CAPÍTULO 8 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 9 de 44
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CAPÍTULO 8

Caminaron durante una semana más, ahora a un ritmo más lento.

Todavía sentían que algo los empujaba hacia adelante, aunque de una manera menos posesiva que en los días anteriores. Interpretaron aquello como las ganas de llegar pronto a algún lugar habitado, de encontrar a otros seres humanos.

El aspecto del camino volvió a cambiar.

Encontraron árboles de mayor tamaño y vieron pequeños animales: lagartos, insectos, roedores y, al final de una tarde, divisaron una bandada de pájaros que cruzó el cielo lanzando chillidos estridentes.

Por la noche, alrededor de la fogata, hablaban de la aparición de las aves:

— Me emocioné tanto al ver aquellos pájaros —confesó Cris—. Es como si fueran un mensaje de esperanza.

— Es verdad —coincidió Carlos—. Fue un regalo para la vista. Después de días viendo solo rocas y cielo, ya me estaba volviendo neurótico.

Ana decidió lanzarle una pulla:

— Más neurótico de lo que ya eres, querrás decir.

El muchacho le sonrió con desdén:

— Hoy estoy tan contento que fingiré no haber oído esa vocecita irritante tuya.

La chica iba a responderle cuando Cris la interrumpió:

— Escuchen —dijo, dirigiéndose a los dos—, ¿por qué no se sientan civilizadamente y resuelven esas asperezas entre ustedes?

Carlos miró a Ana:

— Sí, chica, ¿por qué no admites de una vez que estás superenamorada de mí?

Ella lo miró con la boca abierta y una expresión incrédula. Después, sacudiendo la cabeza, dijo:

— ¡Dios mío! ¡Qué mediocre eres! No se puede creer que Jonas sea tu hermano. ¡Son tan diferentes!

Dicho esto, cruzó los brazos y volvió el rostro. Entonces fue Carlos quien la miró fijamente:

— ¿Y tú, por casualidad, conoces a mi hermano?

Ella volvió lentamente la cabeza y entrecerró los ojos:

— ¿¡Que si conozco a tu hermano!?

— Ana —dijo Cris en tono de reproche.

— ¡No, Cris! ¡Déjame decirle a este tipejo cuánto conozco a su hermano!

Y, volviéndose hacia Carlos:

— Tu hermano y yo estudiamos juntos desde preescolar.

Carlos se encogió de hombros con indiferencia:

— ¿Y qué?

— Y que —continuó Ana en tono condescendiente— desde hace años va a mi casa. Estudiamos juntos, hacemos trabajos escolares, vamos al cine. Es inteligente, agradable, educado y un gran amigo.

Carlos la miró de reojo. Ana continuó:

— ¡Mis padres y mi hermano lo adoran! Mi padre pasa horas conversando con él. Dice que es un joven muy culto, maduro para su edad, un excelente muchacho. ¡Incluso ya le ofreció una pasantía en la empresa cuando cumpla dieciséis años!

Él la miró, incrédulo:

— ¿Tu padre?

— Sí, mi padre. El mismo que, en una reunión de la Asociación de Empresarios, mencionó a tu padre como alguien que, además de ser un abogado excelente y honrado, realiza una labor de apoyo jurídico para personas de bajos recursos, y solicitó donaciones para ese proyecto.

Ante la mirada atónita de Carlos, ella bromeó:

— ¡Oh, miren nada más! ¡El «viejo» no es el capitalista racista que siempre imaginaste! ¡Qué decepción!

Carlos sacudió la cabeza:

— No lo creo. Jonas nunca me dijo nada.

— ¡Claro que no! —disparó Ana, alzando la voz—. ¿Y sabes por qué?

— Ana, basta —intervino Cris.

— ¡Lo siento, Cris! —dijo Ana, exaltada—. ¡Pero este idiota necesita oír unas cuantas verdades!

Y, sin esperar, volvió a cargar contra Carlos:

— ¡No te lo cuenta porque eres un hermano ausente! ¡Solo andas detrás de ese de ahí! —Y señaló a Daniel con la cabeza—. ¡Nunca tienes tiempo para hablar con él, para escucharlo! ¡Solo Daniel, Daniel!

La expresión de Carlos, normalmente sonriente, cambió. Se alteró:

— ¡Eres una víbora! ¡Hablaré con Jonas para que se mantenga lejos de ti! ¡Te quiero lejos de nosotros!

Ana soltó una carcajada:

— La verdad duele, ¿no? Y en cuanto a mantenerme lejos, ¡olvídalo, tonto! ¡Mira esto!

Y agitó la muñeca ante Carlos. Brilló una pulsera de oro con un colgante, una letra J del mismo metal. Él abrió los ojos de par en par:

— ¡Oye! ¡Esta es la pulsera de Jonas! ¿Cómo…?

— ¡Ves cómo no te importa nada tu hermano! —lo interrumpió Ana—. ¡La llevo puesta desde que salimos de São Paulo y ni siquiera lo notaste!

Carlos le sujetó la muñeca:

— ¿Por qué tienes su pulsera?

— ¡Suéltame! —Ella retiró el brazo con violencia. Después, mirándolo con ironía, preguntó—: ¿Sabes por qué llegué tarde al encuentro antes de nuestra partida?

— ¿Estabas reponiendo tus reservas de veneno? —ironizó Carlos, intentando recuperar el autocontrol.

— Estaba con tu hermano. Nos encontramos, me pidió que fuera su novia, acepté y nos besamos. Y, como señal de compromiso, me dio la pulsera y yo le di mi cadena de oro, que tiene un colgante en forma de corazón con mi rostro grabado.

Carlos enmudeció.

— ¡Vas a tener que soportarme, cuñadito! —Ana sonrió, satisfecha con la perplejidad que vio en su rostro.

Un silencio tenso reinó durante varios minutos, hasta que Daniel lo rompió:

— ¿De qué dirección venían las aves?

— Del noreste —respondió Pedro secamente.

— Entonces seguiremos en esa dirección —dijo su primo.

Pedro objetó:

— Pero vamos hacia el este. Será mejor que continuemos en esa dirección.

Daniel volvió el rostro hacia él, con los ojos blancos y fijos, como si pudiera verlo:

— Dije que iremos hacia el noreste. Fin de la discusión.

Pedro resopló:

— Tú mandas. Tú eres el líder.

— Sí, yo soy el líder. Y eso te molesta, ¿verdad?

— ¡Claro que no! ¡Qué tontería! —replicó Pedro.

— ¿Por qué siempre quieres todo lo que es mío?

El muchacho miró a su primo, que estaba sentado con la espalda apoyada en una piedra, las piernas estiradas y los brazos cruzados sobre el pecho. Parecía muy relajado, pero en sus palabras había una señal de peligro.

— No quiero tu maldito liderazgo —respondió finalmente Pedro.

— No estoy hablando de eso. —Y lentamente volvió la cabeza hacia Cris.

Pedro y Cris se quedaron helados e intercambiaron miradas perplejas.

En los últimos días pasaban horas conversando por la noche, generalmente cuando Daniel parecía dormido o distante, sumido en su ceguera.

Surgió entre ellos un clima afectuoso y, la noche anterior, cuando se alejaron un poco más del grupo, Pedro intentó besarla, pero ella no se lo permitió. Volvió el rostro con recato y, con los ojos bajos y una leve sonrisa, le dijo en un susurro que todavía era pronto. Pedro sintió que la pasión lo incendiaba, pero respetó su voluntad.

Todo aquello había quedado entre ellos, por lo que se preguntaban, perplejos, cómo Daniel, estando ciego, lo había percibido.

— ¡Exactamente! —completó Daniel—. ¡Estás tratando de robarme a mi chica!

Pedro se levantó. Decidió que había llegado el momento de luchar por su amor.

— ¿¡Tu chica!? —Su voz temblaba de rabia—. ¿¡Cómo puedes decir eso!? ¡No la mereces! ¡Hiciste todo lo posible para perderla y ya la perdiste!

— Eso es lo que tú dices —replicó Daniel, con una irritante sonrisa irónica estampada en el rostro—. ¡Ella me ama y sabe que su lugar está a mi lado, porque solo yo puedo hacerla feliz! ¡Solo yo sé qué es lo mejor para ella!

Pedro levantó las manos:

— ¡Escúchate, arrogante presuntuoso! ¡Hablas de ella como si fuera un objeto tuyo! ¡Pero entérate de que ya no acepta eso! ¿Verdad, Cris? ¡Díselo!

— Yo… —Cris se fue levantando poco a poco, con los ojos pasando de un muchacho al otro.

Daniel volvió la cabeza hacia ella:

— Sabes que es como dije. —No era una pregunta. Era una afirmación.

— Yo… —balbuceó ella una vez más. Sus hombros cayeron y Cris miró al suelo—. ¡Sí! ¿Me perdonas?

Él sonrió:

— Claro. —Y le tendió la mano.

Obedientemente, ella fue hacia él.

«No vayas, no vayas, no vayas», se decía por dentro, pero sus pies no obedecían, así como sus labios no habían obedecido cuando pidió el perdón que no deseaba.

Se arrodilló junto a Daniel y él la envolvió en un abrazo. Ella apoyó la cabeza en su pecho y pareció que toneladas abandonaban su cuerpo.

«¿Por qué soy así? ¿Por qué dejo que haga conmigo lo que quiere?»

— No puedo creerlo —susurró Ana.

— Yo tampoco —coincidió Carlos.

Pedro sintió que se derrumbaba.

Permaneció inmóvil, perplejo, viendo a la primera y única chica por la que había luchado en su vida entregada a los brazos de su primo.

Daniel, por su parte, le lanzó una sonrisa burlona:

— Eres un perdedor. Siempre lo has sido.

Una oleada de furia se apoderó de Pedro y, con los dientes y los puños apretados, avanzó contra su primo.

Con una velocidad asombrosa, Daniel se soltó de Cris y se plantó frente al otro, que se detuvo.

Él y Daniel tenían la misma estatura, pero en aquel momento su primo parecía inmensamente más alto, parecía crecer frente a él.

Pedro no sabía si era un reflejo de la fogata o una ilusión óptica, pero un aura rojiza parecía danzar alrededor de Daniel. La marca de su frente estaba roja y abultada y, junto con aquellos dos ojos blancos, le daba un aspecto amenazador.

Pedro retrocedió asustado:

— No estás ni a mi altura —dijo Daniel con desprecio.

Carlos se interpuso entre ellos:

— Tranquilos, muchachos, ¡vamos a calmarnos!

Daniel volvió a sentarse contra la roca, pero Cris ya no estaba a su lado.

Cuando se abalanzó sobre Pedro, ella sintió una sacudida.

Era como si unas cadenas se rompieran en su mente y pudiera pensar con claridad.

Furiosa y avergonzada, se alejó mucho de Daniel, incapaz de mirar a Pedro a los ojos.

En un acuerdo mudo y tácito, todos comenzaron a prepararse para dormir, deseosos de poner fin a aquella noche.

Todos menos Daniel, que siempre dormía recostado en algún lugar y era Cris quien le llevaba una manta para mantenerlo abrigado. Pero al parecer ella no lo haría aquella noche, pues ya se había metido en su saco de dormir y se había envuelto en la manta, de espaldas a todos.

Cuando Carlos se dispuso a llevarle una manta a su amigo, Ana se adelantó, tomó la cobija y se dirigió hacia Daniel.

La tensión volvió a aumentar.

Le arrojó la manta todavía doblada sobre las piernas y luego se agachó frente a él y se quedó mirándolo.

Daniel comenzó a desdoblarla, aparentemente ignorando su presencia allí.

De pronto, volvió el rostro hacia ella.

— ¿Qué pasa? —preguntó con brusquedad.

— Tengo curiosidad —comenzó ella—. ¿Cómo es estar ciego?

— Qué curiosidad tan morbosa, ¿eh, chica? —la censuró Carlos.

Ana lo miró:

— ¡Cállate! ¡No te estaba hablando a ti!

Volvió hacia Daniel, quien le preguntó:

— ¿Por qué quieres saberlo?

Ella se encogió de hombros:

— Curiosidad morbosa, supongo.

Daniel terminó de desdoblar la manta y guardó silencio.

Ana esperó un poco y, como parecía que no obtendría respuesta, se levantó.

— Es extraño… —Las palabras de él la detuvieron. Ella volvió a agacharse—. ¡Muy extraño! —continuó—. Cuando ustedes duermen y el silencio es absoluto, la realidad se me escapa; me siento como si estuviera suspendido en el espacio, en un limbo oscuro y silencioso… hasta que aparecen ellas…

— ¿Qué? —preguntó Ana, curiosa.

— Imágenes —respondió Daniel.

— ¿Imágenes? ¿Qué imágenes? ¿Sueños? ¿Visiones? —volvió a preguntar la chica.

— No lo sé, no consigo distinguir la diferencia.

— ¡Háblame de ellas! —pidió Ana, que se sentó en el suelo, cruzó las piernas y apoyó los codos en las rodillas, con la ansiedad estampada en el rostro que sostenía entre las manos.

Ana era fanática de la interpretación de sueños, las cartas del tarot y cualquier otro medio que buscara desentrañar el futuro y los misterios del alma humana.

Daniel continuó:

— Veo lugares que, aun sabiendo que nunca estuve allí, me resultan familiares. Vivo situaciones que, por más que me esfuerce, no consigo recordar haber vivido. A veces siento que mi mente vuela lejos, que va a lugares extraños, casi… inconcebibles, pero siento que son reales, que existen de verdad…

— ¿Y no hay ningún elemento común en esos sueños? —preguntó Ana.

— Él no dijo que fueran sueños. Podrían ser visiones —corrigió Carlos—. ¿Y qué es eso de «elemento común»?

— Sueños, visiones, da igual —replicó la chica—. Y déjamelo a mí, que de este tema sí entiendo.

— Hay una chica —dijo Daniel—. Siempre está presente en esas imágenes.

— ¿Una chica? ¿Quién es? ¿La conoces? —preguntó su amigo.

— No lo recuerdo, pero tengo la impresión de que sí. A veces siento que la conozco muy bien, aunque con otro rostro. A veces la veo desde fuera, a veces desde dentro de ella, veo el mundo con sus ojos, y es en esos momentos cuando siento su alma, su corazón, y me viene esa impresión de que la conozco. En esos momentos, cuando estoy dentro de ella, siento lástima, porque está muy triste. Se siente sola, abandonada, y hay traición a su alrededor; yo puedo verla, pero ella no. Quiero advertirle, protegerla…, ¡pero no puedo!

Daniel calló. Su expresión delataba lo que le atravesaba el alma: una angustia profunda y palpable.

— ¿Qué significará eso? —le preguntó Carlos a Ana.

— ¡Es tu imaginación!

Todos se volvieron hacia Cris.

Ella seguía dentro de su saco de dormir, pero con el torso medio incorporado, apoyada sobre uno de los codos.

El tono que utilizó en su afirmación demostraba lo que sentía.

Cris estaba celosa. Y sentía odio.

Odio por aquella ceguera que no permitía que él la viera y dejaba espacio para que otra habitara sus pensamientos.

Nunca había sentido celos así, ni siquiera las veces en que Daniel hacía de las suyas, aventuras con chicas frívolas a las que Cris identificaba de inmediato como tontas de cabeza hueca, simple diversión pasajera.

Pero ahora era diferente. No podía ver quién era su rival.

Y la forma en que Daniel se refería a la chica, el tono cariñoso de su voz, la preocupación legítima por su bienestar… Conocía la intimidad de aquella chica de los sueños, y la única persona con quien debía tener un vínculo tan íntimo era ella, Cris.

Y, aunque sabía que solo era una visión, no le gustó la pasión que percibió en su voz.

— ¡Es solo tu imaginación, Dan! —reafirmó con vehemencia—. Como tu mente no consigue extraer imágenes del mundo exterior, ¡las crea por sí misma! Esa chica que ves es exactamente lo que dijiste: una visión, nada más.

Daniel posó sobre ella sus ojos blancos. Y ella volvió a odiarlo. Cómo deseaba sentir los ojos de él ardiendo sobre ella.

Él sacudió la cabeza, parecía triste:

— Tienes razón. Es solo mi imaginación. —Entonces calló y se recostó contra la roca con los ojos cerrados.

— Mira, no creo que sea solo… —Ana comenzó a hablar, pero se calló ante la mirada de Cris.

— ¡Es solo eso, Ana! ¡Basta de tonterías y vamos a dormir!

La chica, que nunca había visto así a su amiga, no dijo nada más y se fue sigilosamente a su rincón.

Cuando se volvió para acostarse, los ojos de Cris se encontraron con los de Pedro.

Y lo que vio en ellos fue decepción, confusión. ¿Rabia?

No podía culparlo; al fin y al cabo, hacía poco Daniel la había tratado como a una perra y ahora allí estaba ella, consumida por los celos.

También con la mirada, le envió una silenciosa petición de disculpas: que tuviera paciencia, que creyera que ella encontraría fuerzas para poner fin a todo aquello.

Pedro soltó un largo suspiro, relajó los hombros y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.

Cris se acurrucó bajo la manta y se durmió, prometiéndose que pronto sería libre.

Tal vez no habría dormido con tanta serenidad si hubiera sabido que el destino no suele respetar las promesas que nos hacemos a nosotros mismos.

«Cris estaba celosa. Y sentía odio.

Odio por aquella ceguera que no permitía que él la viera y dejaba espacio para que otra habitara sus pensamientos».

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