CAPÍTULO 24
Daniel estaba de pie, inmóvil, con los pies separados y los brazos extendidos a los costados.
En una mano sostenía la espada, con la punta dirigida hacia el suelo.
Quien lo viera así podría imaginar que se encontraba en un estado de serena reflexión.
Pero, si esa misma persona pudiera verle los ojos, comprendería que era una impresión falsa, pues en ellos estaban estampados todo el odio y el fuego que lo quemaban por dentro.
Y frente a él se encontraba el motivo de aquella furia.
Ana también sostenía una espada en alto, apuntando hacia Daniel.
La muchacha balanceaba el cuerpo de un lado a otro y cambiaba constantemente los pies de posición por el dolor de la rodilla.
Tenía los músculos tensos y los dientes apretados. Sus ojos estaban fijos en Daniel, atentos a cualquier movimiento.
Él deseaba abalanzarse sobre ella, arrancarle la espada y matarla a golpes.
Sabía que eso era lo que ella esperaba.
Era lo que esperaban Carlos, que estaba al borde del círculo de entrenamiento, y Pedro, que observaba desde lejos.
Daniel sintió el impulso de no decepcionarlos, pero sabía que no podía hacerlo, no después de los acontecimientos del día anterior.
Después de amenazar con cancelar los entrenamientos por lo ocurrido con Ana y con Cris, que se había sentido mal por los nervios, según dijo el anciano, Kantor le había dado una reprimenda como Daniel jamás había recibido en su vida.
Entonces, tragándose el orgullo y la arrogancia como si fueran espinas, Daniel suplicó una segunda oportunidad. Kantor cedió, pero no le permitió ver a Cris. Ella pasó la noche en la enfermería que Kantor tenía en sus aposentos, y Daniel solo supo por la mañana que estaba mejor.
Pedro y Carlos no le dirigieron la palabra durante la cena, y Ana y Mirna comieron encerradas en su cuarto.
El distanciamiento de Mirna era lo que más le dolía. Sentía que se derrumbaba por dentro con solo imaginar que ella le tenía miedo. Él jamás le haría daño. ¡Jamás!
Sin duda, la vaca de Ana la había influenciado o incluso obligado a mantenerse alejada de él.
Sintió deseos de insultar a Pedro, Carlos, Ana y Cris, pero, durante la reprimenda, el anciano había dejado claro que el despertar todavía no estaba completo y que no lo estaría si aquel comportamiento continuaba.
Daniel decidió entonces controlar su rabia. No porque admitiera su culpa, sino por interés propio.
No había aceptado su papel dentro del futuro expuesto por Kantor, porque no aceptaría nada que le fuera impuesto. Sin embargo, aquello lo había hecho despertar a lo que era en realidad: alguien especial.
Alguien que tenía el poder de crear el futuro que deseara, y la creación de ese futuro dependía del filo de una espada.
Necesitaba los entrenamientos y el despertar que solo Kantor podía proporcionarle, así que, por el momento, se tragaría su orgullo, su rabia, a Ana o lo que fuera necesario.
Imaginó lo que podría crear cuando asumiera todo aquel poder que Kantor, en varias ocasiones, había dejado claro que poseía.
Recordó a la princesa Rehna.
Hacía tiempo que no soñaba con ella, lo que significaba que Kantor realmente había interrumpido el contacto entre ambos. Mejor así. Rehna era hermosa y deseable, pero él no se convertiría en emperador por las manos ni por el deseo de otra persona.
No deseaba un imperio, pero del desastre que se había abatido sobre su vida había surgido una oportunidad, un lugar para él y para los demás, y aquel espacio, en ese nuevo mundo, tendría que conquistarse mediante la lucha.
Pensó en los otros.
En aquel nuevo mundo, donde él sería el señor, tendría a Cris a su lado para gobernar, quisiera ella o no.
Se desharía de Ana con gusto, pero sabía que Carlos la quería, así que tendría que domarla antes de entregársela a su amigo.
Pedro tendría que dejar de lado aquellas tonterías que venía aprendiendo de Kantor, y Daniel le conseguiría una mujer. Sí, porque Pedro era de su sangre y la genética de ambos debía prevalecer en el nuevo mundo.
¿Y Mirna?
Los celos se apoderaron de él.
Nunca sería de ningún hombre. Permanecería para siempre pura e ingenua, una niña eterna, junto a él y a Cris.
Daniel no veía la irracionalidad ni la tiranía contenidas en aquellos pensamientos. Veía su gloria, con sus amigos a su alrededor. Una nueva élite, una nueva fuerza para cambiar el mundo.
«¡Necesitaré un ejército!», razonó. «Tendré que matar y destruir, pero que así sea».
Sin embargo, antes de todo aquello, tendría que entrenar a la temblorosa muchacha que tenía enfrente.
Había algo que Kantor le había dicho el día anterior y que lo corroía por dentro.
El anciano sugirió que, por la suma de sus experiencias pasadas, Ana probablemente era una combatiente mejor que Daniel.
¡No podía aceptar aquello!
Pero ¿cómo demostrar que Kantor estaba equivocado?
Golpear a la muchacha no demostraría nada. Después de todo, ¿qué sabía ella en ese momento sobre combate?
Solo había una forma de aclararlo: entrenarla, prepararla, esperar el despertar y, entonces, ¡destrozarla!
Pero ¿cómo lo haría? ¿Cómo convertir a aquella niña rica y superficial en una guerrera?
Una de las muchas lecciones de Kantor acudió a su mente: «Utiliza todo el potencial del material que tienes a mano».
Daniel recorrió a la muchacha con la mirada de arriba abajo.
El esbozo de una sonrisa cínica le curvó la comisura de los labios:
«Con un material así, se podrían hacer muchas cosas».
Un pensamiento serio siguió al anterior:
«¿Cómo consiguió este cuerpo?».
De pronto, una idea luminosa surgió en su mente. Ya sabía qué hacer con Ana.
Abandonó la posición estática que había adoptado y se dirigió a ella:
—Hoy no habrá entrenamiento. Tampoco mañana ni pasado mañana. Ve a tratarte esa rodilla y regresa dentro de tres días.
Ella lo miró con agresividad:
—¿Cómo que no? No vas a echarte atrás, ¿verdad? Kantor dijo…
—¡Ve a tratarte esa rodilla y regresa dentro de tres días! —la interrumpió de forma tajante.
—Pero… —insistió ella.
Daniel estalló:
—¡Vamos! ¿No sabes obedecer? Soy tu entrenador y te estoy ordenando: ¡REGRESA. DENTRO. DE. TRES. DÍAS!
Ella arrojó violentamente la espada al suelo y se alejó cojeando y murmurando.
—Ven —le dijo el muchacho a Carlos—. Tenemos trabajo que hacer.
Carlos, que hasta entonces había permanecido callado, preguntó cuál era la idea de Daniel.
Cuando se la contó, pensó que su amigo se había vuelto loco, pero, considerando los acontecimientos de las últimas horas, creyó que no sería conveniente discrepar.
Al ver la expresión incrédula del otro, Daniel preguntó:
—¿Y bien? ¿Vas a ayudarme o no?
Carlos se encogió de hombros.
—¿Por qué no? —respondió con ironía—. Al fin y al cabo, solo son tres días de trabajo agotador bajo el Sol, ¿no?
Durante tres días trabajaron arduamente y no permitieron que nadie se acercara para ver lo que hacían.
La única autorizada a entrar en el área de entrenamiento era Mirna, que les llevaba agua y comida.
El segundo día, Ana, incapaz de contener la curiosidad, presionó a la muchacha.
—¿Y bien, Mirna? ¿Qué están haciendo allá?
—Daniel dijo que no debo contar nada —respondió ella.
—«Daniel dijo que no debo contar nada» —ironizó Ana, imitando la voz fina de Mirna—. ¡Vamos, muchacha! ¿De qué lado estás, al final?
—¿Lado? ¿Cómo así?
La otra alzó los ojos, exasperada.
—¡Oh, Dios! Mirna, tienes que estar de nuestro lado, del lado de las chicas, ¿entendiste? ¡Tenemos que permanecer unidas y no guardar secretos entre nosotras!
—¡Ana, deja de presionarla! —intervino Cris—. Si prometió no contarlo, lo correcto es que cumpla su promesa. Además, solo falta un día. Ten paciencia.
—Gracias, Cris —le agradeció Mirna y, volviéndose hacia la otra muchacha, añadió—: Y, Ana, aunque quisiera contártelo, no podría.
—¿Por qué?
Mirna frunció el ceño, intrigada.
—Porque no tengo la menor idea de lo que están haciendo.
El tercer día finalmente terminó y el siguiente amaneció templado, a pesar de que se encontraban en pleno verano.
Ana atravesó corriendo el patio y el jardín, espantando a un grupo de pájaros madrugadores que escarbaban allí.
El día anterior, al regresar del campo de entrenamiento, Mirna le había transmitido un recado de Daniel. Debía llegar al entrenamiento del día siguiente después de haber calentado y estirado.
Ana sabía que aquella pequeña carrera no bastaba como calentamiento y mucho menos como estiramiento, pero no soportaba la curiosidad por saber qué la esperaba.
Atravesó corriendo el portal del muro carcomido que separaba el campo de entrenamiento del jardín y que había permanecido cerrado los días anteriores para evitar miradas curiosas.
En cuanto lo cruzó, se detuvo en seco.
Daniel y Carlos estaban bajo la gran cuaresmera que había en el centro del campo y, alrededor de ellos, había estructuras de madera.
Ana se acercó, recelosa.
—Sube.
Daniel, con los brazos cruzados, señaló con la barbilla la estructura más cercana.
—¿Qué es eso? —preguntó la muchacha.
—¿A ti qué te parece? —replicó Daniel.
Ana examinó el objeto.
Era un tronco de madera alisado por uno de sus lados y apoyado sobre dos «X», también hechas con troncos, aunque más delgados y atados con lianas.
—¿Una barra de equilibrio? —preguntó.
—¿Estás respondiendo o preguntando? —La irritación ya se percibía en la voz de Daniel—. ¡Sube!
Ana miró el aparato con desdén y, negando con la cabeza, dijo:
—Estás bromeando, ¿verdad? ¡No voy a subir a esa cosa!
Daniel soltó un largo suspiro y, dándose la vuelta, dijo:
—Me rindo. Carlos, continúa tú si quieres.
—¡No, no! —gritó Ana, deteniéndolo—. Está bien, ¡lo haré!
Daniel regresó a su posición anterior y la observó.
Ella se quitó las sandalias y se acercó al aparato.
La barra le llegaba casi a la altura de la barbilla. Como medía un metro cincuenta, calculó que el aparato debía de tener casi un metro cuarenta, mucho más que las barras a las que estaba acostumbrada.
Con un impulso, subió y comenzó a caminar de un lado a otro.
El tronco medía unos cuatro metros de largo y tenía menos de diez centímetros de ancho, completamente fuera de las medidas de una barra oficial. Además, se balanceaba.
«Claro…», pensó. «¿Qué saben estos dos idiotas de gimnasia olímpica?».
Miró a los muchachos, que esperaban.
Cuando llamó a Daniel para que regresara, había temido que realmente desistiera de entrenarla, pero ahora, encima de aquel aparato rudimentario, se preguntó si no estarían burlándose de ella. «No, es demasiado trabajo para una simple broma».
—Esto no fue hecho para que te limites a caminar —dijo Daniel.
Sí, realmente esperaban que ejecutara movimientos sobre aquello.
Ana estuvo a punto de preguntar la razón de todo aquello, pero desistió, porque Daniel seguramente no respondería.
«Bueno, vamos allá».
Saltó, abriendo las piernas horizontalmente. Sintió un fuerte tirón en la parte posterior del muslo.
En ese instante se arrepintió de no haber calentado ni estirado correctamente.
Cuando sus pies volvieron a tocar la barra, los músculos le fallaron por el dolor y cayó al suelo junto al aparato.
El terreno había sido cubierto con arena suelta y hierba seca, que amortiguaron la caída. No se lastimó; solo quedó herido su orgullo.
Se puso de pie rápidamente, con el rostro rojo y encendido, y lanzó una mirada furiosa hacia los muchachos, esperando verlos reír.
Pero ellos continuaban serios.
—Otra vez —ordenó Daniel, simplemente.
—Yo… —Ana tragó saliva. No quería confesarlo, pero sabía que, si aquello iba en serio, no lograría continuar sin la preparación adecuada—. No calenté. Tampoco hice estiramientos. —Bajó la mirada, esperando la reacción de Daniel.
Él la observó unos instantes, como si estuviera digiriendo lo que había dicho. Después se pasó las manos por el rostro, exasperado. Respiró profundamente y dijo, esforzándose visiblemente por mantener la calma en la voz:
—Está bien. Entonces empezaremos por ahí.
Aquel fue el primero de muchos golpes y caídas, hasta que Ana se adaptó al aparato y comenzó a realizar series completas.
En los días siguientes, empezó a utilizar los demás aparatos construidos por los muchachos. Encontró dificultades en todos, pero las superó.
También inició una exigente serie de ejercicios físicos que fortalecieron sus brazos y, principalmente, sus piernas, para que resistieran los aterrizajes desde los aparatos, pues no había amortiguadores de impacto.
No se quejaba. Todo lo contrario, estaba feliz, porque había recuperado la alegría de la gimnasia, algo que amaba desde niña y en lo que se había destacado en la escuela.
La precariedad de los aparatos era un estímulo para superarse y, aunque no sabía cuál era la intención de Daniel, estaba encantada.
Le gustaban especialmente las barras asimétricas.
La adrenalina se le disparaba cuando giraba una, dos, tres veces y el bambú que hacía las veces de barra se curvaba bajo el impulso de su cuerpo, crujiendo peligrosamente entre las lianas que lo sujetaban y amenazando con hacerse astillas.
Pero resistía, y ella se soltaba, proyectando el cuerpo en el aire, libre por unos instantes, volando como un pájaro, hasta que la caída vertiginosa era interrumpida en el último momento por la barra inferior.
Cris y Mirna aparecían para verla entrenar y siempre la aplaudían, incluso bajo la mirada ceñuda de Daniel, quien ya había dicho que aquello era un entrenamiento, no una exhibición.
Pero Ana se lo había oído decir a Carlos, pues no se lo diría a Cris, quien, por cierto, llevaba días sin dirigirle una sola palabra, algo que Ana consideraba muy merecido, ni a Mirna, que era su consentida.
Mirna había quedado tan impresionada por lo que Ana hacía en los aparatos, pues los atlantes no practicaban aquella clase de gimnasia, que quiso aprender. Daniel se lo prohibió, diciendo que se lastimaría haciendo algo tan idiota e inútil como aquello.
«¡Idiota e inútil!», pensó Ana. «Si cree eso, ¿por qué me puso a hacerlo?».
No lograba imaginar la razón, porque tampoco conseguía comprender la mente de Daniel.
No lo entendía, no lo soportaba y no sentía ningún afecto por él.
«En realidad, ¡lo odio!», pensó con tal vehemencia que su propia intensidad la asustó.
Pero tenía motivos para odiarlo, ¿no?
Los recuerdos indeseables regresaron y volvieron a perturbar su concentración.
Como ahora, mientras se ejercitaba en las barras paralelas.
Después de un giro, al cambiar de mano, con la mente concentrada en el asunto que la perturbaba, se equivocó y una de sus manos resbaló, haciéndola caer.
Todavía logró sujetarse con la otra, pero el peso de su cuerpo en caída hizo que esta también se soltara, y cayó al suelo sobre la pila de hierba seca que servía de amortiguador, donde quedó tendida, ligeramente aturdida.
—¿Estás bien? —preguntó una voz preocupada.
Ella levantó la cabeza.
Carlos estaba a su lado, ofreciéndole una mano para ayudarla.
Él estaba siempre presente en los entrenamientos, más que Daniel, quien se limitaba a indicarle los ejercicios y luego desaparecía. Carlos, en cambio, permanecía cerca, la ayudaba a subir a los aparatos y opinaba sobre algunos de sus movimientos. Ana había notado que, a pesar de lo ocurrido entre ambos, hasta entonces su compañía no le había resultado desagradable.
Pero ahora, después de la caída y, sobre todo, de los pensamientos que la habían provocado, lo miró con rabia.
Recordó lo que él había hecho en la roca y estaba segura de que Daniel le había contado lo ocurrido entre ellos, y de que Carlos debía de haber pensado que valía la pena intentar algo con ella.
«¡Canallas!», pensó. «¡Todos los hombres son iguales!».
Apartó la mano de Carlos de un manotazo.
—Estoy bien. ¡No necesito tu ayuda!
Se puso de pie mientras Carlos se alejaba con las manos levantadas en señal de defensa.
—Está bien. Solo quería ayudar.
Ana iba a decirle algo cuando vio que Daniel se acercaba con un objeto en las manos.
—¡Oye, muchacha! ¡Atrápala!
Ella agarró el objeto que él le lanzó.
Era una espada de entrenamiento.
—¿Para qué es esto? —preguntó, recelosa.
—Para que puedas mostrarle a tu público cuánto has evolucionado en tu entrenamiento —respondió Daniel con ironía.
Ana lo miró con desconfianza.
—¿Qué público?
En ese instante, Kantor, Pedro, Cris y Mirna entraron en el campo y se colocaron a cierta distancia.
—Ya sabes —respondió Daniel, sonriendo con frialdad—. Los de siempre.
Ana tragó saliva.
«Qué infierno», pensó.