CAPÍTULO 4 Atlantis, La Profecía - Libro I: Ascensión · Capítulo 5 de 44
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CAPÍTULO 4

El planeta tembló.

En su interior, las placas tectónicas se desplazaron, provocando terremotos. El magma escapó por las fisuras creadas y serpenteó entre las rocas hasta anidarse dentro de un gran volcán inactivo, calentando toda la montaña, incluida una caverna oculta que guardaba cinco figuras congeladas dentro de un gran bloque que, ante el calor, comenzó a deshacerse rápidamente.

Daniel tenía sueños confusos e imprecisos.

Se encontraba en una montaña muy alta y fría y, desde allí, podía ver el mundo entero. Escenas pavorosas se desarrollaban ante sus ojos.

El suelo se abrió en grandes grietas, de donde el magma se levantaba formando paredes humeantes que incineraban ciudades enteras. Las personas corrían sin rumbo para ser engullidas poco después por la tierra enfurecida. Los tsunamis barrieron las costas, emergieron nuevas tierras y otras desaparecieron, cambiando la faz del mundo.

Advirtió que algo avanzaba hacia él, ascendiendo por la montaña.

Debido a la distancia no conseguía distinguir qué era, pero parecía una enorme ave que acortaba rápidamente el trayecto batiendo unas alas poderosas.

Cuando estuvo cerca, vio que en realidad era una joven de cabellos rubios que caían en rizos platinados sobre sus hombros desnudos y de piel blanca. Sus rasgos eran delicados, pero sus ojos parecían dos inmensas esmeraldas.

No dijo nada. Se limitó a acercarse y extender los brazos, invitándolo a abrazarla.

Daniel no pudo resistir la invitación hipnótica del brillo verdoso de aquellos ojos y la abrazó con ansiedad.

Cuando la envolvió, no sintió calor, sino un frío tan intenso que hizo estremecer su alma y despertó su cuerpo y su mente de un sueño profundo, cercano a la muerte.

Abrió dolorosamente los ojos.

Reconoció la caverna, pero advirtió que ya no estaba sumida en una oscuridad absoluta. Levantó la cabeza, sintiendo crujir los huesos del cuello, y vio que la claridad procedía de una abertura en el techo.

Intentó levantarse, pero, al sentir un peso sobre el hombro, miró a un lado y encontró a Cris dormida y apoyada contra él.

Daniel le acarició el cabello húmedo y la llamó.

Ella abrió lentamente los ojos y lo miró durante un instante, confundida, pero una luz de reconocimiento hizo brillar su mirada y sonrió.

—Dan.

—Hola —dijo él con cariño—. ¿Estás bien?

—No. Me siento extraña, dolorida. ¿Qué ocurrió?

—No lo sé. Solo recuerdo la niebla helada y después nada más. Pero ven, ayúdame a despertar a los demás.

Consiguieron levantarse al tercer intento. Daniel sintió que todos sus huesos y músculos le dolían. Cris también gimió de dolor.

Daniel sacudió a Carlos:

—¡Cacá! ¡Despierta!

El joven abrió los ojos e intentó estirarse, pero se encogió con un gemido:

—¡Ay! ¡Demonios! ¡Parece que un batallón marchó sobre mi espalda!

—Y no solo sobre la tuya, puedes estar seguro —dijo Daniel mientras sacudía a Pedro y Cris despertaba a Ana.

Pedro se sentó con dificultad, mirando alrededor:

—¿Qué ocurrió? ¿Dónde está la niebla?

—Desapareció —respondió Daniel—. Creo que permanecimos inconscientes durante algún tiempo debido al frío. Tuvimos suerte de juntarnos, porque eso nos mantuvo calientes.

—Hablando de calor —dijo Ana, quitándose la chaqueta—, ¿no está aumentando la temperatura?

Realmente, la temperatura había subido bastante. Sus ropas y cabellos, que estaban húmedos cuando despertaron, se encontraban ya completamente secos.

—¡Amigo! —exclamó Carlos—. ¡Esto se está convirtiendo literalmente en un agujero caliente!

Daniel estaba detenido bajo la abertura del techo, evaluándola. Pedro se acercó:

—Eso no estaba ahí antes, ¿verdad?

—No —respondió Daniel—. O quizás sí. El terremoto pudo abrirla y, como era de noche, no conseguimos verla. Creo que la niebla escapó por allí y que es también nuestra salida.

—¿Pero cómo? —preguntó Carlos—. ¿Está muy alto?

Desde donde estaban podían ver que el espesor de la roca no era grande, pues distinguían el cielo azul a través del agujero, pero la altura era otro asunto. El techo se encontraba por lo menos a cuatro metros del suelo.

Daniel se volvió hacia su amigo:

—Carlos, ¿qué te parece si subes sobre mis hombros y te pones de pie? Creo que podrás alcanzarlo.

Carlos evaluó la altura:

—Creo que ni siquiera así llegaremos.

—Hagamos esto —dijo Ana, acercándose—: tú te pones de pie sobre los hombros de Daniel y yo sobre los tuyos. Así alcanzaremos.

Carlos la miró:

—¿Vas a subirte encima de mí? Mmm, no es mi posición favorita, pero acepto.

Ana entrecerró los ojos peligrosamente. Carlos levantó las manos:

—Perdón. Era una broma. ¿Crees que podrás subir tan alto?

Ella sonrió con arrogancia:

—Amigo, soy la gimnasta número uno de la escuela. Si yo no puedo, nadie podrá. La cuestión es si los dos imbéciles resistirán el tiempo suficiente.

Ignorando la provocación, Daniel volvió a mirar la abertura:

—Puede funcionar —consideró.

—Pero, Dan —intervino Cris—, ¿y si cae y se lastima? Solo conseguiremos empeorar la situación.

—Gracias por preocuparte, amiga —dijo Ana—, pero estoy dispuesta a arriesgarme y salvarles la vida.

—Para después recordárnoslo durante toda la vida, ¿verdad? —preguntó Carlos con ironía.

—Exactamente —confirmó Ana. Frotándose las manos, preguntó—: ¿Y entonces? ¿Empezamos?

—¡Hagámoslo! —confirmó Daniel.

Se colocó bajo la abertura y se agachó para que Carlos subiera sobre sus hombros.

En cuanto su amigo se sentó, Daniel intentó levantarse, pero Carlos ya no era el niño flaco con quien robaba frutas. Creyó que no lo conseguiría, pero sabía que su salida dependía de aquello. Con esfuerzo, sudando y sintiendo que el dolor desgarraba sus músculos, consiguió ponerse de pie.

—Muy bien —aplaudió Carlos—. Has estado tomando tus vitaminas. Ahora me corresponde a mí.

Dicho esto, se puso cuidadosamente de pie sobre los hombros de Daniel, equilibrándose con los brazos extendidos.

Pedro entrelazó los dedos para que Ana apoyara un pie.

Contrariando las expectativas, la joven retrocedió cuatro pasos y, antes de que pudieran imaginar lo que haría, corrió, saltó, apoyó el pie derecho sobre las manos de Pedro y tomó impulso. Pisó con el pie izquierdo el hombro de Daniel y volvió a impulsarse, ahora hacia un lado. Puso un pie sobre la cabeza de Pedro mientras sujetaba con ambas manos el borde de la chaqueta de Carlos y se levantaba con fuerza. Voló junto al cuerpo de Carlos, giró en el aire y cayó sentada sobre sus hombros.

Pero, durante el giro, su rodilla golpeó la nariz del joven, haciendo que perdiera el equilibrio y se balanceara peligrosamente junto con Daniel.

—¡Vamos, idiotas! ¡Mantengan el equilibrio! —gritó Ana.

Pedro y Cris sujetaron a Daniel y consiguieron cierta estabilidad.

—¡Ay! ¡Me golpeaste la nariz! ¡Y lo hiciste a propósito! —se quejó Carlos.

—¡No fue a propósito! —replicó ella con una sonrisa maliciosa.

—Claro que sí…

—¡Cállense los dos! —gritó Daniel, cuyas rodillas amenazaban con ceder—. ¡Y apresúrense!

—¡Rápido, Ana! ¡Daniel no resistirá mucho más! —exclamó Cris desesperadamente.

Ana ignoró los gritos. Necesitaba concentrarse en lo que iba a hacer.

Moviéndose con la mayor suavidad posible, comenzó a ponerse de pie sobre los hombros de Carlos.

Empezó a arrepentirse de su fanfarronada. No había imaginado que sería tan difícil, porque realizar acrobacias sobre algo fijo como el potro era una cosa y hacerlo sobre algo que no dejaba de moverse era completamente diferente. Pero tenía que conseguirlo.

Cuando quedó erguida, la parte superior de su cuerpo entró en el agujero, aunque el borde seguía más arriba.

Estiró los brazos todo lo que pudo y sus dedos estaban a pocos centímetros del borde cuando advirtió que la distancia comenzaba a aumentar. Las rodillas de Daniel estaban cediendo.

Ana comprendió que tendría que intentar algo desesperado. Flexionó las rodillas y se lanzó hacia arriba.

Consiguió alcanzar el borde, pero con el impulso derribó a Daniel y Carlos, quedando suspendida.

Miró abajo, hacia la masa confusa en que se habían convertido los dos jóvenes, desparramados sobre el suelo. Pensó que si se soltaba caería sobre ellos y quizás no se lastimaría demasiado, pero con seguridad no podrían repetir la maniobra.

Reuniendo sus fuerzas, levantó el cuerpo a través de la abertura. Consiguió apoyar los codos en los bordes y, colocando los pies contra las paredes del agujero, hizo un último esfuerzo y salió.

Rodó por el suelo y, cuando intentó apoyarse, sus manos se hundieron en la nieve.

Cuando habían entrado en la caverna hacía frío, pero no había nieve, porque todavía se encontraban en otoño.

Ahora, hasta donde alcanzaba su mirada, todo era de un blanco cegador. Escuchó algunos estruendos y, al mirar hacia la cumbre de la montaña, vio humo negro siendo expulsado hacia el cielo.

La voz de Daniel la sacó de su muda y asustada contemplación:

—¿Ana? ¿Estás bien? —gritó desde el interior de la caverna.

—Sí, pero ustedes no lo creerán. ¡Hay nieve por todas partes!

Los jóvenes se miraron:

—¿Dijo nieve? —preguntó Pedro.

Daniel la llamó:

—Voy a lanzar la cuerda. Átala en algún lugar.

—Está bien —respondió ella—. ¡Pero lanza también mi chaqueta, porque me estoy congelando!

Daniel colocó una piedra dentro de la chaqueta y enrolló la cuerda a su alrededor. Al tercer intento consiguió arrojarla a través de la abertura.

Ana se vistió y buscó un lugar donde sujetar la cuerda.

Miró a su alrededor y, un poco más arriba, vio una roca prominente que emergía de la nieve. Ató la cuerda y lanzó el resto por el agujero.

Daniel la agarró y comprobó que estuviera firme. Se volvió hacia los demás:

—Carlos, tú saldrás primero y ayudarás a Cris a subir. Después subirá Pedro y ustedes sacarán las mochilas. Yo iré al final.

—¡Perfecto! —Carlos se acercó a la cuerda y, de un salto, la agarró por la mitad. Escaló con agilidad y poco después estaba fuera, soltando un suspiro de alivio.

—¡Demonios! ¡Realmente hay nieve!

—¡Claro que hay! ¿Crees que soy una mentirosa? —preguntó Ana.

Carlos adoptó una expresión seria:

—Según tengo entendido, la sinceridad no es uno de tus puntos fuertes.

El rostro de ella se enrojeció:

—¡Cállate! ¡No estoy obligada a soportar insultos de un… de un…!

—¿De un negro? ¿Eso ibas a decir?

—¡No iba a decir eso, estúpido!

—¡No me llames estúpido! —gritó Carlos.

—¡No me grites! —gritó Ana.

—¡Oigan, los dos idiotas! —rugió Daniel desde el interior de la caverna—. ¡Dejen de pelear y ayúdennos aquí, demonios!

Carlos se agachó, murmurando.

Ana, al verlo cerca de la abertura, sintió deseos de patearle el trasero para que cayera y se rompiera la cabeza. Se contuvo.

Daniel se volvió hacia Cris:

—Ven, amor. Es tu turno.

La sujetó por la cintura y la impulsó para que agarrara la cuerda lo más alto posible. Dio una señal y Carlos comenzó a tirar de ella.

En cuanto llegó a la abertura, Ana la ayudó a salir.

Pero apenas Cris consiguió ponerse de pie, un violento temblor sacudió toda la montaña y la arrojó al suelo junto con los demás.

Dentro de la caverna, Pedro y Daniel también cayeron. Algunas piedras rodaron y una grieta se abrió en la pared. En la cumbre, ahora eran expulsados gruesos rollos de humo oscuro.

—¿Están bien? —gritó Carlos a los dos.

Pedro se volvió hacia su primo:

—¿Todo bien, Dan?

—Sí. Vamos, sube ahora y después mandaré las mochilas.

—No —replicó Pedro—. Es mi responsabilidad velar por la seguridad de todos. Yo iré al final.

—¡Al diablo con tu responsabilidad! —replicó Daniel—. Yo los metí en este problema, así que yo los sacaré. ¡Vamos, sube!

Los dos se miraron en silencio, con la antigua rivalidad presente.

Desde las profundidades de la tierra llegaban los murmullos de algo destructor que se aproximaba. Pedro comprendió que era el momento de ceder y, después de soltar una palabrota, agarró la cuerda y subió.

La cuerda volvió a ser arrojada y, mientras Daniel ataba las mochilas, otro temblor sacudió todo.

Un resplandor rojizo y un aliento caliente invadieron la caverna.

Daniel abrió mucho los ojos. De la grieta de la pared escurría una pasta luminosa y humeante.

—¡Tiren de esto ahora mismo! —gritó.

Pedro introdujo la cabeza por la abertura y vio la lava extendiéndose por el suelo.

—¡Agárrate de la cuerda! —gritó, enloquecido.

—¡Suban primero las mochilas! —respondió su primo.

—¡Idiota! ¡Imbécil! ¡Terco! —Pedro lo insultaba entre dientes mientras él y Carlos tiraban frenéticamente de la cuerda.

Cris observaba todo en silencio y aterrorizada.

Desataron rápidamente la cuerda y la arrojaron por la abertura. En cuanto Daniel comenzó a subir, la lava cubrió todo el suelo.

Sintió que las suelas de sus botas ardían bajo las olas de calor y trepó por la cuerda como si un demonio lo persiguiera.

Los otros dos tiraban apresuradamente, pero la fricción contra el borde rompió la cuerda.

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Los jóvenes cayeron hacia atrás, las chicas gritaron y Daniel se aferró al borde. Intentó salir, pero sus manos resbalaron y estaba a punto de caer hacia la muerte cuando Carlos, con una agilidad asombrosa, se lanzó hacia delante y le sujetó las manos.

Entonces, con la ayuda de Pedro y mucho esfuerzo, consiguieron sacarlo.

Cris se lanzó sobre él.

—¡Oh, Daniel! ¿Por qué haces estas cosas? —preguntó llorando.

Él sonrió:

—Creo que para impresionarte.

Ella bajó la mirada:

—Puedes impresionarme mucho más manteniéndote vivo.

Daniel abrazó a Carlos:

—¡Gracias, hermano! ¡Me salvaste la vida!

Cris le dio un beso en la mejilla:

—¡Gracias, Cacá! ¡Eres un héroe!

—No fue nada —dijo Carlos, avergonzado—. Además, solo lo salvé porque me debe dinero.

Pedro le dio una palmada afectuosa en el hombro y Ana se acercó:

—Tengo que reconocerlo —dijo ella—. Eres estúpido, pero valiente. Podrías haber caído con él dentro de ese agujero.

Carlos sonrió:

—No me elogies, porque, si hubieras sido tú quien estaba suspendida allí, no sé si me habría esforzado tanto. —Le dio la espalda y Ana quedó convencida de que realmente no se habría esforzado para salvarla.

—Bueno —dijo Daniel, colocándose la mochila a la espalda—, será mejor que sigamos caminando. Bajaremos hacia el poblado y buscaremos ayuda. Si se produjo un terremoto en la región, allí concentrarán las operaciones de rescate.

Pedro sacó una brújula de la mochila:

—La dirección correcta es aquella, al nordeste.

—En resumen —dijo Daniel—, hacia abajo. ¡Vamos!

El descenso fue arduo. En algunos puntos la nieve les llegaba a las rodillas y obligaba a los jóvenes a realizar grandes desvíos para encontrar lugares más adecuados para bajar. Además, caminaban temiendo constantemente la existencia de agujeros o precipicios ocultos bajo la nieve.

Cuando salieron de la caverna, el día apenas había amanecido, y ahora el Sol avanzaba hacia el ocaso y la noche se aproximaba.

—¿Dónde está el maldito poblado? —protestó Daniel—. ¡Ya deberíamos haber llegado!

Pedro consultó la brújula:

—A pesar del camino de rata que trazaste, Daniel, continuamos avanzando en la dirección correcta. Lo único que no comprendo es por qué todavía no llegamos.

A Daniel no le gustó la crítica:

—Quizás ni siquiera sabes interpretar correctamente esa porquería.

Su primo le extendió el instrumento y replicó irritado:

—Si te consideras tan bueno, ¿por qué no lo miras tú mismo?

Cris intentó calmar los ánimos:

—Tranquilos, no peleemos. Tal vez descendimos por un camino paralelo al que utilizamos para subir y pronto veremos la aldea. Lo que me preocupa ahora es que está anocheciendo.

—Tiene razón —dijo Daniel—. Tenemos que encontrar un refugio para pasar la noche.

—Pero ninguna caverna —dijo Ana.

—¿Qué tal aquel lugar? —Carlos señaló una formación rocosa.

—Servirá —decretó Daniel.

Sin posibilidades de encender siquiera una fogata, durmieron muy juntos, intentando calentarse.

Fue una noche fría y extraña, durante la cual quedaron sumidos en un estado de sopor entre el sueño y la vigilia. A lo largo de toda la noche, la montaña les recordó el peligro inminente mediante sus temblores y sordos rugidos.

Al amanecer retomaron el camino.

El cansancio y el hambre eran vestigios distantes dentro de sus cuerpos y mentes. Algo que no conseguían definir los impulsaba constantemente hacia delante. Era como una voz que susurraba en sus almas, les daba fuerzas y los conducía.

Después de algunas horas más de caminata, la nieve comenzó a escasear y el camino, aunque cubierto de piedras, dejó de ser tan empinado.

Más adelante divisaron pequeñas elevaciones de cimas aplanadas y desfiladeros entre ellas.

Cris, jadeando, se lamentó:

—¡Oh, no! ¿No me dirán que tendremos que escalar eso?

—Tal vez no tengamos que escalar —respondió Pedro—. Puede que podamos pasar entre ellas, por los desfiladeros.

—¿Qué tal si descansamos un poco? —preguntó Ana con voz llorosa—. Si seguimos así, terminaré pisándome la lengua.

Sin prestarle atención, Daniel dijo, visiblemente contrariado:

—No comprendo. El paisaje es diferente. No existe ningún tipo de vegetación, ni siquiera los arbustos que veíamos al subir la montaña, y no recuerdo esos desfiladeros. ¡Por el tiempo que llevamos caminando, ya deberíamos haber llegado a la aldea! —Miró a Pedro por encima del hombro—. ¡Felicitaciones, primo, por tu incompetencia como guía!

Pedro estaba a punto de responder, pero sintió la mano de Cris sobre el brazo.

La miró y ella negó silenciosamente con la cabeza. En sus ojos había una súplica muda para que no replicara.

Respiró profundamente y, sonriéndole, guardó silencio.

Ana arrojó la mochila al suelo. Se sentó sobre una piedra y dijo simplemente:

—Me cansé.

Los demás se detuvieron. Daniel se volvió hacia ella:

—Vamos, chica. No podemos detenernos ahora.

Sosteniendo el rostro con las manos, ella respondió obstinadamente:

—No iré a ninguna parte antes de descansar.

Daniel, ya irritado, vociferó junto a su rostro:

—¡Niña idiota! ¿No ves que, si ese volcán explota, estaremos perdidos? ¡Tenemos que alejarnos todo lo posible!

—Ya estamos bastante lejos del volcán —respondió Ana con el mismo tono obstinado.

—¡No, no lo estamos! —intervino Pedro—. ¿Alguna vez has oído hablar de los flujos piroclásticos, Ana? Son nubes de gases extremadamente calientes que, después de una erupción, descienden por la ladera a gran velocidad, recorren enormes distancias y destruyen todo lo que encuentran.

Ana levantó el mentón, desafiante, hacia quienes la rodeaban:

—Ya dije que no iré a ninguna parte antes de descansar. Nadie me sacará de aquí, ni un grupo de idiotas como ustedes ni ese maldito volcán.

Daniel estaba a punto de perder el control cuando Carlos pasó junto a él y dijo:

—Déjamelo a mí.

Sujetó a Ana por la muñeca y comenzó a arrastrarla mientras decía:

—¡Chica terca! ¡No voy a morir por tu culpa! ¡Vendrás aunque tenga que arrastrarte por el cabello!

Ella se debatió como un animal salvaje. Cris estaba a punto de intervenir cuando Ana mordió violentamente el brazo de Carlos.

Él la soltó con un grito. Ana avanzó contra él:

—¡Desgraciado! ¡Hijo de…! —Ana se atragantaba con su propio odio—. ¡Vuelve a tocarme sin mi permiso y te arrancaré los ojos!

Carlos, al verla allí con aquella actitud, el mentón levantado, los ojos azules lanzando chispas de furia, las mejillas enrojecidas por el esfuerzo de la pelea y los dientes apretados entre los labios pálidos de odio, solo consiguió pensar: «Hermosa». Quizás, si la besaba, ella se enfurecería todavía más.

—¿Solo con tu permiso? —preguntó con una sonrisa irónica mientras se acercaba—. Entonces, ¿la señorita me permite bes…?

No consiguió terminar la frase.

Un violento temblor derribó a todos.

Se abrieron grietas en el suelo y Cris habría sido engullida por una de ellas si Daniel no la hubiera apartado rápidamente. Las piedras rodaron desde la montaña y pasaron a centímetros de sus cuerpos. El temblor duró casi tres minutos y, de repente, desapareció tan rápidamente como había comenzado.

Daniel se levantó tambaleándose. Los dientes le castañeteaban dentro de la boca:

—¡Demonios! ¿Qué fue eso?

La respuesta llegó en forma de un rugido que sacudió la mitad del planeta.

La cima de la montaña explotó y un mar de cenizas y llamas se elevó hasta alturas vertiginosas.

—¡Estamos perdidos! —exclamó Carlos.

—¡No, miren! —dijo Pedro—. ¡La cara sur de la montaña se derrumbó y liberó el flujo en esa dirección!

En efecto, vieron la nube oscura descendiendo velozmente por el otro lado. Daniel entrecerró los ojos para ver mejor:

—Excelente, pero ¿qué es eso que se mueve por esta ladera? —preguntó.

Los demás fijaron la mirada en el punto situado más arriba y hacia delante, al que Daniel señalaba.

—¡Avalancha! —gritó Pedro.

Con el temblor y el brusco aumento de la temperatura, la nieve se había desplazado y derretido y ahora formaba un torrente de piedras y lodo que descendía por la ladera hacia ellos.

—¡Tenemos que encontrar un lugar seguro! —exclamó Daniel.

—¡Allá arriba! —dijo Carlos, señalando las elevaciones que tenían delante.

—¡No tendremos tiempo de escalar! —exclamó Cris, horrorizada.

—¡Tendremos que conseguirlo! —respondió Daniel y, sin esperar más, le sujetó la mano y corrió en aquella dirección.

Recorrieron rápidamente la distancia que los separaba de las elevaciones, escuchando detrás de ellos la avalancha que se aproximaba. Cuando llegaron, vieron que las elevaciones eran en realidad empinadas paredes rocosas, rasgadas por oscuros desfiladeros.

—¡No podremos escalar! ¡Será mejor entrar en uno de los desfiladeros! —dijo Pedro, nervioso.

Una voz interior le dijo a Daniel que aquella elección los conduciría hacia una trampa terrible.

—¡No! —dijo—. La pared tiene muchas irregularidades. Hay numerosos lugares donde podremos apoyarnos y escalar. Vamos.

Sin esperar objeciones, inició el ascenso.

Carlos era como un gato, subía ágilmente y ayudaba a los demás. Las mochilas eran un estorbo, pero Daniel creyó que no debían abandonarlas. Podrían necesitar los sacos de dormir y los alimentos.

Cuando ya habían ascendido bastante, la avalancha llegó, chocó contra la base de la pared y penetró en los desfiladeros.

El impacto fue tan grande que toda la ladera se estremeció.

La piedra en la que se apoyaban Cris y Ana se desprendió y ambas resbalaron por la pared, gritando, hacia el torrente de lodo.

Daniel se estiró y consiguió sujetar a Cris. Pedro intentó agarrar a Ana, pero no la alcanzó. Ella resbaló un poco más y, milagrosamente, logró aferrarse a una roca, pocos metros por encima del lodo que continuaba subiendo.

Carlos descendió ágilmente hasta quedar muy cerca de Ana.

Le extendió una mano, pero ella no la aceptó. Permanecieron durante un momento intercambiando miradas en silencio y Carlos supo que ella estaba recordando todo lo sucedido entre ellos durante las últimas horas.

Le gritó, casi suplicándole:

—¡No seas terca! ¡Sujeta mi mano, vamos!

Con reticencia, ella lo tomó y ambos subieron hasta la parte superior, donde los demás ya los esperaban.

Cuando se pusieron de pie, se miraron. Carlos lucía una media sonrisa y Ana libraba una batalla en su interior. Los demás se acercaron, preguntando si estaban bien y felicitando a Carlos:

—Salvaste el día ayer y hoy, compañero —dijo Daniel, dándole un golpe afectuoso en el hombro, mientras Cris abrazaba a su amiga.

—¿Y entonces, Ana? —preguntó Pedro—. ¿No vas a darle las gracias?

Todos la miraron:

—Gracias —dijo lacónicamente.

—Oye, chica —la reprendió Daniel—. ¿El tipo te salva la vida y solo dices un insípido «gracias»?

Sin responder, Ana les dio la espalda y se alejó caminando. No quería que vieran las lágrimas que le quemaban los ojos.

—Déjenlo así —minimizó Carlos—. Para su orgullo ya fue demasiado tener que agradecerme.

Comenzaron entonces a examinar el lugar. No era realmente una elevación. Se trataba de una árida meseta cuyos límites desaparecían en la distancia.

Desde lo alto vieron que el lugar por el que habían descendido de la montaña era una depresión que terminaba donde comenzaban siete desfiladeros. Estos parecían fracturas abiertas en los bordes de la meseta.

Habían escalado por el costado del último y vieron que este, junto con los demás, terminaba en otro desfiladero que, observado desde donde estaban, parecía una herida abierta en la superficie plana de la región.

Los jóvenes caminaron hasta allí siguiendo el borde del desfiladero y dejaron a las chicas junto con las mochilas.

Al acercarse, comprobaron que aquel desfiladero parecía más bien un cráter, con bordes bien definidos, desde cuyo interior surgía un rugido sordo.

Cuando llegaron al borde contuvieron la respiración, perplejos.

Era realmente un cráter, un agujero oscuro cuyo fondo no podía distinguirse. Los siete desfiladeros desembocaban allí y, a través de ellos, la avalancha se precipitaba hacia las profundidades.

El rugido que escuchaban era el sonido del lodo y de la nieve derretida cayendo en el espacio oscuro y reverberando en las paredes empinadas.

«Bendita voz interior», pensó Daniel. Si hubieran entrado en el desfiladero, habrían terminado en el fondo de aquel agujero.

Pedro, como si hubiera leído los pensamientos de su primo, dijo asustado:

—Menos mal que no entramos en el desfiladero.

Daniel no sintió deseos de burlarse de él. Estaba demasiado cansado.

De pronto, la luz del Sol desapareció y el día quedó sumido en una oscuridad gris.

Al mirar hacia arriba vieron que el humo del volcán estaba cubriendo todo el cielo.

Regresaron junto a las chicas y, en silencio, se sentaron con la cabeza baja, observando cómo el gris devoraba el día.

De repente, el volcán inició una serie de explosiones semejantes a espasmos, que lanzaron al cielo miles de rocas incandescentes, cuyos trazos rojos surcaron el fondo oscuro del firmamento.

Boquiabiertos, los jóvenes se pusieron de pie para observar mejor el espectáculo de la naturaleza enfurecida cuando una de aquellas rocas se estrelló contra el suelo a menos de cincuenta metros.

Poco después cayó otra y luego otra más. Decenas comenzaron a explotar a su alrededor.

Daniel alzó la voz por encima del estruendo infernal:

—¡Protejámonos allí! —Señaló un grupo de rocas que, caprichosamente apoyadas unas contra otras, formaban una especie de cabaña.

Los jóvenes corrieron entre la lluvia de fragmentos incandescentes que estallaban.

La entrada era baja y tuvieron que entrar arrastrándose a cuatro patas. Daniel quedó al final y, cuando estaba a punto de agacharse, se detuvo y miró hacia atrás.

Había tenido la clara impresión de escuchar a alguien pronunciar su nombre.

Levantó la vista y vio que un pequeño fragmento de roca incandescente, menor que la punta de un dedo meñique, caía hacia él.

Siguió su descenso, hipnotizado, hasta que la piedra le golpeó el rostro entre los ojos, un poco por encima de las cejas.

Se llevó las manos a la cara y cayó al suelo gritando.

En ese instante, el volcán volvió a explotar. Las piedras castigaron la región con mayor furia y torrentes de lava descendieron por todas las laderas de la montaña. Era como si el volcán celebrara una tarea cumplida.

Carlos salió del refugio y arrastró a Daniel, que se retorcía de dolor.

No vieron cuando, desde el interior de las llamas del volcán, algo semejante a una densa nube negra emergió, se retorció durante unos instantes sobre la montaña y, como si hubiera descubierto la dirección correcta, avanzó hacia el norte como un oscuro mensajero de la muerte.

«De repente, el volcán inició una serie de explosiones semejantes a espasmos, que lanzaron al cielo miles de rocas incandescentes, cuyos trazos rojos surcaron el fondo oscuro del firmamento».

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