CAPÍTULO 28 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 29 de 44
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CAPÍTULO 28

La mente de Kantor se sumergió entre las estructuras cristalinas, buscando las diminutas partículas que mantenían unidos los átomos del cristal. Realineó sus ejes para que cumplieran la función que deseaba.

Aquel cristal era responsable del campo de fuerza del templo.

El sacerdote estaba reduciendo su potencia, ahora que la búsqueda de Mirna se había desplazado más al norte.

Con la regulación actual, el campo permitía el paso libre únicamente de las firmas energéticas de él y de los jóvenes, y ahora permitiría también la entrada de insectos y animales de mayor tamaño para mantener el equilibrio ecológico alrededor del templo.

Volvió a insertar el cristal en la consola de control del perímetro del templo y lo reactivó.

El cristal brilló. Una luz clara y cristalina.

Pero, de repente, uno de los otros cristales del grupo, el que advertía de la aproximación de intrusos, comenzó a parpadear intermitentemente con una luz roja, y se activó una señal sonora.

Kantor tardó unos segundos en comprender lo que ocurría.

Entonces oyó los gritos.

El hacha descendía con fuerza y rapidez, como un borrón plateado, partiendo fácilmente la madera, que volaba hacia los lados en dos pedazos simétricos.

Colocaban un nuevo tronco sobre el tajo y el hacha descendía. La operación se repetía sistemáticamente, sin fallas.

Pedro era quien colocaba los troncos, y lo hacía con tranquilidad, a pesar de que el acero silbaba a pocos centímetros de su rostro. Actuaba así porque la actitud de su primo, que manejaba el hacha, mostraba una concentración absoluta en la tarea.

Si Pedro hubiera sabido que solo una parte de la atención de Daniel estaba enfocada en el trabajo, quizá no se habría mantenido tan tranquilo.

La mente de Daniel viajaba por el futuro que se aproximaba.

No por el futuro sombrío con el que había soñado tiempo atrás. Aquel futuro que, ahora, con todo el conocimiento que Kantor finalmente había despertado, podría convertirse en realidad si él lo quisiera. Pero los meses del embarazo de Cris lo habían cambiado profundamente.

Ver crecer su vientre, sentir los primeros movimientos del bebé y la propia perspectiva de ser padre habían modificado el temperamento y las ideas de Daniel.

Y ese cambio, percibía, también estaba modificando la disposición de Cris respecto a la relación entre ambos. Daniel estaba seguro de que, cuando naciera el bebé, también renacería su amor.

Por eso había abandonado todo interés por conquistas, reinos o cualquier otra cosa.

Solo deseaba las cosas sencillas de una vida familiar, como lo que hacía en ese momento: partir leña para el invierno que se aproximaba.

Se imaginó viviendo allí, algo que poco tiempo antes le había parecido intolerable, junto a sus amigos y a Kantor, con quien últimamente se llevaba muy bien, con su hijo y Cris frente a una chimenea. Encontraría alguna forma de trabajar y cuidaría de la supervivencia de todos.

¡Y con Cris a su lado!

Pensar en ella le produjo una oleada de felicidad. No imaginaba que pudiera amarla más de lo que…

Una voz, una súplica, apareció en medio de sus ensoñaciones. Una voz conocida.

«¡Daniel! ¡Auxilio!».

Se detuvo con el hacha en el aire, perplejo. Pedro levantó la mirada.

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurrió?

Carlos, que entrenaba cerca con el arco, también percibió su súbito mutismo y la palidez de su rostro, y preguntó con curiosidad:

—¿Qué ocurrió, Dan?

—Cris… —balbuceó.

En ese instante, Mirna rodeó el edificio por la derecha, gritando:

—¡Daniel! ¡Daniel! ¡Cris está en peligro! ¡Ana también! ¡Mutantes!

Desesperada, ni siquiera se acercó a los muchachos. Giró sobre los talones y volvió corriendo por donde había venido.

Daniel, sujetando firmemente el hacha, fue detrás de ella. Carlos lo siguió, cargando el arco y algunas flechas.

Pedro iba a seguirlos cuando se detuvo en seco.

—¡Daniel, espera! —Pero su primo ya había desaparecido de su vista.

El muchacho regresó corriendo hacia el campo de entrenamiento.

Ana lanzaba golpes a izquierda y derecha.

Asestaba estocadas directamente a los ojos y las gargantas de sus atacantes.

Luchaba con maestría, pero su arma no era una espada, sino apenas una rama gruesa que, aunque hería, no inutilizaba a los agresores, por lo que seguían avanzando.

Intentaba no entrar en pánico, concentrándose en las lecciones de Kantor sobre el estado de ánimo perfecto para el guerrero, pero su control estaba al límite. Sabía que la ayuda debía de estar en camino, así que todo lo que tenía que hacer era resistir.

Pero, cuando consiguió mirar en dirección a Cris y la vio casi en el borde del bosque, arrastrada por dos mutantes y con varios más pululando a su alrededor, no pudo soportarlo. Sintió un nudo en el estómago y el sudor sobre su piel se volvió frío.

Sabía qué era aquello. ¡Era miedo!

Pero el miedo se transmutó rápidamente en su pariente más cercano: el odio. Lo sintió crecer en su pecho y se entregó a él.

Gritando, avanzó contra los mutantes con furia redoblada, pero la respuesta tuvo la misma intensidad.

Más monstruos salieron del bosque y comenzaron a atacarla con lanzas cortas de puntas de hierro oxidado y hachas rudimentarias.

Ana retrocedió. Sus piernas chocaron contra el muro donde ella, Cris y Mirna habían estado sentadas poco antes.

Cayó hacia atrás, pero torció ágilmente el cuerpo, apoyó ambas manos en el suelo, justo detrás del muro, y se puso de pie con un salto acrobático.

Pero uno de los mutantes, uno de los más grandes, subió al muro y se lanzó contra ella, golpeándola de lleno en el pecho y derribándola.

El ser cayó sobre ella y solo no le clavó los dientes en el cuello porque Ana interpuso frente a su cuerpo la rama que usaba como arma. Así consiguió contener al mutante, cuya boca pútrida quedó a pocos centímetros de su rostro.

Forcejeaba, intentando quitárselo de encima, pero el suelo cubierto de hojas muertas no le ofrecía un buen apoyo. Por el rabillo del ojo vio que otros dos mutantes se acercaban por la derecha y por la izquierda.

Creyó que era su fin, pero entonces oyó un zumbido cortando el aire y, aunque no podía mirar bien porque estaba concentrada en mantener al mutante alejado, dejó de ver a los otros dos que se acercaban por los lados.

Hubo otro zumbido, y las puntas de una flecha brotaron de ambos lados de la cabeza del monstruo que estaba sobre ella.

El ser quedó inmóvil, con la boca abierta y aún mirándola, como si su cerebro deformado tardara en comprender que estaba muerto. La presión disminuyó y Ana lo arrojó a un lado.

Una mano la levantó del suelo. Se puso de pie, inmediatamente en guardia, y alguien se colocó detrás de ella, dándole la espalda.

Ana no necesitó mirar para saber quién era.

—¡Yo puedo arreglármelas aquí! ¡Ve a salvar a Cris!

—¡Ella estará bien! —respondió Carlos—. ¡Los que me preocupan somos nosotros!

En realidad, un enorme grupo de mutantes cerraba el círculo a su alrededor, gruñendo y babeando.

—¡Usa las flechas! —exclamó Ana.

—Por desgracia, solo tenía esas tres, pero el arco servirá para algo.

Y, sujetando el arco a modo de espada, mientras Ana todavía sostenía la rama, comenzaron a luchar por sus vidas.

Cris perdió el conocimiento durante un segundo. Volvió en sí sintiendo que le arañaban los muslos.

Miró hacia abajo y vio a un mutante intentando separarle las piernas para llegar al bebé que aún estaba en su útero.

Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, consiguió patearlo en el rostro e hizo que cayera pesadamente hacia atrás.

Con algo parecido a sangre, aunque mucho más oscura, corriéndole por la nariz, el mutante volvió a atacar, y Cris se defendió como pudo, lanzando patadas a un lado y al otro.

Pero pronto el dolor hizo que volviera a encogerse, y el mutante se acercó otra vez.

Miró hacia arriba, a los dos monstruos que continuaban arrastrándola hacia el bosque.

La inconsciencia volvió a intentar dominarla, y Cris pensó por un instante en entregarse a ella, entregarse a la oscuridad, donde no había monstruos, dolor ni nada.

Permaneció mirando las cabezas de los seres que la arrastraban, sus deformidades, cuando ocurrió algo extraño. Sus cabezas desaparecieron.

Se quedó allí, en aquel estado de casi inconsciencia, observando cómo los cuerpos caían lentamente al suelo, sin saber si estaba soñando o qué ocurría. Percibió que tampoco la atacaban ya desde abajo. Una sombra cayó sobre ella. No era la oscuridad que había deseado, pero allí, en aquella penumbra, sintió una presencia que la tranquilizó, una presencia que alejaría a los monstruos y al dolor. Se encogió en posición fetal, abrazando su vientre, abrazando a su bebé. Daniel estaba allí con ella.

Con el hacha firmemente sujeta, Daniel se colocó en actitud protectora sobre Cris.

Ella se había encogido debajo de él y parecía haber perdido el conocimiento. No podía comprobar si estaba bien, porque se acercaban otros mutantes.

El grupo atacó.

El hacha describió un giro de ciento ochenta grados.

Manos, brazos y sangre volaron por el aire. Se oyeron chillidos de dolor y rabia.

Daniel avanzó dos pasos y hundió la hoja en varios cuellos, destrozándolo todo hasta la columna vertebral. Después regresó a su posición original, en guardia.

Kantor les había hablado de aquellas criaturas. Aunque ahora eran seres horrendos, sus antepasados habían sido seres humanos normales.

Durante el cataclismo atlante, muchas centrales nucleares sufrieron fugas y explosiones, y generaciones de terrícolas, abandonadas a su suerte, continuaron viviendo en aquellas regiones, principalmente en el norte del planeta.

El resultado, además de las muertes por envenenamiento radiactivo, fue el nacimiento cada vez más frecuente de personas con deformidades físicas y mentales que, al reproducirse entre sí, crearon una especie calificada como mutante por los atlantes y los demás terrícolas.

Repudiados, se retiraron a vivir en los túneles y subterráneos de las antiguas ciudades, donde, a lo largo de los siglos, perdieron todo vínculo con la humanidad.

Después, en grandes migraciones, se desplazaron hacia el sur.

Las grandes colonias de mutantes existían bajo los lugares donde habían estado las metrópolis sudamericanas, pero, de vez en cuando y sin motivo claro, algunos grupos salían a vagar por las tierras, deslizándose por los bosques que ahora cubrían el planeta y alimentándose de cadáveres, niños o personas aisladas que lograban capturar, fueran atlantes o terrícolas.

El imperio intentó exterminarlos varias veces mediante grandes matanzas, pero los mutantes siempre resurgían de sus guaridas oscuras, y ahora todo lo que Atlantis hacía era eliminar los grupos que encontraba por casualidad, para controlar el crecimiento de su población.

Kantor decía que, aunque eran peligrosos, merecían compasión, pues constituían otra de las víctimas de lo que los atlantes habían hecho a aquel planeta.

Pero Daniel no sentía compasión.

No sabía si los que estaba matando eran hombres, mujeres o niños, y no le importaba. En aquel momento, eran solo enemigos que lo amenazaban a él y a sus amigos.

Un mutante avanzó más que los otros. Daniel hundió profundamente el hacha en su enorme cráneo, y el arma quedó atascada durante unos instantes.

Otro mutante lanzó un golpe con algo parecido a una hoz y cortó el mango del hacha, cuya hoja cayó junto con el cuerpo del primero.

En un movimiento continuo, el muchacho clavó en el cuello del segundo atacante el mango puntiagudo de madera que le había quedado en la mano, perdiendo allí su última arma.

Daniel gruñó con fuerza y enseñó los dientes. Los monstruos vacilaron. Aquel ser parecía todavía más peligroso desarmado.

«Debí traer una espada», pensó Daniel durante los segundos de vacilación de los atacantes.

—¡Daniel!

Miró en dirección a la voz que había gritado su nombre. Era Pedro, que llevaba una espada. El muchacho lanzó el arma al aire.

«¡Demasiado lejos!», pensó Daniel, exasperado.

Pero el arma avanzó hacia él en un movimiento circular continuo, y entonces vio a Pedro con la mano extendida, concentrado en la espada suspendida en el aire.

Estaba utilizando primanergía para hacer que el arma llegara hasta Daniel, quien admiró en ese instante cuánto había evolucionado su primo gracias a las enseñanzas de Kantor.

Tres mutantes atacaron en el mismo instante en que sujetó el arma. Hizo girar la espada y cortó a los tres por la mitad en pleno salto, haciendo volar sangre y vísceras.

Llegaron más seres y se arrojaron enloquecidos contra la hoja. Pedazos de cuerpos y sangre negra se esparcieron por el suelo, pero ellos continuaban avanzando.

Daniel vio fugazmente que Ana y Carlos también estaban rodeados y casi dominados por los monstruos. Vio a algunos correr hacia Pedro y Mirna, quien no había obedecido la orden de regresar al templo.

Una oleada de desesperación comenzó a apoderarse de él.

Sintió como si algo comenzara a romperse en su interior y el calor de un odio inconmensurable amenazara con apoderarse de su alma.

En ese instante, hubo un destello de luz blanca y cegadora, acompañado de un sonido estridente que parecía penetrar el cerebro.

Daniel se encogió y casi soltó la espada, pero percibió que aquello afectaba mucho más a los mutantes, que huyeron hacia el bosque entre gritos desesperados.

El muchacho alzó la mirada y vio a Kantor cerca de Pedro y Mirna, con las manos levantadas y una expresión furiosa. Comprendió que él había generado la luz y el sonido.

Daniel soltó la espada y se agachó junto a Cris. La levantó del suelo, sosteniéndole la espalda y abrazándola contra su pecho.

—¡Cris! ¿Estás bien?

Ella pareció despertar de un sueño y apretó los dientes por el dolor.

—Mi fuente… ¡Rompí fuente!

El anciano y los demás ya se habían acercado a los dos.

—¡Ven, Daniel! ¡Llévala dentro, rápido! Carlos, cubre nuestra retaguardia, ¡porque los mutantes regresarán!

En efecto, ya se veían algunas sombras moviéndose en el borde del bosque.

Carlos recogió la espada que Daniel había arrojado al suelo y se puso en guardia. Ana tomó otra rama y quiso colocarse a su lado, pero Kantor la sujetó por el brazo.

—¡No! —exclamó—. ¡En este momento son extremadamente peligrosos, porque están frustrados y furiosos al ver que les arrebatamos su presa! ¡Corramos a la seguridad del campo de fuerza!

—Y, hablando de eso, ¿qué demonios ocurrió con el campo? —preguntó Daniel, furioso—. ¿¡Y no debería haberse detectado la proximidad de estos monstruos!?

—¡Hablaremos de eso después! —lo interrumpió el sacerdote—. ¡Atención, Carlos, vienen hacia ti!

Cuatro mutantes precedieron a los demás, con las lanzas empuñadas.

Carlos las rechazó mientras caminaba de espaldas. Lanzó un corte en media luna para mantener alejados a los atacantes, mientras sus amigos llegaban al límite del campo de fuerza.

—¡Ven, Carlos, rápido! —lo llamó Kantor.

El joven giró sobre los talones y corrió con los mutantes pisándole los talones.

En cuanto cruzó el límite, los mutantes chocaron contra el campo y cayeron desorientados.

Los demás llegaron y, pisoteando a los que habían caído, comenzaron a saltar, gruñir y babear contra el campo, como moscas que chocan contra el vidrio de una ventana.

—¡Llevemos a Cris adentro! —dijo Kantor.

—¿Y esas cosas? —preguntó Carlos, señalando la masa deforme que todavía atacaba el campo—. ¿Las dejaremos ahí?

—Se cansarán —respondió el anciano—. Se alimentarán de sus muertos y se marcharán.

Algunos mutantes ya se lanzaban sobre los restos ensangrentados que yacían en el suelo.

Carlos hizo una mueca de repugnancia.

—Ojalá les dé una indigestión.

El grupo corrió hacia el templo y entró en la enfermería de los aposentos de Kantor.

—Colócala aquí.

Daniel depositó suavemente a Cris sobre una camilla elevada. Ella respiraba de forma entrecortada y parecía sentir mucho dolor.

—Las contracciones son fuertes… —gimió Cris.

Kantor le pasó una mano por la frente sudorosa.

—No te preocupes, hija. Todo terminará pronto, y ni siquiera recordarás estos momentos cuando tengas a tu bebé en brazos. —Se volvió hacia los demás—. Ahora quiero que todos salgan de aquí.

—¡Yo me quedaré! —dijo Daniel con determinación.

—Tú, más que nadie, no debes quedarte.

—¡Pero es mi hijo! —argumentó con firmeza.

—Sin duda —concedió el anciano—, pero mírate: estás cubierto de sangre mutante de pies a cabeza. Eres un riesgo ambulante de contaminación. Será mejor que te laves para poder sostener a tu hijo en cuanto nazca.

Daniel se miró. En realidad, estaba cubierto de sangre oscura, y aceptó a regañadientes.

—Además —continuó Kantor—, estás muy alterado, con la adrenalina elevada por lo que acaba de ocurrir. Lo último que necesito es a alguien nervioso, emitiendo energías densas aquí dentro. Este momento exige paz y buenas vibraciones.

—¡Está bien! ¡Está bien! —respondió Daniel—. Ya entendí y me voy.

Se inclinó sobre Cris, le dio un beso en la frente y le susurró unas palabras al oído.

—¿Quieres que me quede para ayudar? —preguntó Mirna, siempre servicial.

—Gracias, Maitea, pero prefiero que cuides de Daniel. Mantenlo tranquilo.

Ella asintió. Besó a Cris y comenzó a retirarse.

Los demás hicieron lo mismo.

—Pedro, quiero que tú te quedes —dijo Kantor.

—¿Y… yo? —tartamudeó el muchacho.

Daniel giró sobre los talones, enfurecido.

—¿¡Pero por qué él sí puede!? —bramó.

—Sí, Pedro —respondió Kantor, ignorando a Daniel—, porque no será el primer bebé al que tendrás que ayudar a venir al mundo.

—Pero… —comenzó Daniel, pero el anciano lo interrumpió.

—Mirna, por favor —pidió con un gesto.

La muchacha tomó la mano de Daniel.

—Ven, Brediu. Esperaremos afuera.

Como siempre ocurría cuando Mirna lo tocaba, pareció calmarse, aunque no demasiado, pues la siguió con expresión contrariada.

Había transcurrido media hora desde que los jóvenes salieron de los aposentos de Kantor y se quedaron esperando en el corredor.

Descontando los diez minutos que tardó en limpiarse, Daniel había pasado todo ese tiempo caminando de un lado a otro.

Mirna y Ana estaban sentadas en un banco, y Carlos se apoyaba contra la pared.

Podían oír los gritos de Cris, alguna respiración más fuerte y la voz amortiguada, pero reconfortante, de Kantor dando instrucciones.

Ana se encogía con cada grito, abrazándose a sí misma, asustada.

—Creo que no querré tener hijos —dijo en un hilo de voz, más para sí misma que para los demás.

Mirna, que estaba a su lado rezando, abrió los ojos y la miró.

—No digas eso. La maternidad es algo divino, que hace completa a la mujer y la acerca al Creador, la sitúa en un punto primordial del ciclo natural de la vida.

Ana la miró de reojo.

Había aprendido a querer a Mirna, pero no conseguía aceptar la visión de la muchacha sobre varias cosas, y ambas solían debatir extensamente. Sin embargo, aquel día no tenía ganas de conversar.

—Mirna, quédate calladita, por favor.

Carlos decidió intervenir.

—Ella tiene razón, Ana. No debes rechazar el «ciclo natural de la vida». Tener bebés es algo hermoso y saludable. Hacerlos también.

Ella se encogió de hombros.

—Tampoco estoy muy segura respecto a eso.

—¿Lo ves? Necesitas encontrar tu lugar dentro del ciclo. Para empezar, sugiero que entrenes desde la base, es decir, haciendo bebés.

Ana lo miró, furiosa por la sonrisa cínica que él tenía en el rostro.

—¡Yo prefiero entrenar con mi espada apoyada en la base de tu cuello!

Daniel dejó de caminar y los fulminó con la mirada.

—¿Pueden cerrar la boca?

Fue el turno de Carlos de protestar:

—¡Relájate, Daniel! —Y, volviéndose hacia Ana, añadió—: ¡Y tú también, muchacha! ¡Solo fue una broma!

—¡No me gustan tus bromas! ¡Me irritan, me avergüenzan!

Volvió a abrazarse con fuerza, con expresión enfadada.

Carlos la observó durante un momento y después dijo:

—Está bien, perdóname. Dejaré de hacer esas bromas, ¿de acuerdo?

Ella no respondió. Carlos volvió a hablar:

—Actuaste bien allá afuera, con los mutantes.

Ana se relajó un poco, aunque parecía contrariada.

—No demasiado —respondió—. Olvidé todo lo que Kantor enseñó y dejé que la desesperación se apoderara de mí.

—Resististe, eso es lo que importa —dijo Carlos—. Lograste ganar tiempo hasta que llegó la ayuda. ¿No es cierto, Dan?

Daniel se detuvo y los miró.

—Sí, es cierto. Y no te molestes por no haber conseguido mantener el control. Yo también estuve a punto de perder el mío. Si Kantor no hubiera llegado…

Lo interrumpió un grito de Cris, el más fuerte de todos hasta aquel momento. Después hubo un largo silencio, durante el cual todos permanecieron inmóviles.

El silencio fue roto por un sonido bajo y agudo que aumentó gradualmente de intensidad. ¡Era el llanto de un bebé!

Después volvió a haber silencio, durante un período preocupantemente largo.

—¡Voy a entrar! —anunció Daniel, dirigiéndose a la puerta, pero, antes de que pudiera hacer algo, alguien la abrió desde dentro.

Pedro salió pálido y desorientado. Su primo lo agarró por los hombros y lo sacudió.

—¿¡Y bien!? ¿¡Qué ocurrió!?

Él lo miró y sonrió.

—Es… ¡es un niño! Hermoso…

Su primo lo soltó y corrió por la puerta abierta. Si Carlos no lo hubiera sostenido, Pedro habría caído al suelo.

Daniel se detuvo dentro de los aposentos.

Kantor se acercó con una sonrisa satisfecha. Le dio dos palmadas afectuosas en el hombro antes de retirarse.

Daniel se acercó a la camilla y vio un pequeño bulto que se movía junto a Cris.

Ella lo miró con expresión cansada, pero con toda la felicidad del mundo en los ojos. Después volvió el rostro hacia la pequeña cara que asomaba entre los pliegues de una manta en sus brazos.

—Mira —susurró—, llegó tu papá. Salúdalo.

Daniel se inclinó, extasiado.

—Hola, pequeño viajero —dijo—. Bienvenido.

Él y Cris rieron y permanecieron admirando al pequeño ser.

—Es tan hermoso —dijo Daniel.

—Se parece a ti, Dan.

—Puede ser, pero, en todo lo demás, espero que sea igual a ti. ¿Qué nombre le pondremos?

—¿Me permites elegir?

—Fue lo que acordamos.

—¿Recuerdas cuando Kantor nos contó la historia de Atlantis? Habló de un antepasado tuyo… de los Agar, que fundó la capital Poseidia y reconstruyó el imperio cuando la primera capital quedó sumergida. Habló de lo sabio y justo que era. Darian era su nombre y, en atlante arcaico, significa algo antiguo y hermoso. Ese es el nombre que quiero darle a nuestro hijo.

—¿Y sería prudente darle el nombre de un emperador Agar en un mundo dominado por sus enemigos?

—Kantor dijo que esa es una historia prohibida, que nadie más la conoce. ¿Y qué probabilidades existen de que nuestro hijo llegue a conocer a otro atlante, además de Mirna y Kantor?

—Si depende de mí, ninguna —respondió Daniel—. Entonces será Darian.

Acarició el rostro del bebé con las yemas de los dedos.

—¡Que seas tan sabio, justo y fuerte como quien llevó este nombre, hijo mío!

—¿Y sería prudente darle el nombre de un emperador Agar en un mundo dominado por sus enemigos?

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