CAPÍTULO 7 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 8 de 44
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CAPÍTULO 7

Al amanecer, el Sol intentaba atravesar la cortina de humo expulsada por el volcán. Sus tenues rayos bañaban la meseta salpicada de rocas todavía incandescentes.

Carlos se asomó por la entrada del refugio de piedra y examinó la región, que parecía haber sido escenario de una guerra.

—Qué noche —suspiró.

Regresó a cuatro patas al interior, donde se encontraban los demás, y vio a Cris acariciando el cabello de Daniel, que yacía inconsciente sobre su regazo.

Contempló con pena el rostro de su amigo. Estaba demacrado y tenía una gran marca roja en la frente.

Cris le había aplicado una pomada para quemaduras, pero no parecía haber ayudado demasiado.

Daniel había tenido una fiebre altísima durante la noche, que le provocó delirios y convulsiones. Por la mañana la fiebre había cedido, pero continuaba inconsciente.

—¿Cómo está el exterior? —preguntó Pedro.

—Todo está tranquilo ahora. Incluso está apareciendo el Sol.

—Entonces, si Daniel despierta en buenas condiciones, podremos continuar caminando.

—No sé si estará en condiciones de hacerlo —dijo Cris, mirando preocupada al joven que descansaba sobre su regazo—. Tendremos que esperar a que se recupere.

—Lo sé —continuó Pedro—, pero precisamente por su estado tenemos que salir de aquí y encontrar ayuda.

En ese momento Daniel gimió y comenzó a moverse. Abrió los ojos y volvió lentamente la cabeza.

—¿Cris? —la llamó.

—Estoy aquí, Dan —respondió ella, acariciándole el cabello.

Él levantó una mano y le tocó el rostro:

—No puedo verte. Todo está muy oscuro.

—Es porque estamos dentro del refugio, ¿recuerdas?

Él asintió, pero entrecerraba los ojos, intentando ver a su alrededor.

Pedro le tocó el brazo.

—¿Estás bien, Daniel? Estábamos preocupados por tu herida.

Daniel llevó una mano al lugar golpeado. La retiró rápidamente con un gemido. Todavía le dolía mucho.

—¿Fue una de aquellas piedras de fuego? —preguntó Ana.

—Creo que sí. No lo recuerdo bien.

Intentó levantarse, pero Cris lo sujetó:

—No, Dan. Necesitas descansar. Tuviste mucha fiebre.

—Estoy bien —replicó—. Solo quiero salir de aquí.

Carlos les informó que el camino estaba despejado, pero les advirtió que tuvieran cuidado con las piedras todavía incandescentes esparcidas por el suelo.

Ana salió, seguida por Pedro y Cris, quien guiaba a Daniel.

Todos estiraron la espalda y las extremidades, porque el refugio era muy bajo y estrecho.

Cris se volvió y quedó sorprendida al ver que Daniel continuaba arrodillado junto a la entrada.

Miraba fijamente su mano derecha, moviéndola de un lado a otro delante de los ojos. De pronto gritó, horrorizado:

—¡Cris! ¡Cris! ¡Estoy ciego!

Ella se arrodilló y sostuvo su rostro entre las manos. Recibió un golpe emocional. Los ojos de Daniel estaban completamente blancos.

—¡Cris, no puedo ver tu rostro! —exclamó él entre sollozos.

Ella lo abrazó y estalló en un llanto convulsivo.

—Seguro que fue el golpe en la frente —opinó Carlos, quien, recuperado de la impresión, intentaba encontrar junto con los demás una explicación para la ceguera de Daniel.

—Yo también lo creo —coincidió Pedro.

—¿Será permanente? —preguntó Ana.

Pedro hizo un gesto de impotencia.

Cris no dijo nada. Ató una venda sobre los ojos de Daniel para impedir que el Sol, que ahora brillaba con fuerza, los afectara todavía más.

—Déjame ver cómo está la herida, Dan —pidió con voz embargada.

Apartó su cabello y comprobó que la herida ya no estaba inflamada, pero había dejado una marca profunda entre los ojos.

Carlos se acercó para observarla y exclamó con tono burlón:

—¡Atrás, Satanás! ¡Miren eso! ¡La pedrada dejó la marca de una cruz invertida!

Los demás también se acercaron para verla.

—No es una cruz —replicó Ana—. Parece un cuchillo.

—No es un cuchillo —intervino Pedro—, sino una espada. Miren, aquí está la empuñadura y el resto es la hoja, que se vuelve gradualmente más estrecha.

Incómodo por la curiosidad de los demás, Daniel se dejó caer el cabello sobre la marca y volvió el rostro hacia el otro lado, malhumorado y silencioso.

Comprendiendo su estado de ánimo, los demás se alejaron.

Pedro miró hacia el cielo:

—Será mejor que caminemos antes de que haga demasiado calor.

—¿Y en qué dirección iremos? —preguntó Carlos.

—Con seguridad la aldea fue destruida. Será mejor avanzar hacia el este, en dirección a la frontera. Allí hay carreteras y ciudades donde podremos encontrar ayuda.

Todos estuvieron de acuerdo, excepto Daniel, que permanecía sumido en un silencio opresivo.

Carlos se agachó para ayudarlo a levantarse, pero su amigo apartó bruscamente el brazo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Carlos, perplejo.

—No voy a ir —respondió Daniel lacónicamente.

—¿Cómo que no irás? —preguntó Cris.

—¡No iré! —reafirmó bruscamente—. ¡No quiero estorbarlos! ¡Váyanse y déjenme aquí!

Carlos se agachó junto a él y habló con suavidad:

—Dan, sé que no estás bien, que estás alterado, pero no pienses que eres una carga. Eres nuestro amigo y…

—¡No quiero su compasión! —lo interrumpió Daniel con rudeza—. ¡No quiero que me arrastren como un pedazo inútil e indefenso de carne!

Carlos se pasó una mano por el rostro y respiró profundamente. Deseaba agarrar a su amigo por el cuello y arrastrarlo de allí, pero sabía que eso solo empeoraría la situación.

Decidió adoptar otra estrategia. Se sentó junto a Daniel y dirigió una mirada significativa a los demás:

—Tiene razón. Váyanse ustedes. Yo también me quedaré.

Cris, comprendiendo lo que Carlos pretendía, dijo:

—Yo también me quedaré. —Y miró a Pedro.

Este parecía irritado, pero acabó aceptando:

—Yo también.

Todos miraron a Ana. La joven arqueó las cejas:

—Eh… ¿Yo también voy a quedarme?

Daniel negó con la cabeza, contrariado:

—No pueden quedarse. —Su voz había perdido la rudeza.

—No, no podemos —respondió Carlos—. Pero lo haremos. ¿Sabes por qué? Porque eres nuestro amigo. Para mí, especialmente, eres como un hermano. Jamás te abandonaría. Eres importante para casi todos los que estamos aquí. —Miró rápidamente a Ana. Entonces apeló al orgullo de su amigo—. Además, ciego o no, continúas siendo nuestro líder.

—Es verdad —coincidió Cris, tomando la mano de Daniel.

—Es cierto, primo —dijo Pedro, como si se quitara una espina de la garganta.

Ana hizo el gesto de meterse un dedo en la boca para vomitar.

Daniel respiró profundamente y, aunque no sonrió, su expresión se relajó.

—De acuerdo. Vamos. —Se puso de pie.

Cris y Carlos, felices, lo sujetaron cada uno por un brazo para guiarlo.

Pedro y Ana caminaron delante.

—Qué tipo tan fastidioso —murmuró Ana.

Pedro la miró con severidad:

—Está ciego. Respeta eso.

Ella se encogió de hombros:

—Entonces ahora es un ciego fastidioso o un fastidioso ciego. Da igual.

Caminaron durante días a través de la fría meseta.

No encontraron ninguna ciudad, carretera o construcción, ni personas, vegetación, aves o animales. Solo rocas y un terreno surcado por grietas.

Fueron días extraños.

Cuando la pregunta de por qué no encontraban ningún rastro de actividad humana amenazó con sumirlos en la desesperación, volvió a producirse el mismo distanciamiento que los había afectado durante la primera noche en la ladera del volcán. Pero, a diferencia de aquella ocasión, el sopor comenzó a acompañarlos día y noche.

Caminaban rápidamente durante todo el día sin hablarse. No sentían hambre ni cansancio, únicamente sed, que saciaban en las fuentes que brotaban de las rocas.

Cuando caía la noche se detenían donde estuvieran, se acostaban en el suelo y dormían sin sueños. Aunque permanecían expuestos al viento frío, no se congelaban. Algo los calentaba, algo que procedía de lo más profundo de sus almas.

Era la misma fuerza que los impulsaba hacia delante, que los alimentaba y nublaba sus mentes para impedir que pensaran en el cansancio, el miedo y la desesperación.

Así transcurrieron cuatro semanas, durante las cuales recorrieron cientos de kilómetros. Después no recordarían con claridad aquellos días. Permanecerían como recuerdos difusos y fugaces, y ellos llegarían a comprender la razón.

Poco a poco, el paisaje comenzó a cambiar.

Primero aparecieron algunas hierbas rastreras dispersas y después árboles y arbustos raquíticos.

También cambió la tediosa planicie de la meseta. Aquí y allá surgieron pequeñas elevaciones cubiertas de matas de hierba amarillenta.

El cambio los afectó y se obligaron a salir del sonambulismo que los dominaba.

Cuando cayó la noche, reunieron pequeñas ramas y hierba seca para encender una fogata. Extendieron junto a ella sus sacos de dormir y, aunque todavía no sentían hambre, se obligaron a comer algo.

Tenían fideos instantáneos, salchichas enlatadas y barras de cereal. Prepararon una comida después de la cual se sintieron más dispuestos y alertas.

Daniel, Cris, Carlos y Ana conversaban en grupo. Pedro se encontraba solo a poca distancia, observando el cielo nocturno.

Cris abandonó el grupo, donde parecía que Ana y Carlos habían dejado a un lado sus diferencias y conversaban con Daniel, y se sentó junto a Pedro.

—¿Y entonces? ¿Encontraste alguna respuesta en las estrellas? —preguntó en tono de broma—. ¿Dónde estamos y dónde está el resto del mundo?

Él se rio:

—Lamentablemente, no. Sería bueno que pudieran respondernos, pero hasta ellas están diferentes.

—¿Qué quieres decir?

—No están en las posiciones en las que deberían encontrarse. Se han desplazado. Solo un poco, pero lo han hecho.

Cris miró el firmamento.

Para ella, las estrellas estaban donde siempre habían estado, pero Pedro había formado parte de clubes de astronomía tanto en la escuela como ahora en la universidad. Si él decía que estaban diferentes, le creía.

Aquello le provocó angustia y un nudo en la garganta. Abrazó sus rodillas mientras decía:

—Tengo miedo, Pedro. Creo… Creo que ocurrió algo muy malo.

Sintió que aquel conocido distanciamiento intentaba apoderarse de ella, pero lo rechazó. Necesitaba expresar sus angustias.

El joven la miró y, al ver su desesperación, quiso consolarla. Llegó a levantar un brazo para pasarlo sobre sus hombros, pero retrocedió rápidamente.

—¿Algo malo? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Una hecatombe o algo parecido?

Cris se volvió hacia él. Había lágrimas en sus ojos castaños:

—¿Tú también lo crees?

—Creo que no, porque, si hubiera sucedido algo así, habríamos encontrado ciudades destruidas y personas vagando por todas partes. Pero no encontramos nada.

Ella volvió a mirar hacia delante con un suspiro, apoyó el mentón sobre una rodilla y contempló la oscuridad que los rodeaba, confundida y aparentemente decepcionada.

Pedro se odió por ser tan racional y por escuchar aquella voz interior que le decía que no pensara en ello.

Quería estar de acuerdo con ella, tener algo en común, abrir un camino para que siguieran conversando y hacer que lo viera como alguien dispuesto a ofrecerle apoyo y comprensión.

Iba a hablar, pero Cris se adelantó:

—Estoy preocupada por mi madre, por mi abuela y por Daniel.

Pedro retrocedió y torció la boca con disgusto. Otra vez Daniel se interponía en su camino.

—¿Cómo está? —se obligó a preguntar.

Cris soltó un suspiro triste:

—Físicamente está bien, aparte de la ceguera, pero sé que por dentro está mal. Nunca lo había visto tan amargado.

—Lo amas mucho, ¿verdad?

—Ya no lo sé —respondió ella de forma casi inaudible.

—Después de lo ocurrido en Mar del Plata —continuó Pedro—, pensé que todo había terminado entre ustedes. Pero dentro de la caverna… —Guardó silencio, creyendo que había hablado demasiado.

Ella lo miró:

—Debes de estar pensando cosas horribles sobre mí, ¿verdad?

Él se irguió, avergonzado:

—¡De ninguna manera! Yo solo…

Ella lo interrumpió con un gesto suave:

—No tienes que disculparte. Yo misma no apruebo lo que hice, pero… Ay, Pedro, es complicado. Necesito hablar.

«No tienes que explicarme nada», iba a decir él, pero guardó silencio. Ella quería desahogarse. ¡Y con él! Nunca había ocurrido antes.

La amaba desde hacía mucho tiempo y podía estar equivocado, pero había sentido varias veces que aquel sentimiento podía ser recíproco. Sin embargo, la constante presencia de su primo jamás había permitido que nada se desarrollara.

Deseaba su amor, pero también aceptaría ser el depositario de sus confidencias, aunque aquello lo lastimara.

Cris contempló las estrellas y suspiró profundamente:

—Sabes que Daniel y yo comenzamos a salir muy jóvenes.

—Eran prácticamente dos niños —observó él.

Ella sonrió:

—Todos lo éramos. Tú eras un poco mayor, pero siempre estabas junto a mí, Daniel y Carlos. Ana se unió a nosotros mucho después.

—Sí, siempre estábamos juntos. Al fin y al cabo, nuestras familias eran muy cercanas. —Miró el suelo y movió una piedrita—. Recuerdo cuando mi tía le contó a mi madre, muy feliz, que tú y Daniel estaban saliendo.

—Mi madre también se puso muy feliz. Ella, tu madre y la madre de Daniel habían sido amigas desde la infancia, de modo que esperaban que uniéramos a las familias.

Intercambiaron una mirada. Dentro de ella había una frase no pronunciada: «Pero podríamos haber sido nosotros dos».

Cris desvió los ojos y comenzó a jugar con la arena del suelo.

—Ni siquiera tenían trece años. Ellas deberían haberlo impedido. —Pedro imprimió a la frase más ira de la que habría deseado.

—Sí, tal vez —dijo ella—. Pero no culpo a mi madre ni a la tía Helena. Nadie nos empujó uno hacia el otro. Sencillamente llegó la pubertad y comencé a mirar a Daniel de otra manera, y él a mí. Siempre fui tímida e insegura. Daniel, en cambio, desde pequeño fue fuerte, audaz y activo. Eso me atrajo. Siempre tuvo todo lo necesario para hacerme sentir segura y protegida.

Miró embelesada al joven sentado más adelante.

—Además, es muy inteligente, un líder, cautivador, ingenioso y, demonios, muy atractivo. También tiene virtudes. Odia las injusticias y ver que alguien más fuerte maltrata a los débiles. A pesar de su manera dura y arrogante de comportarse, en la intimidad es cariñoso, protector, amable, comprensivo y… apasionado. —Enrojeció.

Pedro también enrojeció, pero de ira:

—Puede ser todo eso, ¡pero nada importa cuando te traiciona! ¡Y lo hace siempre! ¡Es infiel por naturaleza!

Cris bajó la mirada:

—Quizás la culpa sea mía.

Pedro la miró con extrañeza:

—¿Qué quieres decir?

Ella se encogió de hombros:

—Su forma de ser atrae a chicas mucho más hermosas y atrevidas que yo. Sé que muchas veces provocó peleas para que nos separáramos y poder salir con otras jóvenes, creyendo que de esa manera no me traicionaba. Y, de cierta forma, yo acepté aquello, conformándome con la idea de que podía salir con todas ellas, pero siempre regresaría conmigo, una chica común y aburrida que no disfruta de las fiestas y solo quiere leer.

Pedro se puso todavía más rojo y, controlando el temblor de su voz, siseó:

—¡Nunca vuelvas a decir eso! ¡La culpa no es y nunca fue tuya! ¡Es de él! Y tú no eres una chica aburrida. Eres hermosa, inteligente, dulce. Eres to… todo lo que yo…

Quería decirlo. Dejar todo claro, pero no conseguía hacerlo.

Quizás por lo que veía en los ojos que lo observaban. ¿Era miedo? ¿Una súplica para que no hiciera las cosas más difíciles? ¿Resignación?

Finalmente se tragó las palabras, sintiendo que descendían desgarrándole la garganta y el alma. Dejó caer los hombros y miró el suelo.

—Pero, a pesar de todo, Pedro —dijo ella—, Daniel continúa siendo mi lugar seguro. Por eso lo busqué dentro de la caverna. Estaba asustada, como todavía lo estoy. Y ahora, en este momento, es él quien me necesita.

Pedro la miró con amargura:

—Hace un momento dijiste que no sabías si todavía lo amabas. No estoy de acuerdo. Creo que sí lo amas, y mucho.

Cris contempló durante un largo momento a Daniel y, cuando volvió a mirar a Pedro, este vio la respuesta en sus ojos antes de que la pronunciara:

—¿Y existe alguna manera de no amar a alguien como él?

Pedro bajó la mirada.

—Pero eso no significa que no pueda llegar a amar más a otra persona —dijo Cris con tono significativo.

Él levantó los ojos, esperanzado. Estaba a punto de decir algo cuando fue interrumpido:

—¡Cris! —gritó Ana—. ¡Voy a matar a estos dos!

Cris respiró profundamente:

—No se podía esperar que permanecieran tranquilos durante mucho tiempo.

Se levantó y extendió una mano:

—Vamos antes de que se maten.

Pedro se puso de pie, sujetando su mano. Cris se levantó sobre la punta de los pies y le dio un beso en la mejilla. Él la miró, atónito.

—Gracias por escucharme y por ser un amigo maravilloso. ¿Podemos continuar esta conversación en otro momento?

—Cuando tú quieras —respondió el joven, sonriendo.

Dentro de su pecho, una luz volvió a brillar.

«Pedro se odió por ser tan racional y por escuchar aquella voz interior que le decía que no pensara en ello».

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