CAPÍTULO 40 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 41 de 44
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CAPÍTULO 40

Daniel despertó sobresaltado por el sonido de un chillido.

El sol todavía no se había puesto por completo, pero allí, debido a las paredes del cañón, la oscuridad ya era intensa.

Miró hacia abajo.

Entre las sombras de la orilla, algo indistinguible se movía.

¡Algo grande!

Oyó sonidos de masticación, chasquidos semejantes a huesos triturados.

De repente, la gran sombra se desplazó rápidamente y produjo un sonido que Daniel ya había oído.

Era el mismo que escuchó cuando estaba escondido entre las rocas y apareció la nave.

El sonido fue seguido por otro chillido.

Algún ser se había convertido en presa, probablemente uno de los pequeños animales peludos que había visto antes.

Retrocedió silenciosamente hasta la oscuridad de su refugio.

La espada estaba detrás de él, pero consideró mejor no realizar ningún movimiento que pudiera llamar la atención de aquella cosa.

El sonido de arrastre regresó y fue desapareciendo en dirección al lado opuesto por el que Daniel había entrado.

Abandonó su intención de caminar aquella noche.

No era que tuviera miedo, pero no podía enfrentarse a algo que desconocía y que, peor aún, no podía ver en aquella oscuridad.

En el exterior, en el desierto y bajo la luz de la luna, tendría mejores posibilidades, pero, agotado como estaba, era preferible evitar cualquier enfrentamiento.

Intentó dormir, aunque su sueño fue intermitente.

No volvió a oírse ningún ruido sospechoso durante la noche, salvo el canto de algunas aves.

Cuando la claridad de la mañana invadió el cañón, bajó hasta el lago.

Bebió todo lo que pudo y llenó la cantimplora.

En ella cabían algo más de cuatro litros de agua, suficientes para las necesidades de dos días de un ser humano en condiciones ambientales normales.

Daniel tendría que hacer que duraran por lo menos cuatro días.

No podía creer que Poseidia se encontrara más lejos.

Contempló por última vez el pequeño lago, resistiendo la tentación de permanecer otro día, y avanzó hacia la grieta que daba acceso al desierto abierto.

Caminó durante dos días hacia el norte.

Debido a la noche que había pasado en el cañón, invirtió su horario de marcha. Ahora caminaba durante el día y encontraba lugares fuera del alcance de la arena para pasar la noche.

Por suerte, la región que atravesaba estaba cubierta de rocas casi rectangulares que formaban pequeños valles entre ellas.

Y fue en uno de aquellos valles, poco después del amanecer, donde ocurrió.

La mañana todavía no había despuntado cuando Daniel reanudó su caminata.

Pretendía detenerse cuando el sol estuviera en lo alto y volver a caminar al caer la tarde, avanzando durante la noche, que, aunque fría, era menos inclemente que el día.

Había consumido menos de dos litros de agua durante los dos días transcurridos desde que llenó la cantimplora, y la deshidratación ya comenzaba a cobrar su precio.

Pensó que, si economizaba esfuerzos de la manera que pretendía, sentiría menos los efectos del calor extremo.

El ataque ocurrió sin ninguna advertencia.

Había una pequeña duna entre otras dos más grandes en su camino y, repentinamente, aquella duna se desplazó velozmente hacia él.

Daniel apenas tuvo tiempo de saltar a un lado. Aun así, la «duna» golpeó su pierna izquierda y lo hizo rodar sobre la arena.

El proyectil describió una curva y volvió a avanzar hacia él, que apenas alcanzó a ponerse de pie.

A menos de dos metros, la duna prácticamente estalló y, desde su interior, algo grande y oscuro se precipitó contra él.

Una vez más, a pesar de las limitaciones impuestas por la deshidratación, Daniel consiguió esquivarlo.

Pero algo semejante a unas garras alcanzó de paso su cinturón, lo destrozó e hizo que la espada saliera volando.

Rodó e inmediatamente adoptó una posición defensiva.

Finalmente pudo ver qué lo atacaba.

Era un animal voluminoso, de más de un metro de altura y dos de longitud, con un cuerpo fuerte y cilíndrico.

Su hocico era puntiagudo, triangular, y grandes dientes distribuidos en numerosas hileras sobresalían de la mandíbula.

Tenía patas fuertes y arqueadas que mantenían el vientre muy próximo al suelo.

En la espalda poseía placas óseas, una de las cuales sobresalía en forma de vela.

Su cola gruesa terminaba en una «V».

De no ser por las escamas que cubrían su cuerpo y por su aspecto reptiliano, podría decirse que era un tiburón.

En realidad, era un Shakluir, un tiburón de la arena, el mayor depredador de aquel desierto.

Era una criatura alienígena traída por los atlantes para patrullar las arenas del Desierto de Sal.

Como se trataba de un animal limitado por completo a los desiertos profundos, el impacto ambiental de su introducción no había sido demasiado grande. Solo fue necesario colocar en el desierto pequeños mamíferos, los mismos que Daniel había visto cerca del lago, para proporcionarle alimento y mantenerlo dentro de sus límites.

Todos aquellos animales eran rastreados y controlados por el imperio, que se aseguraba de que no se reprodujeran excesivamente.

Esto había provocado muchas discusiones cuando Kantor era sumo sacerdote, pues, según él, estaban infringiendo las leyes naturales de Athos al controlar una criatura para fines específicos.

Pero Tunamoi había conseguido imponer su opinión, alegando que se trataba de proteger la capital.

Kantor había reído al contarles aquello, pues en el templo el apodo de Tunamoi, siempre pronunciado a escondidas, era Shakluir.

Pero Daniel no encontraba nada gracioso ahora que estaba frente a uno.

Kantor no le había explicado cómo se derrotaba a aquella criatura, pero, fuera cual fuera el método, seguramente no consistía en utilizar las manos desnudas.

La espada había caído unos dos metros a su izquierda, mientras que el animal se encontraba por lo menos al doble de esa distancia.

Tendría que arriesgarse.

Corrió tan rápido como pudo hacia el arma.

El animal bajó el cuerpo y se lanzó hacia él.

El ataque era muy peculiar.

El Shakluir apoyaba el vientre contra el suelo, bajaba la cabeza y utilizaba las poderosas patas para impulsarse hacia adelante.

Durante el proceso levantaba un remolino de arena que lo envolvía por completo, dejando afuera únicamente la aleta ósea.

En aquel momento parecía un tiburón atacando.

Cuando Daniel estaba casi sobre la espada, el animal volvió a saltar desde la arena.

Si hubiera dado un paso más, el Shakluir lo habría golpeado de lleno, pero él se detuvo, se agachó y rodó hacia un lado, pasando bajo el animal mientras este se encontraba en el aire.

En cuanto terminó el giro, se puso de pie, corrió hacia la espada y lanzó un golpe lateral.

Justo a tiempo, pues la bestia abandonó el ataque rasante y avanzó corriendo por la superficie.

El golpe había resbalado sobre las placas óseas y no causó ningún daño.

Daniel corrió tan lejos como pudo, pero estaba atrapado entre dos grandes fragmentos de roca, uno a la izquierda y otro a la derecha.

El tiempo que perdería intentando escalarlos permitiría que el animal lo alcanzara, por lo que se detuvo, sostuvo la espada y esperó el ataque.

Como si comprendiera que su presa no tenía adónde ir, el Shakluir se detuvo por un instante y contempló a Daniel con sus ojos pequeños y crueles.

Cuando se agachó para realizar el ataque final, Daniel corrió inesperadamente hacia él.

Tomada por sorpresa, la bestia solo consiguió avanzar un poco y, mediante un fuerte impulso, se lanzó por el aire con la boca abierta, preparada para triturar el cráneo de su presa.

Pero Daniel se deslizó por debajo del animal y alzó la espada, que cortó profundamente el vientre blando del Shakluir.

Un rocío de sangre negra y fría salió despedido en todas direcciones, incluso sobre los ojos de Daniel.

Tardó unos segundos en levantarse y limpiarse la vista con la manga del uniforme.

Volvió a adoptar una posición defensiva al oír los chillidos y gruñidos.

Pero permaneció inmóvil ante la escena.

El Shakluir se debatía en el mismo lugar, rugiendo de furia y desesperación, mientras una mancha oscura se formaba bajo su cuerpo.

La mancha no estaba compuesta por la sangre que brotaba, pues el corte ni siquiera había sido tan profundo.

Eran centenares de Pigafors que emergían de la arena, escalaban al monstruo y lo devoraban vivo.

La bestia se agitó, rodó y trituró algunos Pigafors entre los dientes, pero ya estaba condenada.

Por centenares, penetraron por la herida y comenzaron a devorarla desde dentro.

El animal lanzó un último rugido y se desplomó sin vida.

Daniel sintió una punzada en la pierna.

Cuando miró, vio que algunos Pigafors atacaban su pantalón, donde había salpicado la sangre del Shakluir.

Los golpeó con la espada y los lanzó lejos, pero más criaturas avanzaban hacia él.

Corrió y subió a la roca más alta que consiguió alcanzar.

Los Pigafors lo persiguieron durante un trecho, pero después desistieron y regresaron al festín más sencillo que representaba la bestia muerta.

Daniel permaneció sentado observando el trabajo de las pequeñas criaturas.

El suelo del pequeño valle se volvió negro, cubierto por millares de Pigafors que se amontonaban sobre el cadáver del Shakluir.

De repente, procedentes de quién sabía dónde, aparecieron algunas aves que comenzaron a lanzarse en picada sobre el valle y que, cuando volvían a elevarse, llevaban un Pigafor entre las garras.

Aquello fue como una señal para las criaturas, que empezaron a enterrarse rápidamente en la arena.

En cuestión de segundos, todas desaparecieron y solo dejaron la arena removida y los huesos del Shakluir expuestos al sol.

Cuando consideró que era seguro, Daniel bajó de la piedra.

Entonces recordó que el Shakluir había arrancado su cinturón, lo que incluía la cantimplora que llevaba colgada.

Descendió al valle y comenzó a buscarla.

La encontró poco después, completamente destrozada y sin una sola gota de agua.

Las garras del Shakluir la habían alcanzado de lleno.

¿Y ahora qué haría?

Regresar al cañón del lago era inviable.

Serían dos días de caminata sin agua y, aunque consiguiera llegar, ¿dónde la almacenaría?

La única alternativa era continuar.

Ya había caminado mucho y Poseidia no podía estar tan lejos.

Quizá faltara solo un día.

Quizá.

El primer día terminó y la capital atlante no apareció detrás de ninguna duna.

La sed atacaba ahora a Daniel como nunca durante aquel viaje.

Kantor había dicho una vez que era posible, utilizando el poder de la concentración mental, reducir las necesidades básicas del cuerpo, pero al parecer aquello no estaba incluido en el conjunto de habilidades despertadas que le había proporcionado.

El segundo día encontró a un Daniel de pasos tambaleantes.

Tenía la lengua hinchada dentro de la boca y sentía que lo asfixiaba.

La cabeza le daba vueltas y le dolía. Sus ojos resecos ardían, pero no se detenía.

Caminó durante toda la noche.

Amaneció el tercer día.

Cualquier otro ya se habría desplomado y entregado al desierto, pero Daniel no.

Siempre se había considerado fuerte, pero estaba descubriendo en su interior una voluntad férrea que nunca imaginó poseer.

Sin embargo, aquello no le producía exaltación.

Era solo una constatación fría e impersonal, como si procediera de otra persona, pues ya no conseguía razonar adecuadamente.

Tardaba una hora en arrastrar los pies unos pocos metros, mientras el calor que se elevaba en ondas desde el suelo hacía que su visión temblara.

Comenzó a delirar.

Veía a Mirna llamándolo desde adelante mientras oía a Cris llamándolo desde atrás.

Aquello lo hacía detenerse y permanecer tostándose bajo el sol mientras decidía si avanzaría o regresaría, pero el deseo de seguir adelante siempre lo impulsaba un metro más.

No percibió que las dunas se habían vuelto más grandes y que caminaba por la cima de una de ellas.

Un espejismo frente a él adoptó la forma de un Shakluir que lo atacaba.

El monstruo tenía el rostro de Kantor.

Daniel todavía llevaba la espada y, realizando un esfuerzo supremo, golpeó la visión con ella.

El movimiento lo desequilibró y bajó rodando por la duna.

Terminó boca abajo, con el rostro contra la arena ardiente y sin fuerzas para levantarse.

Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí.

Recuperó un hilo de conciencia al percibir que algo se aproximaba.

No tenía fuerzas para volver el rostro y ver qué era.

Tal vez fuera mejor así.

Su vista borrosa recuperó el enfoque y vio algo frente a él.

Era la muñeca que le había regalado a Mirna y que había caído desde el interior de su camisa.

La muñeca, con sus ojos de hilo en forma de «X», lo contemplaba acusadoramente.

«Me fallaste», le decía.

Daniel reunió sus últimas fuerzas y extendió el brazo para recogerla.

La acercó a sus labios resecos y susurró junto a su oreja inexistente:

—Perdóname.

Una sombra cayó sobre él.

Unas garras o unos colmillos se clavaron en su hombro y lo hicieron rodar hacia un lado.

El sol golpeó directamente su rostro, obligándolo a parpadear.

Lo último que vio fue una sombra inclinándose sobre él.

«Cualquier otro ya se habría desplomado y entregado al desierto, pero Daniel no».

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