CAPÍTULO 16 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 17 de 44
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CAPÍTULO 16

—¡Estás completamente loco!

El salto que Daniel dio para ponerse de pie rompió el encantamiento místico que lo rodeaba.

Las imágenes y las voces desaparecieron. Hasta los fuertes latidos de su corazón enmudecieron.

—¿De dónde sacaste toda esa sarta de tonterías? —continuó, trastornado.

—La montaña de fuego —dijo Kantor simplemente, sin alterarse ante la explosión del muchacho.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—Saliste del interior de un volcán, ¿no es cierto? ¿De una montaña de fuego?

—¡Todos salimos de allí! —respondió con aspereza.

—¿Y la espada ceñida sobre tu rostro? —continuó Kantor.

Daniel se llevó una mano a la marca situada entre sus ojos:

—¡Un accidente! —respondió de inmediato. No quería pensar en las extrañas circunstancias del momento en que había obtenido aquella marca—. ¡Todo esto es un accidente! —estalló.

Cris le tocó el brazo:

—Dan, tranquilízate. Siéntate, por favor.

Él se sentó. Sus ojos iban de un lado a otro y respiraba con rapidez. Nunca se había sentido tan acorralado. Tenía ganas de salir corriendo de allí.

Mirna se aproximó con recelo. Había curiosidad en sus ojos, pero también temor. Daniel la miró, afligido:

—Por favor —pidió—, ¡no tengas miedo de mí! Mira. Yo no soy nada de lo que está escrito allí. ¡Solo soy yo, Daniel!

Le extendió la mano. Kantor tradujo lo que Daniel había dicho. Mirna tomó su mano y sonrió confiada. El contacto lo tranquilizó, y él la hizo sentarse a su lado.

—Hijo —dijo Kantor—, acepta las evidencias. Además de ellas, están las visiones que sé que tuviste, visiones repetidas con un ave de rapiña. Es la arpía que hay en tu interior manifestándose.

—¿Cómo que la arpía que hay en mi interior? —quiso saber Daniel.

—Es tu herencia genética. Eres descendiente de los Agar, los últimos gobernantes legítimos de Atlantis.

Daniel se rio:

—¿Cómo sabes lo que hay en mis genes? ¡Nunca me examinaste!

—Pero examiné a tu padre. Los Agar fueron perseguidos y exterminados salvajemente, pero algunos sobrevivieron, ocultos entre los terrícolas, y su linaje se perpetuó hasta llegar a ti.

Daniel negó con la cabeza y permaneció callado durante unos minutos. Después se volvió hacia Kantor:

—Bien, de acuerdo. Suponiendo que sea verdad, ¿y qué? ¿Qué tengo que ver con todo esto?

—Este universo corre el riesgo de…

—¡Ya dijiste eso! —lo interrumpió Daniel—. Y vuelvo a preguntarte: ¿qué tengo que ver con todo esto? ¡No arrojes sobre mí una responsabilidad que no pedí!

Kantor suspiró.

Podría decirle que sí había aceptado aquella responsabilidad. Milenios atrás, todos los que estaban allí la habían aceptado. Pero plantear aquella cuestión solo generaría discusiones inútiles, y no tenía tiempo.

—Daniel, todo lo que existe corre un enorme riesgo de extinción debido a la locura y la codicia de los hombres. En este momento se están poniendo en práctica ciertos planes. Conducirán al universo a una guerra total y, con el poderío implicado, no habrá vencedores. Todo terminará en muerte y destrucción y abrirá el camino para que el mal reine en esta realidad. ¿Lo entiendes?

Kantor habló con mucha seriedad, mirando profundamente a los ojos del joven.

Daniel se removió, inquieto. Después de un tiempo, dijo:

—¿Y qué puedo hacer? ¿Llamar a la puerta de alguien y decirle: «Oye, yo soy el mandamás aquí y les ordeno que no se destruyan»? ¿Quién soy yo para hacer eso? ¡Un tipo sobre el que alguien escribió unas palabras, que tiene una marca en la frente y un supuesto linaje que se remonta a la Edad de Piedra! —Esta vez fue Daniel quien miró profundamente a Kantor—. ¿Qué esperas que haga, Kantor?

Era la oportunidad que el anciano esperaba y, sonriendo, respondió:

—No espero que hagas la guerra, Daniel. Espero que hagas el amor.

Daniel frunció el ceño.

—Estudié las profecías como nadie —continuó Kantor— y existen errores en su interpretación, entre otras cosas porque no son secuenciales. Hay referencias en otros fragmentos, incluso en algunos que no pertenecen a las páginas negras. —Abrió nuevamente el libro en la página que había leído—: «…portador de la simiente que pondrá fin a su tiempo». —Se volvió de nuevo hacia Daniel—. Tú solo iniciarás el proceso, Daniel. Quien realmente provocará el cambio será tu hijo.

—¿Mi hijo? —Había asombro en la voz de Daniel.

—¡Sí! —Kantor abrió el libro por otra parte, fuera de las páginas negras—. «Solo la unión carnal de las Arpías abrirá el camino para el Elegido Real». —Miró a Daniel—. ¡El hijo que tendrás con una Andros!

Los jóvenes intercambiaron miradas:

—¿Con quién? —preguntó Cris.

Kantor pasó la mano sobre los cristales del holoproyector. Un rostro se formó entre la bruma.

Daniel contuvo la respiración al reconocerlo.

—¡Con ella! —respondió Kantor.

—¿Y quién es? —preguntó Pedro.

—¡Rehna!

Todos miraron a Mirna, que, emocionada, mantenía los ojos fijos en la imagen. Incluso extendió una mano hacia ella. Con el contacto, la imagen se desvaneció.

Dos gruesas lágrimas rodaron por su rostro. Se volvió y ocultó la cara en el pecho de Daniel, que la abrazó.

—Parece que Mirna la conoce —observó Carlos.

—Sí —dijo Kantor—. Esta es la princesa Rehna, que dentro de poco más de un año será coronada emperatriz. Mirna es su sirvienta personal y es muy cercana a la princesa.

Les contó lo que le había sucedido a Mirna, cómo había terminado en aquella subasta de esclavos y, sonriéndole a Daniel, dijo:

—Una conexión con la princesa, Daniel. ¿Crees que es otro «accidente»?

—La conozco —dijo Daniel sin apartar los ojos de la imagen, que había vuelto a formarse.

—¿De dónde la conoces? —preguntó Cris.

—Es la muchacha de mis visiones, aquella de la que les hablé en el campamento.

Cris miró la imagen, que no era estática. Era como una película. La muchacha sonreía, se movía, y sus largos cabellos rizados también se agitaban con gracia.

¿Entonces existía de verdad? Era hermosa, Cris tenía que reconocerlo, elegante y, además, una princesa. Estaba unida a Daniel no solo por las profecías, sino también por algún vínculo íntimo, pues, de no ser así, ¿cómo podía soñar con ella sin siquiera conocerla? Estaban prometidos el uno al otro. Así lo había definido el destino.

Sintió que algo se quebraba dentro de ella y que un abismo se abría entre Daniel y ella.

«¿Pero no es esto lo que quieres? ¿Una ruptura?», se preguntó. «Entonces, ¿por qué esta horrible sensación de pérdida?».

Un comentario irónico de Carlos la ayudó a cambiar el rumbo de sus pensamientos y evitar que llorara:

—¡Felicidades, amigo! ¡Tienes muy buen gusto!

—¡Espera! —Ana inclinó el cuerpo hacia delante—. ¿Quieres decir que todo esto, que nos congelaran y nos arrastraran hasta aquí, fue para que le consiguieras sexo a Daniel?

Kantor le dirigió una mirada de censura:

—Por favor, hija, sin vulgaridades.

Ana se ruborizó al darse cuenta de que había hablado demasiado.

Se produjo un largo silencio. Nadie miraba a Daniel, pero todos esperaban una decisión suya.

Daniel permanecía serio y pensativo, todavía abrazando a Mirna contra su pecho.

Alzó nuevamente los ojos hacia la imagen de la princesa, después volvió la cabeza y buscó a Cris.

Advirtió la tristeza en sus ojos, por lo que apretó suavemente su mano.

—¡No! —dijo finalmente, mirando a Cris, aunque se dirigía a Kantor—. No acepto esto. ¡No voy a hacerlo! ¿Ellos no destruyeron mi mundo? ¡Entonces que su mundo también se destruya! —Y, volviendo sus ojos desafiantes hacia el anciano, añadió—: ¡Y no puedes obligarme!

Kantor suspiró. Sabía que había perdido la batalla. Aquella, al menos.

—Realmente no puedo obligarte, y nunca fue mi intención. Pero era mi deber advertirte, hacerte consciente de todo lo que se esperaba de ti. Tienes libre albedrío y pleno derecho a seguir el camino que desees. Pero recuerda que también tendrás que afrontar todas las consecuencias, buenas y malas, que se deriven de tus decisiones.

Daniel levantó el mentón, resuelto:

—¡Me responsabilizo de cualquier consecuencia!

—Que así sea, entonces —sentenció Kantor con voz cansada.

El silencio volvió a reinar durante un tiempo, hasta que Carlos lo rompió:

—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó.

—¿Ahora qué, hijo? —quiso saber Kantor.

Carlos respondió:

—Como Dan no aceptó el trabajo de salvador, ¿qué sucede ahora? ¿Tenemos que irnos?

—De ninguna manera. Se quedarán aquí conmigo. Después de todo, me preparé durante siglos para recibirlos.

Un suspiro de alivio recorrió el grupo, pues Carlos había hablado por todos. Pero Daniel tenía algo que añadir:

—Está bien, nos quedaremos. Pero no quiero volver a oír hablar de profecías, arpías ni nada por el estilo, ¿entendido?

—De acuerdo, «entendido», como dicen ustedes. No volveremos a hablar de eso —respondió Kantor, aunque sintió una punzada de culpa por mentir—. Pero, antes de cerrar definitivamente este asunto, debo advertirles de los riesgos que corren, pues ciertas personas peligrosas ya han interpretado parte de las profecías y conocen su existencia.

Kantor volvió a manipular el holoproyector:

—Se está urdiendo una conspiración en las más altas esferas del poder. Personas que solo buscan intereses personales e inmediatos, manipuladas por un hombre muy peligroso.

Dentro de la bruma del holoproyector surgió un rostro frío como la muerte, que hizo que todos se estremecieran.

—Este es Tunamoi, sumo sacerdote de Atlantis, iniciado en los grandes misterios y maestro en la manipulación de la primanergía. Un hombre ambicioso.

—¿Solo ambicioso? —preguntó Carlos—. ¡Parece malvado, muy malvado!

—Lo es. También es cruel y frío. Cree conocer el mejor camino para el imperio, aunque ese camino sea el de la dictadura y la xenofobia. Tunamoi quiere la supremacía atlante en el universo, incluso a costa del dolor y el sufrimiento. Es, en resumen, un nacionalista extremo.

—Parece que lo conoces bien —observó Cris.

—Sí, lo conozco —suspiró Kantor—. Fuimos casi hermanos, pero hoy nos separa un abismo.

—Entonces él… —comenzó Pedro.

—Tiene mil quinientos veintiocho años, como yo —completó Kantor—. Es alguien peligroso, muy peligroso, y está rodeado de personas como él, que creen estar construyendo junto a Tunamoi un futuro en el que serán señores, cuando en realidad no pasan de ser títeres en sus manos. El futuro y el imperio tendrán el rostro que Tunamoi desee darles. Solo él, y nadie más.

Kantor volvió a manipular el holoproyector:

—Este es el general Demon, comandante supremo de las fuerzas militares atlantes y uno de los principales seguidores de Tunamoi, si no el principal, entre quienes creen que el futuro los beneficiará.

—Ya tuve el disgusto de conocerlo —dijo Daniel.

—Tuviste suerte —dijo Kantor—. Es el mejor espadachín del imperio y un guerrero duro e implacable. Fue atraído a la causa de Tunamoi con la promesa de casarse con la princesa y convertirse en emperador. El emperador Butler murió hace unos días. Estoy seguro de que fue asesinado por Tunamoi, pero no sé si Demon participó. Si lo hizo, corrió un gran riesgo, porque su amor por la princesa es sincero y, si ella lo descubre…

—¿Y por qué no haces que lo sepa? —preguntó Daniel—. Por lo bien informado que estás, Kantor, debes tener contactos dentro del palacio, ¿verdad?

—Buena observación —respondió el anciano.

Daniel continuó:

—Entonces haz que esta información llegue hasta la princesa. Ella manda arrestarlos a todos, los ahorca, los fusila o lo que sea que hagan ustedes con los criminales, ¡y listo! El futuro del imperio estará garantizado, sin profecías y sin muertos que regresen del pasado.

Kantor suspiró:

—No tienes idea de las fuerzas implicadas en esta trama, Daniel. Nuestra pequeña princesa es como una flor en el camino de una manada de elefantes y puede ser aplastada en cualquier momento. Si Tunamoi sospecha que sabe algo sobre sus planes, su vida no valdrá nada. Está sola. El poder como emperatriz que recibirá dentro de algunos meses es una utopía. Y, por increíble que parezca, la única protección de la que dispone procede de las manos de uno de quienes la están traicionando: Demon.

El anciano miró fijamente a Daniel.

—Por supuesto, todo sería distinto si tú estuvieras a su lado.

Daniel bajó la mirada. Sentía una punzada de culpa en la garganta.

Recordaba los sentimientos de Rehna cuando, en sus visiones, los había compartido. La soledad, el miedo, la traición a su alrededor. Pero no podía hacer aquello.

—Lo lamento —dijo sin levantar los ojos.

Los ojos del anciano se detuvieron unos instantes sobre Mirna, que había apoyado la cabeza en el regazo de Daniel y ahora dormitaba, ajena a lo que decían:

—No permitan que Mirna sepa nada de esto. Cuando regrese junto a la princesa, su vida también correrá peligro si sospechan que sabe algo.

Daniel acarició los cabellos negros de la niña.

—Eso no sucederá —dijo—. Porque no va a regresar. Se quedará aquí conmigo… con nosotros.

Kantor argumentó:

—Sé razonable, Daniel. Este no es su lugar. La estaban buscando cuando se toparon con ustedes, y ahora saben que, donde ella se encuentre, tú también estarás.

—No importa —replicó Daniel—. Yo la protegeré. —Alzó los ojos hacia Cris—. Los protegeré a todos.

Kantor levantó las manos, vencido:

—Entonces, si así será, tendré que enseñarles a defenderse, a manejar una espada.

—¡Espadas! —celebró Carlos—. ¡Eso sí me gustó!

Daniel se rio con sarcasmo:

—¿Espadas? ¡Kantor, esos tipos tenían naves y láseres! ¿Qué puede hacer una espada contra eso?

—No eran láseres —corrigió Kantor—. Eran proyectiles, partículas de cristal irradiadas con primanergía. Y una espada puede hacer mucho, incluso desviar esos proyectiles. Vivimos en una época en la que las armas se han vuelto tan poderosas que destruirían aquello que muchas veces se pretende conquistar. Por otra parte, los sistemas de defensa también se han vuelto muy eficientes. Eso trajo de vuelta el enfrentamiento directo, el combate cuerpo a cuerpo. Ser un buen espadachín es primordial para sobrevivir.

Pedro preguntó:

—No soy especialista en combates, pero para aprender algo así, ¿no hacen falta años y años de entrenamiento?

—Sí. Los niños atlantes comienzan su entrenamiento oficial alrededor de los siete años, y en sus casas mucho antes.

—¿Tienes un curso intensivo para nosotros? —preguntó Carlos.

—Más o menos —respondió el anciano—. Deben saber que vivimos varias vidas. Esta es solo una más y, a lo largo de ellas, fuimos muchas cosas y aprendimos mucho. Ese aprendizaje no se pierde, queda registrado en nuestro espíritu. —Señaló a Daniel y a Carlos—. Ustedes ya fueron grandes guerreros. Todo lo que necesitan saber ya está dentro de ustedes. Solo debemos traerlo a la superficie mediante un proceso de «despertar».

Daniel y Carlos intercambiaron miradas, sonriendo:

—¿Como una actualización? ¡Genial, así es fácil! ¿Cuándo podemos realizar ese despertar? —preguntó Daniel.

—En realidad, no es tan fácil —respondió Kantor—. Con el despertar, sus cerebros sabrían qué hacer, pero sus cuerpos no serían capaces de transformar ese conocimiento en acciones. Primero debo entrenarlos físicamente, ponerlos en forma y darles algo de músculo, ya que están blandos.

Los dos muchachos se sintieron ofendidos.

—¿Blandos? —se exaltó Carlos—. ¡Debes saber que somos atletas, los mejores que había en la escuela!

—Y no vengas a hablarme de músculos —intervino Daniel—. Puedo levantar más de cien kilos en las pesas, ¿sabías?

Kantor fingió estar impresionado:

—¡Oh! ¿Así que los niños se consideran fuertes? —Inclinó el cuerpo hacia delante—. ¡Un niño atlante de doce años les daría una paliza a los dos al mismo tiempo! Pero no se preocupen, los haré fuertes, es decir, si sobreviven al entrenamiento. —Y se rio.

—¿Y qué hay de nosotros? —preguntó Cris, abarcando con un gesto a Ana, Pedro y ella misma.

—Yo no tengo ganas de aprender a luchar —añadió Pedro.

—Encontraremos algo para ti, hijo, no te preocupes —respondió Kantor—. Y algo que espero de todos es ayuda en el mantenimiento de nuestra morada. Habrá que cocinar, lavar y limpiar, y esto es algo en lo que, repito, todos deberán colaborar. —Se volvió hacia Cris—. Y cuento contigo, hija, para organizar las tareas.

—Cuente con ello, señ… Kantor —respondió ella.

Ana puso mala cara, desanimada:

—¿Tareas domésticas? —se lamentó—. Nunca pensé que tendría que hacerlas.

Carlos se burló:

—¡Vaya! ¡Nunca vi a alguien caer tan rápido en la escala social! Esta mañana todavía te considerabas una niña rica y ahora eres una sirvienta.

Ella le dirigió una mirada de lado:

—Mira, si no me sintiera mal, me levantaría y te llenaría la cara de golpes.

—¿No estás bien? —preguntó Cris, preocupada, al advertir la palidez de su amiga—. ¿Qué sientes?

—Tengo el estómago revuelto y me duele todo el cuerpo.

—También comiste muchísimo —dijo Pedro.

—No es por eso —corrigió el anciano sacerdote—. El soporte energético se está debilitando. Yo también tengo límites y hace mucho que los sobrepasé. Necesito ponerlos en éxtasis durante algunos días para que sus organismos alcancen su biorritmo natural.

Kantor permaneció pensativo unos instantes.

—Pero antes, Daniel, ¿quieres ver a tu padre?

Daniel lo miró sorprendido:

—¿La tumba de mi padre está aquí?

—Dije tu padre, no su tumba —respondió Kantor con suavidad.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Daniel, receloso—. ¿Es alguna clase de broma?

—De ninguna manera. —El anciano se levantó—. Vengan.

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