CAPÍTULO 20
Cris caminaba distraída por el patio cuando una figura se plantó frente a ella y la asustó.
—¿Qué cara es esa? —preguntó Daniel—. ¿Por casualidad el anciano estuvo asustándote con aquellas historias sobre profecías y destino? —Había un tono burlón en las últimas palabras.
—Daniel… —comenzó Cris, pero guardó silencio.
Él advirtió que algo no estaba bien.
—¿Qué sucede? ¿Pasó algo? —preguntó con cariño.
Ella pensó en contárselo todo, arrojarse a sus brazos, llorar y reír. Lo imaginó también llorando, acariciándole el vientre, orgulloso y jurándole amor eterno, una familia sencilla y feliz, pero algo la detuvo. «…mientras duró su relación…».
La frase pronunciada por Kantor todavía ardía en su mente.
Aquel futuro que ella había imaginado no existía. Ni para ella, ni para Daniel, ni para la criatura que llevaba dentro. ¡Lo sabía! No habría podido explicar cómo, pero lo sabía y necesitaba pensar, darle vueltas a todo antes de contárselo.
—Daniel, ¿dónde está Mirna? —volvió a decir.
—Fue con Pedro para ayudarlo con unas cosas, cristales archivo o algo parecido. Carlos fue con ellos. ¿Por qué?
—Los estaba viendo juntos y… Daniel… Mirna, ella… es solo una niña.
No era exactamente aquello lo que quería decir, pero, en su ansiedad por cambiar de tema, no se le ocurrió nada mejor.
Daniel la miró interrogativamente durante un segundo y después, al comprender la insinuación, contrajo la boca con furia. Un tono rojizo subió por su rostro y sus ojos la fulminaron.
Cris ya había visto aquellas manifestaciones de ira. Era aterrador ver a Daniel de esa manera, pero se mantuvo firme, mirándolo.
Él respiró profundamente y respondió con voz pausada, intentando conservar el control:
—Mira, sé que es difícil creerlo. Sé que mis actos hablan en mi contra, pero lo que voy a decir es la verdad más absoluta. —La miró profundamente a los ojos, con tal intensidad que ella habría sido capaz de creer cualquier cosa que dijera—. Mirna… es especial… —Su mirada se perdió—. Jamás haría nada que la lastimara, jamás abusaría de su inocencia. Yo… es difícil explicarlo, pero, si sirve como comparación, es como si fuera la hermana que nunca tuve.
Realmente todo estaba bien, como le habían dicho, y Cris no pudo evitar sentirse aliviada, tanto por Mirna como por Daniel.
—Te creo —dijo finalmente—. Pero sería bueno que impidieras que duerma contigo.
Él se encogió de hombros.
—¿Qué tiene de malo? Se acuesta a mi lado, conversamos un poco y enseguida se duerme tranquila como un pajarito. Me dijo que, cuando duerme sola, tiene pesadillas, algo que no sucede cuando está conmigo. No soporto la idea de verla sufrir, ni siquiera en sueños.
«Sobreprotector», pensó Cris. Creyó que, si Daniel tuviera una hermana, realmente sería así. No pudo evitar pensar en cómo sería con su hijo.
—Aun así, sería bueno que encontráramos una manera de terminar con esto —insistió.
La mirada de Daniel cambió y una sonrisa maliciosa curvó la comisura de su boca. Se acercó hasta que su cuerpo quedó muy próximo al de ella. Daniel le acarició suavemente el rostro.
—Tengo una idea —dijo—. ¿Qué tal si vienes a acostarte en mi cama? Así no habría sitio para Mirna y tendría que irse a su propia cama.
Cris sintió el calor de su cuerpo y su aroma masculino envolviéndola.
Su respiración se aceleró ligeramente y sintió una contracción en el bajo vientre. Intentó controlarse y no dejarse envolver por su encanto. Habló deprisa para disimular el temblor de su voz:
—¡Qué idea, Daniel! ¡Eso es imposible!
—Te extraño.
—Extrañas el sexo, querrás decir.
—No —respondió él, todavía cerca—. Extraño tu compañía, nuestras conversaciones, dormir sintiéndote a mi lado, con tu cabeza sobre mi pecho. Eso es lo que extraño.
«…mientras duró su relación…». La frase martilló la mente de Cris.
—No me necesitas para eso. ¡Ya tienes a tu hermanita!
Se apartó de él y caminó deprisa hacia su habitación.
Todavía oyó que Daniel la llamaba, pero no respondió. No quería que viera las lágrimas en su rostro.
Entró corriendo en la habitación, se sentó al borde de la cama y rompió a llorar.
Ana se sobresaltó. Se incorporó en la cama y, al ver llorar a su amiga, olvidó sus dolores y la abrazó.
—¿Cris? ¿Qué sucede? ¿Qué pasó?
—Ay, amiga —respondió entre sollozos—. ¡Estoy embarazada!
Ana abrió mucho los ojos. Abrazó a Cris con más fuerza.
—¡Oh, Cris! ¡Ese canalla!
—¡No hables así del padre de mi hijo! —replicó ella, todavía llorando.
Ana se apartó.
—Lo siento, pero, sea o no el padre, ¡es un canalla! —replicó, dolida por la forma en que la otra le había hablado.
Cris sostuvo la mano de su amiga.
—Soy yo quien debe pedirte disculpas. No quería hablarte de ese modo, pero todo esto me ha afectado mucho.
Ana sonrió y le devolvió el apretón de manos.
—Todo está bien. Las embarazadas son sensibles, al menos eso me dijeron. Pero ¿qué sucederá ahora? ¿Ya se lo contaste al cana… a Daniel?
—No, y por ahora no se lo contaré. Necesito pensar, necesito ordenar mi mente primero. Las únicas personas que lo saben son Kantor y tú, así que te pido que no se lo digas a nadie, ¿de acuerdo?
Ana la miró con firmeza.
—De acuerdo. —Después de una pausa, añadió—: Pero tengo una condición para no contarlo.
Cris la miró interrogativamente. Ana sonrió.
—¡No diré nada siempre que sea la madrina!
—Por supuesto —respondió Cris sonriendo también—. No podría desear una madrina mejor.
Y ambas se abrazaron.
Kantor manipulaba el cristal archivo, grabando mentalmente datos en su estructura atómica, que después podrían leerse holográficamente.
Tenía archivos sobre todos los jóvenes y, después de aquellos días en su compañía, necesitaba actualizarlos, corregir y añadir información. En aquel momento realizaba una adición a la ficha de Cris, iniciando el historial de su embarazo.
«Madre: Lúcia Cristina Montívez
»Edad: 17 años
»Estatura: 1,70 m
»Peso: 59 kg
»Tipo sanguíneo: A+
»Ocupación: ancla para adolescentes irresponsables
»Sexo del bebé: ?
»Tiempo de gestación: 6 semanas
»Padre: Daniel Agarenon (Agar)
»Edad: 17 años
»Tipo sanguíneo: O-
»Ocupación: Adolescente irresponsable».
Rio suavemente y borró la información.
—¿Qué te causa tanta gracia?
Kantor alzó los ojos hacia el adolescente irresponsable, a quien había pedido a Pedro que llamara a sus aposentos y que llevaba diez minutos hurgando entre sus cosas.
Ahora estaba apoyado contra una mesa, con los brazos cruzados, mirándolo.
—Nada —respondió el anciano—. Una broma atlante. No la entenderías.
—¿Una broma? No consigo imaginar a los atlantes contando bromas.
—Oh, pero las contamos. Nos gustan la alegría, las fiestas, la música…
—Exterminar civilizaciones enteras… —concluyó Daniel.
—Y pulverizar sistemas solares, no lo olvides, y todo entre un brindis y otro —completó Kantor sonriendo.
Ambos se miraron durante un tiempo. Daniel rio.
—¿Por qué me llamaste? —preguntó finalmente.
—Para que conversemos. Desde que despertaste, no tuvimos ninguna oportunidad.
Daniel miró la sala a su alrededor. No había ventanas, pero la claridad era suave, como la luz del sol matutino atravesando vidrios cubiertos de polvo.
—La última vez que estuve aquí, no me gustó nuestra conversación.
—Sobre aquello —respondió Kantor—, ya se dijo todo lo que había que decir. Pero ven, siéntate. —Kantor lo invitó a dirigirse hasta la mesa baja en la que habían comido su primera comida.
Desde que despertaron, comían en un refectorio situado en uno de los rincones del gran patio, donde también había una cocina en la que Kantor les había preparado las comidas hasta entonces.
Pero el anciano ya les había advertido que, ahora que se habían recuperado, ellos se encargarían de preparar la comida.
Kantor se acercó a un gran cántaro de barro y, con un cucharón, sirvió en dos tazas, también de barro, el líquido que contenía. Le ofreció una a Daniel.
—No es… ¿Cómo se llamaba? ¡Refresco! Pero te gustará. Bebe.
Daniel miró la superficie del líquido, sobre la cual se reflejaba la luz plateada.
—¿Qué es? —preguntó.
—Agua —respondió Kantor—. Puedes beber. No está envenenada —añadió al ver que Daniel olfateaba el líquido—. Bebe, te gustará.
El agua estaba deliciosamente fresca y tenía un sabor terroso. Aquel sabor hizo aflorar un recuerdo en la mente del muchacho.
Cuando tenía siete años, había pasado unos días con sus padres y con Cris en la granja de su tía, hermana de su madre. En la cocina había un cántaro de barro igual a aquel, que también se utilizaba para almacenar agua potable.
El agua era igual, siempre fresca y con el mismo sabor a tierra. A Daniel le gustó tanto que la bebió durante todo el día, hasta el punto de mojar la cama durante la noche.
A la mañana siguiente, le contó a Cris que, en realidad, había soñado que luchaba contra un dragón y lo mataba, que se había esforzado tanto y el fuego del dragón daba tanto calor que había sudado y mojado la sábana. Cris le creyó.
Daniel rio ante el recuerdo.
—¿Qué te causa tanta gracia? —preguntó Kantor.
—Nada —respondió Daniel—. Una broma terrícola. No la entenderías.
«Me lo merecía», pensó Kantor, divertido.
Permanecieron en silencio durante unos instantes, hasta que Kantor preguntó:
—¿Y bien? ¿Todo está bien contigo?
Daniel miró al anciano que tenía enfrente.
Recordó las diversas ocasiones en las que había estado ante el director de la escuela cada vez que hacía alguna travesura. La conversación siempre comenzaba con la misma frase que Kantor acababa de utilizar. El director tenía la misma expresión curiosa y benevolente que el anciano mostraba ahora, hasta que todo terminaba en recriminaciones y acusaciones.
¿Pero qué había hecho mal ahora?
«¡No quisiste salvar el universo!», lo acusó una voz interior.
«¡Al diablo con el universo!», respondió. Era más o menos lo que había tenido ganas de decirle varias veces al director: «¡Al diablo con la escuela! ¡Al diablo contigo!». Tal vez se lo dijera a Kantor.
Daniel se encogió de hombros.
—Todo está bien. Solo estoy ansioso por comenzar de una vez el entrenamiento con espadas.
—La lluvia debe detenerse dentro de algunos días. Entonces comenzaremos.
Kantor hizo una pausa. Bebió un sorbo de agua y preguntó:
—Has pasado mucho tiempo con Mirna, ¿verdad?
Daniel, que bebía otro sorbo, golpeó la taza contra la mesa y estuvo a punto de romperla.
«¿Entonces se trata de eso? ¡Fue directo al asunto!».
—¿Tú también insinuarás que tengo malas intenciones con ella? —Daniel prácticamente escupió la pregunta.
Kantor respondió con calma:
—No. No lo haré. No creo que las tengas. Si lo creyera, ya la habría apartado de ti. Mirna es como una hermana para ti, ¿verdad?
Daniel se relajó:
—Sí. Lo es.
—Bien. ¿Y cómo están tus amigos? Carlos, por ejemplo.
—Ahora está bien, pero ayer me dio un gran susto.
—Supe que pasaste la noche despierto, cuidándolo.
—No habría conseguido dormir sin saber que estaba bien. Carlos también es como un hermano para mí.
—¿Y Pedro? —preguntó Kantor—. ¿Lo quieres?
—¡Claro! ¡Es de mi sangre!
—¿Solo por eso? Suena como si fuera una obligación.
—No, no es solo eso —replicó Daniel—. Lo quiero y, aunque sea mayor… siento que debo cuidarlo. Es muy distraído. A veces está muy desconectado de la realidad, y yo tengo que hacer que vuelva a ella.
Kantor sonrió.
—Es una característica tuya, Daniel. Quieres cuidar de aquellos a quienes amas, aunque muchas veces no lo admitas. Es algo noble, pero debes tener cuidado de no asfixiarlos ni interferir con su libre albedrío.
Antes de que Daniel pudiera decir algo, Kantor disparó otra pregunta:
—¿Y Cris? ¿La quieres?
Daniel lo miró como si hubiera formulado la pregunta cuya respuesta era la más evidente del mundo.
—¡La amo!
—¿La amas?
El tono dubitativo de Kantor desarmó a Daniel, pero, una vez más, antes de que pudiera responder, el anciano preguntó:
—¿Y Ana? ¿Qué sientes por ella?
Daniel torció la boca, contrariado, y enderezó la espalda:
—Es molesta e impertinente. ¡No me agrada!
Kantor negó con la cabeza.
—Entiendo. ¿Y te desagrada hasta el punto de asesinarla?
El muchacho frunció el ceño.
—¡Por supuesto que no! ¡Qué absurdo!
Kantor lo miró con firmeza.
—Entonces, ¿por qué lo intentaste?
—¿Estás loco? ¿De qué hablas?
La expresión jovial desapareció del rostro de Kantor y fue sustituida por una gran severidad.
Daniel nunca había visto algo semejante en el rostro del director de su escuela y se sintió intimidado.
Kantor habló:
—Dices que amas a tus amigos, pero intentaste convertir a Carlos, de quien afirmas que es como un hermano, en un asesino. Espiaste, manipulaste y humillaste a Pedro, de quien dices que es de tu sangre, y a Cris, a quien dices amar. Y sí, Daniel, intentaste asesinar a Ana cuando la indujiste a arrojarse desde un precipicio. ¡Solo a Mirna no le has hecho daño todavía!
Daniel permaneció boquiabierto, intentando comprender. Entonces todo encajó.
Kantor se refería al periodo durante el cual había estado ciego, a las cosas que había hecho y a la manipulación de las mentes de sus amigos.
Entonces comprendió definitivamente de dónde conocía a Kantor. Era aquella sombra incómoda y fugaz, siempre en los márgenes de sus visiones, vigilándolo. La voz que había interrumpido su última visión, ahora lo sabía, pertenecía al anciano.
Daniel entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante.
—¿Eras tú? —Después de una pausa, preguntó—: ¿Tú me cegaste?
La rabia de Daniel adquirió forma y fue proyectada contra Kantor.
Era como una pared de agua, algo flexible que atravesaba al anciano y lo empujaba hacia atrás. ¡Aquello era primanergía!
¿Cómo, se preguntó Kantor, conseguía el muchacho hacer aquello sin ningún conocimiento previo ni entrenamiento?
A su vez, proyectó energía contra Daniel mientras lo miraba a los ojos. El muchacho retrocedió, pero, para sorpresa de Kantor, no tanto como esperaba.
—¡No, no te cegué! —respondió Kantor con firmeza—. Me opuse a la idea.
—¡Ya veo! Entonces fue idea de tus amiguitos, ¿los de la mafia?
Otra carga energética fue proyectada contra Kantor.
Aquello era ridículo, pensó el anciano. Era responsable de controlar a Daniel y, si no conseguía hacerlo ahora, cuando el muchacho actuaba de manera inconsciente, ¿cómo lo haría si llegaba el momento en que Daniel dominara la primanergía?
«Necesito reconfigurar los sellos energéticos», pensó.
—Me opuse —repitió Kantor—. La idea era que, durante el periodo de ceguera, te volvieras hacia tu interior, que realizaras una búsqueda más espiritual de lo que estaba sucediendo, para que estuvieras mejor preparado para las revelaciones futuras. Pero sabía que no sería así, que buscarías tus propios caminos y tus propios deseos. Y lo hiciste, ¿verdad? Además de todo lo que ya mencioné, también hubo intentos de transgresión sexual que rozaron el abuso.
Daniel abrió mucho los ojos y retrocedió. Kantor sintió que la barrera se rompía.
Sabía que una acusación como aquella afectaría el sentido de decencia que el muchacho poseía. Era algo muy grave, pero Daniel necesitaba aprender.
—¿Abuso…? ¿De qué estás…?
—¡De los pensamientos mundanos que tuviste respecto a la princesa Rehna!
Daniel se ruborizó.
—Fueron… solo pensamientos. No…
Kantor lo interrumpió.
—¡El pensamiento es energía, Daniel! ¡El pensamiento crea, transforma y realiza! Y, en el estado en el que te encontrabas, siendo capaz de influir sobre tus amigos, ¿no pensaste en lo que podrías hacerle a la princesa?
Daniel bajó la mirada. Kantor sintió que su energía disminuía.
Advirtió que había alcanzado sus escrúpulos, que estaba realmente arrepentido. Aun así, no suavizó el reproche.
—Ya lo dije una vez y lo repito: el hecho de que no lo aceptes no cambia quién eres realmente. Por eso debes vigilarte constantemente, cuidar tus acciones y pensamientos.
El joven lo miró, exasperado.
—Por Dios, ¿cómo voy a hacerlo? ¿Cómo se controlan los pensamientos? ¡Son cosas que aparecen de la nada! ¿Y qué sucederá? Si pienso algo malo, ¿alguien puede resultar herido o…?
Kantor percibió la legítima desesperación del muchacho y se compadeció.
—No es exactamente así, hijo. Solo conseguiste hacerlo debido al estado en el que te encontrabas. La ceguera hizo que alcanzaras un nivel de concentración que muchas personas necesitarían años de entrenamiento y meditación para lograr. Fuera de aquel estado, no tienes la capacidad natural de influir sobre otras mentes. Pero debo advertírtelo una vez más: debido a tus poderes latentes, debes vigilar tus actos y pensamientos para impedir que aquello vuelva a despertar. ¿Entendido?
Daniel asintió. Bebió un poco de agua, aparentemente aliviado. Después de unos momentos de silencio, comentó:
—He estado soñando con ella, con la princesa. Y creo… quiero decir, estoy seguro, teniendo en cuenta lo que dijiste, de que no son solamente sueños.
Kantor suspiró.
Cuando creía haber cercado a Daniel y mantenerlo bajo control, él escapaba por alguna brecha. Era como intentar acorralar a un gato arisco.
Con el control que ejercía sobre todas las formas de energía que entraban en el templo, no conseguía imaginar cómo los dos lograban establecer aquel contacto.
¡Portales! Debían poseer frecuencias vibratorias que ni siquiera un iniciado como Kantor sospechaba.
Pero aquellos encuentros astrales podían resultar útiles para los planes de Kantor. Podían generar en Daniel el deseo, la necesidad, de aproximarse físicamente a la princesa.
—Son las afinidades espiritual y profética que existen entre ustedes las que los atraen —explicó el anciano—. Si te comportas como un caballero, no veo ningún problema en esos encuentros.
—¿Puedes hacer que esos sueños se detengan? —preguntó Daniel, sorprendiendo a Kantor.
—¿Por qué? Como dije, si te comportas, puedes aproximarte a ella e incluso ayudarla…
—¡No quiero acercarme a ella! —lo interrumpió Daniel con aspereza y, ante la mirada interrogante del anciano, bajó la voz—. Ahora que sé que no son sueños, no quiero… Sé por lo que está pasando, pero, lamentablemente, no puedo ayudarla. Tengo que cuidar de las personas que están cerca de mí.
Se produjo un silencio prolongado. Daniel lo rompió:
—¿Y bien? ¿Puedes hacer que los sueños se detengan?
—Creo que sí. Esta noche analizaré en qué frecuencia vibratoria ocurren estos «encuentros» y configuraré un atrapasueños.
—¿Un atrapasueños? ¿Esas cosas que la gente colgaba en las terrazas? ¿Funcionan?
Kantor sonrió:
—Eso que llamas «cosas» es una representación rudimentaria de un conocimiento antiguo y profundo. Un verdadero atrapasueños es una red magnética configurada en el plano astral, calibrada para retener determinadas firmas energéticas; en este caso, las vibraciones mentales de la princesa.
Daniel no tenía paciencia para aquella clase de conversación. Levantó las manos para silenciar al anciano.
—Está bien, está bien, da igual, siempre que funcione. —Después se levantó—. Ahora, si me disculpas, necesito saber dónde está Mirna.
El anciano asintió, pero continuó dándole vueltas a sus pensamientos.
¿Por qué Daniel se había incomodado tanto después de descubrir que los sueños eran algo más? Sin duda, hasta entonces había obtenido placer de ellos, ¡y no era de los que renunciaban a algo así! ¿Qué había cambiado?
Entonces tuvo una revelación.
—Ella ha estado preguntando por Mirna, ¿verdad? ¿Por el lugar en el que se encuentran?
Su pregunta alcanzó a Daniel cuando ya estaba junto a la puerta. Él se detuvo unos instantes y, sin volverse, dijo únicamente:
—Haz que los sueños se detengan, Kantor. ¡Y rápido!
Salió cerrando la puerta de golpe.
—Como desee, Gran Arpía —dijo el anciano con un suspiro.