CAPÍTULO 29 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 30 de 44
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CAPÍTULO 29

La respiración de Kantor se volvió pausada, casi inaudible.

Sentado en el suelo de su habitación con las piernas cruzadas, parecía hecho de las mismas piedras del piso, tal era la inmovilidad en la que se encontraba.

Sintió que los lazos con la carne se soltaban y, al mismo tiempo, fue como si lo succionara un sifón.

Abrió los ojos y se vio flotando a pocos centímetros del techo, sobre su cuerpo, que permanecía sentado. Su espíritu estaba libre para realizar las tareas de aquella noche.

Se dirigió entonces al espacio, atravesando velozmente las barreras vibratorias entre las dimensiones.

Vio a lo lejos una magnífica ciudad bañada por la luz violeta de la región.

Aterrizó y caminó hacia la entrada, pues, en aquellos parajes, sobrevolar la ciudad y a sus habitantes se consideraba una falta de cortesía.

Atravesó el gigantesco portal sin vigilancia. No había necesidad de guardias, pues, además de ser un lugar de paz, solo llegaban hasta allí aquellos que tuvieran alguna demanda justa y dirigida. Nadie había llegado jamás por accidente o con malas intenciones en el corazón.

Desde hacía eras, Kantor circulaba por aquellas alamedas y calles, y nunca se cansaba de observar la belleza del lugar.

Sus construcciones de paredes blancas, sin puertas, cristales ni persianas en las ventanas, permitían contemplar sus amplios interiores, construidos en las más diversas formas geométricas, donde era posible ver a sus ocupantes dedicados a todo tipo de actividades, todas orientadas al crecimiento espiritual y al conocimiento.

Se sabía que la capital atlante era una copia, o un intento de copia, de aquella ciudad de luz, pues Darian, el hombre que había iniciado la Dinastía Agar y que había planeado y fundado Poseidia, había estado allí una vez, durante un desdoblamiento espiritual, y la grandiosidad y la belleza del lugar quedaron impresas en su memoria kármica.

Kantor se cruzaba con varios seres, algunos encarnados, como él, otros ya en un estado completamente espiritual.

Diversas razas del universo formaban parte de aquel público y casi todos saludaban a Kantor al pasar.

El sacerdote correspondía amablemente a los saludos, pero se sentía incómodo por la atención que atraía.

Era consciente de que se trataba de una entidad conocida y respetada: Arduil, uno de los grandes Guerreros de la Luz de Natiha, la patria ancestral de la que unos pocos sobrevivientes de una guerra devastadora habían salido a vagar por el tiempo y el espacio para fundar Lemúria, en la Tierra, en la aurora de los tiempos de aquel planeta.

Pero en ese momento, en aquella existencia, solo era un sacerdote desterrado, recluido en un viejo templo en las profundidades de un bosque, con un grupo de adolescentes a su cuidado y, en sus manos, la misión de salvar todo un universo.

Llegó a su destino: una construcción abovedada con capas superpuestas que terminaban en varios arcos por los que entraba la luz en abundancia.

No era un lugar grande en comparación con los otros edificios, pero era el más importante de la ciudad, ubicado en el punto central, en la confluencia de diversas líneas de energía cósmica, y actuaba como un energizador para toda aquella comunidad.

Kantor sintió aquella fuerza en cada rincón de su ser y agradeció esa dosis extra de energía, pues la necesitaría para lo que tenía que hacer.

En el centro exacto del edificio, donde no había muebles ni ningún otro objeto, cuatro seres de pie lo aguardaban.

Medían más de dos metros y eran delgados. Sus cabezas eran grandes, ovaladas y puntiagudas. Sus ojos eran grandes y negros. Sus narices y bocas eran casi inexistentes, y la razón era que desde hacía miles de años ya no necesitaban respirar ni alimentarse. La energía que impregnaba el universo, la primanergía, era su fuente de fuerza, y la absorbían a través de sus cuerpos fluidos, altamente evolucionados.

Y no hablaban. Eran seres telepáticos.

El sacerdote suspiró ante aquello.

No tenía ningún problema en utilizar la telepatía, pero intuía que durante aquella «conversación» sentiría deseos de gritar, y hacerlo con la mente no resultaba tan liberador como usar la voz.

Se detuvo frente a los seres. Su aspecto no lo impresionaba, pues él mismo ya había tenido aquella apariencia.

Ningún ser viviente posee una forma definida, pues está compuesto de energía, pero normalmente adopta la forma física de su última existencia carnal o aquella con la que se siente más cómodo.

La forma de aquellos seres era la misma de su última estancia en la carne. Eran lemurianos, los últimos cuatro encarnados, que se habían sacrificado para hundir el continente de Lemúria, evitando que los atlantes tuvieran acceso a secretos para los que aún no estaban preparados.

Kantor se inclinó.

«Maestros», saludó mentalmente.

Los lemurianos respondieron con una leve inclinación de cabeza.

«Arduil».

«Si no les importa, prefiero que me llamen por mi nombre actual».

«Como desees, Kantor».

Las voces en su mente sonaban como una sola, pero Kantor reconocía los matices individuales de cada comunicador y percibió cierta contrariedad, en mayor o menor grado, procedente de algunos de los lemurianos.

«Te sientes cómodo en esta carne que ahora habitas».

Aquella comunicación fue individual y provino de Caradoc, el lemuriano situado a la izquierda del grupo. Kantor comprendió de dónde procedía la mayor incomodidad que había percibido en la comunicación anterior.

«¿A qué se refiere, maestro?».

«Ese deseo de que te llamen por tu nombre actual demuestra cuánto te has apegado a esta carne, a este momento».

Quien respondió fue Fileu, el segundo de derecha a izquierda. Había un matiz de desaprobación en su comunicación.

«¿Y eso es un problema?», quiso saber Kantor.

«Al parecer, ha afectado tu juicio».

Era Ashtar, el segundo de izquierda a derecha. Su tono era más conciliador.

El único que aún no se había manifestado era Hodon, el de mayor rango y evolución entre los cuatro. Por esa razón, también era uno de los líderes de aquel proyecto, de aquella misión que involucraba a miles de seres, entre ellos Kantor.

Era Hodon quien establecía la conexión con las esferas superiores, de donde procedían los designios que guiaban a todos en aquella empresa.

A pesar de la apariencia inexpresiva del líder, Kantor sentía que este le sonreía, animándolo y envolviéndolo con comprensión y bondad, sus mayores cualidades.

Pero sabía que no lo defendería. Tendría que hacerlo solo.

Aunque sabía lo que los lemurianos querían decir, optó por la estrategia del malentendido, aunque no sin una dosis de enfrentamiento.

«Aclárenmelo, maestros. ¿En qué punto, aparentemente, es erróneo mi juicio?».

«Tu apego emocional a los guardianes y al Camino Alfa está retrasando el cronograma». Era Caradoc.

«¿Apego?», preguntó Kantor. «Creí que cuidar de ellos era una de mis obligaciones».

«Cuidarlos y atender sus necesidades físicas, sí, pero no sobreprotegerlos como demuestran los informes que recibimos», manifestó Fileu.

«¿Me han estado espiando?», disparó Kantor.

Hubo un estremecimiento de indignación.

«Por supuesto que no. Si fuera necesario espiarte, significaría que no confiamos en ti, y ese no es el caso. Pero necesitamos mantenernos siempre informados del desarrollo de los acontecimientos, y tus informes son… inconstantes». Ashtar volvía a suavizar la comunicación.

Hodon permanecía en silencio.

«Perdónenme por esa inconstancia, pero he estado ocupado».

«Sí, con el retoño de la guardiana Maehen Bat. Un obstáculo inesperado que jamás debió existir».

La comunicación fue colectiva, por lo que Kantor comprendió que aquel era el punto neurálgico de la reunión.

«La concepción ocurrió antes de que llegaran hasta mí». El viejo sacerdote intentó que su afirmación no sonara defensiva.

«No te estamos acusando, sabemos lo que ocurrió. Pero esto no estaba previsto».

«Todo lo que involucra al Camino Alfa es imprevisible», dijo Kantor.

«Una de tus obligaciones es controlarlo».

Una vez más, la comunicación fue colectiva.

Kantor pensó que sus maestros, ausentes de la carne desde hacía tanto tiempo, no tenían la menor idea de que, si ya era difícil controlar a un adolescente voluntarioso, controlar a ese mismo adolescente dotado de poderes cósmicos era una tarea casi imposible.

Sabía que aquel pensamiento no llegaría hasta sus interlocutores, pues hacía mucho había aprendido a ocultar pensamientos detrás de otros pensamientos. Por eso se permitió sentirse aliviado, ya que la conversación se había desviado hacia Daniel.

«Otra de tus obligaciones, la primordial, es conseguir que los Caminos se encuentren y, en ese sentido, no hemos visto ningún progreso».

«Aún no he conseguido idear cómo puede ocurrir y, además, el tiempo ha sido escaso».

«A nuestro entender, los Caminos se sienten naturalmente atraídos el uno por el otro. El problema son las distracciones que los desvían. Principalmente en el caso del Alfa».

Involuntariamente, Kantor tembló. El asunto había regresado a donde él no quería, al tema que ya había surgido en otras reuniones y que siempre había eludido.

«¿Distracciones? En realidad, todavía no ha habido tiempo para…».

«¡La guardiana Maehen Bat!».

La intervención imperiosa de las mentes unidas interrumpió el pensamiento de Kantor y evidenció cierta impaciencia de los lemurianos, provocada, él lo sabía, por sus innumerables evasivas sobre el asunto.

«El apego emocional del Alfa a la guardiana constituye un obstáculo para el desarrollo del plan», sentenciaron al unísono las mentes de los maestros.

«Les aseguro que eso no durará. Los dos se encuentran en proceso de ruptura de su relación», respondió Kantor, intentando apaciguar la situación.

«Eso no es cierto, Monitor. La llegada del obstáculo al que nos referimos ha reforzado los lazos entre ellos y provocado un acercamiento. ¡Y eso es inaceptable!». Esta vez fue Caradoc quien se manifestó.

«¡Las arpías deben unirse!», sentenció Fileu.

«Maestros, considero que retirar a la guardiana y a su hijo podría ser un error gigantesco. Les pido que lo reconsideren».

Hubo agitación entre el grupo.

Ashtar se manifestó: «¡No podemos revisar planes milenarios por una sola criatura!».

«No es solo por la criatura», respondió Kantor. «Ahora que convivo más de cerca con el Camino Alfa y lo conozco mejor, creo que apartar de él a la guardiana y a su hijo lo desestabilizará profundamente, y eso podría ser extremadamente peligroso».

«Todos los involucrados conocen los acontecimientos venideros y su razón. ¿Por qué habrían de eludir sus obligaciones ahora?», dijo Fileu.

«Pero en la carne eso se olvida», replicó Kantor.

«La carne es temporal», retomó Caradoc la discusión. «Y en lo más íntimo saben lo que ocurrirá».

«En lo más íntimo, lo que tienen es miedo, soledad y desesperación», insistió Kantor. «¡Por todo lo sagrado, solo son jóvenes!».

«Son espíritus poderosos y sabrán sobreponerse a las circunstancias temporales», dijo Fileu.

«¡Y uno de ellos es el más poderoso de todos, de todos nosotros! ¡Es una bomba de tiempo que explotará sobre nosotros si hacemos un movimiento equivocado! Y lo afirmo: ¡apartar a la guardiana de su lado sería un error tremendo!».

«Esto ya fue discutido».

«No», replicó Kantor con firmeza. «Una situación extrema no fue discutida».

«Vuelves a asuntos ya tratados para huir de la cuestión principal».

«La guardiana debe ser retirada del camino del Alfa».

«Y el obstáculo también».

—¡Darian! —La voz de Kantor reverberó contra las paredes blancas mientras elevaba el tono—. ¡Se llama Darian, no «obstáculo»! ¡Y es una criatura hermosa, adorable, un espíritu que, independientemente de su pasado, puede convertirse en un ser feliz y próspero! ¡No puede ser tratado como una… cosa, un obstáculo que debe retirarse! ¡Su madre tampoco! ¡Llevan tanto tiempo recluidos en este mundo suyo, por encima del bien y del mal, que han olvidado que los seres conscientes están hechos de sentimientos! Somos piezas, sí, de un gran esquema, pero de un esquema que persigue la felicidad y la plenitud del ser. ¡Somos la esencia del Creador y esa esencia está hecha de sentimiento! ¡Me parece, maestros, que ustedes lo han olvidado!

Hubo un silencio prolongado.

Hodon avanzó desde el grupo y, por primera vez, se manifestó mentalmente.

«Kantor, camina conmigo».

Y se dirigió hacia la salida.

El sacerdote hizo una reverencia rígida a los demás y lo siguió.

Caminaron en silencio por las alamedas arboladas y bordeadas de flores.

Vieron a varios seres bajo la sombra milenaria de los árboles, dedicados al estudio y la meditación, mientras los arroyos y los pájaros llenaban el aire con sus sonidos.

«Perdóneme, maestro, por mi arrebato», se comunicó mentalmente con Hodon.

El lemuriano, que caminaba con las manos cruzadas detrás de la espalda, se volvió y contempló a Kantor con sus grandes ojos compasivos.

«Mis hermanos a veces exageran», respondió, y añadió después de unos segundos: «Pero eso no significa que estén equivocados».

«Lo sé. Es que…». Kantor no supo cómo terminar la frase.

«Es difícil ver sufrir a quienes amamos», completó Hodon. «Aunque llevo eras apartado de la carne, sé lo que es, y también sé que la soledad abre heridas en el alma. Y tu soledad, hijo, ha sido muy larga».

El lemuriano se detuvo y le puso una mano en el hombro.

Kantor respiró profundamente y miró a su maestro.

«Perdóneme otra vez por mi desequilibrio emocional, pero mi preocupación por lo que podría salir mal es legítima. Por lo que sé, no tenemos un plan de contención».

«Para una situación apocalíptica, no», admitió Hodon. «¿Crees que algo así es posible?».

Eso era algo que Kantor apreciaba en Hodon: la humildad de solicitar la opinión ajena. Poseía el don de hacer que la opinión del otro pareciera realmente importante.

«Conociendo al Alfa como lo conozco ahora, no considero imposible nada».

El lemuriano meditó un poco.

«¿Y el otro portal, la pequeña sierva?», preguntó finalmente.

«No lo sé», respondió Kantor con sinceridad. «Aún no he conseguido comprender su papel dentro del proyecto».

«Nosotros tampoco, pues, como dijo mi hermano, no somos omniscientes. Ni siquiera percibimos que era un portal».

«Los portales son criaturas difíciles de identificar», contemporizó Kantor. «Tanto que ni siquiera tenemos idea de dónde se encuentra el cuarto».

«Sí, son difíciles. Pero lo que me viene ahora a la mente es que el Alfa está muy apegado a ella, ¿correcto?».

«Sí, posee el don de mantenerlo bajo control. Aunque eso es de esperarse, al fin y al cabo, es su portal complementario».

«Por otra parte, el Camino Beta también tiene una gran afinidad emocional con ella», observó Hodon.

«Creo que, aunque ambas sean portales de salida antagónicos, Beta posee afinidad con la energía emanada por la sierva para compensar el desequilibrio provocado por la ausencia de su propio portal complementario».

«Excelente análisis, Monitor», elogió Hodon. «Creo que en esta pequeña pero poderosa pieza aleatoria descansan las mejores posibilidades de que nuestro plan tenga éxito. Si necesitamos una conexión entre las arpías, ahí la tenemos. Y, en caso de que nuestras peores pesadillas se hagan realidad, ahí se encuentra también la contención».

Un temblor de los párpados y una inhalación lenta pero profunda señalaron el instante en que su espíritu regresó al cuerpo.

Kantor finalmente se movió después de horas de inactividad.

Primero sintió frío, a pesar del fuego encendido en la chimenea, y después lo invadieron el cansancio y el hambre, síntomas que siempre experimentaba cuando permanecía demasiado tiempo desdoblado espiritualmente.

El anciano se arrastró hasta el lecho, tomó una manta y se la echó sobre los hombros.

Fue hasta el caldero que estaba sobre el fuego y se sirvió una porción generosa de caldo, que había dejado preparado para aquella ocasión.

Se sentó en la cama mientras sentía el líquido caliente descender por su garganta. El calor devolvió algo de color a sus mejillas frías, y unas ganas de acostarse y envolverse en las mantas se apoderaron de él.

Sacudió vigorosamente la cabeza para ahuyentar el sopor.

Aún tenía mucho sobre lo que meditar durante el resto de la madrugada, antes de que sus pupilos despertaran y se adueñaran de su día.

Recordó la última frase pronunciada por Hodon antes de que regresara, cuando Kantor volvió a insistir en que, ante las posibilidades abiertas por el nuevo camino que se presentaba, se cancelara la desencarnación de la guardiana.

Una vez más, el lemuriano lo envolvió con su aura y le puso una mano en el hombro.

«Nada está definitivamente escrito». Esa fue su respuesta. Una pequeña esperanza a la que Kantor se aferró con avidez.

Ahora, definitivamente de regreso en la carne, meditaba sobre los próximos pasos.

Tendría que manipular sentimientos, quizá incluso mentir, pero se decía a sí mismo que sería por una buena causa.

Estaba decidido: había llegado la hora de que Mirna regresara a casa.

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