CAPÍTULO 38
El carguero finalmente aterrizó en Turoc.
En cuanto la puerta se abrió, Daniel salió sin siquiera despedirse de los tripulantes.
Ahora comprendía que habían tardado casi cinco horas en llegar hasta allí, y la urgencia gritaba dentro de su pecho.
A pesar de eso, se detuvo un minuto para observar Turoc y comprender hacia dónde debía dirigirse.
Llamaría demasiado la atención si él, como supuesto soldado atlante, no supiera qué camino seguir.
Lo primero que percibió al desembarcar fue el aire salado del mar y el sol intenso.
El naviopuerto era enorme y había varios cargueros aterrizados.
Se dirigió al portón principal, por donde salían grandes vehículos flotantes.
Esos vehículos estaban formados por una cabina redondeada en la parte delantera, donde probablemente viajaba el conductor, y una plataforma larga y ancha en la parte posterior.
Tanto la cabina como la plataforma estaban cerradas por un campo negro que centelleaba. Muchas veces, una de aquellas cabinas arrastraba más de una plataforma.
Daniel comprendió que eran una especie de camión utilizado para transportar cargas.
Pasó junto a un carguero que estaba siendo descargado.
Los contenedores flotaban hasta aquellas plataformas, eran apilados y nuevamente magnetizados.
El conductor se sentaba en la cabina y, al accionar algún mecanismo, se formaba el campo de fuerza negro.
Siguió el flujo del tránsito a través del portón, donde haces de luz semejantes al que había visto en el campamento registraban a quienes entraban y salían.
Fue escaneado y no ocurrió nada diferente, para su gran alivio.
Se detuvo junto al camino.
A su alrededor, a lo largo de la amplia calle, había varios edificios construidos en piedra.
Poseidia era la única ciudad de la isla de Atlantis.
Los demás asentamientos eran llamados puestos. Eran pequeños y funcionales, como Turoc, y existían para servir como centros de distribución de todo lo producido en el planeta.
Los productos de Atlantis eran extremadamente valorados en el imperio porque provenían de lo que los atlantes consideraban el planeta sagrado.
Productos agrícolas, tejidos, piedras preciosas, cristales, pescados, carne... Todo era consumido en la capital o exportado al resto del imperio a precios exorbitantes, lo que proporcionaba grandes riquezas a la corona y a quienes trabajaban con esos productos.
Daniel miró hacia la derecha y vio el gran puente, de más de un kilómetro de ancho, que establecía la conexión con el continente.
Turoc se encontraba cerca del mar, pero Daniel no podía verlo, pues las costas de Atlantis eran muy escarpadas, con acantilados de más de doscientos metros de altura.
En algunos lugares más al sur y al norte había playas y estuarios donde se encontraban los puertos, pero allí ni siquiera conseguía oír el choque de las olas. Solo podía sentir el olor salado y escuchar a las gaviotas.
Al mirar hacia la izquierda, por donde circulaban los transportes, vio una construcción imponente.
Era un edificio negro del que se extendía una marquesina semejante a una ola.
Bajo aquella marquesina había un portón que bloqueaba el camino y, alrededor, se veía a varios soldados imperiales circulando.
Aquel era el camino hacia la capital y el lugar por el que tendría que pasar.
Miró a ambos lados y comprobó que no había cercas alrededor de aquella garita gigantesca.
Pensó que podría desviarse y continuar a campo abierto, fuera de la carretera, para evitar que lo descubrieran.
Daniel sabía que solo era cuestión de tiempo. Bastaba con que el soldado al que había robado el uniforme llegara al campamento para que lo persiguieran, aunque ya hubiera atravesado la garita.
Abandonó la idea al recordar la descripción que Kantor había hecho de aquel lugar.
Todo estaba rodeado por el temible Desierto de Sal.
Kilómetros y kilómetros cuadrados de calor extremo, arena y salinas barridas por el viento.
Nada crecía allí.
Nada vivía allí.
Bueno, casi nada.
Kantor había hablado de algunas criaturas que habitaban aquel infierno y que parecían salidas de un libro de terror.
Por eso no había cercas.
Nadie sería tan insensato como para avanzar por allí y, si alguien lo hacía, el desierto se encargaría de él.
Cuando Atlantis emergió, no se hizo nada, a diferencia del resto del planeta, para recuperar ambientalmente el fondo oceánico que había quedado expuesto.
La intención era que aquello funcionara como un cinturón adicional de protección para la capital.
Desde Turoc, Poseidia se encontraba aproximadamente a cien kilómetros en línea recta hacia el norte, pero el camino describía una media luna que atravesaba el desierto y aumentaba el trayecto por lo menos en un cincuenta por ciento.
Aquello constituía otra estrategia defensiva.
Por tierra, un ejército invasor tendría que recorrer esa distancia mientras era atacado por todos los puestos de guardia instalados a lo largo del camino.
Sin otra opción, Daniel se dirigió hacia la garita.
Al aproximarse, comprendió que había subestimado el tamaño del lugar.
El techo de la cubierta con forma de ola se elevaba más de veinte metros.
En la parte superior de la curva más alta, una gigantesca estatua de una arpía, símbolo del imperio, montaba guardia con las alas extendidas.
A la izquierda se encontraba el edificio que servía como base para la cubierta.
Se dirigió hacia allí.
Entonces vio que más construcciones se extendían desde aquella, al otro lado del portón.
Por la cantidad de soldados y equipos, aquello era una verdadera base militar.
Dejó la aeroliner en una zona donde había otras estacionadas y se acercó a un soldado que montaba guardia en la puerta de una sala.
Explicó superficialmente lo que deseaba y el guardia le ordenó entrar y buscar a Laors, el oficial encargado.
Ya dentro de la sala, Daniel se sintió acorralado.
Como el control de acceso a la capital era considerado un asunto estratégico, el trabajo era realizado por soldados y no por funcionarios civiles imperiales.
Por eso, la sala hervía con unas tres docenas de ellos trabajando frente a diferentes paneles.
Intentando disimular su preocupación, Daniel preguntó a uno de ellos quién era Laors.
El soldado señaló a un hombre alto y robusto que estaba sentado detrás de la mesa más grande de la sala.
Daniel se quitó el casco, se detuvo frente a la mesa y realizó el saludo imperial característico.
El oficial lo miró con indiferencia.
—¿Qué desea? —preguntó secamente.
—Me dirijo a la capital —respondió Daniel.
Acto seguido, le entregó el cristal que el comandante le había dado en el campamento.
El oficial lo insertó en un panel frente a él y comenzó a leer los registros proyectados.
Adoptó una expresión de profundo desagrado y examinó a Daniel de arriba abajo.
—Lamentable —dijo mientras negaba con la cabeza.
Tomó un pequeño cristal que estaba sobre la mesa y lo acercó al cristal que Daniel había traído.
Aquel era su yoz, un cristal que almacenaba todos los datos personales de su propietario, además de su identificación genética.
Era el yoz el que, al entrar en contacto con los cristales archivo, legitimaba los registros como una firma.
La confirmación quedaba impresa en las cadenas atómicas del cristal archivo y no podía eliminarse de ninguna manera, salvo destruyendo el cristal.
Tampoco podía falsificarse, pues el yoz únicamente funcionaba mediante el contacto de su propietario, cuya identidad genética verificaba.
—Sabe que debe presentarse en el Centro General de Reparaciones para entregar su aeroliner, ¿correcto? —preguntó el oficial.
—Sí —respondió Daniel.
Decidió preguntar algo que comenzaba a preocuparlo:
—¿Cuál es el problema del equipo? ¿Existe el riesgo de que se detenga durante el camino?
—Es posible —respondió lacónicamente el oficial.
—¿Y qué hago si eso ocurre?
Laors levantó los ojos y miró a Daniel.
—Siga el procedimiento, soldado.
Su voz se elevó un poco.
—Si es que recuerda cuál es el procedimiento, ya que no parece ser de los que se preocupan por esas cosas. Cohabitar con terráqueos también es contrario a los procedimientos y, aun así, usted lo hace.
La reprimenda del oficial hizo que algunos soldados de la sala los miraran.
Daniel apretó los labios con rabia.
Sabía que aquellas ofensas no estaban dirigidas realmente hacia él, pero el desprecio y los prejuicios contra los terráqueos comenzaban a enfurecerlo.
Intentó controlar la voz al hablar, para que no se notara todo el rencor que contenía:
—Lo que pienso, señor, es que sería una muestra de sentido común transportar la aeroliner sobre uno de esos vehículos y proporcionarme otra, para evitar contratiempos.
El hombre golpeó la mesa de glasstec con el puño y se levantó.
—¿Está diciendo que carezco de sentido común, maldito Sietlor?
Rodeó la mesa y se plantó frente a Daniel.
Le puso un dedo sobre el pecho y lo empujó con pequeños golpes.
En la mesa, detrás del oficial, una luz comenzó a parpadear en un panel.
—¡Récele a Athos para que esta basura de aeroliner no se detenga en la carretera! —gritaba el hombre—. ¡Porque, aunque active el rescate, lo dejaré cocinándose al sol hasta que se convierta en alimento para los Pigafors, montón de estiércol!
Daniel consideró que lo mejor sería retirarse.
Enfrentarse al oficial podía ocasionarle serios problemas.
Se alejó dos pasos, saludó, giró y caminó hacia la puerta.
El oficial lo siguió, todavía insultándolo.
Sobre la mesa, la luz continuaba parpadeando.
—¡Sí, vete de aquí, amante de terráqueos! ¡Si la ley fuera justa, deberían colgarte fuera de las murallas de Poseidia como ejemplo! ¡Contaminas el aire, devorador de basura! ¡Fuera de mi puesto!
Daniel salió y la puerta, al cerrarse, amortiguó los gritos del hombre.
Se puso el casco y montó en la aeroliner, dirigiéndose al portón.
Dentro, el oficial continuaba pronunciando ante sus soldados un furioso discurso acerca del deber.
Daniel llegó junto a los dos soldados que realizaban la apertura final del portón y les entregó el cristal archivo con la autorización de paso para que lo verificaran.
Dentro de la oficina, Laors, todavía murmurando, regresó a su mesa.
Vio la luz parpadeante y pasó la mano sobre ella.
Una proyección holográfica con letras rojas apareció frente a él.
Abrió mucho los ojos, saltó de la silla y corrió hacia la puerta.
Ni siquiera se molestó en abrirla mediante una orden verbal.
La abrió de una patada y, ya fuera, gritó señalando hacia Daniel:
—¡Detengan a ese hombre!
Los dos soldados que flanqueaban a Daniel miraron sorprendidos a su oficial durante un segundo, pero, siguiendo el afinado instinto de los soldados atlantes, llevaron las manos a sus armas.
El portón ya estaba abierto y Daniel, demostrando que sus instintos también eran rápidos, aceleró la máquina. Pero, en lugar de avanzar, realizó dos violentos movimientos laterales, golpeó a los soldados y los lanzó lejos.
Aceleró hacia el portón, que ya comenzaba a cerrarse.
Atravesó un espacio estrechísimo entre las dos placas metálicas, que se cerraron con estrépito detrás de él.
Alertados por la alarma, cuatro soldados salieron de una garita lateral.
Daniel hizo un giro cerrado con la aeroliner y embistió al grupo de lleno.
Orientó la máquina hacia el camino y aceleró con fuerza.
Dos disparos pasaron cerca de su cabeza, por lo que se metió entre los grandes transportes que avanzaban por la carretera.
Todavía no estaba libre.
El oficial y otros cuatro soldados aparecieron detrás de él, montados en aeroliners, y salieron en su persecución.
Daniel zigzagueaba entre las plataformas flotantes intentando despistarlos.
No disparaban porque no querían alcanzar los transportes, pero se aproximaban cada vez más.
Ocurrió lo que Daniel temía.
La fila de transportes terminó y ante él solo quedó la carretera despejada.
Aceleró su aeroliner al máximo, pero sabía que ahora era un blanco más fácil.
Una vez que dejaron atrás los transportes, los soldados comenzaron a disparar.
Una lluvia de haces de luz pasaba a su alrededor mientras él continuaba zigzagueando.
Pero eso lo obligaba a viajar más lentamente y permitía que sus perseguidores se acercaran cada vez más.
Daniel sabía que pronto aparecerían soldados en dirección contraria, provenientes de los otros puestos militares situados más adelante, por lo que necesitaba abandonar la carretera.
Vio un barranco poco profundo excavado en el lecho rocoso junto al camino.
Se lanzó con la máquina hacia allí y avanzó velozmente por su trazado sinuoso.
De repente, el barranco describió una curva hacia la izquierda y pasó bajo un puente de la carretera.
Terminaba abruptamente en una planicie cubierta de dunas.
Los disparos recomenzaron mientras él rodeaba las dunas a toda velocidad.
Un disparo pasó muy cerca de su hombro izquierdo y llegó a quemar el uniforme.
Daniel decidió que era hora de responder al ataque. De lo contrario, no escaparía.
Desenfundó la pistola al mismo tiempo que giraba el torso hacia atrás.
Disparó contra el perseguidor que iba adelante.
Apuntó a la aeroliner con la esperanza de que su caída retrasara a los demás.
El disparo alcanzó la parte frontal inferior.
Se produjo una lluvia de chispas, pero no ocurrió lo que Daniel esperaba.
La máquina no se detuvo inmediatamente. Su conductor realizó un viraje brusco hacia la derecha, salió del camino de los demás y se estrelló contra una duna.
Cuando Daniel volvió a mirar hacia adelante, vio surgir frente a él una duna enorme.
Por puro reflejo, levantó la parte frontal de la aeroliner y evitó una colisión directa, pero hizo que la máquina ascendiera vertiginosamente por la superficie de la duna.
Cuando llegó a la cima, salió catapultado por el aire.
Mantuvo la sangre fría.
Volvió a girarse y disparó contra sus perseguidores, ahora desde un ángulo privilegiado.
Los soldados esquivaron los tiros y la gran duna por la que Daniel había subido.
Sin embargo, no había un camino despejado a su alrededor. Otras dunas pequeñas bloqueaban los laterales.
Tres soldados consiguieron atravesarlas, pero el cuarto, perturbado por otro disparo de Daniel, chocó contra la arena y salió despedido al suelo.
La aeroliner de Daniel ascendió hasta unos cinco metros de altura y después comenzó a caer, pues no había sido diseñada para volar.
La orientó de manera paralela a la superficie opuesta de la duna y descendió rápida y suavemente por ella.
Al llegar a la base, se encontró con uno de los soldados que había rodeado la duna.
Daniel intentó desviarse, pero él y el atlante chocaron lateralmente.
El impacto hizo que la pistola saliera volando de su mano.
Él y el soldado continuaron lado a lado, empujándose e intentando golpearse.
El atlante trataba de llevar la mano hacia la pistola que tenía a la derecha de la cintura, pero para hacerlo debía apartarla del manillar, pues combatía a Daniel con la izquierda.
El soldado intentó un movimiento rápido.
Usó la pierna izquierda para empujar la aeroliner de Daniel tan lejos como fuera posible, sujetó el manillar con la mano izquierda y llevó la derecha hacia la pistola.
Pero el muchacho también actuó con rapidez.
Inclinó la máquina para volver a aproximarse al atlante y, aprovechando el movimiento, le dio un puñetazo en la barbilla.
El soldado perdió el equilibrio. Su aeroliner se volcó y él chocó contra el costado de una duna.
Daniel, sin detenerse, buscó a los otros dos, pero no logró verlos en el laberinto de dunas.
Al rodear otra duna gigantesca, se encontró frente al desierto abierto.
Ya no había dunas donde ocultarse, solo ligeras ondulaciones que se sucedían hasta desaparecer en la blancura del horizonte.
Sin alternativa, aceleró todo lo posible, intentando poner la máxima distancia entre él y sus perseguidores.
Casi un minuto después, los dos soldados atlantes aparecieron entre las dunas y todavía pudieron ver a Daniel alejándose.
Uno de los pilotos era Laors, el oficial del puesto fronterizo.
Hizo una señal para que el otro se detuviera.
—¿No vamos a perseguirlo, señor? —preguntó el soldado.
—¡No! —respondió el oficial mientras levantaba la visera de su casco—. A partir de aquí comienza el territorio de los Shakluir y no voy a arriesgarme. Además, esa aeroliner no llegará muy lejos. Hay una falla en la unidad de transferencia de energía.
—¿No sería mejor enviar una nave, aunque solo fuera para recuperar el equipo? —volvió a preguntar el soldado.
Laors bajó la visera.
Bajo ella era posible ver una sonrisa sádica.
—Lo haré, pero no inmediatamente. Dejaremos que el Desierto de Sal se encargue primero de él.
—¿Y quién sería ese infeliz?
Observaron la figura que desaparecía en la distancia.
—Nunca lo sabremos —respondió Laors.