano—. ¿Qué relación tiene una profecía con la aparición de ese Kantor?
Tunamoi le explicó:
—La profecía dice, en términos generales: «Ustedes que hoy reinan sobre las estrellas, no se descuiden, porque aquellos a quienes juzgan muertos se levantarán del polvo del tiempo e intentarán derribar al Arpía. Una montaña de fuego dará a luz a un hombre, heraldo de la muerte, señor del juicio, maestro de la destrucción. Llevará consigo la semilla de su destrucción. Su ira será devastadora, su voz llegará cargada con el rugido del trueno y derribará la muralla eterna, y su espada implacable estará ceñida sobre su frente».
El eco de las últimas palabras parecía permanecer todavía en el aire cuando Tunamoi añadió:
—Como puede ver, princesa, todos los elementos de la profecía están presentes: la montaña de fuego, que sería el volcán que explotó y lleva el nombre de Montaña de la Profecía, la visión que tuvo su alteza y la reaparición de Kantor cerca de la región de la erupción.
Tunamoi meditó durante unos instantes:
—En cierta época, Kantor mostró un gran interés por las profecías prohibidas. Creo que intenta encontrar a ese hombre, a ese Agar, y formar una alianza con él para atentar contra el trono. Ya lo hizo una vez, lo que llevó a que se decretara su muerte y a la fuga del maldito, y no dudo de que vuelva a intentarlo. Esta vez, acompañado por un Agar, podría encontrar apoyo dentro de la corte, entre quienes siempre se ocultan en las sombras, tramando traiciones y creyendo que la corona atraviesa un momento de debilidad tras la muerte del emperador… —Miró firmemente a la princesa y añadió—: ¡Esos hombres representan una seria amenaza para su reinado! —«Y para mis planes», completó Tunamoi en sus pensamientos.
Rehna suspiró.
No estaba acostumbrada a las intrigas políticas. ¿Qué haría si aparecía aquel supuesto Agar? ¿Cómo luchar contra alguien respaldado por la fuerza de una profecía?
—¿Qué me aconsejas, Tunamoi?
—Le aconsejo que la expedición de rescate que su alteza ordenó enviar hacia el sur adopte también un carácter policial y busque arrestar a los dos renegados.
—Así se hará —aceptó la princesa y, volviéndose hacia Demon, dijo—: General, ya conoce sus órdenes.
Demon hizo una reverencia:
—Descanse tranquila, alteza. Traeré a su sirvienta sana y salva, y las cabezas de los dos bandidos sobre una bandeja de tiranium.
Rehna se estremeció:
—No será necesario, general. Y quiero que dé prioridad al rescate de las personas de Onimar.
—Como desee, alteza.
—Me gustaría —intervino Tunamoi— que los trajeran vivos, general, para interrogarlos y juzgarlos posteriormente.
No era la justicia lo que motivaba la petición del anciano. Quería saber cómo había conseguido Kantor emitir la energía que ayudó a destruir al Djinn y deseaba verlo morir ante sus propios ojos.
El oficial se encogió de hombros:
—Haré lo posible, pero no puedo prometer nada. Dependerá de su actitud. En cuanto a Kantor, puedo conseguir una imagen suya en los archivos, pero ¿cómo reconoceré al Agar?
—Cuando lo veas, sabrás que es él —decretó Tunamoi.
La princesa dijo:
—Señores, si me disculpan, me gustaría retirarme. El día ha sido agotador.
Los dos hicieron una reverencia y salieron.
En el corredor, Demon abordó a Tunamoi:
—Bien, ahora explícalo mejor. ¿Toda esa historia que contaste tiene algún fondo de verdad o es otra de tus maniobras?
El anciano se detuvo y lo miró con seriedad:
—¡Por supuesto que es verdad! La aparición de Kantor pone en riesgo nuestros planes, sobre todo con el posible cumplimiento de la profecía.
—No creo en profecías —dijo Demon—. Solo creo en la fuerza de mi espada, y ella resolverá este problema.
Tunamoi lo miró de reojo. Lo que Demon acababa de decir era una herejía, pero ¿qué podía esperarse de un soldado?
—Entonces, general, concede máxima prioridad a la búsqueda de los dos y no al rescate de «nuestros hermanos atlantes». ¿Entendido?
Demon sonrió con sarcasmo:
—Realmente odias a ese Kantor. ¿Por qué?
—¡Eso no te interesa! —respondió bruscamente el anciano—. ¡Limítate a encontrarlos lo antes posible!
Demon volvió a sonreír y, dándole la espalda a Tunamoi, se alejó.
Tunamoi se dirigió a sus sombríos aposentos.
Se dejó caer pesadamente sobre un viejo sillón. Estaba exhausto, pero descansar era un lujo impensable en aquel momento.
Su mente hervía con los acontecimientos del día. Necesitaba evaluar lo sucedido y trazar planes alternativos por si las cosas no se desarrollaban como esperaba.
Dentro de aquel torbellino de pensamientos volvió a aparecer el rostro de Irana y su semejanza con Rehna.
Sentimientos que creía muertos resurgieron en su pecho.
Nació una idea.
Quizás no necesitara a Demon. Podría convertirse él mismo en emperador casándose con la princesa. No pertenecía a un linaje noble, pero, cuando su plan se concretara, poseería el poder supremo del universo.
A Tunamoi siempre le había gustado actuar desde las sombras, pero podría acostumbrarse a la exposición que acompañaba a un emperador si Irana… si Rehna permanecía a su lado.
Aquella era otra alternativa que debía considerar.
A través de la ventana polvorienta vio la sombra negra de un crucero elevándose sobre el palacio, tomando después rumbo sur hasta desaparecer.
Era Demon, que partía, y Tunamoi deseaba que, por lo menos durante aquella misión, alcanzara un éxito absoluto.
Desde la ventana de su dormitorio, Rehna también vio partir la nave y, como Tunamoi, le deseó suerte, aunque con una intención completamente distinta de la del consejero.
Por encima de todo esperaba que Demon encontrara a Mirna lo antes posible. Se estremecía con solo pensar en lo que podía haberle sucedido a la pequeña y frágil joven.
Respecto a la segunda parte de la misión, Rehna tenía la cabeza llena de dudas. Se preguntaba si la persona a la que se referían las profecías conocería su papel dentro de la historia.
Tal vez fuera un pobre inocente que ni siquiera imaginara el destino que unas palabras escritas miles de años antes habían colocado sobre sus hombros.
¿Era justo juzgar y condenar a alguien únicamente por eso?
Sintió un nudo en el estómago al recordar que había ordenado arrestar a los dos hombres para juzgarlos.
Condenar a Kantor estaba bien, pues era un renegado contra quien ya se había emitido una orden real, pero ¿y el otro? ¿Sería realmente un Agar? Rehna tenía dudas.
De cualquier manera, podría revocar la orden en cualquier momento, porque había sido pronunciada verbalmente ante dos hombres dentro de una sala cerrada. Únicamente las órdenes marcadas con el sello energético real no podían ser canceladas, ni siquiera por el emperador que las hubiera validado.
¿No sería aquel hombre simplemente una víctima inocente del destino, igual que ella?
Sí, ella era una víctima, porque no había elegido nacer princesa ni ascender al trono por decisión propia. Todo era obra del destino, que había colocado en sus manos la responsabilidad de gobernar un imperio, y conocía todo el sufrimiento que aquello implicaba.
La llamada de una sirvienta la sacó de sus pensamientos. Su baño estaba preparado.
Llegó al cuarto de baño y subió los escalones de la enorme bañera. Se quitó la bata y entró en el agua caliente. Dos sirvientas se acercaron para ayudarla a bañarse, pero Rehna las despidió. Quería estar sola.
Un calor relajante se extendió por su cuerpo. Rehna se apoyó hacia atrás y cerró los ojos.
Le había mentido a Tunamoi cuando dijo no recordar nada de su visión.
Recordaba perfectamente el rostro del hombre que llevaba la espada sobre la frente, una pequeña marca entre los ojos, pero no se lo había revelado al sumo sacerdote.
¿Por qué? No lo sabía.
La imagen de su mente era la de un joven con mandíbula y mentón fuertes. Su frente alta y amplia denotaba inteligencia; los labios, ligeramente carnosos, se encontraban bajo una nariz recta y perfecta. Las cejas gruesas enmarcaban unos ojos castaños y seductores, de los que emanaba una fuerza irresistible e hipnótica.
Rehna solo había conservado la imagen del rostro, por lo que comenzó a imaginar el resto: su cuerpo, sus fuertes brazos envolviéndola. Se sentía caliente y lánguida.
De pronto se sentó dentro de la bañera, furiosa consigo misma. ¿Cómo podía desear a alguien que tal vez fuera su enemigo, el enemigo del reino?
Salió de la bañera, esparciendo agua en todas direcciones. Se puso la bata de cualquier manera.
¡Era una princesa! ¡Una futura emperatriz! ¡No podía alimentar pensamientos como aquellos!
Pasó bajo la estatua del Arpía que se alzaba en su dormitorio, símbolo máximo del poder atlante, y esta pareció acusar a Rehna con su mirada vidriosa.
Se detuvo frente a un gran espejo.
La ira se desvaneció y dejó un inmenso vacío.
Observó su reflejo.
El cabello desordenado, parte recogido y parte suelto. La bata mal acomodada, exponiendo su cuerpo. Un cuerpo como el de cualquier otra joven.
¿Emperatriz?
Si le quitaban las hermosas ropas y los símbolos reales, ¿qué quedaba? Una mujer como cualquier otra.
¿Por qué no podía amar como cualquier mujer?
«Porque eres una emperatriz atlante, una Andros legítima», respondió una voz que no sabía si procedía de su interior o de la estatua situada detrás de ella.
«¿Y una emperatriz tiene que estar sola? ¿No tiene también derecho al amor?», preguntó Rehna en silencio.
«¡Para una emperatriz, el poder es suficiente!», respondió la voz.
Un sollozo subió por su garganta.
Se sentía sola, abandonada.
Para ella no existían una palabra ni un gesto de cariño. ¡Solo existía el poder! ¡El indestructible, árido y estéril poder!
Y entonces Rehna, soberana de miles de millones de seres, cayó de rodillas, llorando, semidesnuda y sola frente al espejo.
«Una montaña de fuego dará a luz a un hombre, heraldo de la muerte, señor del juicio, maestro de la destrucción. Llevará consigo la semilla de su destrucción. Su ira será devastadora, su voz llegará cargada con el rugido del trueno y derribará la muralla eterna, y su espada implacable estará ceñida sobre su frente».