CAPÍTULO 36 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 37 de 44
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CAPÍTULO 36

Ana entró tarareando en la cocina, donde Cris le daba una papilla a Darian.

—¡Buenos días! —saludó alegremente—. ¡Hola, bebé lindo de la tía!

Al verla, el bebé se balanceó feliz en su silla. Cris abrió mucho los ojos y extendió los brazos.

—¡Aleluya! ¡Parece que el SPM ya pasó!

Ana sonrió.

—Sí, regresé de las tinieblas.

—Ya era hora —dijo Cris, sonriendo también.

—Y regresé con unas ganas tremendas de comer algo dulce. ¿Si voy a buscar moras, haces ese pastel maravilloso?

—Claro que sí —confirmó Cris—. ¡Lo que sea con tal de verte así, feliz como un pajarito!

Ana tomó una cesta de mimbre que estaba en uno de los rincones.

—Regreso pronto —dijo, dirigiéndose a la salida.

—No irás sola, ¿verdad? —preguntó Cris distraídamente, mientras volvía a alimentar a Darian.

—No. Iré con Daniel.

Cris detuvo la cuchara en el aire, a medio camino de la boca del bebé, y se volvió.

—¿Con Daniel? —preguntó extrañada.

—Sí, ¿por qué? ¿Hay algún problema? —replicó Ana con inocencia.

Cris titubeó, como si escogiera las palabras.

—No, es que... bueno, es extraño. Tú y Daniel nunca fueron los mejores amigos.

Ana la miró con expresión dolida. Dejó caer los hombros y arrojó la cesta sobre la mesa.

—¡Ya ves! —dijo de mal humor—. Estoy intentando animar al tipo, que está superdeprimido, intentando mejorar nuestra relación por el bien de todo el grupo, ¡y entonces vienes y me juzgas!

Cris la miró sorprendida.

—¡Oye, tranquila! ¡No te estoy juzgando! Solo dije que me parece...

—¿Extraño? —dijo Ana con voz herida—. ¿Qué tiene de extraño? ¿Que yo quiera ser amable? ¿Es eso? ¿Crees que no puedo ser amable?

Cris levantó las manos en actitud defensiva.

—¡Tranquila, Ana! ¡No quise decir eso! Sí, es muy amable de tu parte querer ayudarlo. Es solo que... ¡Ah, déjalo! ¡Ve a buscar las moras y prepararé tu pastel!

Ana sonrió, tomó la cesta y salió dando saltitos.

—¡Genial! ¡Hasta luego!

Cris permaneció unos segundos mirando la puerta, intentando comprender qué había ocurrido. Se volvió hacia Darian y le preguntó como si él pudiera responder:

—¿Qué locura fue esa?

El bebé sonrió, como si supiera cosas que ella ignoraba.

Por la parte visible del rostro del soldado Zanders, la que aparecía bajo la visera oscura de su casco, era posible advertir que estaba furioso. La boca y la mandíbula contraídas lo delataban.

Montado en su aeroliner, recorría lentamente el sendero de la selva, rumiando sus pensamientos.

¡Qué mala suerte había tenido aquella vez con esa maldita terráquea!

La había visto días antes en la aldea y, aunque no era la mujer más hermosa sobre la que había posado los ojos, tenía un cuerpo bastante atractivo para ser una terráquea. Además, parecía suficientemente limpia, lo cual era otro punto a su favor en aquel rincón olvidado del mundo.

Decidido a poseerla, la había acorralado en un callejón y abusado de ella.

Zanders era un hombre de gustos y temperamento violentos, y la había lastimado mucho. Había sido así desde joven, pero tuvo problemas por ese motivo con una muchacha atlante. Desde que ingresó al ejército, lo que le permitía desplazarse por los lugares más diversos, había optado por abusar de mujeres terráqueas o alienígenas.

Siempre se había cuidado de que sus parientes, amigos y compañeros militares jamás lo supieran, pues, además de que la cohabitación con no atlantes, principalmente con terráqueos, era moralmente condenable, en su caso, por ser soldado, constituía un delito militar.

Un delito que podía manchar su historial de servicio.

Nunca había tenido problemas, pues amenazaba a sus víctimas diciéndoles que, si lo denunciaban, él las acusaría de prostitución, algo que, en el caso de los terráqueos, supuestamente era considerado grave por las leyes atlantes y provocaría su ejecución.

Aquello era mentira. No existía nada en la ley atlante que estableciera semejante cosa, pero las estúpidas criaturas no lo sabían, y así Zanders podía continuar tranquilamente con su carrera de abusador.

Pero aquella vez había tenido mala suerte.

La mujer era sirvienta de la esposa de un gran hacendado de la región y cuidaba de sus hijos. La joven había quedado incapacitada para trabajar, y el hacendado fue a quejarse ante el comandante del campamento.

Zanders fue colocado frente a toda la guarnición y humillado por el comandante. La expresión más suave que el oficial había utilizado para referirse a él fue «Sietlor», amante de terráqueos, una infamia indescriptiblemente humillante para un atlante.

Además, tendría que enfrentar un proceso militar en la capital, hacia donde partiría ese mismo día.

Pero todavía debía cumplir sus obligaciones. La guarnición era pequeña y el comandante no podía prescindir de ningún soldado manteniéndolo bajo arresto.

Por eso, Zanders salió a realizar la patrulla para la cual había sido designado aquel día.

El otro soldado se negó a acompañarlo, diciendo que, si caminaba junto a un Sietlor, después tendría que hacer penitencia. Ningún otro quiso participar en la patrulla, y el comandante consideró que hacerlo ir solo reforzaría el castigo.

Tal vez esperara que Zanders muriera de alguna forma en la selva, lo que le ahorraría trabajo.

En eso pensaba el soldado cuando la vio.

Ella apareció de repente, saliendo de la selva junto al sendero, montada en un caballo blanco.

Zanders detuvo bruscamente el vehículo e incluso llevó la mano hacia la pistola, pero se detuvo al ver que se trataba de una muchacha.

¡Y de una muchacha bonita!

Ella se quedó inmóvil, aparentemente sorprendida al verlo, pero después sonrió, espoleó al caballo y desapareció al otro lado del sendero.

El atlante permaneció quieto un momento, intentando asimilar lo ocurrido.

¿Quién sería ella? No parecía terráquea. Tal vez fuera hija de algún hacendado de la región. Eso explicaría el caballo.

La imagen de sus hermosas piernas permanecía en su mente y, movido por la curiosidad, decidió seguirla.

Condujo su aeroliner por el tramo de selva por el que ella había entrado. La vegetación no era tan densa allí y pronto salió a un claro soleado.

Ella estaba allí.

Había desmontado y examinaba una pata del caballo.

Zanders se detuvo a poca distancia. Ella parecía no haberlo notado, por lo que le preguntó en voz alta:

—¡Hola! ¿Tienes algún problema?

Ella enderezó el cuerpo y el sol se reflejó en sus cabellos rubios. Zanders contuvo la respiración cuando pudo apreciar mejor sus rasgos.

¡Era hermosa, con unos bellos ojos azules!

—Creo que mi caballo se lastimó una pata —dijo ella.

Por su acento, comprendió que era terráquea.

Aquello mejoraba a cada instante, pensó el soldado.

Volvió a mirar sus hermosas piernas y los senos pequeños y firmes bajo la camisa ligera, y decidió que la poseería allí mismo, en aquel claro.

Y, para no volver a tener problemas, después la mataría y dejaría su cuerpo en la selva para que los animales se encargaran de él.

Bajó del vehículo, se quitó el casco, dejándolo sobre el asiento, y caminó resueltamente hacia ella.

Ella volvió a sonreírle y eso hizo que redujera el paso.

Había algo fuerte y decidido en su postura, algo salvaje en su sonrisa.

«¡Tonterías!», pensó.

No pasaba de ser una niña, no debía tener más de dieciséis años y era de baja estatura. No tendría ningún problema para dominarla.

Se acercó mucho a ella, sintiendo un estremecimiento de satisfacción por lo que estaba a punto de ocurrir.

—Creo que puedo ayudarte —dijo con voz ronca.

—Tal vez —respondió ella con una sonrisa de dientes blancos y perfectos.

Quizá fue la forma en que habló.

Quizá su mirada se desvió unos milímetros hacia la izquierda.

O quizá fue únicamente su instinto de soldado lo que lo hizo volverse un poco.

Gracias a eso, la rama apenas le rozó el cráneo.

Giró mientras desenfundaba la pistola, pero una patada la hizo volar en cuanto salió de la funda. Un puñetazo en la barbilla lo obligó a retroceder varios pasos.

Entonces pudo ver a su atacante.

Era un joven grande y fuerte.

Aunque no tanto como él, que ya era un hombre adulto y un soldado entrenado.

El muchacho atacó.

Zanders quedó impresionado por su rapidez y apenas tuvo tiempo de bloquear con el antebrazo otro puñetazo. El joven hizo un movimiento para darle un gancho en el estómago.

Zanders ni siquiera intentó defenderse, pues sabía que la armadura soportaría el impacto. Solo lamentaba haberse quitado el casco, dejando su rostro vulnerable, por lo que se concentraba en protegerlo.

El atacante parecía conocer la armadura, pues no golpeó con fuerza, algo que podría lastimarle la mano. Más bien empujó al soldado en lugar de golpearlo.

Era una estrategia para ganar espacio y darle otro puñetazo en la barbilla al atlante.

Zanders se anticipó y retrocedió un paso adicional.

Entonces oyó un ruido detrás de él y recordó: «¡La muchacha!», pero ya era demasiado tarde.

Un impacto en la parte posterior de la cabeza lo hizo desplomarse de rodillas.

Lo último que vio fue un puño cerrado que se acercaba a su rostro y, después, la oscuridad.

Daniel continuó golpeando el rostro del atlante hasta que Ana gritó:

—¡Detente, Daniel! ¡Vas a matarlo!

—Este no despertará pronto —dijo Daniel, levantándose de encima del soldado—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió Ana, arrojando la rama con la que había golpeado al atlante—. ¡Vaya, nunca pensé que un soldado imperial fuera tan estúpido como para caer en una trampa tan burda!

—Confieso que yo también tenía mis dudas —dijo Daniel—. Y lo más extraño es que patrullara solo. Pero nos vino muy bien.

Daniel le quitó al soldado las botas y el uniforme, dejándolo únicamente con una malla negra que le cubría desde el cuello hasta los tobillos.

—Átalo mientras me cambio —dijo, arrojándole una cuerda.

En cuanto se vistió, revisó los nudos que Ana había hecho para sujetarle las muñecas y los tobillos.

—Dejaste los nudos demasiado flojos —observó Daniel.

Ella respondió:

—Claro. Tiene que contar con una posibilidad de escapar.

—¿Por qué?

—No querrás dejarlo aquí para que muera de hambre y de sed, ¿verdad? ¿Y si aparece algún animal salvaje? ¿O un mutante?

Daniel se encogió de hombros.

—Por mí, no importa.

—¡Pero a mí sí me importa! ¡No quiero cargar con su muerte en la conciencia! —replicó ella con vehemencia y después, en voz más baja, añadió—: Dios sabe si no terminaré cargando también con la tuya.

—Solo necesito tiempo suficiente para encontrar la forma de ir a Poseidia.

—Lo tendrás. Tardará una hora en despertar, otra en soltarse y unas cinco en llegar caminando al campamento. ¡Siete horas! Pero, si en ese tiempo no consigues nada, sal de allí.

Daniel ya estaba montando en la aeroliner.

—¿Sabes pilotar esta cosa? —preguntó Ana.

Como respuesta, él presionó un botón y el vehículo comenzó a flotar con un leve silbido. Daniel le sonrió.

—Despertar de memorias, algo que debo agradecerle a Kantor. ¿Podrás regresar al templo sin problemas?

—No te preocupes —respondió ella—. Solo permaneceré un rato escondida aquí, vigilándolo hasta que despierte. Para que ningún animal lo ataque.

Daniel se puso el casco, convirtiéndose en un auténtico soldado imperial.

—Como quieras —dijo—. Solo procura que no te vea. Y, Ana, gracias.

—No tienes que agradecerme. Ya te dije que no estoy haciendo esto por ti.

Esperaba no haber sonado demasiado mentirosa.

Sin más demoras, él aceleró el equipo y desapareció entre las hojas.

Ella miró al hombre tendido en el suelo y suspiró.

No le tenía miedo.

Tenía miedo de lo que le harían en el templo cuando regresara.

Ana entró en la cocina.

Cris estaba sentada a la mesa leyendo un cristal archivo. Darian jugaba en el suelo con unos juguetes de madera que Daniel había fabricado.

Cris levantó los ojos de la lectura para mirarla.

—Tardaste mucho —dijo.

Ana no respondió. Se limitó a colocar la cesta sobre la encimera, tomó una taza y se acercó a la gran jarra de agua para servirse.

Cris se levantó y fue hasta la cesta.

—¿Y las moras?

Ana la miró. Tenía las mejillas enrojecidas. Cris supuso que se debía al calor y a la caminata.

—No había ninguna —respondió—. Creo que la lluvia las derribó todas o algún animal se las comió, qué sé yo.

—Qué lástima, entonces no tendremos pastel —dijo Cris—. ¿Dónde está Daniel?

Su amiga se encogió de hombros.

—No sé. Por ahí.

—Necesito que bañe a Darian.

Ana dejó la taza sobre la mesa y se volvió hacia el bebé.

—¡Yo puedo hacerlo! ¿Quieres que la tía te bañe? ¿Quieres?

El bebé sonrió y extendió sus bracitos hacia ella. Ana lo tomó en brazos, le dio un beso y salió en dirección a los dormitorios.

Cris sonrió para sí.

Era bueno ver que Ana volvía a la normalidad. Darian la quería mucho y había percibido su mal humor durante aquel período.

En realidad, era bueno ver que todo regresaba a la normalidad.

Únicamente la ausencia de Mirna desentonaba en aquel cuadro.

Cris la extrañaba, extrañaba su forma de tararear, la inocencia de sus preguntas y de sus opiniones sobre los asuntos cotidianos. Pero estaba bien, se decía para consolarse. Había regresado a su hogar, junto a su princesa.

Manipuló el cristal archivo que sostenía entre las manos para hacer aparecer una nueva página holográfica.

Pedro le había recomendado aquel texto.

Era la historia de Darian Agar, el fundador de la dinastía, más de doscientos mil años atrás.

Ahora leía lo sucedido después del hundimiento de Lemuria, que había creado un tsunami gigantesco que destruyó Gotorlek, la primera capital atlante, y provocó la caída de la dinastía anterior.

Darian Agar, el noble más prominente de la época, había sido escogido por las Casas Reales para asumir el trono y, durante su primer sobrevuelo del planeta como emperador, descubrió la masa terrestre que, debido al cataclismo del hundimiento de Lemuria, se había elevado en medio del océano Atlántico.

Allí fundó Poseidia, La Nacida del Mar, para que fuera la nueva capital del imperio.

Pedro le había dado aquel texto porque creía que le gustaría conocer el origen del nombre de su hijo, y en verdad le había gustado mucho.

Se detuvo a pensar en Pedro.

Él se había retraído en su trato con ella, pero Cris sabía que no se debía al resentimiento, aunque tal vez hubiera un poco de desilusión. Su embarazo y el nacimiento de Darian habían destruido la esperanza de que tuvieran una relación.

Si antes ya habría sido difícil, ahora parecía imposible.

Y Cris, que antes realmente comenzaba a mostrarse interesada en él, también se había retraído.

La llegada de Darian llenó su vida por completo y no dejó espacio para ninguna idea romántica. Además, había vuelto a considerar seriamente la posibilidad de reanudar su relación con Daniel.

Recordaba lo que Mirna le había dicho una vez: que ella no quería un compañero, sino un padre para su hijo. Había pensado mucho en aquello y concluyó que podía tener lo mejor de ambos mundos.

Pensó en la princesa que, según las profecías, estaba destinada a Daniel. Pensó también en aquella con quien él se había acostado y que casi lo había matado, Nahara.

Eso la había llevado a comprender que no estaban completamente aislados allí, como creyera hasta entonces.

Había otras mujeres en el mundo por las que Daniel podía interesarse.

Mujeres por las que, de repente, podía marcharse.

Y eso no sería bueno para Darian ni para ella.

Se sobresaltó al darse cuenta de la frialdad con la que estaba analizando la situación. Sin embargo, después aquello la dejó satisfecha.

Demostraba cuánto había madurado, que ya no era una muchacha insegura. Ahora era una mujer y era madre, y debía orientar sus acciones pensando en ello.

Eso no significaba que careciera de emociones. Todo lo contrario.

Había descubierto que todavía amaba a Daniel y que lo deseaba.

¡Mucho!

Lo ocurrido con Nahara no la había perturbado. Al menos, no el acto en sí.

Sí se había preocupado por las consecuencias, por la forma en que Daniel casi perdió la vida. No habían hablado de aquello, pero, por lo que entendió en sus conversaciones con Pedro, Carlos y Kantor, Daniel había sido inducido, manipulado.

Ella podía vivir con eso.

Sonrió al imaginar qué diría Ana sobre sus divagaciones.

Entonces decidió ir a buscarla, para ver cómo se las arreglaba con Darian y llamar a todos para el almuerzo.

Salió al patio y se cruzó con Pedro.

—El almuerzo está listo, ¿vamos a comer? —lo invitó.

—Sí, vamos —respondió él—. Y después yo me encargaré de lavar los platos.

—Gracias. ¿Viste a Daniel por ahí?

—No, todavía no lo vi hoy.

Entonces se dirigió a los dormitorios.

Durante el camino vio a Carlos a lo lejos, regresando de los establos de los caballos. Hizo un gesto característico con las manos para indicarle que el almuerzo estaba servido.

Él respondió con una señal afirmativa.

Al llegar a la habitación, vio que Darian dormía en su cuna. Ya había comido y siempre, después del almuerzo y de un baño, tomaba una siesta.

Ana había hecho un buen trabajo. Estaba perfumado y cómodamente vestido.

Cris se inclinó sobre la baranda lateral y le lanzó un beso.

«Mi pequeño emperador», pensó con cariño, recordando la historia que había leído.

Como Ana no estaba allí, se dirigió al dormitorio de los muchachos para comprobar si Daniel se encontraba dentro.

La habitación estaba vacía, por lo que salió por el otro extremo del pasillo y rodeó los jardines exteriores.

Desde lejos miró hacia la zona de entrenamiento, pero tampoco vio a Daniel allí.

Regresó al comedor.

Allí encontró a Pedro y a Carlos comiendo.

—¿Vieron a Daniel? —preguntó.

—No —respondieron casi al mismo tiempo.

—¿Y a Ana?

—Acaba de salir de aquí —respondió Carlos—. Olió la comida, tomó una fruta y dijo que no tenía hambre.

Cris se encogió de hombros. Ana y Daniel comerían después.

Se sirvió y se sentó a comer con los muchachos.

Conversaron animadamente sobre varios asuntos. Después, ellos la ayudaron a limpiar la cocina.

Fue entonces a su habitación para terminar de leer el cristal archivo.

Al recostarse en la cama, la invadió la somnolencia y se quedó dormida.

Despertó sobresaltada por los balbuceos de Darian, quien había despertado y jugaba en su cuna.

Según sus cálculos, había dormido más de una hora.

Le pareció extraño que Daniel no hubiera aparecido para buscar a su hijo, algo que siempre hacía después del almuerzo.

Cambió al bebé y salió con él a buscar a Daniel por el templo.

Revisó todos los lugares sin encontrarlo.

Finalmente, se dirigió a la zona de entrenamiento.

Intentó mantenerse tan lejos de la selva como fuera posible. Desde el episodio con los mutantes, había desarrollado un miedo instintivo hacia la vegetación, a pesar de que Kantor garantizaba que estaban seguros allí.

Encontró a Carlos practicando con el arco y las flechas.

—Cacá —lo llamó—. ¿Viste a Daniel por ahí?

—Solo lo vi esta mañana. Dijo que iría al retiro. ¿Por qué? ¿No lo viste después?

—No —respondió—. Él y Ana fueron a buscar moras. Ella estuvo en la cocina cuando regresó, pero no vi a Dan.

Carlos bajó el arco y la miró con la preocupación estampada en el rostro.

—¿Fue con Ana?

—Sí. Ahora recuerdo que esta mañana ella dijo que iría al retiro. Debió encontrarlo allí y acordaron ir a buscar las moras, pero no hallaron ninguna. Al menos eso fue lo que Ana me dijo.

Carlos bajó la mirada hacia el suelo con el ceño fruncido.

—¿Qué sucede, Carlos? —preguntó Cris al ver su expresión.

—Estuve vigilándola todo este tiempo. Me relajé porque creí que todo estaba bien, y ahora...

Calló.

Cris se asustó.

—¿Ahora qué? ¿Qué estás intentando decir?

Entonces él le contó sus preocupaciones sobre el estado en el que Ana había permanecido últimamente.

Cris palideció.

—¿Crees que Ana podría...?

Incluso tenía miedo de completar la frase.

—¡Vamos a buscarla! —dijo Carlos—. ¡Es la única forma de saber qué ocurrió!

Regresaron al templo.

Fueron hasta la sala que Pedro utilizaba para sus estudios, contigua a los aposentos de Kantor. Consideraron que era mejor no involucrar al sacerdote en aquello, al menos por el momento.

Pedro se sobresaltó cuando Carlos y Cris, con Darian en brazos, entraron intempestivamente en la sala.

—¿Qué ocurrió? —preguntó preocupado.

—¡Creo que lo peor! —respondió Carlos.

Y le contó a Pedro sus sospechas.

Pedro palideció.

—Me lo mencionaste, Carlos, ¡pero no puedo creer que Ana haya hecho algo así!

—Yo tampoco quiero creerlo, pero, por la forma en que estaba, el Despertar... ¿Quién sabe qué hizo en su cabeza?

—¡Tenemos que buscar mejor! —intervino Cris—. ¡Tal vez Daniel esté en el templo y simplemente no nos encontramos!

Pedro meditó un poco. Entonces se levantó, fue hasta una encimera y trajo una placa que tenía un cristal incrustado en el centro.

—Estuve trabajando en esto —dijo, colocando la placa sobre la mesa alrededor de la cual se encontraban—. Estoy practicando la reconfiguración de cristales ya procesados.

Se concentró y pasó la mano sobre el cristal.

Este brilló y proyectó una imagen bidimensional.

—Este es un plano del templo —explicó—. Sintonicé las vibraciones de nuestros cristales de protección para que nuestras firmas aparezcan en el mapa, sin importar dónde estemos dentro del área del templo.

—¿Tú hiciste esto? —preguntó Carlos, admirado—. ¡Qué genial!

Después reflexionó un poco.

—Pero eso significa que conoces todos nuestros movimientos, incluso cuando vamos al baño y esas cosas, ¿no?

Pedro se ruborizó.

—¡No lo hice con esa intención! —se defendió—. Necesitaba practicar con algo y pensé que crear un dispositivo así podría resultar útil, ¡como creo que lo será ahora!

—Lo sabemos, Pedro —dijo Cris, tranquilizándolo—. Pero ¿dónde señala nuestra posición en este momento?

Pedro volvió a pasar la mano sobre el cristal y cuatro luces brillaron en la proyección.

—Miren —dijo, señalando un punto—, estas tres luces juntas somos nosotros. Esta es Kantor, que se encuentra en los aposentos de al lado. Y tenemos esta otra luz aislada, en el extremo derecho.

—¿Podría ser Daniel? —preguntó Cris.

—No, es Ana. Mira cómo parpadea en rosa claro. Definí un color para cada uno. El tuyo, Cris, es rosa oscuro; Carlos es verde; yo, amarillo; Kantor, azul; y Daniel, rojo.

—No veo a Daniel —dijo ella angustiada.

—Eso significa que no está dentro del área del templo.

—¿No puedes ampliar el radio de acción? —preguntó Carlos.

—Tal vez pueda, pero todavía no sé cómo hacerlo.

—Vamos con Ana —dijo Cris.

—¿Y dónde está? —preguntó Carlos.

Pedro respondió:

—Está en las ruinas.

Las ruinas eran una zona más aislada del templo, cerca del lugar donde habían sufrido el ataque de los mutantes.

Estaba demasiado destruida, más allá de cualquier posibilidad de restauración, y por eso Kantor la había dejado de lado.

Consistía en varias habitaciones y corredores sombríos habitados únicamente por murciélagos.

—¿Y qué está haciendo allí? —preguntó Carlos, sorprendido.

—¡Escondiéndose! —exclamó Cris—. ¡Vamos!

Estaban a punto de salir cuando Pedro se detuvo.

—Eh... ¿no sería mejor dejar aquí a Darian?

Cris se quedó inmóvil, indecisa.

—Además de que no es un lugar apropiado para él, podría ser que... bueno, ¿y si Ana está armada?

Una sombra descendió sobre los rostros de los otros dos.

—No creo que Ana nos hiciera daño —la defendió Carlos.

Pedro lo miró.

—¿Crees que pudo hacerle algo malo a Daniel, pero no crees que pueda hacérnoslo a nosotros? Eso es contradictorio. Y peligroso.

Cris pensó un poco.

—Yo tampoco creo que nos haga daño, pero no puedo arriesgar a Darian.

—¿Y si avisamos a Kantor? —preguntó Carlos.

—Será mejor que no —dijo Cris—. Primero averigüemos qué ocurre. Dejaremos a Darian en la sala de recreación. Estará bien allí y estará seguro.

La sala de recreación era un aposento que había sido transformado básicamente en un lugar para que Darian jugara.

Había juguetes, y un cristal proyectaba imágenes holográficas de Daniel contando historias. Al bebé le encantaba permanecer allí, por lo que Cris lo dejó sobre las alfombras que cubrían el lugar y activó el holograma.

Una imagen tridimensional de Daniel se formó, sentado con las piernas cruzadas y con un cristal archivo en la mano. Su voz grave llenó el ambiente contando una historia infantil.

Darian, al reconocer la imagen de su padre, soltó grititos de alegría y la contempló fascinado.

Cris sintió un nudo en la garganta al mirar la imagen.

«¡Espero que estés bien!», se dijo.

Salió silenciosamente y selló la puerta.

—¡Listo! ¡Vamos! —dijo a los demás.

—Saldremos por el frente para llegar más rápido —dijo Pedro.

—¿Por el frente? —preguntó Carlos, extrañado—. ¿Y cómo abriremos la puerta?

Carlos se refería a la gran puerta delantera, construida enteramente de piedra y con más de cuatro metros de altura.

Era imposible abrirla manualmente.

Solo Kantor podía hacerlo utilizando primanergía dirigida mediante órdenes verbales y mentales.

Pedro rio con aire misterioso.

—Déjenmelo a mí.

Cuando llegaron frente al coloso, Pedro cerró los ojos y emitió un sonido.

Las dos hojas de la puerta se movieron y se abrieron.

Cris y Carlos quedaron boquiabiertos, olvidando momentáneamente su misión.

—¡Pedro! —exclamó Cris, impresionada.

—¡Amigo, eso fue increíble! —dijo Carlos—. ¿Pero no se suponía que los terráqueos no podían dirigir mentalmente la primanergía?

—Ese es otro mito que Kantor está intentando derribar —respondió Pedro, orgulloso y satisfecho con la admiración de sus amigos, principalmente la de Cris—. Dice que los terráqueos, por poseer algunos genes atlantes, pueden manipular la primanergía con el desarrollo adecuado. Soy su conejillo de Indias y su caso de éxito para demostrar la teoría. Pero hablaremos de esto después. Vayamos a las ruinas antes de que Ana salga de allí y se dirija a otro lugar.

—Deberíamos haber traído ese localizador tuyo —observó Carlos.

—No serviría, porque desgraciadamente no funciona bien en movimiento —lamentó Pedro.

—¡Entonces démonos prisa, antes de que decida cambiar de lugar! —completó Cris.

Salieron a la alameda rodeada de altos árboles que se extendía frente al templo y terminaba en el portal coronado por la arpía de piedra.

Giraron a la izquierda y poco después encontraron las ruinas.

Se detuvieron frente a una de las entradas y contemplaron la húmeda penumbra que se extendía ante ellos.

—¿Habrá serpientes? —preguntó Cris con un estremecimiento.

—No —respondió Pedro con seguridad—. El campo de fuerza que rodea el templo impide la entrada de animales venenosos. Pero hay murciélagos. Y babosas y otros insectos, seguramente. Incluso arañas, aunque no venenosas.

—Creo que puedo soportar eso —dijo Cris.

Avanzaron hasta un vestíbulo en el que las raíces surgían entre las piedras del piso. Frente a ellos había tres corredores.

—Será mejor que nos separemos —dijo Cris.

Pedro replicó:

—No creo que sea seguro que vayas sola.

—Yo tampoco —coincidió Carlos.

—Si nos separamos podremos encontrarla más rápido. Al fin y al cabo, este lugar no es tan grande —replicó ella.

Los muchachos permanecieron indecisos, pero ella tomó la iniciativa y se dirigió a uno de los corredores sin más demora.

Un olor a moho y putrefacción infestaba el aire mientras avanzaba, esquivando raíces y telarañas que colgaban del techo.

El techo se había derrumbado en varios puntos, por lo que la luz del sol entraba y formaba un mosaico de claridad y oscuridad a lo largo del camino.

Pensó que, si Ana, siendo tan escrupulosa como era, se ocultaba en un lugar como aquel, no debía haber hecho nada bueno.

—¡Ana! ¡Detente!

El grito llegó desde algún lugar a la izquierda, a través de las habitaciones vacías que se sucedían unas tras otras.

El eco reverberó en las paredes y espantó a una bandada de murciélagos, que revoloteó sobre la cabeza de Cris.

Ella gritó y salió corriendo sin ver bien hacia dónde se dirigía.

Se detuvo al llegar a otro corredor.

Oyó pasos y volvió la cabeza de un lado a otro, buscando su origen.

De repente, una figura salió corriendo por una puerta lateral y se lanzó por el corredor en dirección contraria a Cris.

—¡Detente ahí mismo, muchacha! ¡Ni un paso más! —gritó Cris con tal firmeza y autoridad que Ana se quedó inmóvil.

La muchacha giró parcialmente el cuerpo hacia Cris y mantuvo la cabeza inclinada, mirando el suelo.

Cris caminó hasta ella.

Sintió alivio al comprobar que no sostenía nada entre las manos.

Eso no significaba demasiado, pues había visto luchar a Ana y sabía lo letal que podía ser.

Pero Carlos apareció en el otro extremo del corredor, lo que le dio mayor seguridad.

Pedro también surgió de una puerta lateral.

Los tres rodearon a la muchacha.

Cris, manteniendo el tono firme, fue directa:

—Ana, ¿dónde está Daniel?

La muchacha levantó la cabeza y la miró.

Cris sintió unos dedos helados aferrándose a su alma al ver los ojos de Ana.

Porque en ellos estaba impresa toda la culpa del mundo.

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